El testamento del pescador

Archive for 26 junio 2006

El problema del dolor

Posted by El pescador en 26 junio 2006

C.S. LEWIS, El problema del dolor, Eds. Rialp, Madrid 1995

Al principio de la película Tierras de penumbra (protagonizada por Anthony Hopkins y Debrah Winger y dirigida por Richard Attenborough), C.S. Lewis (Anthony Hopkins), el autor de El problema del dolor -el libro que voy a comentar- está dando una conferencia sobre este tema: el problema del mal, que lo atormentó enormemente.

Es un problema cristiano, porque como escribe él mismo en un párrafo que pone de relieve la profundidad de su pensamiento, en cierto sentido, el cristianismo crea más que resuelve el problema del dolor, pues el dolor no sería problema si, junto con nuestra experiencia diaria de un mundo doloroso, no hubiéramos recibido una garantía de que la realidad última es justa y amorosa.

Asimismo, confiesa que si en su época de ateo le hubieran preguntado por qué no creía en Dios, hubiera contestado que si miramos el universo en que vivimos, comprobaremos que buena parte de él […] es un espacio vacío completamente oscuro y terriblemente frío […] (y) si me piden que crea que todo esto es obra de un espíritu omnipotente y misericordioso, me veré obligado a responder que todos los testimonios apuntan en dirección contraria. Así pues, o bien no hay espíritu alguno fuera del universo, o bien es indiferente al bien y al mal, o es un espíritu perverso. Pero este argumento le hizo plantearse una pregunta: ¿Cómo es posible que un universo tan malo […] haya sido atribuido constantemente por los seres humanos a la actividad de un sabio y bondadoso creador?

Y aquí arranca el desarrollo del tema. Nuestro autor no pretende decirnos que el dolor no sea doloroso, porque es evidente que hiere, sino que quiere mostrarnos la verosimilitud de la doctrina cristiana de la perfección por el sufrimiento (cita de Hebreos 2,10: Todas las cosas existen para Dios y por la acción de Dios, que quiere que todos sus hijos tengan parte en su gloria. Por eso, Dios, por medio del sufrimiento, tenía que hacer perfecto a Jesucristo, el que los conduce a la salvación), aun sabiendo que esta doctrina no es agradable. La cita del libro bíblico es muy interesante y es un apoyo extraordinario, al poner como ejemplo del sentido que puede tener el sufrimiento el caso de Jesucristo, aludiendo además aunque no lo cite expresamente a que Jesucristo, aun siendo hijo aprendió sufriendo lo que es obedecer (Hebreos 5,8), pues padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas (1 Pedro 2,21).

El amor de Dios que presenta el libro está recogido de la tradición judía y cristiana de la imagen del amor de los esposos. En esta relación de amor, Dios lleva la iniciativa y pro amarnos previamente debe hacer de nosotros seres dignos de ser amados, para que así seamos felices verdaderamente; precisamente ésta es la tesis del libro: que el amor puede causar dolor al objeto amado exclusivamente si éste ha de sufrir un cambio para convertirse en ser digno de ser amado, porque Lewis ya previene de tener una imagen de Dios “abuelo”, de barba blanca y bonachón para poder manejarlo y escapar de su voluntad.

La tesis enunciada antes provoca la pregunta de por qué el hombre debe cambiar tanto: la respuesta cristiana es que el hombre pone su libre voluntad al servicio del mal, y aquí está la responsabilidad humana del dolor; y ¿por qué? Porque su estado actual responde al mal uso de la libertad concedida por Dios, de modo que la doctrina de la caída afirma que el origen del mal está en el hombre, no en Dios. Pero el conflicto presente en el mundo entre el bien, que viene de Dios, y su obstaculización por el mal, es resuelto por Dios asumiendo la naturaleza humana doliente, causa del mal.
En definitiva, el cambio que quiere provocar el sufrimiento tiene un sentido redentor, porque aunque Dios nos niegue las seguridades que deseamos porque serían un obstáculo para retornar a Él al poner en ellas el descanso que buscamos, nos ha dado otras alegrías, ya que Nuestro Padre nos reconforta en el viaje (de retorno hacia Él) procurándonos albergue en posadas acogedoras, pero no nos alienta a confundirlas con el hogar.

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¿Por qué?

Posted by El pescador en 25 junio 2006

Hace poco escuché esta canción titulada “Por qué” de un cantante llamado Sergio Contreras, de su disco “El espejo”. Es un estilo que se llama regeton-pop (o algo así). El caso es que me llamó la atención la letra: las canciones son también letra, no sólo música, y la letra es muy importante también, y es muy interesante analizar las letras.

Yo quiero analizar la letra de esta canción. Primero la copio:

No quiero negarlo
Sin que antes bien lo haya pensado
Pero es que cada dia que pasa
Es una nueva prueba
De que eres ficción,
No existes y nunca has existido
Dime dios donde te metes
Cuando te llama tu hijo.
No quiero crear polemicas
Entre iglesia y poblado
Solo necesito respuesta
Para esta vida nueva
De que existes dios, existes,
Y siempre has existido,
Dime dios que estaras
Si te reclama tu hijo.

Fui creyente de siempre
Pero entre las propias personas
Y lo que pasa en el mundo
Voy dejando de creer poco a poco…
Esperando una respuesta
Algun logro. (2)

¿por qué?
Si existes dios
Dejas que haya pobreza
¿por qué?
Son los que menos tienen
Los que mueren
¿por qué?
Mueren niños y no intervienes
¿por qué?
Don’t cry, close your eyes. (2)

Haz que paren
Los que roban a personas de bien
Haz que paren
Los que trafican y matan juventud
Haz que mueran los que asesinan
¡hazlo tu!
Haz que pare la tierra
Y gire de color azul
Dime ¿por qué los que mas tienen
Siempre quieren mas?
¿por qué millones de personas
Mueren de hambre sin mas?
¿por qué el estrecho
Se convierte en cementerio?
Y ¿por qué mueren niños de hambre?
¡en serio!
Dime por que
Si dicen que existes y nos proteges
Secuestran, violan y asesinan
A niños pequeños
¿por qué los malos rien
Y los buenos padecen?
¿dime por qué si existes no apareces?
Dime ¿por qué si dicen que existes
Y nos proteges
Tengo que estar yo componiendo esto
Con impotencia, rabia,
Indignación y dolor,
Dime si existes dios,
¡te reto en esta canción!

¿por qué?
Si existes dios
Dejas que haya pobreza
¿por qué?
Son los que menos tienen
Los que mueren
¿por qué?
Mueren niños y no intervienes
¿por qué?
Don’t cry, close your eyes. (2)

Fui creyente de siempre
Pero entre las propias personas
Y lo que pasa en el mundo
Voy dejando de creer poco a poco…
Esperando una respuesta
Algun logro.

No lo entiendo,
¿dónde estás?
Sin sentido
La vida se nos va.
A los que roban
Los que trafican
A los que matan
¡por favor que paren ya!

Como salta a simple vista, el tema es el mal. Es un tema muy antiguo pero cuya solución no es fácil. Porque ante este problema ¿dónde queda Dios? ¿Qué hace Dios para solucionarlo? Si Dios es bueno, ¿por qué permite que exista el sufrimiento y el mal?

Para empezar distingamos entre dos clases de mal: uno es el que causamos las personas y otro el que viene por desgracias naturales y catástrofes, o sea el que no es causado por las personas.

En esta canción el autor se pregunta por la existencia de Dios ante la pobreza, el hambre (especialmente de los niños), el tráfico de seres humanos, etc. Todo esto se lo reclama a Dios para que intervenga y así muestre (y demuestre) su existencia.

Cuando tenemos problemas, cuando vemos desgracias, el mal en cualquiera de sus formas, nos pasa lo que a los apóstoles en el evangelio de este domingo (Marcos 4,35-41), que durante la tormenta se asustan y al ver a Jesús dormido tan tranquilo le reprochan como si a Él no le importante lo que está ocurriendo a su alrededor. Eso es precisamente lo que el Papa Benedicto XVI dijo el mes pasado en su discurso en el campo de exterminio de Auschwitz, el símbolo más universal del poder del mal; allí también el Papa hablaba sobre el silencio de Dios:

 

Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?

Pero este silencio debe llevarnos también a la reconciliación:

 

Con esta actitud de silencio nos inclinamos profundamente en nuestro interior ante las innumerables personas que aquí sufrieron y murieron. Sin embargo, este silencio se transforma en petición de perdón y reconciliación, hecha en voz alta, un grito al Dios vivo para que no vuelva a permitir jamás algo semejante.

Después el Papa trata el tema de las preguntas que nos hacemos ante el mal, como la que la título a la canción de Sergio Contreras: ¿Por qué?:

¡Cuántas preguntas se nos imponen en este lugar! Siempre surge de nuevo la pregunta: ¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?

Nos vienen a la mente las palabras del salmo 44, la lamentación del Israel doliente: “Tú nos arrojaste a un lugar de chacales y nos cubriste de tinieblas (…) Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Levántate, no nos rechaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia y nuestra opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo, nuestro vientre está pegado al suelo. Levántate a socorrernos, redímenos por tu misericordia” (Sal 44, 20. 23-27). Este grito de angustia que el Israel doliente eleva a Dios en tiempos de suma angustia es a la vez el grito de ayuda de todos los que a lo largo de la historia —ayer, hoy y mañana— han sufrido por amor a Dios, por amor a la verdad y al bien; y hay muchos también hoy.

Nosotros no podemos escrutar el secreto de Dios. Sólo vemos fragmentos y nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la historia. En ese caso, no defenderíamos al hombre, sino que contribuiríamos sólo a su destrucción. No; en definitiva, debemos seguir elevando, con humildad pero con perseverancia, ese grito a Dios: “Levántate. No te olvides de tu criatura, el hombre”. Y el grito que elevamos a Dios debe ser, a la vez, un grito que penetre nuestro mismo corazón, para que se despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros por el fango del egoísmo, del miedo a los hombres, de la indiferencia y del oportunismo.

Elevemos este grito a Dios; dirijámoslo también a nuestro corazón, precisamente en este momento de la historia, en el que se ciernen nuevas desventuras, en el que parecen resurgir de nuevo en el corazón de los hombres todas las fuerzas oscuras: por una parte, el abuso del nombre de Dios para justificar una violencia ciega contra personas inocentes; y, por otra, el cinismo que ignora a Dios y que se burla de la fe en él.

Nosotros elevamos nuestro grito a Dios para que impulse a los hombres a arrepentirse, a fin de que reconozcan que la violencia no crea la paz, sino que sólo suscita otra violencia, una espiral de destrucciones en la que, en último término, todos sólo pueden ser perdedores. El Dios en el que creemos es un Dios de la razón, pero de una razón que ciertamente no es una matemática neutral del universo, sino que es una sola cosa con el amor, con el bien. Nosotros oramos a Dios y gritamos a los hombres, para que esta razón, la razón del amor y del reconocimiento de la fuerza de la reconciliación y de la paz, prevalezca sobre las actuales amenazas de la irracionalidad o de una razón falsa, alejada de Dios.

Ante el mal, cuando preguntamos a Dios por su silencio, podemos tener dos respuestas: o la desesperación o la fe. La primera está representada en la canción de Sergio Contreras, pues Dios está mudo, no quiere actuar o sea no existe, y entonces quedamos abocados al sinsentido y a la nada.

La fe, en cambio, nos dice que Jesús nos acompaña más aún en el sufrimiento. Es lo que el Evangelio de este Domingo XII Ciclo B del Tiempo Ordinario nos ha dicho: ¿Por qué tanto miedo? ¿Todavía no tenéis fe? Es la respuesta de Jesús después de que los apóstoles lo despertaran en mitad de la tormenta reprochándole si no le importaba que se hundieran. Es conocida la triste anécdota del campo de exterminio nazi en que ahorcaron a un niño, y uno de los presos que tuvieron que presenciarlo pensaba para sí: ¿Dónde está Dios que permite esto? Y una voz en su interior le respondió: Está ahí colgando de la horca; Dios no se desentiende de nuestro mundo y del mal que existe aquí, sino que por su Encarnación ha conocido y asumido ese mal al morir siendo inocente (el más inocente) y ha vencido el mal con su Resurrección, y así también nos ha unido a su victoria al hacernos cuerpo suyo, de su cabeza.

También es muy conocida la historia de San Maximiliano Mª Kolbe, el franciscano polaco que quiso dar su vida a cambio de otro condenado, precisamente en Auschwitz. Cuando las SS del campo fueron contando del 1 al 10 para escoger al azar a los presos que tenían que morir de hambre en una celda de castigo como represalia por la fuga de otros, un sargento polaco llamado Francisco Gajownieczek.

Éste empezó a gritar y a lamentarse por su esposa e hijos, entonces salió otro preso de las filas, que se ofreció a cambiarse por el sargento, que tenía familia. El P. Kolbe fue canonizado por Juan Pablo II en 1982, y allí estuvo presente el sargento Gajownieczek.

Cuando el año pasado estuve en Münster, para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud, celebramos la Misa del domingo en la parroquia de San Antonio con la comunidad de lengua española, y fue el 14 de agosto: nos dieron una estampa de San Maximiliano Mª Kolbe, con el título: En el campo del odio triunfó el amor.

San Maximiliano es el Mártir de la caridad, pues la caridad es el amor de Dios, que por nosotros y por nuestra salvación quiso asumir nuestra naturaleza humana para redimirla del pecado y sus consecuencias: el mal, y así transformarla. Eso es lo que expresa el tema artístico del Trono de Gloria, que es la imagen de esta entrada (en este caso un grabado de Alberto Durero): Dios Padre sostiene en sus brazos al Hijo muerto y sobre ellos el Espíritu Santo.

Este tema artístico muestra plásticamente una profunda verdad teológica: en la humanidad de Cristo, toda la Trinidad entera experimenta la naturaleza humana porque donde está actuando una de las personas de la Trinidad están presentes las otras dos; así en la Pasión y en la muerte de Jesús y en su posterior descenso a los infiernos, el mismísimo Dios, toda la Trinidad eterna y divina (Padre, Hijo y Espíritu Santo) experimentan el sufrimiento y la muerte injusta, en definitiva experimental el poder del mal, que no es definitivo pues el final es la Resurrección, o sea la derrota del poder de las tinieblas que intentaron(pero no pudieron) apagar la Luz.

Y esa caridad de Dios en nuestra vida nosotros hemos de darla a los demás para así seguir el ejemplo de Cristo, como hizo San Maximiliano Mª Kolbe, mártir (=testigo) de la Caridad.

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El costado abierto de Cristo: Jesucristo sí y la Iglesia también

Posted by El pescador en 23 junio 2006

Hoy es la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, una devoción que antes del Concilio estaba muy presente en toda la Iglesia, y que hoy, después de ese gran acontecimiento eclesial, ha sido postergada como parte del aggiornamento.

La Iglesia ha querido actualizar esta solemnidad con su sentido bíblico de la misericordia de Dios: el corazón abierto de Cristo del que nos habla el evangelista San Juan (19,31-37). Hoy quiero proponeros estos bellísimos textos de San Agustín de Hipona; son dos párrafos de sus Enarraciones sobre los salmos interpreta el costado abierto de Cristo como el momento del nacimiento de la Iglesia, que sale como Eva del costado abierto de Adán: una del costado del que dormía, la otra del costado del que moría:

Porque cuando dormía Adán, le fue arrancada una costilla y fue hecha Eva; así el Señor cuando dormía en la cruz, su costado fue atravesado con una lanza, y fluyeron los sacramentos, de donde fue hecha la Iglesia. Pues la Iglesia esposa del Señor fue hecha del costado, lo mismo que Eva fue hecha del costado. Pero de la misma manera que aquella no fue hecha sino del costado del que dormía, así ésta no fue hecha sino del costado del que moría (126,7).

En este otro texto el santo obispo nos habla además de Adán como figura de Cristo, que es el nuevo Adán del que nace la nueva Eva, la Iglesia:

Así pues si Adán era figura del que había de venir, del mismo modo que del costado del que dormía fue hecha Eva, así del costado del Señor que dormía, o sea, que moría en la pasión, y golpeado en la cruz con la lanza, manaron los sacramentos, con los cuales se forma la iglesia. Pues de su misma pasión futura dice en otro salmo: “yo dormí, y tomé el sueño; y me levanté porque el Señor me sustentó”. Luego la dormición se entiende como la pasión. Eva fue hecha del costado del que dormía, la iglesia del costado del que padecía (138,2) .


Otro tema que destaca en estos textos es la unión de Cristo y la Iglesia, hasta el punto de hacerla su esposa. Esa Iglesia que somos nosotros, los que renacemos gracias al bautismo y somos alimentados con la Eucaristía. La Iglesia es nuestra madre porque hemos renacido en el bautismo, la Iglesia es la nueva Eva “madre de los vivientes”:

Hay una mujer en la que espiritualmente se cumple lo que se dijo a Eva: “Parirás con gemidos”, pues la Iglesia esposa de Cristo pare hijos. Si da a luz, sufre dolores de parto. Prefigurándola, se llamó a Eva “madre de los vivientes (126,8).

Así, la Iglesia es “madre de los vivientes”, que somos los bautizados, que al participar de la muerte y resurrección de Cristo hemos sido injertados en Él y participamos de su Vida. Nacemos el amor de nuestros padres y en el bautismo volvemos a nacer del amor de Dios, y nuestra madre es la Iglesia, la nueva Eva “madre de los vivientes”, que nos da a luz.

Por eso no tiene sentido decir: “Yo creo en Jesús pero en la Iglesia no”, pues Jesús y la Iglesia son inseparables, ya que Cristo quiso que la Iglesia naciera de su costado abierto en la cruz, del que salió sangre y agua (Jn 19,34): que no es sólo un fenómenos fisiológico, sino los sacramentos de los que habla San Agustín: la sangre es la Eucaristía y el agua es el bautismo, los dos sacramentos que nos hacen cristianos, miembros de la Iglesia, y con los cuales nacemos a la Vida eterna y somos alimentados por Cristo a través de su Iglesia, que nos hace nacer y nos nutre.

Para que veamos la importancia de este detalle de la sangre y el agua, el evangelista insiste en el v. 35 en que él fue testigo de aquel hecho y nos lo transmite para que nosotros también creamos: creamos en Jesucristo, de cuyo costado abierto nació su esposa la Iglesia, nuestra madre.

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6-6-06

Posted by El pescador en 6 junio 2006

Hoy es el 6-6-06, una fecha como otra cualquiera. Yo así lo pensaba hasta que alguien me hizo caer en la cuenta de la coincidencia de los números de dicha fecha con el número de la Bestia que dice el Apocalipsis (666).

El Apocalipsis siempre es asociado al fin del mundo, a las catástrofes, etc. Pero hemos de saber que este libro pertenece a un género literario llamado apocalíptica y que es una palabra griega que significa Revelación. Ya en el Antiguo Testamento hay pasajes apocalípticos (Daniel 7-12). En general la apocalíptica se caracteriza por interpretar la historia a través de símbolos, todo ello lo ve un vidente; y la finalidad era infundir la esperanza en un futuro mejor durante tiempos de dificultad o persecución.

Por tanto, una característica de esta literatura es el simbolismo: colores, números, personajes… Además, los lectores inmediatos de los textos podían identificar fácilmente las referencias.

Ahora vamos a ver ahora el sentido simbólico de algunos números, incluyendo por supuesto el 6:

Uno. Significa excelencia y autoridad y puede aplicarse a Dios (que Es, Era y Viene: Ap 1, 4.8) y a Cristo (Primero y último..: Ap 1, 17; 2, 8; 22, 13).

– Dos. Implica cooperación, tanto positiva (en los profetas: Ap 11, 1-13) como negativa (en las bestias: Ap 13, 1-18).

Tres y medio (= mitad de siete) es el tiempo que pasa, momento breve de persecución de los fieles. Partiendo de cálculos tomados de Dan 7, 25; 12, 7, Juan lo identifica con un tiempo (=año), dos tiempos y medio tiempo: los 42 meses o 1260 días simbólicos de la crisis final (Ap 11, 9-13; 12, 14).

Cuatro. Es el mundo perfecto y peligroso: cuatro son los Vivientes del cielo (4, 6.8; 5, 6 etc.), los caballos destructores de la historia (6, 1-8), los elementos cósmicos (8, 7-12; 16, 1-9), los ángulos del mundo con sus ángeles y vientos (7, 1-3; cf. 9, 14-15; 20, 8), lo mismo que los cuernos del altar (cf. 9, 13) y los ángulos o muros de la Ciudad nueva (21, 16).

Seis. Es la imperfección del mundo (del hombre) que, oponiéndose al siete de Dios y su Mesías, acaba encerrándose a sí mismo, en violencia destructora. Es el número de la Bestia: 6.6.6 (Ap 13, 18) y del 6º emperador, que ahora reina (tras los cinco pasados), siendo incapaz de permanecer, pues no puede hacerse siete (cf. 17, 10-11).

 

Siete. Es la plenitud divina que se expresa en los espíritus (Ap 1, 4; 3, 1; 4, 5; 5, 6), ángeles (1, 20; 8, 2. 6), candelabros (1, 12.20; 2, 1), astros (1, 16.20; 2, 1), iglesias (1, 4.11.20) y en los cuernos y ojos del Cordero, que reflejan su poder (5, 6). Siete son también los acontecimientos finales que marcan el juicio de Dios sobre el mundo: los sellos (5, 1.5; 6, 1), las trompetas (8, 2.6), los truenos (10, 3.4) y las copas destructoras (15, 1.6.7). Hay también un siete negativo que se expresa en las cabezas del Dragón y de la Bestia (12, 2; 13, 1; 17, 3.7), en las colinas (de Roma) que forman el asiento de la Prostituta, en los reyes perversos de la historia (17, 9) y, sobre todo, en el 7º emperador, que permanece poco tiempo…, pues un siete humano es siempre perversión, es idolatría. Cuando este emperador desaparezca volverá como octavo uno de los anteriores, pero Cristo lo destruirá (17, 10-11).

Diez. Es número del poder perverso: los cuernos de Dragón y Bestia (13, 3; 13, 1; 17, 3.7), los reyes de la tierra (17, 12.16) y los días de prueba que Daniel y compañeros han de padecer porque no aceptan la comida impura del imperio (2, 10). Se opone probablemente al doce de la perfección israelita y cristiana.

Doce. Número perfecto de los cielos, como muestran las estrellas de la corona de la Mujer (12, 1), y de la historia mesiánica, que se expresa por los hijos de Israel y los apóstoles del Cristo, vinculados a los ángeles de Dios y a los cimientos y puertas de la Jerusalén perfecta (21, 12-14), con sus medidas y piedras preciosas (21, 16.21). Desde ese fondo han de entenderse sus múltiplos: los 24 Ancianos (dos por doce) que forman la corte de Dios (4, 4) y los 144.000 triunfadores (doce mil por doce mil) del Monte Sión (14, 1; cf. 7, 4).

Mil. Es signo de una gran multitud (millares de millares forman la muchedumbre incontable de los ángeles 5, 11). Se emplea de un modo especial para indicar el milenio: los años del tiempo del reino de los elegidos; frente al breve tres y medio de la persecución se eleva el mil de gloria de los elegidos (20, 2-7).

El Apocalipsis habla del 666 como del nombre de la Bestia: Aquí se requiere sabiduría. Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia, pues se trata de la cifra de un hombre. Su cifra es 666 (13,18).

Las primeras generaciones cristianas tenían todo lo que necesitaban para solucionar el enigma. Nosotros debemos tener en cuenta que:

  1. La solución pasa necesariamente por el siglo I d.C. Juan se refiere a un personaje que puede ser reconocido por su comunidad.

  2. La cifra de la Bestia tiene que interpretarse en el contexto más amplio de los capítulos 12-18 y nos pone necesariamente en relación con el poder imperial romano.

Vamos a ver ahora cómo podemos identificar a la Bestia con el Imperio romano y por qué viendo la segunda parte del Apocalipsis (c. 12-20), que aborda el problema de la relación con el poder imperial romano.

Ya desde Augusto (27 a.C.-14 d.C.), las pretensiones imperiales se habían ido haciendo cada vez más excesivas, hasta el punto de que el emperador se convirtió en objeto de culto. Los emperadores se divinizaron a sí mismos o fueron divinizados por sus sucesores. Es curioso que fuera en las provincias -en el Asia Menor- y no en la capital (Roma) donde este culto alcanzó mayor éxito. Y es en algunas ciudades como Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Filadelfia, etc., donde la arqueología y la numismática han puesto de relieve los vestigios más evidentes de la práctica de este culto al emperador.

En este sentido, el siglo I supuso una prueba especial para los cristianos. Hubo ciertamente un periodo de tolerancia y de moderación con Tiberio (14-37) y Claudio (41-54), pero la locura tristemente célebre de Calígula (37-41) y de Nerón (54-68) iba a llevar este culto a los límites de la sinrazón, suscitando así una viva reacción por parte de los cristianos. Ante su negativa, la represión y la persecución se hicieron cada vez más violentas. Este pasado reciente de las locuras imperiales, que llevó a la persecución de los cristianos, es lo que movió al autor del Apocalipsis a tomar la palabra para afianzar a sus hermanos en medio de la prueba y darles aliento.

Un pasado reciente, pero que había vuelto a hacerse presente, en el momento en que San Juan escribe el Apocalipsis. Estamos ahora en tiempos de Domiciano (81-96). Si no cayó en la locura como Calígula y Nerón, no dejó sin embargo de de imponer el culto al emperador, que llegó hasta hacerse llamar “nuestro Señor y nuestro Dios”. En efecto, sus cartas llevan el encabezamiento: “Nuestro Señor y nuestro Dios ordena lo siguiente”. ¿Cómo podrían admitir semejante pretensión los cristianos, que confesaban “al único Dios y Señor nuestro Jesucristo” (Judas 4)? El culto al emperador era inconciliable con la fe cristiana, y los cristianos supieron mantenerse en su debido lugar en nombre de su fe. Y aunque Domiciano no practicó una persecución sistemática contra los cristianos, éstos guardarán de él un mal recuerdo y establecerán espontáneamente algunas relaciones entre su reinado y el de Nerón. Lo cierto es que el doble contexto del culto imperial y de las persecuciones en general (bajo Domiciano o antes de él) destaca con toda claridad en el libro del Apocalipsis:

  • 2,13: “Sé dónde vives: donde está el trono de Satanás”. La Iglesia aquí aludida es la de la ciudad de Pérgamo, notable lugar de culto imperial en Asia;

  • 13,1-18: la Bestia presenta definitivamente rasgos reales: su imagen se levanta e intenta seducir a todos los habitantes de la tierra para que la adoren,

  • 14,8; 17,5 y c. 18: el nombre simbólico de Babilonia la grande designa, como en los apocalipsis judíos contemporáneos, la capital del imperio: Roma.

  • c. 17: la alusión a la residencia de la gran prostituta (las “siete colinas”… de Roma) y a los siete reyes que se fueron sucediendo nos lleva a un contexto imperial romano;

  • las numerosas alusiones a la prueba y a la sangre derramada de los mártires se comprenden fácilmente en el contexto general que hemos descrito y que empieza a transcurrir desde los tiempos de Nerón (1,9; 7,14; 12,11; 13,7; 20,4).

En conclusión: Este poder imperial, que persigue a los cristianos a quienes se dirigía San Juan en su Apocalipsis, está expresado con un número, el número de la Bestia que se opone al Cordero degollado (pero no muerto). El número de la Bestia es el 666, número que se acerca a la perfección del 7, pero que no llega, con lo cual al final es destruido. No hay que buscar interpretaciones extrañas y retorcidas, pues el autor quiso solamente decir a los cristianos que sufrían la persecución y la incomodidad de su sociedad que, por muchos padecimientos y mucha fuerza que pareciera tener el poder imperial romano y los enemigos de Cristo, la perfección sólo es de Dios y de Cristo, muerto y resucitado (su Cordero, degollado, el que estaba muerto y ahora vive, que tiene las llaves del reino de la muerte, etc. y del cual San Juan es testigo -cf. Apocalipsis 1,17-19).

Esto nos debe enseñar a nosotros que hemos de confiar sobre todo en el poder de Dios, que consiste en su Amor infinito por sus creaturas, que hemos de vivir confiados en la misericordia de Dios y cumpliendo su voluntad pero sin prestar atención a todos aquellos que anuncian el fin de los tiempos antes de tiempo por cualquier coincidencia: ya lo anunció Jesús en el Evangelio, que el día y la hora sólo la sabe Dios Padre. Y cuando llegue ese momento final, hemos de saber que no será un final destructor, sino el comienzo de los cielos nuevos y de la tierra nueva, la nueva Jerusalén (Apocalipsis 21-22), el cumplimiento definitivo de los nuevos tiempos de salvación inaugurados por Jesucristo.

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Sin el Espíritu Santo

Posted by El pescador en 4 junio 2006

“El Espíritu Santo es la Novedad, es la presencia de Dios-con-nosotros.

Sin el Espíritu Santo, Dios queda lejos, Cristo permanece en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia es pura organización, la autoridad tiranía, la misión propaganda, el culto mero recuerdo y el obrar cristiano una moral de esclavos.

En cambio, en el Espíritu Santo, el mundo es liberado, el hombre se perfecciona, Cristo Resucitado está aquí, el Evangelio es fuerza de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión es Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación y la acción humana es divinizada”.

(Ignacios Hazim, Patriarca ortodoxo de Antioquía, Intervención en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, Upsala 1968).

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