El testamento del pescador

Archive for the ‘Bernard Sesboüé’ Category

La vida depués de la muerte

Posted by El pescador en 8 abril 2007

Entrevista con Bernard Sesboüé. Este teólogo jesuita se ha impuesto por sus trabajos sobre el ecumenismo, la cristología, la redención. Es el autor especialmente de “La resurrección y la vida. Catequesis sobre las realidades últimas” (Editorial Mensajero).

¿Cómo ha llegado a elaborar el pensamiento bíblico la esperanza de la resurrección?

P. Bernard Sesboüé: En la creencia primitiva, el gran bien del hombre es la vida, y la muerte aparece como la catástrofe. Por tanto, todo ha acabado con ella. Al morir, el hombre va al “shéol” o “infiernos”, equivalente judío del “hades” de los griegos, es decir un lugar de tinieblas, de polvo y de silencio. Una especie de prisión con puertas, donde las sombras llevan a una vida extremadamente paliducha, parecida a un triste sueño. Este “shéol” no es un lugar de castigo, es un lugar de olvido, un lugar donde el hombre no puede conocer más a Dios. Lo mismo que el cuerpo se degrada, de la misma manera el soplo de vida se extenúa en un sueño privado de toda felicidad. Esta concepción poco a poco evoluciona bajo un triple empuje. El amor, en primer lugar: el pueblo judío quiere vivir sin interrupción y sin fin con Dios. La justicia, a continuación: el “shéol” nivela definitivamente a todos los humanos, sean cuales fueran sus acciones, lo que hace escandalizarse sobre la justicia de Dios y contradice la esperanza de los mártires. Finalmente, la vida: El Dios de la vida es más fuerte que la muerte. Este recorrido respresenta etapas que nosotros también tenemos que recorrer sea como sea la fuerza de nuestra fe, desde la percepción del escándalo de la muerte y la experiencia sufriente de la separación que parece tan próxima de la caída en la nada, hasta tomar en cuenta nuestra esperanza de una vida más allá de esta vida, esperanza que habita todo hombre en lo más profundo de sí mismo.

¿Qué nuevo umbral atraviesa el Nuevo Testamento?

Jesús anuncia la venida del Reino de Dios. Proclama las Bienaventuranzas, carta magna de ese Reino, y cuenta las parábolas para permitir que cada uno se convierta a la Buena Noticia. Pero no sólo habla. Actúa. El Reino que anuncia, lo inaugura con su presencia y con sus actos. Cura a los enfermos y resucita a los muertos: el hijo de la viuda de Naín, la hija de Jairo, Lázaro. A la pregunta “¿En qué consiste el Reino de Dios?” aporta asimismo una respuesta simple: quienes creen vuelven a la vida. El mismo Jesús ha atravesado la prueba de la muerte. Pero ha cambiado el sentido amando a los suyos hasta el final. Su muerte ha sido una “muerte para nosotros”. Ha dado su vida para darnos la vida. Con su resurrección, llegamos al corazón del mensaje cristiano sobre el hombre y su salvación.

¿Qué significa la resurrección de Cristo?

En primer lugar, una primera constatación: la tumba es encontrada abierta y vacía. El cuerpo de Jesús ha desaparecido. Segunda constatación: al resucitar, Jesús no ha vuelto a su estado de vida anterior. Se deja ver de una manera repentina y gratuita que escapa a las leyes de nuestro espacio y de nuestro tiempo. Pero no es un espíritu, ni un puro fantasma: la resurrección concierne la totalidad de su persona, incluyendo su cuerpo mortal. Estos puntos son de una importancia decisiva para nosotros, pues la resurrección de Jesús es en cierto modo la parábola en acto de lo que debe ser nuestra resurrección. Como Él resucitó, nosotros resucitaremos.

¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo?

San Pablo (1 Corintios 15) hace una comparación: el de la semilla minúscula que muere, se disuelve en el suelo, antes de dar nacimiento al cuerpo todo nuevo de la planta. Para Pablo y sus contemporáneos, completamente ignorantes del proceso biológico que hace pasar de la una a la otra, se trata propiamente de un milagro. Dicho de otra forma, después de una transformación radical, el ser corporal concreto da lugar al cuerpo “espiritual”, glorioso y celeste. Continuando con San Pablo, y teniendo en cuenta todos los datos de la filosofía, de la antropología y de la teología contemporáneas, podemos intentar definir el paso al cuerpo resucitado. Sabemos que el cuerpo no puede ser reducido ni a sus elementos físico-químicos, ni a una realidad orgánica y biológica. Es aquello en lo que y por lo que el hombre recibe y vive una existencia personal, ejerce y manifiesta su libertad en su relación a sí mismo, a los otros, a Dios. Es en y por su cuerpo como el hombre entra en comunicación con los otros y consigo mismo, ama, sufre, trabaja, experimenta alegría y placer. El cuerpo es pues nosotros mismos. El anuncio de la resurrección de la carne que proclamamos en el credo significa que el hombre será salvado en todo lo que él es. Tendrá continuidad, y discontinuidad: continuidad de nuestra identidad, discontinuidad puesto que habrá la ruptura de la muerte. El cuerpo resucitado será liberado de todas las obligaciones y necesidades naturales que lo volvían perecedero.

¿Podemos tener una representación de ese cuerpo resucitado?

Propiamente dicho, no, porque tal cuerpo escapa radicalmente al mundo de nuestras representaciones terrestres. Podemos servirnos de las apariciones de Jesús resucitado para coger algunas características. Podemos pensar también en momentos privilegiados de nuestra vida, instantes de gracia donde nuestro cuerpo parece ya casi espiritualizado: es la experiencia mística de los santos, es la experiencia de los momentos más intensos del amor; es la experiencia hecha cuando se forma cuerpo por ejemplo con una sinfonía de Beethoven, o la belleza nos saca de nosotros mismos.

¿Cuándo se produce la resurrección?

La respuesta a esta pregunta cae en una paradoja: debemos decir a la vez que los muertos han resucitado ya y que ellos aún no lo han hecho todavía. En otras parábolas: viven una primera resurrección, que permanece incompleta en tanto que la humanidad entera no haya llegado a la resurrección plena que tendrá lugar durante el retorno de Cristo. La resurrección es una lenta génesis, pero también un proceso dinámico que se desarrolla entre la resurrección de Jesús en la mañana de Pascua y su segunda venida en la gloria al final de los tiempos. De esta paradoja el misterio de Jesús mismo puede darnos una idea. Él también ha conocido el tiempo intermedio de la estancia de su cuerpo en la tumba. Su resurrección no ha sido completa cuando el signo concreto nos ha sido dado: gracias al acontecimiento de Pascua, Jesús toma contacto y recobra la comunión con los suyos. Termina de fundar su Iglesia y hace posibles los sacramentos, que suponen un contacto entre su cuerpo glorificado y nuestros cuerpos todavía mortales.

¿Estamos todos llamados a resucitar?

Basta con que miremos con coraje nuestra vida para descubrir todo lo que escondemos a los otros. Somos a menudo incapaces de llevar encima el peso de la verdad. Ahora bien, el mundo de Dios es el de la luz y de la transparencia, y no podemos entrar ahí sin hacernos nosotros mismos transparentes y luminosos. La necesidad del purgatorio viene de ahí, y no de una voluntad arbitraria de Dios. Si hay sufrimiento, es la de un amor todavía atado. Le choque del encuentro e Dios es un fuego que devora. ¿No hablamos nosotros mismos del arrepentimiento de nuestras faltas como un ardor? Paradójicamente, este sufrimiento es también una alegría, la alegría de entrar en la luz y en la vida. El purgatorio no es pues un castigo. Al contrario, es la expresión de la gran paciencia de Dios, que mantiene hasta el más allá la posibilidad de nuestra conversión total al amor.

¿Se puede hacer teología del infierno?

En el punto de partida, está la certeza más inquebrantable de nuestra fe: Dios es amor. No podemos pensar la hipótesis del infierno aparte de esta luz. Nada, en los textos del Nuevo Testamento, contradice esta afirmación. Lo esencial del mensaje de Jesús es un aviso, una puesta en guardia. Pero el hombre puede querer no amar. Esta posibilidad es la que enuncia la idea de un infierno. El infierno es una posibilidad real para cada uno de nosotros, si nuestra libertad rechaza a Dios de manera definitiva. Pero eso no nos quita la esperanza de que todos los hombres sean salvados, según el designio universal de Dios.

¿A qué se parece el más allá?

No podemos hablar más que a través de una red de imágenes. La vida eterna es presentada bajo la forma de un banquete de fiesta. Ese banquete es evocado en las parábolas evangélicas como el banquete de las bodas del Hijo con la humanidad. La metáfora de las bodas nos hace volver a las experiencias más intensas de esta vida de amor que será la nuestra. El Apocalipsis presenta también el cielo bajo la figura de una liturgia eternal, vivida alrededor del trono de Dios y del cordero inmolado y glorioso. La Escritura utiliza también las imágenes de la Ciudad Santa, de la Jerusalén celestial. Sin duda, la alegría del cielo será el hecho de un amor perfectamente puro y abierto a los otros en una comunión aún más grande de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.

¿Esta representación idílica de la felicidad prometida en el más allá no corre el riesgo de hacernos olvidar que el Reino de los cielos está ya allí desde la venida de Cristo?

No debemos olvidar jamás que el cielo eternizará todos los actos de amor y de servicio que los hombres hayan realizado sobre la tierra. Eso debe ahondar en nosotros la llamada a obrar para la salvación del mundo. La construcción de la ciudad terrena enlaza con la ciudad celestial. Debemos estar atentos a los signos aunque sean frágiles y tenues que sean la anticipación del cielo sobre la tierra, por todos los sitios donde los hombres se conviertan, renuncien a su pecado, por todos lados donde la justicia, la libertad y el respeto progresen. Esos signos no son más que la cara oculta del Reino de los cielos entre nosotros. «Yo soy la resurrección y la vida»: esta afirmación de Cristo es el signo de esta inmensa promesa.

Muchas personas, incluidos los cristianos, consideran la perspectiva de la reencarnación. ¿En qué es compatible con la fe cristiana?

La reencarnación cuestiona la unidad de la persona humana, en tanto que es un sujeto único e irreemplazable ante Dios. La reencarnación vuelve a caer en un cierto dualismo cuerpo/alma, el primero sin valor, simple hábitat reemplazable, la segunda se encuentra reducida a un principio cambiante de modo de ser en cada existencia y cuyo destino final es perderse en el gran todo. Además, la reencarnación traduce un movimiento que va del hombre hacia Dios. Es una obra del hombre, que busca su impecabilidad más que el encuentro con Dios. El cristianismo, al contrario, nos anuncia un Dios que busca al hombre, que va a su encuentro para atraerlo hacia él. Un Dios que quiere realizar por su misericordia y su amor una comunión con el hombre.

recogido por Martine de Sauto
(original en francés; traducción mía).

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Sufrimientos de Cristo, sufrimientos de los hombres

Posted by El pescador en 6 abril 2007

¿Por qué la cruz puede provocar un malestar real? La respuesta de Bernard Sesboüé, jesuita y teólogo

El sufrimiento es siempre un mal que es preciso combatir

Demasiado insistir sobre los sufrimientos de Cristo dan a entender en efecto que todo esto era necesario a los ojos de Dios para salvarnos.

Este sufrimiento sería como un precio que pagar a la justicia divina para obtener a cambio nuestra salvación. ¿Cómo no se rebeló Cristo ante tal exigencia? Nos encontramos en una suerte de pacto.

Es preciso pues decir y volver a decir: el sufrimiento es siempre un mal que hace falta combatir. En sí mismo no tiene ningún valor.

No es la cantidad de sufrimientos de Cristo lo que nos salva: eso sería a la vez sadismo y masoquismo.

Lo que nos salva es la fuerza de un amor que ha ido a afrontar la violencia de los hombres hasta sufrir la muerte, para vencer esta misma violencia. Esos sufrimientos no son el hecho de una exigencia de Dios: se trataría entonces de un Dios vengador y maléfico.

Esos sufrimientos son la consecuencia de la violencia humana, aquella que todos los siglos de nuestra historia han experimentado, la que el siglo XX ha ilustrado tristemente con dos guerras mundiales, la Shoah [el Holocausto] y los campos de concentración nazis y soviéticos, aquella por cuya experiencia pasamos todos los días en este principio del siglo XXI.

Debemos reconocer también la complicidad secreta con la violencia que late en nosotros. Debemos reconocer la solidaridad que es común a todos con el pecado del mundo, un pecado paradójico porque todos somos víctimas de él antes de convertirnos a nuestra vez sus cómplices y actores.

Pues el drama de la pasión consta de tres grandes actores: el Hijo que da su vida, el Padre que nos envía a su Hijo para que Él viva con nosotros y que, por consecuencia, lo abandona a nuestra violencia, y finalmente los hombres pecadores y violentos que rechazan entrar espontáneamente en el camino de la justicia. El Padre está del lado del Hijo y, como cualquier padre, sufre a su manera los sufrimientos de su Hijo. No hay duda en todo eso más que la gratuidad del amor. Ningún cálculo, si no es la voluntad de que la violencia ceda ante el amor. Ante la persona de Jesús, el justo, el santo, aquel que no puede ser convencido para que peque, la violencia de la humanidad ha sido como concentrada. La pasión recapitula el drama de toda la humanidad. Aquellos que han querido o permitido su muerte son los judíos de una parte, los paganos de otra, y también sus discípulos, de los cuales uno lo ha traicionado, otro ha renegado de él y la mayor parte ha huido.

Eso quiere decir simbólicamente que todos los grupos humanos son responsables de esto. Ha muerto por nosotros y muriendo por nosotros ha querido morir para nosotros. He aquí la misteriosa alquimia de la pasión: en una espiral de violencia, la víctima vencida se ha convertido en el gran vencedor.

El amor es más fuerte que la muerte. Eso es lo que significa la resurrección. ¿Y qué pinta el sacrificio en todo esto? El sacrificio no es nada más que el don de sí, es decir la preferencia dada a Dios y a los otros por encima del amor a uno mismo. Jesús ha amado a su Padre para morir por él; nos ha amado para morir por nosotros. Pero el amor es fecundo, es el que da la vida.

Bernard Sesboüé s.j.
(original en francés; traducción mía)

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