El testamento del pescador

Archive for the ‘Isabelle de Gaulmyn’ Category

Sin el latín… y sin el griego

Posted by El pescador en 30 junio 2009

(original en francés; traducción mía)

Isabelle de Gaulmyn

¡”Sin el latín, sin el latín”… la encíclica económica, tan esperada, habría sido publicada ya! Porque ¿a quién señalamos aquí como responsable de los últimos retrasos de este importante texto sobre la doctrina social, el primero de Benedicto XVI, el primero también en tener en cuenta la mundialización, un documento que se ha hecho más urgente por la crisis financiera y económica que sacude el mundo? ¡El latín! Como todas las encíclicas, ésta será también, incluso oficialmente primero, traducida al latín, la lengua de la Iglesia universal. El texto, se dice, será particularmente complejo de traducir a la lengua de Cicerón porque utiliza conceptos modernos, para los cuales nuestros antepasados los romanos no tenían nada para decir, ni siquiera pensado… Sin contar que los efectivos de personas empleadas en las sección latina de la Secretaría de Estado han disminuido desde hace algunos años. ¿Cómo traducir al latín la “globalización”, “los mercados financieros” o incluso “las stocks options”?

Sin embargo no despreciemos demasiado deprisa el retorno a las lenguas “muertas”. La misma palabra “economía” viene del griego, y, según indiscreciones Benedicto XVI, en esta encíclica, partiendo como le gusta hacer, de la etimología, “oikos” (casa) y “nomos” (administrar), o sea “administrar los bienes de la casa”, recuerda que la economía es ante todo un asunto de familia. De la familia humana…

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No hay segundo caso Galileo

Posted by El pescador en 28 diciembre 2008

 

clip_image002Isabelle de Gaulmyn (original en francés; traducción mía)
«¿Qué pasaba antes del comienzo del mundo? ¿Qué hacía Dios antes de crearlo? Preparaba el infierno para aquellos que hacen tales preguntas…»… Con esta broma, el célebre astrofísico Stephen Hawking, que sufre una ELA (esclerosis lateral amiotrófica) que lo paraliza totalmente, ha comenzado su exposición sobre la evolución, durante un coloquio organizado por la Academia Pontificia de las ciencias, en el Vaticano. Coloquio sobre un asunto a priori polémico: la teoría de la evolución de la especie humana, del mundo y del universo, a la luz de la fe… Sabemos que el creacionismo, y su sucedáneo, la teoría del «Diseño inteligente» contesta hoy de manera a veces violenta las teorías de Darwin, en nombre especialemente de una cierta concepción de la fe. Ahora bien ello no desagrada a algunos, no habrá, en el Vaticano, un segundo asunto Galileo… El Papa, al recibir a los miembros de la Academia, ha explicado bien cómo las dos lógicas, una horizontal -la ciencia-, la otra vertical -la fe-, no eran incompatibles. Al contrario. Benedicto XVI ha comparado la naturaleza a un libro escrito por Dios, y que está por descifrar también, como la Biblia. Leer la evolución, ha dicho, no es leer un “caos” sino un libro “en el cual nosotros leemos la historia, la evolución, la “escritura”, y la significación en función de los diferentes enfoques de las ciencias”. Pero -puesto que las imágenes cuentan-, retenemos como símbolo de esta “armonía” la del Papa, inclinado, la mano sobre la frente del astrofísico británico como para ponerle en su sitio un mechón rebelde, mientras que éste, por medio de su ordenador-sintentizador le dejaba este mensaje: “Santo Padre, estoy contento de haberme encontrado con Usted. Hoy debería haber un buen encuentro entre Ciencia e Iglesia”.

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El bestiario de la plaza de San Pedro

Posted by El pescador en 19 enero 2008

Isabelle de Gaulmyn (original en francés; traducción mía)

Para que cambiemos de asunto un poco pesados de este principio de semana, algunos corderos inofensivos que esperan, en la plaza de San Pedro, la bendición dada este jueves con ocasión de San Antón. ¿Inofensivos de verdad? En un artículo del diario «Il Sole», el domingo, Monseñor Gianfranco Ravasi, el «ministro de cultura» del Vaticano, a propósito de una obra reciente (1), muestra cómo los Padres de la Iglesia, en los primeros siglos de cristiandad, retomaron el bestiario de la Biblia, pero remodelando los atributos de cada animal en función de sus prioridades teológicas. La liebre que el salmista (Sal 103-104) describe como el eterno fugitivo ante los leones feroces, se convierte en signo de los cristianos perseguidos. Pero, por su carácter prolífico, el mismo roedor es transformado por otros Padres de la Iglesia en imagen de la lujuria frenética. ¿La víbora sólo puede atraer sobre ella todos los males posibles («raza de víboras» Mateo 3)? Se convierte por tanto en signo de redención, ella que escupe su veneno antes del apareamiento. Los mosquitos, plagas de Egipto por un lado, pero también multitud de cristianos, que se encuentran en las tinieblas del pecado antes de ser iluminados por el sol de Cristo… En cuanto a la oveja, para volver a nuestros corderos, nada hay más puro, más ejemplar, que este animal que posee todas las cualidades ¡hasta el punto de ser el símbolo de la fe por excelencia! Salvo que algunos autores de los primeros siglos le han reprochado su servilismo, su ingenuidad, que ella encarna también… Los Padres de la Iglesia eran sabios. Pues ¡qué más «humano», después de todo, que estos animales que pueden, por turno, y en la misma existencia, hacerse ángeles… o tontos!
(1) «Bestiari biblici», Maria Pia Ciccarese

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«Spe salvi», la segunda encíclica de Benedicto XVI

Posted by El pescador en 8 diciembre 2007

Isabelle de GAULMYN, en Roma (original en francés; traducción mía)

La segunda encíclica del pontificado se hizo pública hoy. En la prolongación de “Deus caritas est”, el Papa quiere volver a llevar a los católicos a los fundamentos de la fe

El secreto ha sido bien guardado: todo el mundo esperaba una encíclica «política» sobre la doctrina social de la Iglesia. Ahora bien, el Papa ha publicado el viernes 30 de noviembre un texto de tipo más teológico, sobre la esperanza. Como la primera, publicada al final de enero de 2006 y consagrada al amor (Deus caritas est), esta segunda encíclica de Benedicto XVI debía ser corta y personal: él mismo la escribió, desde el principio al final, este verano.

Benedcito XVI ha elegido por tanto ofrecer a los católicos, para el Adviento, una meditación sobre la virtud teologal de la esperanza. «Spe salvi facti sumus», escribe para comenzar: «En la esperanza hemos sido salvados, dice San Pablo a los Romanos y a nosotros también». Puede esperarse con esto que el Papa teólogo responde así a las críticas modernas de la esperanza cristiana, las de las Luces, de Nietzsche o de Marx.

Críticas en parte en el origen, según él, de la crisis terrible que conoce la sociedad humana hoy. Ante las esperanzas seculares, la encíclica debería mostrar la pertinencia y la actualidad de la esperanza cristiana, con su dimensión de salvación, adquirida desde aquí abajo para ser cumplida en más allá, según la dinámica de la Epístola a los Romanos (8, 24). Siempre pedagógico, Benedicto XVI invoca, para su propósito, figuras de testigos contemporáneos, como Santa Bakhita, joven religiosa de Darfour en el siglo XIX.

Acompañar a los católicos a los fundamentos de la fe

¿Sorprendente esta encíclica? No tanto como eso. Como lo anuncia un cardenal, «Benedicto XVI lo pensaba sin duda ya al escribir su primera encíclica». En efecto, Spe salvi se sitúa en la lógica de Deus caritas est, manifestando la intención de declinar las tres virtudes teologales que son la caridad, la esperanza y la fe. Teologales, es decir que hacen penetrar en el corazón del misterio cristiano.

Esto cuadra en la manera de este Papa teólogo, que busca desde el principio de su pontificado conducir a los católicos a los fundamentos de la fe, una especie de retorno a las fuentes. Así propone cada miércoles una catequesis sobre los Padres de la Iglesia. Así incluso ha escrito un libro sobre Jesús hombre e hijo de Dios, que se articula de manera evidente con sus encíclicas.

La esperanz, Benedicto XVI reflexiona sobre ella desde hace tiempo. Había evocado este tema como prefecto de la Doctrina de la fe, ante la Comisión teológica internacional, a propósito del limbo. Algunos meses después de su elección, en septiembre de 2005, a los obispos mexicanos, les pidió que se convirtieran en «apóstoles de esperanza, poniendo una alegre confianza en las promesas de Dios». «Ante un horizonte tan cambiante y complejo como el actual, la virtud de la esperanza es puesta a prueba duramente en la comunidad de los creyentes», les decía.

Más recientemente, en Nápoles, ciudad particularmente tocada por la violencia y la pobreza, ¡ha usado la palabra una docena de veces en su homilía! «Ante las realidades sociales difíciles y complejas como las vuestras, hace falta reforzar la esperanza, que se funda sobre la fe y se expresa de una manera incansable», lanzaba a los napolitanos, con esta convicción:«Nuestra profesión de fe es siempre una profesión de esperanza, pues la fe es esperanza».

Encíclicas espirituales casi intimistas

Pero estas dos primeras encíclicas sorprenden de todos modos por la forma, espiritual, casi intimista. «Es una innovación total en la historia de la Iglesia», subraya el historiador Philippe Levillain. Después de los siglos XIX y XX, los grandes textos pontificios eran a menudo políticos, ligados a un contexto histórico vivido por el sucesor de Pedro: Benedicto XV sobre la paz, Pío XII sobre la guerra…

Las encíclicas de Juan Pablo II fueron escritas también en esta perspectiva. No es el caso de los textos de Benedicto XVI. De ahí, sin duda también, una segura dificultad para recibirlos. Sabemos hoy que los aplazamientos sucesivos de la publicación de Deus caritas est eran deibidos en parte al bloqueo, en el seno del Vaticano, de parte de aquellos que no veían en ella un texto de la naturaleza de una encíclica. Y unas asociaciones de laicos confiaban cuánto habían sido desconcertadas por un texto que no parecía dirigirse a ellos para indicar la dirección que seguir.

Benedicto XVI ha elegido completar su papel de «Papa teólogo», haciendo accesibles a todos las grandes verdades del mensaje evangélico. Una convicción que, al ver el éxito en librería de Deus caritas est, parece encontrar una espera de la sociedad actual.

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Las beatificaciones devueltas a las diócesis

Posted by El pescador en 6 octubre 2007

Isabelle de Gaulmyn

(original en francés; traducción mía)

En lo sucesivo, el Papa no preside más las ceremonias de beatificación. Salvo excepción, se desarrollan en la diócesis del beato, como será el caso el domingo 16 de septiembre en Mans y en Burdeos

Los vendedores de recuerdos piadosos de la plaza de San Pedro y del vecino Borgo han perdido clientes, así como las agencias de viajes especializadas: a partir de ahora no hay casi ninguna ceremonia más de beatificación en Roma. Pero eso no trastorna mucho a los responsables de la Congregación de las causas de los santos encargados de estudiar los informes de los futuros beatos o santos y que, desde sus despachos justo al lado de la Via della Conciliazione, se alegran de ello abiertamente.

«Esperábamos esto hace tiempo», desliza uno de los dos. Las celebraciones tienen lugar desde ahora en las diócesis que han promovido la beatificación, es decir allí donde ha vivido o muerto el beatificado. Solamente en ciertos casos precisos tienen lugar en Roma. Para Carlos de Foucauld por ejemplo, al final de 2005, pues era difícil proyectar una ceremonia así en Argelia. Pero, incluso entonces, el Papa no preside más la celebración.

Durante todo el pontificado de Juan Pablo II, los fines de semana estaban marcados por esas grandes misas en el exterior de la basílica, presididas sistemáticamente por el Papa y donde se encontraban, con los colores de sus países, peregrinos de diócesis del mundo entero y miembros de congregaciones religiosas para honrar a «sus» beatos.

“Una vuelta al pasado”

Estas beatificaciones –no fueron nunca tan numerosas como bajo el pontificado de Juan Pablo II– contribuyeron no poco al turismo religioso en la Ciudad eterna.

Ahora bien, una de las primeras decisiones de Benedicto XVI fue justamente decretar que el Papa no presidiera habitualmente las celebraciones de beatificaciones, sino solamente las canonizaciones, en las que los beatos son proclamados santos. En realidad, «se trata más de una vuelta al pasado que de una verdadera novedad», explican en la Congregación de las causas de los santos. Era la práctica corriente durante los últimos siglos.

A partir del siglo XII, en efecto, ante la multiplicación de cultos locales a piadosos personajes por la vox populi, Roma decidió entregar autorizaciones de culto local para los «servidores de Dios», a la espera de su canonización oficial. Pero las cermonias se desarrollaba en el lugar, sin el Papa. Eso ha permitido crear una forma de jerarquía y también de apropiarse, de alguna manera, los santos locales…

No confundir beatificación y canonización

Pablo VI dio un frenazo a esta tradición, decidiendo presidir él mismo en 1971 la beatificación del P. Maximiliano Kolbe. Roma y el pontífice daban así un cierto prestigio a la ceremonia, y parecía difícil desde entonces volver atrás. Sabiamente, Benedicto XVI aprovechó desde el principio de su pontificado para hacerlo. Pues, en Roma, esta decisión no ha ido sin provocar algún chirriar de dientes, algunos temen que las beatificaciones pierdan su valor.

En realidad, la decisión de Benedicto XVI de «devolver» las beatificaciones a las diócesis está doblemente motivada. Primero, en el plano teológico. Esto evita, observan en la Congregación de los santos, confundir beatificación y canonización. La primera tiene un alcance local. La segunda, que marca el acceso a la santidad, vale para la Iglesia universal. Con una beatificación, el Papa concede que el culto público rendido a un servidor de Dios sea ejercido de forma limitada, localmente o por ciertas familias religiosas.

Por la canonización, en cambio, el beato es declarado santo, y su culto se impone a toda la Iglesia. Es preciso añadir, como ha escrito el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación de las causas de los santos, que en las canonizaciones la Iglesia actúa «sobre una decisión que tiene carácter definitivo y preceptivo para toda la Iglesia al comprometer al Magisterio solemne del pontífice romano». Este no es el caso de las beatificaciones.

“Una verdadera descentralización”

En el plano pastoral también, sólo se ven ventajas en esta decisión. Se trata de una verdadera descentralización –en términos eclesiales, se habla de subsidiariedad–, que vuelve a dar la importancia a las Iglesias locales y permite del todo a una diócesis implicarse en la celebración, en una forma de catequesis práctica.

Un poco como las tomas de posesión de los nuevos obispos, la beatificación se convierte entonces en un acontecimiento que marca a los cristianos localmente, reunidos alrededor de la memoria de uno de los suyos. Además, se añade en la Congregación, antes, todo el mundo no podía ir a Roma. Se consigue todavía para hacer venir numerosos autobuses de peregrinos de una diócesis francesa. Pero la cosa se convierte en imposible en el caso de la beatificación de una argentino o de un brasileño.

Y además, esta «descentralización» no quita ninguna autoridad al acto de beatificación: ésta, como ha sido reafirmado en el documento firmado por Benedicto XVI sobre el asunto, permanece un acto pontifical. Está presidida siempre por un representante del Papa: generalmente el prefecto de la Congregación de las causas de los santos, incluso si a veces el Papa puede nombrar un arzobispo del país, como fue el caso recientemente para Polonia.

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Benedicto XVI propone la humildad de Agustín como modelo para la Iglesia

Posted by El pescador en 22 abril 2007

Venido en peregrinación para venerar las reliquias de San Agustín, Padre de la Iglesia al cual está espiritualmente muy próximo, Benedicto XVI ha invitado a la Iglesia a colocarse en los pasos del obispo de Hipona

En la sacristía de San Pietro in Ciel d’Oro, sobre un bello lienzo del siglo XVII, están representados dos grandes santos en conversación: Agustín escribe sentado en su mesa, y Jerónimo, cuya cabeza pasa a través de la ventana, solicita el parecer del obispo de Hipona.

A esta misma discusión ha invitado Benedicto XVI a la Iglesia entera el 22 de abril en Pavía, ciudad del norte de Italia donde reposan, justamente en San Pietro in Ciel d’Oro, las reliquias de San Agustín.

Fiel a sí mismo, el Papa ha pronunciado un discurso exigente en una ciudad totalmente en fiesta para acogerlo. El Domingo por la mañana, para la Misa al aire libre, a las orillas del Ticino, numerosos jóvenes y menos jóvenes habían venido, por parroquias, tropas de scouts, asociaciones, para ver al Papa y «escucchar un mensaje de esperanza», como confiesan dos jóvenes pavianos endomingados.

¿Habrán apreciado la lección austera y casi académica de la homilía sobre San Agustín que les ha predicado Benedicto XVI? Después de todo, la pequeña ciudad, toda de arenisca de las montañas vecinas, tiene la seriedad de una de las ciudades universitarias más prestigiosas de la península, y a los estudiantes les gusta discutir bajo los claustros de los viejos edificios renacentistas.

“El respeto y la defensa de la vida”

«He hecho latín y he estudiado a San Agustín, sostiene, un poco dudosa, una joven estudiante de medicina que acaba de asistir a la celebración, entonces yo creo que he podido comprender lo que nos dijo».

«Aquí, cada año, en el momento en que se veneran sus reliquias, tenemos exposiciones y debates alrededor de sus escritos, conocemos pues bien su vida», añade un grupo de adultos, voluntarios de Cáritas, numerosos en esta región lombarda donde el catolicismo social permanece muy presente.

El sábado, el Papa, en Vigévano, diócesis vecina, había tenido términos más pastorales para animar a las familias y a los jóvenes.

El Domingo por la mañana, muy temprano, en el hospital, también ha estado inclinado sobre los sufrientes y los enfermos, y ha pedido que «el necesario progreso tecnológico sea acompañado constantemente de la conciencia de promover juntos, para el bien del enfermo, los valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida en cada una de sus fases, de lo cual depende la calidad auténticamente humana de una sociedad».

Pero para la Misa, como ante los universitarios, a la sombrar de las grandes torres medievales, es el obispo de Hipona y su síntesis entre la filosofía griega y la revelación cristiana, que fueron el hilo de su palabra. Todo como, naturalmente, al final de la tarde delante de las reliquias mismas del gran santo.

“El más grande converso de la historia de la Iglesia”

Nada de asombroso: «He venido aquí para expresar el homenaje de toda la Iglesia a uno de sus Padres más grandes, ha dicho, y también mi devoción personal, y mi reconocimiento hacia aquel que tiene tanta parte en mi vida teológica, de pastor, y diría aún más de hombre y de sacerdote». Benedicto XVI ha venido aquí para hablar de San Agustín, «el más grande converso de la historia de la Iglesia», al que desde el principio dedicó su primera encíclica (para más información, pinchar aquí).

Y si habla de esto, es porque está persuadido, en 2007, de que el gran intelectual de los primeros tiempos del cristianismo ofrece más que nunca un «mensaje significativo para el camino de la Iglesia». Por la mañana, ha invitado pues a la Iglesia a recorrer el camino de conversión de Agustín. Ha pedido a la Iglesia que siga la humildad del santo, que ha descubierto, en la tarde de su vida, «cuán necesaria le era constantemente la bondad misericordiosa de un Dios que perdona».

Y por la tarde, tras haberse recogido largamente ante el magnífico sarcófago en mármol, obra maestra de la escultura lombarda del siglo XIV [ver foto que ilustra la entrada], ha emplazado a los católicos, como San Agustín, a ver en Cristo el rostro de Dios amor.

«Dios es amor», ha repetido, retomando los acentos de su propia encíclica: «Todo debe partir de allí, todo debe conducir ahí: cada acción pastoral, cada debate teológico»: sólo «aquel que vive en la experiencia personal del amor del Señor está en condiciones de ejercer la responsabilidad de guiar y acompañar a los otros en ese camino después de Cristo», pues, añadió, aunque «inevitablemente a contracorriente», «servir a Cristo es ante todo una cuestión de amor».

Isabelle DE GAULMYN, en Pavía

(original en francés; traducción mía)

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Benedicto XVI, Papa agustiniano

Posted by El pescador en 21 abril 2007

El Papa se recogerá durante los días 21 y 22 de abril en Pavía sobre la tumba de San Agustín. Un Padre de la Iglesia que el teólogo Ratzinger ha estudiado largamente y al que Benedicto XVI se refiere con mucho gusto, signo de una proximidad teológica y espiritual.

«Un magisterio que habla sobre todo de Cristo y del Amor» ¿Se trata de Benedicto XVI? No, sino de San Agustín… y el autor de esta definición no es otro que Juan Pablo II, en una carta apostólica escrita en el XVI Centenario de la conversión del gran santo de África del Norte [1986].

Caracterizar el pontificado de Benedicto XVI por esta frase de su predecesor es tentador tanto que las dos nociones, Cristo y amor, están omnipresentes en sus discursos y textos. Tanto como que es una gran verdad también que el Papa alemán está impregnado fuertemente del pensamiento del obispo de Hipona.

La demostración no es muy difícil: Agustín aparece por todos lados en la vida de este Papa, que le debe además su tesis doctoral en teología, en 1953. En el escudo que Benedicto XVI se ha escogido, como en sus textos, las referencias agustinianas están omnipresentes. Como prueba, la todavía reciente audiencia del pasado 11 de abril.

Cuando improvisa, Benedicto XVI cita a San Agustín

Benedicto XVI ha recurrido así al teólogo de Hipona para explicar el evangelio de la mujer adúltera, en la parroquia de Santa Felicidad, el 25 de marzo. Lo invoca de nuevo para decirle a la Iglesia italiana reunida en congreso en octubre de 2006 en Verona, que el cristiano no debe ser «del mundo», sino «esperanza en el mundo».

La lista sería prolija… Pero podemos señalar que cuando improvisa a Benedicto XVI le gusta volver sobre los escritos de San Agustín: citas espontáneas que dan fe de su proximidad con él.

Agustín, incluso, es citado en su encíclica Deus caritas est cuatro veces. Como nota el asuncionista Marcel Neusch en la revista Itinéraires augustiniens, «ningún otro autor aparece tanto. Justino y Ambrosio son citados sólo una vez» (1). Y Tomás de Aquino ni siquiera es mencionado… mientras que hay referencias a autores «profanos», como Descartes, Nietzsche, Platón o Salustio. Tres citas están sacadas de las obras mayores de Agustín: Las Confesiones, el tratado Sobre la Trinidad y La ciudad de Dios.

La primacía de Dios, el amor…

¿Benedicto XVI agustiniano mientras que su predecesor habría sido más bien tomista? El atajo es rápido y corre el riesgo de encerrar a uno y otro Papa en categorías estrechas. Esto sería sólo porque la oposición es engañosa: Santo Tomás era fuertemente agustiniano… Y ciertos textos de Benedicto XVI, como el célebre discurso de Ratisbona sobre fe y razón, están directamente marcados por la escolástica tomista.

Sin embargo, se encuentran en los discursos del actual obispo de Roma numerosos temas que gustaban al antiguo obispo de Hipona.

La primacía de Dios, por ejemplo, apunta en la revista Jesús el P. Vittorino Grossi, doctor en Patrística por la Pontificia Universidad Agustiniana: «La autonomía del hombre no debe ir nunca contra su Creador. Si no, damos la espalda a la vida para ir hacia la muerte».

Otro acento agustiniano fundamental, el amor. La encíclica Deus caritas est se inspira netamente en las reflexiones del Padre de la Iglesia (conocemos su «Ama y haz lo que quieras»), que no oponía el amor-caridad (agapè) a eros.

La “humildad de Dios”, predilecta de Agustín y de Benedicto XVI

E igualmente con Agustín Benedicto XVI va a introducir la segunda parte de la la encíclica, sobre el ejercicio concreto de la caridad: «Ves la Trinidad cuando ves la caridad» (Sobre la Trinidad VIII, 8, 12). En el prójimo Dios se hace visible y se da para encontrarlo.

La eclesiología de Joseph Ratzinger es también agustiniana, apunta en Radio Vaticana Mons. Giovanni Scanavino, obispo de Todi, religioso agustino: una eclesiología de la comunión que, dice, va a servir fuertemente al joven teólogo bávaro durante el Concilio.

Encontramos en el vínculo establecido entre Iglesia y Eucaristía por la reciente exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (El sacramento del amor) del Papa alemán, los acentos de San Agustín en su lucha contra los donatistas -en sustancia, pero en el sentido de la teología sacramental: fuera de la Iglesia, punto de salvación. Para Benedicto XVI también, no sabríamos pertenecer plenamente a la cabeza, Cristo, sin pertenecer al cuerpo de Cristo, la Iglesia, recibiendo los sacramentos de esa salvación.

Podríamos multiplicar estos ejemplos, evocar incluso la «humildad de Dios», predilecta de Agustín como de Benedicto XVI -como podemos leer en su homilía de Navidad pasada– o bien esta fe que, para uno y otro teólogo, no va nunca sin la inteligencia.

Un Papa que se identifica con el obispo de Hipona

Hay más. Leyendo las anécdotas de la vida del Padre de la Iglesia latina contadas por Benedicto XVI, viendo las citas que utiliza, tenemos el sentimiento de que este Papa se identifica con mucho gusto con el obispo africano de los primeros tiempos cristianos.

Al Papa le gusta recordar qué pesada le parecía la carga pastoral a Agustín, que habría preferido quedarse en la contemplación y el estudio. Una alusión a su propio deseo, desde antes de la muerte de Juan Pablo II, de volver a sus queridos estudios, deseo que «la llamada de Dios» para la Sede de Pedro ha venido a contrariar.

Como San Agustín todavía más, a Benedicto XVI le gusta enfrentarse al texto bíblico, explicarlo, comentarlo. Agustín era predicador. El Papa también. Una lectura exigente, renovada sin cesar, y a Benedicto XVI le gusta citar al santo de Hipona: «He llamado muchas veces a la puerta de la Palabra, hasta que pude entender lo que Dios me decía».

Un «pesimismo agustiniano»

Misma interioridad de la fe, vivida en en una relación personal con Dios. Es impresionante, por ejemplo, ver a Benedicto XVI hacer referencia a san Agustín y a esa «gracia de la perseverancia que debemos pedir cada día al Señor para afirmar la gracia primera de la conversión» en su carta al cardenal Carlo Maria Martini por sus 80 años, cardenal al que aprecia.

Mismo pesimismo, también, frente al mundo. Un «pesimismo agustiniano», nacido de la certeza del pecado original, pero compensado por el optimismo de la gracia. Coronado, pues, por la fe. La descripción que hace el obispo de Hipona de las desgracias de la humanidad con la invasión de los Bárbaros, al final de La ciudad de Dios, nos recuerda cierta visión ratzingeriana de la sociedad actual minada por el relativismo y el ateísmo…

Isabelle DE GAULMYN, en Roma

(1) Itinéraires augustiniens, n° 36, juillet 2006.

(original en francés; traducción mía)

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El “Jesús” de Benedicto XVI

Posted by El pescador en 19 abril 2007

El primer libro de Benedicto XVI como Papa aparece el lunes 16 de abril, día de son 80 cumpleaños, en alemán, italiano y polaco. La doble cualidad del autor, papa y teólogo, hace a la vez que la lectura de este libro sea rica y difícil.

«En el origen del hecho de ser cristiano, está el encuentro con una Persona», escribía ya Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est. Con Jesús de Nazaret, este libro comenzado mientras era cardenal y acabado en el otoño último, su primer libro de Papa pero que presenta como «el fruto de un largo camino interior», invita a compartir este encuentro de Jesús, Dios hecho hombre.

La obra -que aparece el lunes 16 de abril en italiano, alemán y polaco, y ha sido anunciada en español para mayo en La Esfera- tiene el estilo de las audiencias generales del miércoles, y se deja leer pues ante todo como un gran y bello catecismo, accesible, gracias al talento de pedagogo que caracteriza al antiguo profesor convertido en Papa.

Esta doble dimensión del autor hace a la vez que este libro sea rico y difícil. Y en primer lugar en la comunidad de exegetas en la cual Joseph Ratzinger, como ya lo había hecho en el pasado, hace caer aquí ciertas evidencias. ¿Su postulado? El estudio histórico-crítico ha encontrado hace tiempo sus límites dando a entender que el «verdadero Jesús», en su profundidad histórica, no era accesible por los textos evangélicos, demasiado tributarios del contexto de su elaboración en el seno de las primeras comunidades cristianas.

El autor le open la escuela de la «exégesis canónica», nacida en Estados Unidos hace una treintena de años, que estudia cada elemento del Nuevo Testamento a la luz del mensaje que la Tradición cristiana ha reconocido como revelado en la globalidad de la Escritura. Una lectura creyente, pues, que se pretende complementaria de las aproximaciones científicas, aunque éstas podrían ser notarse sospechosas.

¿Jesús es verdaderamente quien Él pretende ser?

¿Quién es Jesús, en tal perspectiva? El autor responde a ello a través de los acontecimientos conocidos de su vida pública, después de su bautismo hasta la transfiguración para este primer volumen (el segundo, además de la pasión y la resurrección, deberá integrar los evangelios de la infancia). ¿Jesús es verdaderamente quien pretende ser, el Hijo de Dios? El autor busca desde el principio un principio de respuesta en el Antiguo Testamento, en un preliminar sobre Moisés.

Esa preocupación de anclar la fe cristiana en sus raíces judías es una constante de la obra. Jesús, explica, es el último profeta, prometido por Dios a su pueblo. Si Moisés era «amigo de Dios», Jesús ve el rostro de Dios como un hijo. Vive en profunda intimidad con el Padre, y es en esta unión donde Él se da a conocer. Durante el Sermón de la montaña, se presenta a sí mismo como «la nueva Torah», la Palabra de Dios en persona.

Joseph Ratzinger ha tomado conciencia de ello leyendo las Conversaciones imaginarias entre un rabino y Jesús, de Jacob Neusner. ¿Qué sorprende en efecto a ese rabino en la enseñanza de Jesús? No sus propósitos que, según ese autor judío, no traicionan la fe del pueblo hebreo, sino lo que Jesús ha añadido a esa fe, a saber «él mismo». Ahí está el corazón del cristianismo: «la centralidad del Yo de Jesús en su anuncio». Jesús sólo pone por delante de otros argumentos a Él mismo: como al joven rico, pide a cada uno que lo sigan.

Y ¿qué aporta Jesús? La respuesta es simple: Dios, «y con Él la verdad sobre nuestro destino y nuestra procedencia». La coherencia de la figura de Jesús reside en esa relación inmediata con Dios. Sea en el desierto, en las Bienaventuranzas o en parábolas, el Jesús de Ratzinger acompaña siempre hacia Dios. Ahora bien, deplora el autor, «en nuestra sociedad moderna (…), declaramos a Dios muerto, ¡así nosotros somos también Dios!». De ese hecho, «los hombres no son más propiedad de otro, sino más bien los únicos jefes de sí mismos y los propietarios del mundo…»

Un cristianismo exigente

Predicador convincente, Joseph Ratzinger predica un cristianismo exigente. Se trata de buscar a Dios, de hacerse cercano a Él y, haciendo esto, hacerse cercano al otro, para vivir «en íntimo acuerdo con la esencia y la palabra de Dios». Este gran vigor, fruto de toda una vida de meditación, agradará a quien busca un guía espiritual. El Dios de Jesús, aquí, no es un Dios endulzado. Ni un Dios que podríamos compartir con las otras religiones en una especie de moral común. Y Joseph Ratzinger ha renovado sus reticencias en contra de un diálogo interreligioso teológico.

Seguir a Jesús, dice más aún, «no ofrece ninguna estructura social realizable concretamente sobre el plano político»: ¡Él no ha venido «a aportar el bien común», por Dios! De esta fe en Dios nace la responsabilidad hacia el prójimo. El hombre de Nazaret no es indiferente al hambre de los hombres, pero vuelve a ponerla en su contexto de la primacía de Dios. Así es como, estima el Papa (como antes en su encíclica), las ayudas de Occidente al Tercer mundo, «basadas en principios puramente técnico-materiales, no sólo han dejado aparte a Dios, sino que han alejado de Él a los hombres»: «Creen poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en lugar de pan».

En juego siempre está el primado de Dios. Con Él solamente puede hacerse la verdadera conversión, que es «inversión de la marcha interior en relación a la dirección que habíamos tomado espontáneamente». Y hoy, subraya todavía el predicador, «frente a la crueldad del capitalismo que degrada al hombre a la categoría de mercancía, hemos comenzado a ver más claramente los peligros de la riqueza y comprendemos de manera nueva lo que Jesús desea poniéndonos en guardia contra la riqueza (…) que destruye al hombre, agarrando por la garganta con su mano cruel una gran parte del mundo».

Dirección, el amor

La dirección es la del amor. Eso no puede tomarse sin Dios. Pues, como Joseph Ratzinger lo muestra a través de las parábolas del buen samaritano o de «los dos hermanos» (el hijo pródigo), «todos necesitamos el don del amor salvífico de Dios mismo para que nosotros podamos convertirnos también en personas que aman. Tenemos siempre necesidad de Dios que se ha hecho cercano, para poder hacernos cercanos a nuestra vez».

Para nuestro autor, sin duda este ideal de proximidad con Dios y con el hombre, encarnado por Jesús, alcanza la más gran intensidad en el cuarto evangelio: generalmente considerado generalmente puramente teológico, la obra de Juan es aquí acreditada al contrario como de una máxima plausibilidad histórica -no ciertamente en el sentido «de un acta grabada con magnetófono», sino por «haber reflejado correctamente los discursos de Jesús, el testimonio de Jesús mismo» y, en definitiva, «la figura auténtica de Jesús».

Y Joseph Ratzinger invita entonces a sus lectores a adoptar la actitud de María para retener las palabras de su Hijo en un «trato interior del acontecimiento» de la salvación, dejándose guiar por el Espíritu Santo para alcanzar lo que es en definitiva la memoria de la Iglesia. A saber «la profundidad de las palabras y de los acontecimientos que vienen de Dios y llevan a Dios». Cada lector será libre de distinguir aquí o no «al verdadero Jesús» que le ha sido indicado. No podrá negar que el papa teólogo entrega aquí su fe personal en una emocionante verdad.

Isabelle de GAULMYN y Michel KUBLER

(original en francés; traducción mía)

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