El testamento del pescador

El problema del dolor

Posted by El pescador en 26 junio 2006

C.S. LEWIS, El problema del dolor, Eds. Rialp, Madrid 1995

Al principio de la película Tierras de penumbra (protagonizada por Anthony Hopkins y Debrah Winger y dirigida por Richard Attenborough), C.S. Lewis (Anthony Hopkins), el autor de El problema del dolor -el libro que voy a comentar- está dando una conferencia sobre este tema: el problema del mal, que lo atormentó enormemente.

Es un problema cristiano, porque como escribe él mismo en un párrafo que pone de relieve la profundidad de su pensamiento, en cierto sentido, el cristianismo crea más que resuelve el problema del dolor, pues el dolor no sería problema si, junto con nuestra experiencia diaria de un mundo doloroso, no hubiéramos recibido una garantía de que la realidad última es justa y amorosa.

Asimismo, confiesa que si en su época de ateo le hubieran preguntado por qué no creía en Dios, hubiera contestado que si miramos el universo en que vivimos, comprobaremos que buena parte de él […] es un espacio vacío completamente oscuro y terriblemente frío […] (y) si me piden que crea que todo esto es obra de un espíritu omnipotente y misericordioso, me veré obligado a responder que todos los testimonios apuntan en dirección contraria. Así pues, o bien no hay espíritu alguno fuera del universo, o bien es indiferente al bien y al mal, o es un espíritu perverso. Pero este argumento le hizo plantearse una pregunta: ¿Cómo es posible que un universo tan malo […] haya sido atribuido constantemente por los seres humanos a la actividad de un sabio y bondadoso creador?

Y aquí arranca el desarrollo del tema. Nuestro autor no pretende decirnos que el dolor no sea doloroso, porque es evidente que hiere, sino que quiere mostrarnos la verosimilitud de la doctrina cristiana de la perfección por el sufrimiento (cita de Hebreos 2,10: Todas las cosas existen para Dios y por la acción de Dios, que quiere que todos sus hijos tengan parte en su gloria. Por eso, Dios, por medio del sufrimiento, tenía que hacer perfecto a Jesucristo, el que los conduce a la salvación), aun sabiendo que esta doctrina no es agradable. La cita del libro bíblico es muy interesante y es un apoyo extraordinario, al poner como ejemplo del sentido que puede tener el sufrimiento el caso de Jesucristo, aludiendo además aunque no lo cite expresamente a que Jesucristo, aun siendo hijo aprendió sufriendo lo que es obedecer (Hebreos 5,8), pues padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas (1 Pedro 2,21).

El amor de Dios que presenta el libro está recogido de la tradición judía y cristiana de la imagen del amor de los esposos. En esta relación de amor, Dios lleva la iniciativa y pro amarnos previamente debe hacer de nosotros seres dignos de ser amados, para que así seamos felices verdaderamente; precisamente ésta es la tesis del libro: que el amor puede causar dolor al objeto amado exclusivamente si éste ha de sufrir un cambio para convertirse en ser digno de ser amado, porque Lewis ya previene de tener una imagen de Dios “abuelo”, de barba blanca y bonachón para poder manejarlo y escapar de su voluntad.

La tesis enunciada antes provoca la pregunta de por qué el hombre debe cambiar tanto: la respuesta cristiana es que el hombre pone su libre voluntad al servicio del mal, y aquí está la responsabilidad humana del dolor; y ¿por qué? Porque su estado actual responde al mal uso de la libertad concedida por Dios, de modo que la doctrina de la caída afirma que el origen del mal está en el hombre, no en Dios. Pero el conflicto presente en el mundo entre el bien, que viene de Dios, y su obstaculización por el mal, es resuelto por Dios asumiendo la naturaleza humana doliente, causa del mal.
En definitiva, el cambio que quiere provocar el sufrimiento tiene un sentido redentor, porque aunque Dios nos niegue las seguridades que deseamos porque serían un obstáculo para retornar a Él al poner en ellas el descanso que buscamos, nos ha dado otras alegrías, ya que Nuestro Padre nos reconforta en el viaje (de retorno hacia Él) procurándonos albergue en posadas acogedoras, pero no nos alienta a confundirlas con el hogar.

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