El testamento del pescador

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¡Ven, Señor Jesús!

Posted by El pescador en 29 noviembre 2007

(original en francés; traducción mía)

 

 

Cardenal Jean Daniélou (1905-1974)

 

“Que el sediento se acerque” (Apocalipsis 22,17)

 

El mundo entero está en espera


 

Cristo se presenta en el Apocalipsis como el que viene. Esto tiene muchos sentidos. Desde el principio Jesús es aquel que ha venido, es Dios venido hacia nosotros, es el gesto de Dios hacia el hombre, y éste es el objeto de nuestra fe. Pero es también el que vendrá, pues en Él todas las cosas encontrarán su cumplimiento. Como dice San Pablo: Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios (Romanos 8,19). Y más: Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando la redención de nuestro cuerpo (Romanos 8,23). El mundo entero está a la espera, y nuestra oración misma debe tender hacia el cumplimiento escatológico. Sería preciso que en este Ven, Señor Jesús nuestra oración acogiera todas las espera, todos los sufrimientos físicos y morales de la humanidad que nos rodea, teniendo conciencia de que nuestras vidas y todas las de aquellos que nos rodean están incluidas en este movimiento de la creación hacia Cristo.

Él es siempre aquel que viene

Cristo es también aquel que no cesa de venir. Su venida es para cada una de nuestras almas una realidad actual: He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa para cenar con él (Apocalipsis 3,20). Si dejamos entrar a Cristo, nos hará compartir sus dones y sus bienes, tiene una palabra para cada uno de nosotros. Perpetuamente por su gracia solicita del interior nuestros corazones. Para eso, pide que estemos atentos a su venida, que abramos las puertas de nuestras almas. Él es siempre aquel que viene, como precisa el texto: Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el principio y el fin (Apocalipsis 22,13). Él es el fin hacia el que tendemos, en él todo finalmente se resume, pues es el único fin de las cosas. Algo ya ha comenzado que no se acabará nunca, es nuestra transformación en Jesucristo; hace falta dejarnos hacer por él…

Todo es siempre posible

Se nos pide que tengamos sed, que nos abramos a Dios para dejar que brote del fonde de nuestra alma esta sed de gracia que sólo el Señor apagará: Pero quien beba del agua que yo le daré no tendrá nunca más sed (Juan 4,14). Esta palabra se dirige a todos sin excepción, ni condición previa; sean cuales sean nuestros pecados pasados, nuestra mediocridad, nuestra insensibilidad espiritual, es suficiente creer en el Amor, creer que todo es siempre posible, que nada es irrevocable, ni fracaso ni infidelidad. La gracia de Dios puede curarlo todo, salvarlo todo; volver a Dios es siempre un comienzo absoluto pues la potencia de Dios es sin límite; que aquel que escucha diga: ¡Ven! Y que el sediento se acerque, que el que quiera reciba gratis el agua de la vida (Apocalipsis 22,17). Con aquel que da testimonio digamos sí, Amén, abriendo nuestros corazones a lo que Cristo quiere así llevar a cabo en nosotoros y por nosotros, para que surja del fondo de nuestros corazones esta fuente incansable de vida y de amor.

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