El testamento del pescador

Archive for the ‘Shusaku Endo’ Category

¿Quién fue San Pablo Miki?

Posted by El pescador en 9 febrero 2012

La fiesta de su martirio y la de sus compañeros mártires se celebra el 6 de febrero.

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“He aquí el hombre”

Posted by El pescador en 14 febrero 2008

Esta frase (“Ecce homo”) la dice Pilato cuando presenta ante el pueblo a Jesucristo, ridiculizado con los atributos imperiales del manto, la corona (de espinas) y un cetro (de caña) después de haber mandado que lo azotaran (Juan 19,5). Todos tenemos en la memoria la imagen del Ecce homo que nos ha dejado el arte, esa imagen conmovedora de Cristo, del Mesías sufriente rechazado por su propio pueblo al que Él había venido a salvar.

A partir de entonces su destino ya es la cruz, el suplicio vergonzoso reservado para castigar los peores crímenes. La cruz era un sufrimiento físico horrible para el preso, tenía que atravesar la ciudad cargado con el palo horizontal de la cruz (que pesaba entre 34 y 60 kilos) hasta el lugar de la ejecución donde ya estaba preparado el palo vertical; llevaba colgado al cuello el cartel con el motivo de la condena para que sirviera de escarmiento y la gente lo abucheara por ser un malhechor.

Pero el preso que murió aquel primer Viernes Santo no tenía ningún pecado, era el más inocente de los hombres: “Nosotros padecemos con toda razón, pues recibimos el justo pago de nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo” (Lucas 23,41).

Jesucristo no amaba el sufrimiento que tuvo que padecer, sino que fue obediente a su Padre que no lo “reservó sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros” (Romanos 8,32), y pudo soportarlo todo porque Él es Caridad (1 Juan 4,8) y tenía plena esperanza en su Padre que iba a resucitarlo.

Éste es el sentido y la esperanza que ilumina el misterio de la existencia humana, de nuestro dolor, de nuestros sufrimientos: Cristo es la verdad que nos libera (Juan 8,32), nos da sentido y esperanza en el triunfo de la Vida gracias a que desde el Bautismo somos sarmientos de la vid que es Cristo (Juan 15); por eso el Apóstol dice que estamos salvados en la esperanza (Romanos 8,24).

Pilato había preguntado a Jesús en el interrogatorio: “¿Y qué es la verdad?” (Juan 18,38), sin darse cuenta de que tenía la respuesta delante de él mismo: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado […] Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: ¡Abba!, ¡Padre! [Gálatas 4,7]” (Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual, 22).

El escritor católico japonés Shusaku Endo (1923-1996) expresó cómo comprende Cristo nuestro sufrimiento en las palabras que le dice a un joven que ha sufrido un desengaño: “Ven a mí. Ven. Yo también fui rechazado lo mismo que tú. Por eso yo nunca te abandonaré” (Río profundo, p. 72), y cuando habla también al sacerdote que en medio de la terrible persecución es invitado a renegar para salvar a los cristianos que están siendo torturados:

“- Puedes pisarme… Yo he venido al mundo para que vosotros me piséis, he cargado con la cruz para compartir vuestro dolor…

Cuando el padre puso el pie sobre la imagen estaba naciendo la mañana. A lo lejos se oía cantar al gallo” (Silencio, p. 200).

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“Corría el año”: “San Francisco Javier”

Posted by El pescador en 1 febrero 2008

“Corría el año” cuenta las vivencias en Japón de uno de los españoles más universales: un jesuita llamado Francisco Javier. El programa de César Vidal explica además la situación en la que se encontraba el imperio del sol naciente después de la persecución de los católicos japoneses por parte de las autoridades, la renuncia forzosa de sus creencias y el regreso al paganismo. El programa proyecta el documental “Misiones en el lejano oriente” y cuenta con la participación del historiador Alfredo Verdoy y del religioso jesuita Javier Irundai.

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Japoneses en Varsovia

Posted by El pescador en 14 agosto 2007

Este es el título de un relato corto del escritor católico japonés Endo Shusaku que pertenece a la parte de su obra que yo llamo las relaciones entre Oriente y Occidente, y que como toda su producción también está atravesado y tiene en cuenta la fe.

Trata, evidentemente, de un grupo de japoneses que visitan la capital polaca y vienen de Londres y París para visitar fábricas. El líder del grupo se llama Tamura y comparte habitación en el desastrado hotel de lujo con Imamiya. Les hace de intérprete y guía un compatriota llamado Shimizu, que estudia desde hace dos años en dicha capital.

Haciendo la ruta turística van a comprar recuerdos para la familia a un anticuario y allí una dependienta, al ver que son japoneses, pregunta a Tamura-san por un personaje muy conocido en Polonia (transcribo traduciendo de la traducción francesa):

“Esto no es serio”, exclamó uno de los japoneses de manera decepcionada. “Shimizu-san, ¿verdaderamente no hay nada mejor?

– ¿Quieren ir a ver los anticuarios? Pero les advierto que está prohibido sacar al extranjero piezas de valor”.

Como escolares que siguen a la maestra, el grupo marchó tras los pasos de Shimizu. Cuando uno de ellos decidía a comprar una muñeca, sus compañeros lo imitaban, cuando uno miraba una tela, los otros hacían lo mismo.

Al envolver la muñeca de Tamura, la joven dependienta sonrió y dijo algo. Como él no entendía el polaco, se volvió hacia Shimizu que estaba a su lado.

“¿Qué cuenta?

-Dice que puesto que Usted es japonés, debe conocer al padre Kolbe

Tamura no tiene ni idea de quién es ese hombre; el diálogo sigue así:

– ¿Quién es ese?

– Un sacerdote cristiano que es una de las figuras más respetadas por los polacos.

– ¡Pues claro que no!, ¿por qué conocería yo a uno de esos amén?”

Tamura hizo “No, no” moviendo la mano y la muchacha bajó la cabeza con aire un poco triste.

Justo después se nos habla de lo que compra Imamiya:

En esa tienda, Imamiya compró una tela decorada con un motivo de campesinos. Era para su hija pequeña que frecuentaba la universidad. Tanto en París como en Londres, había comprado una masa de regalos para su familia, incluso un reloj y un bolso para su esposa. Cada vez que ordenaba esos objetos dentro de su maleta en el hotel, se decía que era verdaderamente bueno con los suyos.

A continuación van a almorzar a un restaurante, todos juntos naturalmente. Cuando brindan con el vodka, Tamura saluda a un hombre de mediana edad sentado en la mesa de al lado, que va y les habla también de Kolbe, lo cual exaspera a Tamura:

[…] Rojo, Tamura interpeló a un polaco que comía silencioso en la mesa al lado de ellos diciéndole “¡Salud!” y el hombre, un cuadragenario con cara de oficinista, le devolvió su sonrisa y después declaró:

“Ustedes vienen del país donde vivió Kolbe, ¿verdad?

– ¿Qué?, ¡otra vez él!

Con aire exasperado, Tamura se giró hacia Shimizu:

“Kolbe, Kolbe, pero al fin, ¿¡quién es ese!?

Y al final conoce su historia. Veamos cómo la cuenta Endo a través de este polaco:

– Bueno, respondió Shimizu sin traicionar sus pensamientos sobre su rostro, vamos a pedir a este señor que se lo explique”.

Shimizu conocía la respuesta pues, a lo largo de los dos años que había pasado en Polonia, numerosas personas le habían hablado de Kolbe. Pero si, antes que hablar él mismo, había pedido a ese polaco sentado junto a ellos que respondiera, es que no quería hacer más de lo mínimo por sus compatriotas, quería encasillarse en su papel de máquina. El hombre de mediana edad que llevaba ropas usadas guardó su cuchillo y su tenedor en sus manos y escuchó la pregunta de Shimizu asintiendo con la cabeza.

“Se trata de un sacerdote que fue internado en 1941 en Auschwitz porque estaba contra los nazis. Ustedes conocen bien ese campo con su trabajo obligatorio y sus masacres en las cámaras de gas. El padre Kolbe sufría de tuberculosis pero, callando su enfermedad, pasó tres meses, con otros prisioneros, en ese infierno sacando cadáveres de las cámaras de gas”.

Cada vez que el polaco marcaba una pausa, Shimizu cerraba los ojos y traducía con voz monocorde.

“Al tercer mes, hubo una fuga. El comandante del campo consideró que todos los prisioneros debían pagar y decidió que diez de ellos que él elegiría a su manera serían encerrados para ejemplo en el búnker del hambre.

– ¿Qué es el búnker del hambre?

Manteniendo su aire impasible, Shimizu transmitió la pregunta al polaco.

“¿El búnker del hambre? Es un reducto donde se encerraba a la gente privándolos de pan y de agua hasta provocarles la muerte. En Auschwitz, había además un pequeño local de ejecución, llamado el búnker de ahogo. Era apiñada la gente y hasta que morían por falta de oxígeno no se volvía a abrir la puerta, dijo el polaco con un rictus. El día de la fuga , el comandante hizo poner a los prisioneros en filas y los dejó toda la noche fuera, después de lo cual escogió a diez hombres para ejecutarlos. Entre ellos figuraba uno denominado Gajoniczek. Cuando lo designó, se puso a llorar, pensando en su mujer y sus hijos. Un hombre salió entonces de la fila. Era el padre Kolbe. Se puso delante del comandante y le pidió ser encerrado en lugar de Gajoniczek. Él tiene una familia, yo no, declaró. El comandante dio su permiso. Con otros nueve prisioneros, el padre Kolbe fue arrojado a una cámara subterránea. Sin la menor gota de agua, numerosos presos murieron uno tras otro, pero, al pasar dos semanas, Kolbe y otros cuatro compañeros seguían aún con vida. Un médico nazi los mató con una inyección de ácido carbónico.

En el restaurante bien cálido, los japoneses guardaron el silencio un momento. Pronto, uno de ellos murmuró algunas palabras:

“¡Qué historia más horrible!

– ¡Pues aprovechen su viaje para ir a ver Auschwitz!” dijo de pronto el polaco.

Con la misma cara imperturbable, Shimizu tradujo.
“¡Ah, eso no! ¡Con Varsovia hemos tenido bastante!”
Sacudiendo la cabeza, Tamura respondió por todo el grupo.
El polaco se calló y miró a los japoneses con aire entristecido.
Dziekuje, dijo Shimizu para darle las gracias. Y bien, ¿queréis que regresemos al autobús?”

Los japoneses vuelven al autobús y Tamura sigue queriendo saber sobre Kolbe y le pregunta a Shimizu:

“Pero ese Kolbe, ¿qué tiene que ver con Japón?

– Pasó dos años en Nagasaki como misionero.

– Ah bueno, ¿y eso cuándo?

– Al principio de los años 30”.

Imamiya empieza entonces a recordar a los misioneros extranjeros que vio cuando iba a la escuela primaria en Nagasaki, hacia 1930:

Marchando al lado de los otros, Imamiya, con su bolsa de las compras pegado a él, recordaba a los misioneros extranjeros que había divisado en la época en que frecuentaba una escuela primaria en Nagasaki, hacia 1930. Su casa se encontraba entonces sobre una calle en pendiente de Ôura y son padre trabajaba como transportista. En Ôura que, desde la era Meiji, era el barrio de residencia de los extranjeros, el espéctaculo de un occidental trepando o bajando las calle pavimentadas no era nada excepcional. Numerosos misioneros habitaban la Iglesia Tenshudô y, con largas sotanas, pasaban a menudo delante de la casa de Imamiya. Un edificio de estilo occidental medio en ruinas les servía de taller para imprimir biblias y misales.

Como los otros niños, Imamiya corría a esconderse cuando sobre el camino en pendiente, se cruzaba un misionero. Con sus barbas y sus raros hábitos negros, esos personajes eran espantosos.

“¡Si vosotros supiérais qué mal comen esas gentes de allí!” contaba Kudô, un impresor que venía a visitar a su padre.

Había trabajado tres meses en su taller.

“Son tan pobres. No tienen más que arroz y sopa. Y duermen sobre tablas con mantas”.

Un día, Imamiya había ido de pasajero en el pequeño camión de su padre y había ido a la imprenta. Con un aprendiz, su padre había ido a entregar el papel pedido a un mayorista de Sakura-machi. Mientras que su padre y el aprendiz descargaban, él jugaba dando patadas a una piedra a la entrada del edificio en ruinas, descolorido por la lluvia y el viento, una verdadera casa encantada. De vez en cuando, se oía una sirena de barco subir del puerto. Fue entonces cuando vio a un sacerdote subir dificultosamente el camino, ayudándose de su paraguas como bastón.

Con la cabeza rapada, el misionero tenía el aspecto de estar cansado. Estaba horriblemente delgado. Penaba sobre la pendiente y se detenía en el camino para limpiar con un pañuelo sus gafas empañadas de sudor y retomar el aliento. Después se volvía a poner sus gafas y continuaba su marcha en la dirección de Imamiya.

Cuando vio al niño, esbozó una sonrisa llorosa y dijo “Konichiwa” [“Buenos días” en japonés] con voz débil. Imamiya retrocedió dos o tres pasos y se escondió al lado del camión. El sacerdote desapareció en la imprenta.

Durante mucho tiempo, Imamiya se estuvo acordando de esa silueta agotada, del rostro con mejillas hundidas, de la sonrisa triste de los ojos detrás de las gafas redondas. Se acordaba de esto, pero no le quedaba mucho recuerdo de otras impresiones de aquellas gentes. Pues, pronto, la imprenta había desaparecido y los misioneros habían abandonado Ôura por Soto-machi, un barrio en el centro de la ciudad.

Por la noche, los japoneses van a un club nocturno para conseguir mujeres. Imamiya se va con una al apartamento de ella y sucede lo siguiente:

Aquella noche, Imamiya se compró una mujer […]

Ella vivía en un apartamento en un inmueble de cuatro plantas. Cuando, sin tomar el ascensor, subieron la escalera que olía a cemento, el ruido seco de sus suelas resonaba en el frío. La mujer abrió la puerta y le dio enseguida al interruptor. En una habitación no muy grande se perfilaban un frigorífico blanco y dos sillas. Sobre un panel en la pared colgaban fotos de actores […]

Encima de una pequeña mesa había puestos dos o tres libros en polaco y en la pared enfrente de la mesa había colocadas unas imágenes piadosas y unas fotos. Una debía representar a su familia, una pareja de obreros con una niña pequeña. Al lado, entre una imagen de la Virgen y una felicitación de Navidad había una reproducción de un retrato hecho con tinta. El cráneo rapado, los ojos protegidos por gafas redondas, el hombre del retrato miraba a Imamiya. Éste había visto ya esa expresión agotada. Era el extranjero que, un día de verano, subía penosamente la pendiente del camino de Ôura. El misionero que había limpiado sus gafas empañadas de sudor y dijo “Konichiwa” al niño que él era.

Saliendo del baño en bata, la mujer habló a Imamiya que estaba frente al retrato y lo examinaba fijamente:

“Kolbe”.

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«Yo fui proclamado mártir en vida»

Posted by El pescador en 30 julio 2007

Rescato esta noticia publicada por Alfa y Omega en octubre de 1996, en el mismo número en que se dio la noticia de la muerte de Endo Shusaku, escritor católico de Japón que murió el 29-9-1.996.

«La sangre de los mártires es semilla de cristianos», decía Tertuliano en el siglo III d.C.:

Desde 1984 se consideraba que el padre Luli había muerto
«Yo fui proclamado mártir en vida»

El año 1967 Albania se autodeclaraba el primer Estado realmente ateo del mundo. Antes y después de esa fecha se sucedieron persecuciones, cierres de iglesias y muchos sufrimientos. En este país y en este ambiente tiene lugar la historia de este jesuita, dado por muerto y declarado mártir en vida

 

El Albanian Catholic Bulletin, —una revista de exiliados albaneses— y el periódico italiano Avvenire daban por mártir en 1983 al padre Antonio Luli. La falta de noticias de un país cerrado a cal y canto a toda influencia exterior se unió a su desaparición en las cárceles de la Segurìmi, la KGB albanesa.

Un rosario de sufrimientos ha acompañado a Antonio Luli durante toda su vida. Comenzó en 1947. El duro régimen comunista que se estableció en el pequeño país perseguía todo tipo de oposición, fuera política o religiosa. Detenido por ser sacerdote fue objeto, durante un año, de las torturas más brutales: descargas eléctricas en los oídos, sal en las heridas de pies y manos, a lo que se sumaba el estar recluido con otro preso en una celda donde apenas tenían sitio para moverse. Finalmente fue condenado a trabajos forzados; el hambre, la falta de higiene y la carencia de agua estaban a la orden del día.

Su liberación llegó en 1954. Comenzaba una pausa en su particular calvario. Es nombrado párroco de un pueblecito llamado Skenkòll, donde permanecerá durante once años. En diciembre de 1966 su iglesia es cerrada. Su parroquia fue la primera en ser clausurada en aquel país; al año siguiente Albania era declarada atea y todos los lugares de culto confiscados o cerrados.

El padre Antonio Luli, como los demás sacerdotes albaneses, tuvo que entrar como bracero en una granja estatal. Apenas ganaba para vivir, pero podía celebrar la Misa a escondidas todos los días antes de la dura jornada de trabajo.

En 1979 era detenido por segunda vez. Estaba a punto de cumplir los setenta años. De aquel entonces recuerda: «Tuve la impresión de ser sepultado vivo por la tristeza que me invadió, pero en aquel momento sentí una extraordinaria presencia del Señor». De nuevo, el calvario. Las acusaciones no tenían fundamento,y como instrumento comprometedor de su supuesta traición se encontró un rosario. En la prisión de la Sigurìmi, pasó cuatro años. Allí encontró al obispo de Scutari, monseñor Ernesto Çoba que, como le ocurriría también a él, había sido dado por muerto cuatro años antes. El obispo moriría poco después, destrozado físicamente. Transcurrieron los cuatro años y se celebró un juicio. El padre Antonio fue condenado a ser fusilado por el delito de sabotaje. En el último momento se le conmutó la pena por 25 años de cárcel y fue internado en un campo.

Su liberación tuvo lugar en 1989. Declarado mártir tanto en su país como en el extranjero, sus mismos hermanos fueron a visitarlo para convencerse de que todavía estaba vivo.

Es la verídica historia —una más— de santidad provocada por el extinto comunismo que asoló media Europa. Una época de pesadilla que no se debe olvidar y de la que todos debemos aprender.

 

J. A.

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La epopeya de los mártires del Japón

Posted by El pescador en 6 febrero 2007

Hoy es el día de San Pablo Miki y compañeros mártires del Japón, con ellos celebramos a los cristianos japoneses y extranjeros que fueron testigos de Jesucristo con su sangre en la sangrienta persecución que se desató en el país del sol naciente desde el siglo XVI hasta el final del siglo XIX: 1596-1889, casi tres siglos en los que la incipiente iglesia de aquel lejano país estuvo a punto de desaparecer.

En un punto de su historia, Japón pareció la más fructífera misión de toda Asia. San Francisco Javier desembarcó allí en 1549 y estuvo dos años estableciendo la iglesia. En el curso de una generación, el número de crisitanos había subido a los 300.000. Javier llamó al Japón “la delicia de mi corazón… el país de Oriente más adaptado al cristianismo”.

Cuando este siglo llegaba a su fin, la repugnancia de los sogunes hacia las divisiones religiosas entre españoles, portugueses y holandeses llevaron a un cambio de política. Los sogunes expulsaron a los jesuitas, exigieron que todos los cristianos renunciaran a su fe y se registraran como budistas y empezaron a acosar a los desobedientes. Siguieron pronto las primeras ejecuciones, y comenzó la edad de los mártires cristianos del Japón.

Los japoneses que accedían a pisar el fumie -un icono de la Virgen y el Niño- eran declarados apóstatas y liberados. Quienes rehusaban eran acorralados y asesinados en el intento de exterminio más exitoso en la historia de la iglesia. Algunos fueron obligados a andar forzados a caminar hacia el interior del mar, otros fueron atados y abandonados en balsas; incluso otros fueron colgados boca abajo sobre una fosa llena de cadáveres y excrementos.

Los cristianos en Occidente crecen con inspiradoras historias de los mártires adelantando la frase: “La sangre de los cristianos es la semilla de la iglesia”, decía Tertuliano. No así en Japón, donde la sangre de los mártires fue casi la aniquilación de la iglesia.

Casi, pero no del todo. En el siglo XIX, cuando Japón permitió finalmente que se construyera una iglesia católica en Nagasaki para los visitantes occcidentales, los sacerdotes se asombraron de ver a cristianos japoneses bajando en tropel de las colinas; eran Kakure, o cripto-cristianos, cristianos ocultos que se habían reunido en secreto durante 240 años. El culto sin el apoyo de una Biblia o libro de liturgia se había cobrado sin embargo un peaje: su fe había sobrevivido como una curiosa amalgama de catolicismo, budismo, animismo y sintoísmo (la religión tradicional japonesa, panteísta).

Los Kakure no tenían resto de creencia en la Trinidad, y con el paso de los años las palabras latinas de la Misa se habían convertido en una especie de lenguaje macarrónico: Ave Maria gratia plena Dominus tecum benedicta se había convertido en Ame Maria karassa binno domisu terikobintsu y nadie tenía la más ligera idea de lo que estos sonidos significaban. Los creyentes veneraban al “dios del armario”, fardos de ropa envueltos alrededor de medallones cristianos y estatuas que eran disimulados en un armario disfrazado como un santuario budista.

Alrededor de 30.000 de estos cristianos Kakure aún dan culto, y 80 iglesias caseras continúan la tradición del “Dios del armario”. Los católicos han intentado atraerlos y llevarlos de vuelta a la corriente principal de fe, pero los Kakure resisten. “No tenemos interés en unirnos a su iglesia”, dijo uno de sus líderes después de una visita del Papa Juan Pablo II, “nosotros, y nadie más, somos los verdaderos cristianos”.

Un museo en la ciudad de Nagasaki alberga restos de la época de los mártires cristianos japoneses (en uno de las terribles ironías de la historia, la segunda bomba atómica explotó encima de la catedral de Nagasaki, diezmando la mayor comunidad de cristianos en Japón y destruyó la iglesia más grande. Las nubes ocultaron el objetivo previsto, Kokura, forzando a la tripulación del bombardero a dirigirse a Nagasaki).

En los años 50, un joven escritor llamado Shusaku Endo solía visitar ese museo y permanecer solo mirando fijamente una vitrina en particular, que contenía un fumie verdadero del siglo XVII, un retrato de la Virgen y el Niño grabado en bronce. Endo estaba especialmente impresionado por las pequeñas marcas negras que desfiguraban el bronce; éstas, aprendió, estaban hechas por dedos humanos, las huellas dejadas por miles de cristianos que habían pisado el fumie.

El fumie obsesionaba a Endo. ¿Lo habría pisado yo? se preguntaba. ¿Qué sintió esta gente mientras apostataban? ¿Qué clase de gente eran? Los libros de historia católica registraban sólo los bravos, gloriosos mártires, no los cobardes que abandonaron la fe. Fueron doblemente malditos: primero por el silencio de Dios en el momento de la tortura y después por el silencio de la historia. Endo prometió que contaría la historia de los apóstatas y a través de novelas como “Silencio” y “El samurai” ha cumplido esta promesa.

En sus relatos cortos “Madres”, “Unzen” y “Los últimos mártires”, su novela “Silencio” y su obra de teatro “El país de oro” Endo contó la historia de estos martirios y estas apostasías, también de jesuitas portugueses. Y en “Silencio” y en “Los últimos mártires” aparecen en cada una de esas obras un apóstata japonés que reniega por cobardía, porque no tiene valor para soportar el sufrimiento.

Como ejemplo de las torturas y persecuciones voy a poner un fragmento de “Madres”, en el que el protagonista va a una isla para conocer a los cristianos Kakure y habla sobre las persecuciones en aquella isla:

Después de haber tomado mi desayuno en compañía del sacerdote, me quedé tendido en la habitación que me habían dado, para releer un libro sobre la historia de la región […]

Según los textos, la persecución de los cristianos de la región había comenzado en 1607, se había hecho particularmente feroz a partir de 1615 y así durante 17 años.

El padre Pedro [sic] de San Dominico [sic]
Matías.
Francisco [sic] Gorôsuké.
Miguel [sic] Shin.émon.
Dominico [sic] Kisuké.

No son más que los nombres de los sacerdotes y los monjes que perecieron como mártires en 1615, pero hay sin duda numerosos campesinos, esposas de pescadores anónimos que perdieron la vida por su fe […]

Los documentos indican que sobre esta isla que tiene 10 kilómetros de largo por 3,5 kilómetros de ancho había otras veces unos 1500 kirishitan [deformación de la palabra portuguesa christâo que data del siglo XVI y designa a los primeros católicos del Japón]. Un sacerdote portugués, el padre Camilo Constanzo, había evangelizado los lugares fue quemado vivo en 1622 en una playa de Tabira. Se dice que estando ardiendo, la multitud continuaba oyéndolo cantar el Laudate. Después gritó cinco veces: “Él es santo entre todos los santos” y entregó el alma.

Los campesinos y los pescadores eran ejecutados en Iwashima, una isla rocosa a una media hora en barca. Con las manos y los pies atados, eran arrojados al mar desde lo alto de un acantilado. En la peor época de las persecuciones, no había menos de 10 ejecuciones por mes en Iwashima. Para ahorrarse trabajo, los funcionarios los ponían en sacos atados juntos en rosario y los arrojaban tal cual en el mar glacial. Casi nunca se encontraban los cuerpos.

Yo pasaba el tiempo releyendo esta espantosa historia de los mártires de la isla.

En “Los últimos mártires” también relata las torturas a que fueron sometidos los últimos cristianos kakure, del distrito de Uragami en la cuarta persecución en este lugar, que duró desde 1867 a 1873, y durante la cual fueron encarcelados 100 kakure, de los cuales 60 murieron en la cárcel por la tortura y el frío:

Los días siguientes, numerosos prisioneros fueron llamados al tribunal. Aquellos que rechazaron apostatar recibieron la tortura llamado dodoi: los pies, los brazos eran ceñidos dentro de cuerdas y todo ello era atado detrás de la espalda. Después se izaba el cuerpo sobre una cruz mientras que los gendarmes, colocados por debajo, lo golpeaban violentamente por medio de látigos y de bastones. A continuación lo remojaban de agua. Las cuerdas, que absorbían el agua, se inflaban, penetrando más en la piel de los prisioneros. Aquellos que habían quedado en la celda escuchaban, viniendo del tribunal, gritos que parecían aullidos de bestias salvajes, puntuados por los insultos de los verdugos.

A los que no cedían, les aplicaron otra estrategia: tratarlos bien e intentar adoctrinarlos, y como tampoco esto sirvió , los torturaron de nuevo:

 

El alimento, hasta ahora relativamente abundante, fue reducido a un pizco de sal y arroz hervido. Los colchones fueron reemplazados por una estera de paja, y el único vestido autorizado fue el kimono de verano que llevaban cuando los arrestaron.

El invierno se anunciaba desde el mes de noviembre, en la región de Sanin. La tortura tenía lugar en el pequeño estanque del jardín del templo de Kôrinji. Los cristianos eran desnudados y puesto delante del estanque, con una cuba llena de 70 litros de agua a su lado. Un policía, con un salabre en la mano, esperaba cerca y preguntaba:

“Entonces ¿reniegas o no?

– ¡No!”

Después de lo cual le empujaba dentro del estanque, cuya superficie estaba cubierta de una delgada capa de hielo. Cuando el ajusticiado subía a la superficie, el policía lo golpeaba. Kanzaburô describió así los sufrimientos soportados: “Yo estaba helado, comenzaba a temblar y los dientes castañeteaban; no veía más nada. Todo giraba a mi alrededor, y tenía la impresión de que mi última hora había llegado, el policía me llamó y me dijo que saliera. Habían atado un gancho al extremo de un tallo de bambú y por medio del gancho tiraron de mí con todas sus fuerzas, por los cabellos. Cuando estuve fuera del agua, rascaron la nieve e hicieron un fuego con dos montones de leña seca. Después me dejaron que me secara cerca de las llamas y me dieron sales para hacerme recobrar el conocimiento. Me es imposible describir el dolor soportado aquel día”.

Tras la tortura del agua, los prisioneros fueron conducidos a una minúscula celda, cuchitril de un metro cuadrado con barrotes de seis centímetros de largo puestos cada tres centímetros. La única abertura consistía en un agujero colocado a la altura de los ojos para distribuir la comida; vista la estrechez de los lugares, los detenidos debían agacharse antes de penetrar en ese calabozo.

Los fieles murieron uno detrás de otro a causa de las torturas y del rigor del invierno de Tsuwano. El primero en partir fue uno llamado Wasaburô, de veintisiete años. Sobrevivió durante veinte días en el calabozo pero finalmente la debilidad se apoderó de él y ese fue el fin.

El siguiente, Yasutarô, murió a la edad de treinta y dos años a consecuencia de la tortura. Este hombre, a pesar de una constitución de apariencia frágil, distribuyó su ración de alimento a sus camaradas y ofreció hacer tareas desagradables como limpiar los aseos. Fue obligado a quedar sentado en la nieve durante tres días y tres noches, después de lo cual fue puesto en el calabozo donde murió.

Kanzaburô estuvo en condiciones de hablar con Yasutarô tres días antes de su muerte. He aquí lo que escribió en una de sus cartas: “Le he dicho que seguro que se sentía solo en el calabozo, pero me ha respondido que no; desde que tenía nueve años, una mujer vestida como la Santa Virgen, con un kimono azul y un velo, le cuenta historias, así él no se siente solo del todo. Pero me pidió que no lo contara a nadie mientras él viviera. Y tres días exactamente después de esta confesión, murió de una dulce muerte”.

Ante esos fallecimientos sucesivos, ciertos cristianos comenzaron a perder esperanza. Finalmente, por una noche de invierno particularmente fría, dieciséis de entre ellos hicieron acto de apostasía. Fueron soltados del calabozo y se les dio una comida caliente y sake; varios días después, bajaron de las montañas.

Quedaron diez hombres, entre ellos Kanzaburô y Zennosuke. En el calabozo, lucharán contra el recuerdo de su aldea, de su casa y de sus familias. Esos recuerdos, más que todo, debilitaban su corazón.

Pero como aún quedaban cristianos firmes, los verdugos decidieron torturar a los hermanos pequeños y a las madres:

En el mes de febrero, veintiséis mujeres y niños fueron embarcados en un barco y llevados a Tsuwano. Una nueva celda fue instalada en el jardín del templo de Kôrinji y se colocó allí a los nuevos que llegaron. La hermana menor de Kanzaburô, Matsu, y su hermano menor, Yujirô, se encontraban entre los prisioneros. La joven muchacha tenía quince años y Yujirô, doce.

Los niños fueron torturados sin piedad. Un niño de diez años rehusó renegar de su fe a pesar del agua hirviendo que vertieron sobre sus manos. Otro de cinco años fue dejado sin comida durante diez días y, cuando lo tentaron con caramelos, movió la cabeza con determinación diciendo: “¡Mi madre me ha dicho que si no reniego de mi religión, iré al paraíso y que allí hay golosinas mucho mejores que éstas!”

Yûjirô, el hermano de Kanzaburô, fue desnudado y dejado expuesto al viento helado, después lo instalaron sobre una cruz hecha con ramas de árbol. Por la noche, un policía arrojaba agua sobre su cuerpo y lo azotaba. Le hundieron el extremo del látigo en las orejas y en la nariz. Desde su calabozo, Kanzaburô podía oír las lamentaciones de ese pequeño muchacho de doce años. La sola cosa que podía hacer era rezar.

Pasó una semana y el cuerpo de Yûjirô comenzó a hincharse y a volverse azul. Su corazón se debilitaba. Los policías, alarmados, cesaron de torturarlo y volvieron a llevarlo al lado de Matsu. Con la cabeza anidada en el regazo de su hermana, Yûjirô hablaba jadeando: “Por favor, perdóname. Lo he hecho todo para no llorar así. He pensado en las pruebas que Jesús ha atravesado y he tratado no gritar. Pero el dolor era tan fuerte que he terminado por ceder. Mi fe es tan débil, perdóname, ¡te lo ruego!”

Al alba, el muchacho entregó su último suspiro apretando la mano de Matsu. Esa mañana los policías trajeron un ataúd, pusieron rápidamente el cuerpo en él y partieron sin decir una palabra.

 

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Shusaku Endo: “Vida de Jesús”

Posted by El pescador en 17 diciembre 2006

Continuando con la presentación de Shusaku Endo y su obra, hoy voy a daros a conocer su Vida de Jesús; en español la editaron con el título de Jesús Sal Terrae en 1980 y Espasa-Calpe en 1996.

El Cardenal Shirayanagi, arzobispo emérito de Tokio, dijo de Endo que fue “el mejor misionero del cristianismo que jamás ha tenido Japón”, porque como decía yo en la entrada anterior en Japón el resplandor de su obra traspasa de lejos la comunidad cristiana: Por sus interrogaciones (¿la fe cristiana puede arraigar en Japón?), por su proximidad a Dios, por su descubrimiento de un Jesús pobre y despojado.

En esta entrada voy a traduciros el prefacio que hace Endo para la edición estadounidense de su obra A life of Jesus (Vida de Jesús o Jesús, como se publicó en España). Este prefacio está escrito para lectores occidentales pues él escribió la obra para ayudar a entender la fe cristiana a sus compatriotas, de mentalidad y cultura asiática y tradición religiosa budista, totalmente distinta de la nuestra y no familiarizados con nuestras tradiciones y cultura, modeladas por la fe cristiana.

Dice Shusaku Endo en su prefacio a la edición estadounidense:

Mi libro llamado Una vida de Jesús puede causar sorpresa para los lectores americanos cuando descubran una interpretación de Jesús algo reñida con la imagen que poseen.

Jesús tal como lo pinto yo es una persona que vivió para el amor y todavía para más amor; e incluso fue llevado a la muerte porque eligió vivir sin resistencia violenta. Mi manera de representar a Jesús está enraizado en que soy un novelista japonés. Escribí este libro para el beneficio de los lectores japoneses que no tienen tradición cristiana propia ni conocen casi nada sobre Jesús. Lo que es más, yo estaba decidido a subrayar el aspecto particular del amor en su personalidad precisamente en orden a hacer a Jesús entendible en términos de psicología religiosa de mis compatriotas no cristianos y de este modo demostrar que Jesús no es ajeno a sus sensibilidades religiosas.

La mentalidad religiosa de los japoneses es -tal como era en el tiempo en que la gente aceptó el budismo- sensible a quien “sufre con nosotros” y a quien “tiene en cuenta nuestra debilidad”, pero su mentalidad tiene poca tolerancia para cualquier clase de ser trascendente que juzga con dureza a los humanos y luego los castiga. En resumen, los japoneses tienen tendencia a buscar en sus dioses y budas una madre acogedora antes que un padre severo. Con este hecho siempre en mente traté no tanto describir demasiado a Dios en la imagen paterna a que tiende a caracterizarlo el cristianismo, sino más bien de describir el aspecto maternal acogedor de Dios revelado a nosotros en la personalidad de Jesús.

Si mis lectores estadounidenses [occidentales] tienen este punto de vista en mente mientras se mueven a lo largo de Vida de Jesús (Jesús), se formarán (creo) una idea más profunda de dónde coinciden la psicología religiosa de los japoneses y otros orientales con la suya propia, y apreciarán mejor esos puntos en los que las dos psicologías quizás difieren.

La carrera de Jesús tal como es presentada en este libro no incluye la imagen de Jesús como El Único que realiza el Antiguo Testamento judío. En este punto estoy de acuerdo con el descontento expresado por muchos teólogos y clérigos. Además, como he escrito este libro en mi calidad de novelista, no contiene interpretaciones teológicas de los mensajes proféticos contenidos en la Biblia. Estas interpretaciones se encuentran más allá del diseño del libro, en un área a la cual mi capacidad no alcanza.

Como afirmo cerca del final del libro mismo, no creo que mi retrato de Jesús toque todos los aspectos de su vida. Expresar lo que es sagrado es imposible para un novelista. No he hecho más que tocar las apariencias de de la vida humana de Jesús. Siento, de todas maneras, que mi trabajo no ha sido una pérdida de tiempo, si solamente la imagen de Jesús que yo (un japonés) he tocado puede también encender una chispa de reconocimiento vital de Jesús incluso en lectores que no hubieran tenido contacto previo con la religión cristiana.

Finalmente, oro para que mi discusión de la ejecución de Jesús no ocasione el menor disgusto para los judíos religiosos. Estoy enterado de las controversias del pasado, incluso en círculos académicos, acerca de si fueron los judíos o los romanos quienes mataron a Jesús. Como un forastero no estoy en posición de fijar la culpa en uno u otro lado. El único fin que deseé hacer es que Jesús fue llevado a la muerte por gente a la que nunca cesó de amar.

Shusaku Endo

Tokio
Viernes Santo 1978

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Shusaku Endo, un escritor católico en el país del sol naciente

Posted by El pescador en 16 diciembre 2006

Habréis notado que en la sección Mis libros de la barra lateral hay bastantes de un tal Shusaku Endo, al que seguramente no conocéis ni de oídas. Por eso hoy quiero presentaros a este escritor japonés católico al que prácticamente nadie conoce aquí, Shusaku Endo (1923-29/IX/96). Aparte de leer esta entrada os recomiendo este artículo de Justo Amado en Alfa y Omega 39 publicada el 5-X-1996.

Pero su obra es sumamente interesante por los temas que trata, entre los cuales yo quiero destacar (y no son los únicos) la Iglesia en Japón, las relaciones entre Oriente y Occidente y el sacerdote caído. Por eso, este año en que celebramos el V Centenario del evangelizador del Japón, San Francisco Javier, es un buen momento para conocer a este escritor católico y japonés, del que además se han cumplido ahora 10 años de su muerte.

Shusaku Endo nació en Tokio en marzo de 1923 y pasó en Manchuria, China. Regresó al Japón a los 10 años de edad con su madre cuando sus padres se divorciaron. Allí se bautizó a los 11 años con su madre.

Ella sentía el rechazo de la sociedad por ser una mujer divorciada y encontró el consuelo de la fe cristiana a través de su hermana. También se bautizó nuestro autor. Él comparó su bautismo como un traje que no le sentaba bien, y que tuvo que ir adaptando a su cultura y mentalidad oriental.

En el Japón de los años 30, los cristianos eran el 1% de la población, y Endo se sentía extraño porque el cristianismo era visto como una religión occidental. Por eso veía Occidente como su hogar espiritual. Después de la II Guerra Mundial, fue a estudiar a Francia literatura francesa y allí se familiarizó con los grandes escritores católicos de ese país como François Mauriac y Georges Bernanos. Pero en Francia tampoco se sintió bienvenido, esta vez por la raza, pues los Aliados habían desarrollado una amplia propaganda anti japonesa durante la guerra.

Durante los tres años de su estancia en Francia, Endo cayó en una depresión. Para empeorar aún más las cosas, contrajo tuberculosis, le extirparon un pulmón y estuvo mucho tiempo en hospitales.

Al final, concluyó que la fe cristiana lo había hecho enfermar. Rechazado en su patria de origen, rechazado en su patria espiritual de Occidente, le vino una grave crisis de fe. Antes de volver a Japón, visitó Tierra Santa para conocer la vida de Jesús, y allí hizo un descubrimiento sorprendente para él: Jesús también fue rechazado. Sus vecinos se rieron de Él, su familia se cuestión su salud mental, sus más estrechos amigos lo traicionaron, y sus compatriotas lo entregaron como un vulgar criminal. A lo largo de su ministerio, Jesús se acercó adrede al pobre y al rechazado: tocó a los leprosos, comió con los pecadores, perdonó ladrones, adúlteros y prostitutas.

Esta nueva percepción de Jesús golpea a Endo con la fuerza de una revelación. Desde la ventajosa posición lejana del Japón había visto el cristianismo como la constantiniana, triunfante. Había estudiado el Sacro Imperio Romano y las brillantes Cruzadas, había admirado las fotos de las grandes catedrales de Europa, había soñado con vivir en una nación donde ser cristiano no fuera una deshonra. Ahora, cuando estudió la Biblia, vio que el mismo Cristo no había evitado “la des-honra”.

Jesús era el Siervo sufriente, tal como era representado por Isaías: Despreciado y rechazado por los hombres, un hombre de penas, y acostumbrado a los sufrimientos. Como uno de quien los hombres se apartan. Si alguien podía, seguramente era este Jesús quien podía entender el rechazo por el que atravesaba Endo.

Endo volvió a Japón con la fe intacta, aun sintiendo la necesidad de rehacerla para formar un traje que le sentara bien. El cristianismo, para ser efectivo en Japón, debe cambiar, decidió. Se hizo novelista, de hecho, para poner por escrito estas cuestiones. Un hombre flaco, enfermo, que llevaba gafas con cristales gordos, en el borde de la sociedad, se deslizó fácilmente dentro de la vida libresca de un escritor. Empezó a sacar novelas a razón de una por año y su paso no ha ido más despacio desde mediados de los años 50.

Irónicamente su idea de minar los cimientos del rechazo y alienación del cristianismo llevaron a Endo al éxito y a la aclamación. Se convirtió en el escritor vivo más conocido, sus libros traducidos a más de 25 idiomas, su nombre muchas veces sonó como candidato al Premio Nobel de Literatura. Graham Greene lo llamó “uno de los más finos novelistas vivos”. Luminarias como John Updike, Annie Dillard y Yukio Mishima se unieron al coro de alabanzas. Fue algo así como un héroe cultural en Japón, prominente en periódicos y revistas, y durante un tiempo hasta tuvo un programa de entrevistas en TV.

Una de las paradojas no menos importantes que rodean a Endo es que ningún novelista importante hoy trabaja tan desvergonzadamente y exclusivamente con temas abiertamente cristianos. Los cristianos en Japón aún no exceden del 1% de la población, lo que hace aún más increíble que los libros de Endo aterrizen en la lista de los más vendidos. Dentro de Japón ayudó a un gran número de escritores e intelectuales a encontrar su camino dentro de la Iglesia. Fuera del Japón ha derramado una nueva luz sobre la fe – a la vez una luz reveladora potente que expone ángulos mucho tiempo ocultos y una luz que borra suavemente oscuras sombras-.

Desde el principio Endo quiso mostrar las diferencias entre las maneras de ver el mundo de Oriente y Occidente. Por ejemplo, él había sido formado en la literatura católica occidental, que supone un Ser creador distinto de lo creado. El japonés, sin embargo, no creía en tal Ser supremo, por lo cual los temas profundos de Dios, pecado, culpa y la crisis moral -el centro de mucha literatura occidental- tenía poca importancia para el lector medio japonés. Hablo a continuación de algunas obras interesantes por el tema y dónde podéis encontrarlas:

  • Silencio, El país de oro y Los últimos mártires: Estas tres obras tratan sobre la persecución a que fue sometida la Iglesia en Japón desde el siglo XVI hasta el XIX (la más larga y cruel persecución contra los cristianos). Silencio es su novela más famosa e importante y junto con Los últimos mártires (un relato corto) trata del silencio de Dios cuando tenemos dificultades y las torturas que tuvieron que soportar los mártires japoneses. El país de oro es una obra de teatro.
  • Sombras, Hombre amarillo/hombre blanco, Volcán y también Silencio tratan sobre la crisis del sacerdote.
  • Japoneses en Varsovia, El samurai y Estudios en el extranjero muestran las relaciones de Oriente y Occidente a través de relatos históricos. En el primero unos japoneses de visita en Polonia conocen a San Maximiliano Mª Kolbe (el mártir de la caridad en Auschwitz) gracias a que los polacos les hablan de él ya que son japoneses y el santo fue misionero allí. Los otros dos son novelas históricas ambientadas en distintas épocas para mostrar desde la óptica japonesa la impresión que causó Occidente en los japoneses que vinieron a Europa desde el siglo XVI.
  • Finalmente, para que conozcáis algo de la Iglesia en Japón y los kakure, los cristianos que sobrevivieron a la persecución y que conservan las oraciones aprendidas de los primeros misioneros, pero que debido al aislamiento y a la ausencia de pastores por la persecución, hoy son oraciones ininteligilibles y sus creencias mezclan el cristianismo con el budismo y creencias japonesas; ellos se consideran a sí mismos los cristianos auténticos y no tienen interés en unirse a la Iglesia católica oficial.
  • El tonto maravilloso: una versión de El idiota de Dostoievski, en que la candidez del protagonista es vista por muchos como idiotez, todo ello como un trasunto de Jesucristo.

En definitiva, la fe es el centro y el motivo principal de su obra, como decía Justo Amado en la noticia de su muerte (Alfa y Omega 39 5-X-1996):

La obra de este hombre nos puede dejar perplejos. Nos hemos acostumbrado a ser católicos, y el oír hablar de un escritor católico nos puede hacer pensar que estamos delante de un compositor de catecismos o de un hombre que simplemente no pone las típicas escenas picantes en cada novela. No, Shusaku Endo es un escritor católico en el sentido más pleno de la palabra. La fe es tema en sus novelas y es también luz de sus juicios. Una piedra donde podrían tropezar muchos autores españoles «cansados de la moral cristiana».

No sé si se me queda algo en el tintero; si tenéis más curiosidad por este autor escribidme a mi correo (que aparece en el Perfil). Lamentablemente sólo dos obras suyas están traducidas al español: Silencio y El samurai. Podéis encontrarlas en la Editorial Edhasa, y si no están ya en librerías en la web de libros de viejo http://www.iberlibro.com o http://www.uniliber.com. Sus obras traducidas al inglés y al francés (algunas) están en http://www.amazon.co.uk y http://www.amazon.fr

 

 

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Silencio

Posted by El pescador en 9 noviembre 2006

Realmente es hermosa y evocadora esta palabra, pero hoy hay muchas personas que no entienden la utilidad y belleza del silencio, y por extensión de la soledad. Realmente tenemos pánico a la soledad y al silencio, como si fueran algo triste y destructivo, algo devorador; por eso necesitan estar con alguien, hablando siempre, acompañados o incluso con una sensación de compañía, como poner la radio o la tele aunque no le hagan caso: el caso es evitar el silencio.

 

Otra cosa que ocurre hoy en día es que hablamos a voces, no sabemos escuchar (y eso que sólo tenemos una boca y dos orejas, con lo cual deberíamos escuchar el doble de lo que hablamos). Y es que para escuchar también hay que estar en silencio, pero creo que todo esto es escaso hoy en día: el silencio, la soledad y el pensar.

Una vez le conté a alguien que había estado haciendo Ejercicios espirituales y que éstos consistían en el silencio y la oración, esa persona se asombraba y su reacción fue decir que él no sería capaz de estar tanto tiempo callado.

Me alegra que haya salido al cine la película “El gran silencio”, pues con ella podemos comprender el gran valor del silencio de la mano de los monjes cartujos, que siguiendo el ejemplo de San Bruno viven en silencio y soledad durante la semana, y se reúnen en comunidad los domingos y pasean juntos durante cuatro horas los lunes. En esta película no hay ningún diálogo, sólo se habla cuando los monjes cantan en la iglesia.


Pero es que sólo en el silencio y la soledad se puede escuchar a Dios. El mismo Jesús nos dio ejemplo, cuando nos cuenta el Evangelio que se retiraba a un lugar solitario para orar (cfr. Mc 1,35; 6,46; Mt 14,23; Lc 5,16; 6,12): estaba con la gente, predicaba, curaba enfermos, discutía con los fariseos o saduceos, pero luego se retiraba a orar a solas (en el momento decisivo de su vida, la víspera de su Pasión, se retiró al huerto de Getsemaní (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,39-46) para orar a su Padre. Esa es la paradoja: Dios se nos comunica, nos habla en la oración, y ésta necesita soledad y silencio. Eso fue lo que descubrieron también los primeros monjes y anacoretas, que se retiraron al desierto egipcio para tener una experiencia más auténtica y profunda de Dios (empezando por San Antonio abad; un caso curioso fue San Simón -o Simeón- Estilita -del griego stilos=columna- que se pasó 37 años subido a lo alto de una columna para que la gente no lo molestara, así inauguró un tipo de vida anacoreta, aunque también predicaba desde allí y aconsejaba a la gente: ).

 

El exponente máximo de la vida eremítica pero a la vez en comunidad es San Bruno,fundador de la Orden de la Cartuja. Ahora acaba de salir al cine la película “El gran silencio”, en la que nadie habla, sólo se canta. Es un exponente magnífico del valor del silencio. Desde que soy profesor les digo a mis alumnos, cuando veo que están hablando demasiado, que los voy a llevar a una Cartuja (a ver si aprenden el valor del silencio).

Hoy parece que hay una crisis de la presencia de Dios en el mundo, porque no nos gustan la soledad ni el silencio: tenemos miedo a estar solos, quizá porque en la soledad Dios se nos puede manifestar y nosotros nos encontramos con nuestra más íntima intimidad (Tú eras más íntimo que mi intimidad, San Agustín de Hipona Confesiones III,11).

Pero el problema viene cuando en medio de las dificultades y de los problemas Dios parece quedar en silencio. Este es el título de la novela más famosa de Shusaku Endo, Silencio. Endo es un escritor católico japonés y en esta novela trata de unos jesuitas que desembarcan en Japón el siglo XVII durante la persecución que duró hasta mediados del siglo XIX. El autor explica en una entrevista el sentido del silencio de Dios en medio de la persecución y de la prueba:

Como el título da a entender, el tema del silencio impregna la novela. Más de 100 veces Rodrigues [el jesuita protagonista] ve la cara evocativa de Jesús, una cara que él ama y sirve; pero la cara nunca habla. Permanece silenciosa cuando el sacerdote está encadenado a un árbol para ver morir a los cristianos, silenciosa cuando él pide consejos sobre si entregar el fumie [estampa religiosa] para dejarlos en libertad, y silenciosa cuando reza en la celda por la noche.

Endo después se quejó de que Silencio fue interpretado mal a causa de su título. “La gente supone que Dios estaba silencioso”, dijo, “cuando de hecho Dios habla en la novela. Aquí está la escena decisiva cuando el silencio se rompe, en el auténtico momento en que Rodrigues contempla el fumie:

Es sólo una formalidad. ¿Qué importa una formalidad?” El intérprete le anima con entusiasmo. “Lleva a cabo sólo la forma exterior del pisotear”.

El sacerdote alza su pie. En él siente un dolor sordo, pesado. Esto no es una mera formalidad. Pisará ahora lo que ha considerado la cosa más hermosa en su vida, lo que ha considerado más puro, lo que está lleno de los ideales y los sueños de hombre. ¡Cómo duele su pie! Y entonces el Cristo en bronce habla al sacerdote: ¡Pisotea! ¡Pisotea! Yo más que nadie conozco el dolor en tu pie. ¡Pisotea! Yo nací en este mundo para ser pisoteado por los hombres. Yo cargué mi cruz para compartir el dolor de los hombres”.

El sacerdote puso su pie en el fumie. La aurora rompió. Y lejos en la distancia el gallo cantó”.

El padre Rodrigues ve a Cristo más de 100 veces, pero en silencio, no le habla ni cuando está en dificultades. Y ahí está el problema: no pasa nada mientras no hay dificultades. El jesuita ha ido al Japón movido por el ánimo de servir a Cristo, a un Cristo triunfante; pero ¿qué pasa cuando viene la pasión y el sufrimiento? Cristo sólo habla en el momento culminante de la decisión de apostatar, y anima al jesuita a hacerlo, se muestra como el Siervo sufriente. Y nosotros debemos recordar, frente al Dios glorioso y triunfante, que Cristo tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos (Cfr. Filipenses 2,6-11).

Algo parecido podemos recordar del silencio de Dios en la Pasión de Cristo, los momentos de máxima soledad en su vida. En Getsemaní Cristo está angustiado pero en la oración comprende que debe cumplir la voluntad de su Padre.

El silencio de Dios se hace presente en las dificultades y en los problemas, que se trasladan a nuestra oración, cuando Dios parece permanecer callado. Por eso Jesús nos enseña en la parábola del amigo inoportuno (Lucas 11) cómo tenemos que orar con insistencia, pero eso lo dejo para otra entrada.

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