El testamento del pescador

Archive for 18 octubre 2007

La noche oscura, marchar sin apoyos

Posted by El pescador en 18 octubre 2007


Elodie Maurot

 

(original en francés; traducción mia)

La publicación de las cartas de la Madre Teresa de Calcuta, evocando la noche espiritual que atravesó durante decenas de años, saca a la luz una experiencia mística a menudo descrita en la historia de la espiritualidad
Es un bien extraño continente que cubre la noche espiritual. Una tierra árida y desolada, lejos de Dios. ¿Cuántos creyentes hay que avancen hacia Él, en la oscuridad más completa, sin ningún apoyo?

Nadie lo sabe, pues la noche roza el secreto, a veces compartido solamente con un confesor o un íntimo. De manera paradójica pues la noche espiritual ha sido llevada a plena luz, hace algunas semanas, cuando el mundo entero ha descubierto que Madre Teresa, la beata de Calcuta, había pasado la mayor parte de su vida en la oscuridad de la fe.

En algunas cartas que acaban de ser publicada en inglés, evoca «el túnel», las «torturas de la soledad», «la terrible obscuridad en mí, como si todo estuviese muerto». «Dígame, Padre, ¿por qué hay tanta pena y oscuridad en mi alma?», escribe a su confesor en agosto de 1.959.

“La realidad de la oscuridad, de la frialdad, de la vida es tan vasta”

Cada noche es siempre la primera. Áspera, angustiosa, se comparte difícilmente. Aquel que la atraviesa no encuentra ni refugio, ni consolación en las doctrinas y los consejos de los maestros espirituales. «Me dicen que Dios me ama, y sin embargo la realidad de la oscuridad, y de la frialdad, y del vacío es tan vasta, que nada toca mi alma», testimonia Madre Teresa, en una carta no fechada.

La «noche» es por tanto un fenómeno conocido de la vida espiritual. Ha sido descrita por grandes místicos: Juan de la Cruz, apodado «el doctor de las noches», Teresa de Ávila, Francisco de Sales e incluso Teresa de Lisieux. Quienes han puesto palabras a esta travesía –incluidos «simples» cristianos desconocidos– hablan de esto como de una experiencia de gran pena y de tormentos interiores violentos, lejos de Dios..

La noche es sequedad, aridez, soledad, tinieblas. Las palabras son incluos inadecuadas para describirla. Es preciso por tanto inventar expresiones, la más célebre es ciertamente la de Juan de la Cruz, hablando de «la noche oscura».

“Tiene la impresión de que Dios se esconde”

La noche puede revestir numerosas formas, a menudo entremezcladas. La noche de los sentidos en la que el creyente está privado de percepciones sensibles de la presencia de Dios; la noche de la inteligencia, en la que debe renunciar al discurso, a las imágenes, a las ideas que se hacía de Dios; la noche de la fe, en la que siente el vértigo ante la ausencia de Dios.

El paso por la oscuridad corta entonces con una vida espiritual hasta entonces feliz. «Al principio de la vida espiritual, el creyente conocía momentos de pequeñas exaltaciones. Percibe sensiblemente la presencia del Señor, explica Dom André Louf, cisterciense, antiguo abad del Mont des Cats. No hay que desdeñarlo, pues es un don del Señor. Pero este momento no está a menudo llamado a durar de esta manera».

Cuando la noche sobreviene, el creyente pierde todo gusto a la vida espiritual. «Tiene la impresión de que Dios se esconde, que está ausente, que no se ocupa de él, que le deja caer, describe Dom Louf. Es una experiencia dolorosa». Esta desecación de la vida espiritual es sentida tanto más violentamente en los místicos cuya vida espiritual había sido gratificada antes con fenómenos particulares: éxtasis, visiones, estigmas, levitaciones…

“La noche sobreviene aunque el creyente progrese”

En “La subida al monte Carmelo” y “La noche oscura”, Juan de la Cruz describe los caminos de la experiencia nocturna. Les da también un sentido. La noche, dice, sobreviene aunque el creyente progrese en el camino de Dios. Aproximándose a aquel que es el amor, el alma se hace más y más consciente de su impureza y de su indignidad: la noche aparece como el revés de una luz divina inalcanzable.

En la noche, escribe el reformador del Carmelo en el siglo XVI, «los espirituales sufren hasta el extremo el miedo de estar extraviados, del pensamiento de que Dios los haya abandonado». «El alma se siente privada de Dios, rechazada por Dios», prosigue, y no duda en comparar esta experiencia con el infierno: «El alma se ve verdaderamente presa de los dolores de la muerte, las torturas del infierno».

Con la modernidad y la extensión social de la increencia, la experiencia de una noche así va a vivirse de otro modo y a decirse con otras palabras. Discípula de Juan de la Cruz, Teresa de Lisieux habla de «nuit» para traducir la angustia que la habita en el curso de los dieciocho mese que preceden a su muerte. El sentido de esto ha sido por tanto modificado un poco, pues la «pequeña» Teresa experimenta y traduce su noche en el lenguaje, la espiritualidad y las preguntas de su tiempo.

Ella sabe que «quiere creer»

En ella, la noche no es más –o más solamente– la privación de los gustos espirituales y el temor del infierno. Se caracteriza por la angustia de la ausencia de Dios, que ni Juan de la Cruz, ni Francisco de Sales podían culturalmente considerar. Para Teresa del Niño Jesús, la noche es «el vértigo de la libertad de la fe, la evidencia de que la duda es posible y, no solamente la duda, sino también la negación radical en la desesperación», escribe Michel Dupuy.

La historia de Teresa –«que parecía un cuento de hadas», según sus propias palabras– entra en la noche con la toma de conciencia de la increencia. Ella está revolucionada con esto, presa de la angustia con la idea de que su fe pueda no ser más que un sueño. Describe este problema a su priora: «Me parece que las tinieblas extrayendo la voz de los pecadores me dicen burlándose de mí: ‘Tú sueñas la luz, la patria embalsamada de los más suaves perfumes, tú sueñas la posesión eterna del Creador de todas esas maravillas, tú crees salir de las nieblas que te rodean, avanza, avanza, alégrate de la muerte que te dará, no lo que esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la nulidad’.»

Creer, no creer. En la noche, quien marcha hacia Dios es reenviado hacia su libertad. Teresa de Lisieux, ha hecho su elección. Sabe que ella «quiere creer». Ella va a hacer de esta noche un deseo de Dios todavía más grande, mientras renuncia a darle una explicación. En plena noche, ella escribe: «Cuando canto la bonda del Cielo, la eterna posesión de Dios, no experimento ninguna alegría, pues yo canto simplemente lo que YO QUIERO CREER».

“Aquel que, de noche, continúa marchando”…

Las cartas de Madre Teresa evocan también la elección de creer. En 1.961 escribe a su confesor que decide «amar la oscuridad», «porque creo ahora que es una muy, muy pequeña parte de la oscuridad y de la pena de Jesús sobre la tierra».

En la espiritualidad cristiana, atravesar la noche no quiere decir pues perder la fe. Al borde del abismo puede residier, y a veces avivarse, el deseo de Dios. En la noche, «el amor pone y guía solo esta alma. La hace volar hacia Dios por un camino solitario», escribe San Juan de la Cruz.

En lo profundo de la noche, la fe encuentra su radicalidad. Despojada, aparece para lo que es: confianza, deseo, camino hacia Dios sin garantía. En la espiritualidad cristiana, aquel que, de noche, continúa marchando, contacta sin el saber de Dios que permanece siempre el Incognoscible. Ya, en el siglo IV, un monje del desierto escribía: «Verdaderamente, abba José ha encontrado la vía, pues ha dicho: ‘No sé’».

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El evangelio de Mateo

Posted by El pescador en 14 octubre 2007

Jacques Nieuviarts, a.a.

(Original en francés; traducción mía)

¡El evangelio más comentado!

Durante mucho tiempo en la liturgia, el evangelio de Mateo tuvo el lugar de honor, ¡la parte del león! Considerado el más antiguo, compuesto según un plan riguroso y en un lenguaje cuidado, fue leído y comentado como la obra maestra de los evangelios, al punto que hasta la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, hacia 1965-67, la mayor parte de las lecturas litúrgicas del domingo le eran tomadas prestadas.

Da también un lugar importante a la Iglesia. En este evangelio la profesión de fe del apóstol Pedro es seguida de la respuesta de Jesús: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… (Mt 16, 18). Y numerosos otros tratados muestran también la preocupación eclesial de Mateo. Se ha dicho a menudo de este hecho de Mateo que era un evangelio eclesiástico, o más simplemente eclesial: un evangelio que a la vez refleja y construye la vida de una Iglesia.

De un solo vistazo

Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas son llamados sinópticos. Se pueden mirar de un solo vistazo y por tanto compararlos fácilmente. Su estructura y su contenido son muy próximos, y su material organizado de forma globalmente idéntica, aunque con una mirada más atenta se perciben numerosas diferencias. El evangelio de Juan tiene otra tonalidad, otra organización de conjunto, otro plan.

Se ha comparado después de mucho tiempo, estudiado, analizado el material común de los evangelios, y también sus diferencias, para captar mejor su origen, su procedencia. Eso ha dado lugar a múltiples hipótesis, y Mateo ha sido siempre figura de primer orden, porque parecía al mismo tiempo que el más largo, el más cuidado. Pero hoy en día, se ha establecido un consenso entre los especialistas para considerar, basándose en múltiples indicios, que Marcos es el primer evangelista, probablemente escrito hacia 70 D.C. Mateo, volveremos a eso, es más tardío: hacia 80 D.C.

¡El más largo!

Mateo tiene en griego 18.300, mientras que Marcos sólo tiene 11.300. Mateo tiene la misma estructura e integra el conjunto del material del evangelio de Marcos. Pero conlleva además un conjunto de elementos que tiene en común con Lucas. Son sobre todo palabras, que los exegetas llaman por esa razón logia: palabras de Jesús. Y Mateo comprenden en fin elementos que son propios de él, tales como los relatos de la infancia (Mt 1-2), numerosos elementos del relato de la Pasión y de los de la resurrección, y el final de su evangelio.

Todo eso lleva a pensar que Mateo debió concoer el evangelio de Marcos en su forma definita o casi, pues es necesario imaginar al principio de los evangelios una etapa importante de transmisión oral antes de ser escritos. Lo escrito no eran tan difundido, sino los recuerdos sólidos. Mateo debió conocer a Marcos, pero también otra fuente: la de los logia, las palabras de Jesús, que Lucas debió conocer también y utilizar, lo que explica los numerosos elementos que Mateo y Lucas tienen en común. Y Mateo tiene también fuentes propias, evocadas más alto. He aquí lo que se puede observar en una lectura atenta de Mateo, y una comparación con los evangelios de Lucas y de Marcos.

Características propias de Mateo

Cada evangelio tiene un color propio, que lo identifica bastante bien desde las primeras páginas y a lo largo del relato, por poca atención que se preste. Para Mateo, numerosas características saltan a la vista. Sólo retenemos las principales. Dan ya su fisonomía de conjunto.

La estructura de su evangelio

El evangelio de Mateo se abre, como el de Lucas [pero cada evangelista tiene una perspectiva propia], con un relato de los orígenes de Jesús, comúnmente llamado relato de la infancia de Jesús (Mt 1-2). En el otro extremo del evangelio, están los relatos de la Pasión y de la Resurrección, que terminan cada uno de los evangelios. Todo el ministerio de Jesús está situado entre esos dos grandes conjuntos. Mateo lo presenta haciendo alternar a todo lo largo de su evangelio relatos y discursos (a veces llamados sermones). Discursos y actos son para él cada vez como las dos caras del ministerio, o más profundamente del misterio de Jesús que presenta. Según la expresión de un exegeta alemán, el Mesías de las palabras es también el Mesías de los actos.

Cinco grandes discursos

Cinco grandes discursos recorren en efecto el evangelio de Mateo, y le dan un carácter de enseñanza. Señalan las grandes preocupaciones, sus acentos, y contribuyen así a marcar su identidad eclesial.

Las primerísimas palabras de Jesús son en Mateo las Bienaventuranzas: Dichosos los pobres… Palabras que expresan en poco sitio un trastorno, pues Jesús dice las dimensiones múltiples e infinitas, en el discurso sobre la montaña (Mt 5-7), que enuncia y revela la Ley nueva. Vendrán después el discurso apostólico, que expresa las exigencias ligadas a la tarea del apóstol (Mt 10, 1-42), luego el discurso en parábolas en el cual Jesús habla de manera imaginada del Reino de Dios (Mt 13, 1-52), y el discurso eclesial o eclesiástico, que dice cómo vive una Iglesia y cómo viven los discípulos de Jesús: ¿quién es el más grande? Este discurso insiste en la oración y el perdón (Mt 18, 1-35 ; cf. Mt 16, 18). Un último discurso habla del fin de los tiempos y de la plena manifestación del Hijo del hombre. Lo llamamos a menudo discurso escatológico, es decir relativo al final de los tiempos, o apocalíptico, pues evoca una revelación (Mt 24,1 – 25, 46).

El cumplimiento de las Escrituras

El lector un poco atento no puede más que estar sorprendido del gran uso que Mateo hace de las Escrituras, que nosotros designamos a menudo como Antiguo Testamento. Las recorre de múltiples maneras: Jesús las cita, y devuelve interrogando sobre la forma que se leen. Sus adversarios también las citan, e incluso el diablo en el relato de las Tentaciones (Mt 4, 1-11). Las masas a la entrada de Jerusalén las hablan, bajo forma de aclamaciones (Mt 21). Pero el evangelio de Mateo está también magistralmente recorrido por diez grandes fórmulas que señalan el cumplimiento o la plenitud de las Escrituras en lo que vive Jesús. El evangelio de Mateo muestra así con claridad su enraizamiento judío y su diálogo, a veces vigoroso, con las Escrituras y sobre todo con los escribas y los fariseos, a los cuales la emprende numerosas veces de manera muy viva.

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San Agustín: pasión por la verdad (y 4)

Posted by El pescador en 10 octubre 2007

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San Agustín: pasión por la verdad (3)

Posted by El pescador en 9 octubre 2007

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San Agustín: pasión por la verdad (2)

Posted by El pescador en 8 octubre 2007

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San Agustín: pasión por la verdad (1)

Posted by El pescador en 7 octubre 2007


Con esta entrada pondré en cuatro entregas esta película en la que el mismo San Agustín va contándonos su vida, su obra, su conversión: el legado y el ejemplo que nos deja a los cristianos de hoy y de siempre.

Los vídeos están sacados de la película “Agustín de Hipona: pasión por la vida”, a la que yo le he cambiado el título por pasión por la verdad, pues eso fue lo que siempre le movió.

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Las beatificaciones devueltas a las diócesis

Posted by El pescador en 6 octubre 2007

Isabelle de Gaulmyn

(original en francés; traducción mía)

En lo sucesivo, el Papa no preside más las ceremonias de beatificación. Salvo excepción, se desarrollan en la diócesis del beato, como será el caso el domingo 16 de septiembre en Mans y en Burdeos

Los vendedores de recuerdos piadosos de la plaza de San Pedro y del vecino Borgo han perdido clientes, así como las agencias de viajes especializadas: a partir de ahora no hay casi ninguna ceremonia más de beatificación en Roma. Pero eso no trastorna mucho a los responsables de la Congregación de las causas de los santos encargados de estudiar los informes de los futuros beatos o santos y que, desde sus despachos justo al lado de la Via della Conciliazione, se alegran de ello abiertamente.

«Esperábamos esto hace tiempo», desliza uno de los dos. Las celebraciones tienen lugar desde ahora en las diócesis que han promovido la beatificación, es decir allí donde ha vivido o muerto el beatificado. Solamente en ciertos casos precisos tienen lugar en Roma. Para Carlos de Foucauld por ejemplo, al final de 2005, pues era difícil proyectar una ceremonia así en Argelia. Pero, incluso entonces, el Papa no preside más la celebración.

Durante todo el pontificado de Juan Pablo II, los fines de semana estaban marcados por esas grandes misas en el exterior de la basílica, presididas sistemáticamente por el Papa y donde se encontraban, con los colores de sus países, peregrinos de diócesis del mundo entero y miembros de congregaciones religiosas para honrar a «sus» beatos.

“Una vuelta al pasado”

Estas beatificaciones –no fueron nunca tan numerosas como bajo el pontificado de Juan Pablo II– contribuyeron no poco al turismo religioso en la Ciudad eterna.

Ahora bien, una de las primeras decisiones de Benedicto XVI fue justamente decretar que el Papa no presidiera habitualmente las celebraciones de beatificaciones, sino solamente las canonizaciones, en las que los beatos son proclamados santos. En realidad, «se trata más de una vuelta al pasado que de una verdadera novedad», explican en la Congregación de las causas de los santos. Era la práctica corriente durante los últimos siglos.

A partir del siglo XII, en efecto, ante la multiplicación de cultos locales a piadosos personajes por la vox populi, Roma decidió entregar autorizaciones de culto local para los «servidores de Dios», a la espera de su canonización oficial. Pero las cermonias se desarrollaba en el lugar, sin el Papa. Eso ha permitido crear una forma de jerarquía y también de apropiarse, de alguna manera, los santos locales…

No confundir beatificación y canonización

Pablo VI dio un frenazo a esta tradición, decidiendo presidir él mismo en 1971 la beatificación del P. Maximiliano Kolbe. Roma y el pontífice daban así un cierto prestigio a la ceremonia, y parecía difícil desde entonces volver atrás. Sabiamente, Benedicto XVI aprovechó desde el principio de su pontificado para hacerlo. Pues, en Roma, esta decisión no ha ido sin provocar algún chirriar de dientes, algunos temen que las beatificaciones pierdan su valor.

En realidad, la decisión de Benedicto XVI de «devolver» las beatificaciones a las diócesis está doblemente motivada. Primero, en el plano teológico. Esto evita, observan en la Congregación de los santos, confundir beatificación y canonización. La primera tiene un alcance local. La segunda, que marca el acceso a la santidad, vale para la Iglesia universal. Con una beatificación, el Papa concede que el culto público rendido a un servidor de Dios sea ejercido de forma limitada, localmente o por ciertas familias religiosas.

Por la canonización, en cambio, el beato es declarado santo, y su culto se impone a toda la Iglesia. Es preciso añadir, como ha escrito el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación de las causas de los santos, que en las canonizaciones la Iglesia actúa «sobre una decisión que tiene carácter definitivo y preceptivo para toda la Iglesia al comprometer al Magisterio solemne del pontífice romano». Este no es el caso de las beatificaciones.

“Una verdadera descentralización”

En el plano pastoral también, sólo se ven ventajas en esta decisión. Se trata de una verdadera descentralización –en términos eclesiales, se habla de subsidiariedad–, que vuelve a dar la importancia a las Iglesias locales y permite del todo a una diócesis implicarse en la celebración, en una forma de catequesis práctica.

Un poco como las tomas de posesión de los nuevos obispos, la beatificación se convierte entonces en un acontecimiento que marca a los cristianos localmente, reunidos alrededor de la memoria de uno de los suyos. Además, se añade en la Congregación, antes, todo el mundo no podía ir a Roma. Se consigue todavía para hacer venir numerosos autobuses de peregrinos de una diócesis francesa. Pero la cosa se convierte en imposible en el caso de la beatificación de una argentino o de un brasileño.

Y además, esta «descentralización» no quita ninguna autoridad al acto de beatificación: ésta, como ha sido reafirmado en el documento firmado por Benedicto XVI sobre el asunto, permanece un acto pontifical. Está presidida siempre por un representante del Papa: generalmente el prefecto de la Congregación de las causas de los santos, incluso si a veces el Papa puede nombrar un arzobispo del país, como fue el caso recientemente para Polonia.

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La adoración eucarística

Posted by El pescador en 5 octubre 2007

Una entrevista con Serge Kerrien, diácono, responsable del Servicio diocesano de pastoral litúrgica y sacramental, vicario episcopal de Saint-Brieuc

Recogidas por Sophie de Villeneuve

(original en francés; traducción mía)
Muchos cristianos, y entre ellos muchos jóvenes, experimentan una alegría real en la práctica de la adoración eucarística. ¿En qué consiste ésta?

Es un ejercicio piadoso, que data de la Edad Media. En esa época, la gente no comulgaba, por normas muy restrictivas: hacía falta estar en «perfecto estado de gracia» lo que no era tan frecuente, ¡tanto más cuanto que sólo confesaban una vez en su vida, generalmente antes de morir! Los cristianos habían encontrado por tanto de qué nutrir su fe de otra manera: comulgaban con la mirada. Esta puesta en relación con Cristo es otra manera de entrar en comunión. Así a partir del siglo XIII se difundieron la procesión del Santísimo Sacramento y la elevación en la Misa. Esta piedad eucarística se reforzó considerablemente en el concilio de Trento para recordar que contrariamente a los protestantes, los católicos creían en la presencia real.

Según Usted, ¿por qué muchos cristianos se encuentran en esta forma de piedad?

Sin duda porque hoy tenemos una forma de déficit en la celebración de la liturgia eucarística. Hemos suprimido, en la Misa, elementos que no habría sido necesario evacuar… No respetamos el tiempo de silencio, de recogimiento, de meditación. De golpe, los más jóvenes desean tener otros tiempos de profundización de la vida espiritual y eso explica la recuperación del interés por la adoración eucarística. ¡Esta fuerte sensibilidad que vuelve hoy es una bella fuente de vida espiritual!

Algunos temen una forma de idolatría. ¿Cómo evitar ese escollo?

La manera más justa de hacer la adoración eucarística es como una prolongación de la Misa. Entonces toma todo su sentido. Hace falta también que la adoración parta de la Palabra de Dios, pues de esta palabra viene el deseo de profundizar el encuentro. Adoramos meditando la palabra que hemos recibido.

¿La adoración no sustituye la Eucaristía?

El primer acto de adoración, no lo olvidemos, es la comunión, puesto que «adorar» quiere decir «llevar a la boca». La adoración eucarística consiste en mirar a Cristo pero sobre todo en dejarse mirar por Él. Es todo salvo un tête à tête confortable entre Jesús y yo. Es hacer silencio en sí para que la Palabra de Dios haga su obra, que me modele, me transforme. El fin de la adoración eucarística, como el de todo ejercicio espiritual, es enviarnos en misión. A la salida, yo debo servir a los pobres, debo anunciar la Buena Noticia. A alguien que dice que le gusta profundamente adorar la Eucaristía, que quizá por razones diversas no puede comulgar, le diría que está bien, porque encuentra un alimento espiritual, pero le advertiría. No es preciso encerrarse en la adoración eucarística, no es necesario cosificar la eucaristía. El pan eucarístico, es alguien con quien entramos en relación y que os envía en misión. Diría también que lo que pasa en el interior de mí mismo no es de mi propia voluntad. No soy yo quien decide por mis propias fuerzas ser mejor, tener una vida espiritual… Es Cristo quien en mí me modela a su imagen.

¡Ayer se comulgaba poco, hoy se comulga muy fácilmente! ¿Encuentra Usted que comulgamos demasiado?

La eucaristía me ayuda a llegar a ser mejor, a vencer el mal que está en mí. Así pues, no comulgamos demasiado. Pero no estoy seguro de que comulguemos bien y encuentro que hemos banalizado el sacramento. Me parece que nuestra procesiones no son bastante dignas, que no sabemos hacer el ademán. Y no sabemos orar al ir a comulgar. Soy muy favorable a que se cante durante la comunión, y no después. Eso alimenta interiormente la acción que vamos a hacer. Quizá hace falta también recordar al cristiano que no se comulga de cualquier manera. No para volver a una noción de pecado o de escándalo, sino para preguntarse si estamos preparados a recibir un alimento y a sacar de él el máximo de beneficios.

¿Cómo volver a dar sentido a este sacramento?

A mi entender la verdadera cuestión es la pastoral de la eucaristía. Nos hemos equivocado al separar la preparación de los niños para la primera comunión de la vida de la comunidad. Hacen falta celebraciones que vayan marcando las etapas hacia la primera comunión, y que serían otras tantas ocasiones de tener una catequesis sobre la eucaristía. Incluido aquí para gentes que tienen situaciones de vida increíbles pero que vienen a Misa el domingo. Para que progresivamente los cristianos descubran la importancia de la eucaristía. Lo mismo, regularmente haría falta, en las homilías, recordar al cristiano la importancia de los signos, de los ademanes, de los actos que hacemos. Hace falta recuperar la grandeza de este sacramento. Hace falta ayudar a las personas a que ellas mismas se den cuenta de que no pueden ir a comulgar, que no están preparadas, que necesitan conversión y encaminamiento necesario. La gente no comprende este regalo que Dios les hace, que es preciso prepararse para ello. ¡Es toda una catequesis que es preciso retomar! Y esto puede funcionar, pues inconscientemente la gente sabe que es importante, que hay algo que se juega. ¡Es preciso hacérselo descubrir!

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