El testamento del pescador

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Miércoles de Ceniza: el desierto ineludible

Posted by El pescador en 6 febrero 2008

Por Joël Serard, de la diócesis de Coutances, publicado en “Points de repère” n°195

(original en francés; traducción mía)
Jesús en el desiertoEmpujado al desierto por el Espíritu, Jesús prolonga su bautismo en la soledad y el hambre. Surge para Él la tentación de otro camino. Pero la palabra meditada y la oración llevan su decisión: viene el tiempo de actuar en el nombre del Padre. En el desierto, Jesús rechaza la tentación : su rechazo se expresa con una cita del Deuteronomio, capítulo 8, versículo 3, para recordar al discípulo la necesidad de vacío en sí.
Más tarde, en el corazón de facción que lo agota, Jesús se retira a distancia para orar: otro desierto, o quizás Él lleva a sus discípulos para abrirles a su intimidad con el Padre.
El desierto es el espacio donde Dios pone a prueba y se revela. La fe nace del desierto, como si hiciera falta atravesar la sequedad para darse la vuelta hacia Dios. Noche de místicos o duda en el creyente, la fe es siempre una marcha incesante hacia ese Dios que llama y se revela pero parece siempre que se esconde.

El desierto en la Biblia

En el desierto nace la alianza entre Dios y su pueblo: Moisés lo atraviesa a lo largo de los grandes relatos de los libros del Pentateuco: el Éxodo, el libro de los Números… Elías conoce allí la prueba y la revelación (Primer libro de los Reyes, capítulo 19).

Ismael y su madre (Génesis 16), David (1 Samuel 23 ss), encuentran allí refugio cuando son fugitivos. Es también para los profetas el lugar de la purificación y del retorno a los orígenes (Oseas 2,16; Ezequiel 20,35).

Finalmente del desierto surge la llamada a la conversión con Juan Bautista (Mateo 3,1).

El lugar de la Alianza

La fe judía comienza en el desierto: Moisés se refugia allí. Allí recibe la revelación del nombre dE Dios que lo envía a liberar a su pueblo (Éxodo 3-4). La salida de Egipto y el paso del mar (Ex 13-14) conducen al pueblo al desierto. Durante cuarenta años, conoce el despojo: por la sed y el hambre Dios verifica la fe de su pueblo. La Ley que le da se rompe sobre la infidelidad. El becerro de oro adorado (Ex 32), es la impaciencia del creyente que prefiere lo tangible a lo invisible. Por tanto la alianza concluída en el desierto sella el amor entre Dios y el hombre.

El país de la sed y del hambre

El desierto es el país de la sed y del hambre. En la indigencia, el pueblo reclama y se subleva (Ex 16-17). Dios ha puesto a prueba al hombre en sufrimiento. El agua manada de la roca o el pan venido del cielo vienen a alimentar y a salvar al pueblo en peligro. Toda vida debe atravesar la prueba. San Juan retoma simbólicamente este doble signo: por su muerte y su resurrección, Jesús hace manar el agua del bautismo (Juan 19,34) y el pan de vida (Jn 6).

El lugar de refugio y de prueba

Como Moisés en el origen, el otro profeta, Elías vuelve al desierto (1 Reyes 19,1-9). Un drama lo empuja allí: su lucha despidada contra Jezabel (1 Re 18) lo obliga a huir de la cólera de la reina idólatra. El desierto es a la vez refugio y prueba, Elías espera la muerte bajo una retama. Pero DIos lo pone en pie: el agua y el pan devuelven sus fuerzas al profeta agotado. Ahora, puede dirigirse a la montaña donde Dios va a pasar.

El desierto de los profetas

Constatemente, los profetas recuerdan el amor de Dios. Pero, como una mujer infiel, el pueblo se prostituye con otros dioses. Los profetas amenazan: “Yo la conduciré al desierto y hablaré a su corazón” (Oseas 2,16). En la prueba del exilio como una vuelta a la fuente, el pueblo amado encuentra el vigor de su fe.

La palabra en el desierto

Una voz grita en el desierto (Lucas 3,21-22). Cuando se aproxima el tiempo nuevo en el que Jesús va a venir, la profecía de Isaías (Isaías 40,3) se realiza; Juan Bautista surge para preparar el camino. Hace falta desnudarse en el agua del Jordán para acoger al enviado de Dios. Allí en el desierto el Hijo de Dios se reúne con la humanidad sumiéndose con ella en las aguas de la prueba total.

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