El testamento del pescador

Archive for 11 julio 2008

La presencia del Señor Jesús precede y permanece más allá de la asamblea litúrgica

Posted by El pescador en 11 julio 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Al inicio de la reforma litúrgica postconciliar se hizo camino la idea de que el tabernáculo es un obstáculo para la Misa “de cara al pueblo”, a pesar de que las instrucciones lo retuviesen lícito (cf “Inter Oecumenici” n. 95 y “Eucharisticum Mysterium” n. 54). Se decía: Jesucristo se hace presente con la consagración en la Misa, dejarlo en el tabernáculo significa realizar un conflicto de signos.
Esta idea, en verdad, ha encontrado su lugar en la misma instrucción (cf EM 55) y en apariencia, parece coherente. Pero ha sucedido, poco a poco, que los “diversos” o “modos principales de la presencia” de Jesucristo (cf “Lumen gentium” n. 48; Catecismo de la Iglesia Católica n. 1373; EM n. 9 y n. 55) han sido considerados, más o menos, equivalentes: en pocas palabras se ha hecho camino, en este camino, antes que en otro lugar, el relativismo. Hasta hoy muchos fieles no están en capacidad de distinguir las diversas formas de la “presencia de Cristo” en los santos signos. Cuando el Concilio estaba por comenzar su último sesión, Pablo VI, el 3 de septiembre de 1965, emanaba la encíclica “Mysterium Fidei”. Para hacer frente al redimensionamiento y a la negación de la presencia real del Señor en el Santísimo Sacramento, reafirmaba que Sacrificio y Sacramento son un único misterio inseparable y que este es la carne de Jesucristo crucificado y resucitado; que es el más grande de los milagros: que gracias a la transubstanciación es una nueva realidad ontológica; que el Santísimo Sacramento debe ser conservado en los templos y oratorios como el centro espiritual de toda comunidad, de toda la Iglesia y de la humanidad.
Pero no fue suficiente. Mientras el Papa, con la encíclica, defendía la Eucaristía, la reducción simbolista entraba en la Iglesia y se verificaba el primer y más vistoso efecto: el desplazamiento del tabernáculo del centro del altar. El motivo aparente era, justamente, el “conflicto de signos” entre Presencia permanente y Sacrificio de la Misa. Tal conflicto aparente, con sus consecuencias relativistas, ha llegado hasta nosotros. ¿Qué hacer? Es necesario explicar que Cristo está “siempre presente en su Iglesia” (SC n. 7; CCC n. 1088), especialmente en las especies eucarísticas, en las cuales lo está por antonomasia, es decir en modo corporal y sustancial, como Dios y como hombre, todo entero e ininterrumpidamente. La fórmula clásica siempre válida es: cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Él es el Santísimo Sacramento (cf MF en EM n. 10). Se debe luego explicar que, en los sacramentos, Él está presente con su “virtud” o poder. En tercer lugar, se debe aclarar que en el sacerdote que celebra, en la Iglesia reunida en oración, en la Palabra proclamada, Él está presente en espíritu. Por lo tanto, no hay múltiples presencias sino una única presencia permanente que es, por definición, la presencia eucarística (SC n. 7; CCC nn. 1373-1374). Entre tanto se ha hecho camino otra teoría: la equiparación de la presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento a la presencia de su Palabra. Y sin embargo el Concilio Vaticano II dice que la presencia de Cristo en la Palabra está “cuando en la iglesia se lee la Sagrada Escritura” (SC n. 7), es decir, a dos condiciones: cuando la lectura se hace “en la iglesia”, – la realidad compuesta de jerarquía y fieles, – no en modo privado, y cuando “se lee” la Sagrada Escritura: no basta, por lo tanto, que esté el libro sagrado sobre el ambón o sobre el altar. (O, incluso, en cualquier otro lugar, como adelante, o incluso encima, del tabernáculo o a los pies de las estatuas).
La presencia en la Palabra está vinculada al uso, es una presencia “moral” vinculada a un acto del espíritu, con la condición espiritual del individuo y limitada en el tiempo. Mientras la presencia en el sacramento eucarístico es sustancial y permanente. Por lo tanto es particularmente importante reafirmar la relación imprescindible, y al mismo tiempo asimétrica, que existe entre Palabra y Eucaristía (cf “Dei Verbum” n. 21, con la indispensable nota explicativa).
En conclusión, no se puede seguir afirmando que la presencia real en la Eucaristía está “vinculada al uso” y “termina con él”, que es una cuestión de grado y no de sustancia, sin incurrir en un grave error doctrinal. Recientemente, después de haber contrapuesto la eclesiología del Vaticano II a la de Trento, se ha escrito una vez más de presencias y gradualidades diversas, lamentando que la presencia sacramental siga siendo comprendida en modo ontológico: quizás se ha olvidado que Pablo VI ya definió que, después de la transubstanciación, el pan y el vino “adquieren un nuevo significado y un nuevo fin puesto que contienen una nueva realidad que con razón denominamos ontológica” (“Mysterium Fidei” n. 47).
Por lo tanto, la presencia de Jesucristo “precede” a la asamblea litúrgica, como la columna de fuego precedía al pueblo de Dios en camino, “permanece” más allá de la asamblea y “no es producida” por la asamblea. (Agencia Fides 10/7/2008; líneas 57, palabras 837).
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La Iglesia y los Hijos de la viuda

Posted by El pescador en 3 julio 2008

En los últimos episodios de una de las series que cada semana intento no perderme y que se llama “Bones” (Huesos), ha aparecido en la nueva temporada un elemento que siempre ha sido secreto: la masonería, que tiene su influencia también en nuestra sociedad y la tuvo en nuestra Historia, por ejemplo en la independencia de nuestras colonias americanas.

Un ejemplo de la influencia masónica en nuestra política es el desvelado aquí: el partido Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), cuyo símbolo es un triángulo, que ha propuesto diversas iniciativas legislativas a favor de las logias y servirse de su influencia. Otro ejemplo es el apoyo de los Hijos de la viuda  a la asignatura de Educación para la ciudadanía.

Para saber más: este vídeo y este otro sobre el libro de José Antonio Ullate, “El secreto masónico desvelado”, y el libro de César Vidal, “Los Masones: la historia de la sociedad secreta más poderosa”

La Iglesia ha recordado en su Magisterio reciente que la fe católica y la Masonería son incompatibles:

El 26 de noviembre de 1983, Joseph Ratzinger, Cardenal de la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una “Declaración sobre la Masonería” para responder a “la pregunta de si ha cambiado el juicio de la Iglesia respecto de la masonería, ya que en el nuevo Código de Derecho Canónico no está mencionada expresamente como lo estaba en el Código anterior”. La respuesta es que

“[…] no ha cambiado el juicio negativo de la Iglesia respecto de las asociaciones masónicas, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia; en consecuencia, la afiliación a las mismas sigue prohibida por la Iglesia. Los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas se hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la santa comunión[…]”.

Al año siguiente, la misma Congregación publicó unas Reflexiones tituladas “La fe cristiana y la masonería son inconciliables” en italiano y en inglés. Ofrezco mi traducción del italiano:

REFLEXIONES A UN AÑO DE LA DECLARACIÓN DE LA CONGREGACIÓN DE LA DOCTRINA DE LA FE
FE CRISTIANA Y MASONERÍA NO SON CONCILIABLES

El 26 de noviembre de 1983 la Congregación para la Doctrina de la Fe publiaba una declaración sobre las asociaciones masónicas (cfr AAS LXXVI [1984] 300).

A poco más de un año de distancia desde su publicación puede ser útil ilustrar brevemente el significado de este documento.

Desde que la Iglesia ha empezado a pronunciarse sobre lo que concierne a la masonería su juicio negativo ha estado inspirado por múltiples razones, prácticas y doctrinales. La Iglesia no ha juzgado la masonería responsable sólo de actividad subversiva en sus relaciones, sino incluso desde los primeros documentos pontificios en materia y en particular en la Encíclica “Humanum genus” de León XIII (20 de abril de 1884), el Magisterio de la Iglesia ha denunciado en la Masonería ideas filosóficas y concepciones morales opuestas a la doctrina católica. Para León XIII éstas se achacaban esencialmente a un naturalismo racionalista, inspirador de sus planes y de sus actividades contra la Iglesia. En su Carta al Pueblo Italiano “Custodi” (8 de diciembre de 1892) escribía: “Recordamos que el cristianismo y la masonería son esencialmente inconciliables, así que inscribirse en una significa separarse de la otra”.

No se podía por tanto dejar de tomar en consideración las posiciones de la Masonería desde el punto de vista doctrinal, cuando en los años 1970-1980 la S. Congregación estaba en correspondencia con algunas Conferencias Episcopales particularmente interesadas en este problema, con motivo del diálogo emprendido por parte de personalidades católicas con representantes de algunas logias que se declaraban no hostiles o incluso favorables a la Iglesia.

Ahora el estudio más profundo ha conducido a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe a confirmarse en la convicción de que los principios de la masonería y los de la fe cristiana son inconciliables en el fondo.

Prescindiendo por tanto de la consideración de la postura práctica de las diversas logias, de hostilidad o menos en las confrontaciones de la Iglesia, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, con su declaración del 26.11.83, ha intentado colocarse al nivel más profundo y de otra parte esencial del problema: es decir en el plano de que los principios son inconciliables, el que significa en el plano de la fe y de sus exigencias morales.

A partir de este punto de vista doctrinal, en continuidad con el resto de la posición tradicional de la Iglesia, como testimonian los documentos antes citados de León XIII, derivan después las necesarias consecuencias prácticas, que valen para todos aquellos fieles que estuvieran eventualmente inscritos en la masonería.

A propósito de la afirmación sobre que no se pueden conciliar los principios sin embargo ahora se va objetando afirmando por alguna parte que la esencia de la masonería sería justamente el hecho de no imponer ningún “principio”, en el sentido de una posición filosófica o religiosa que sea vinculante para todos sus partidarios, sino más bien recoger juntos, más allá de las fronteras de las diversas religiones y visiones del mundo, hombres de buena voluntad sobre la base de valores humanísticos comprensibles y aceptables por todos.

La masonería constituiría un elemento de cohesión para todos aquellos que creen en el Arquitecto del Universo y se sienten comprometidos en relación con aquellas orientaciones morales fundamentales que están definidas por ejemplo en el Decálogo; la masonería no alejaría a nadie de su religión, sino al contrario constituiría un incentivo para adherirse más.

En esta sede no pueden ser discutidos los múltiples problemas históricos y filosóficos que se esconden en tales afirmaciones. Que también la Iglesia católica empuje en el sentido de una colaboración de todos los hombres de buena voluntad, no es ciertaemnte necesario subrayarlo tras el Concilio Vaticano II. El asociarse en la masonería va no obstante decididamente más allá de esta legítima colaboración y tiene un significado más relevante y significativo que esto.

Más allá de todo se debe recordar que la comunidad de los “albañiles libres” y sus obligaciones morales se presentan como un sistema progresivo de símbolos de carácter extremadamente vinculante. La rígida disciplina del arcano que los domina refuerza ulteriormente el peso de la interacción de señales y de ideas. Este clima de secreto comporta, más allá de todo, para los inscritos el riesgo de convertirse en instrumento de estrategias no conocidas para ellos.

También si se afirma que el relativismo no se asume como dogma, sin embargo se propone de hecho una concepción simbólica relativista, y por tanto el valor relativizante de tal comunidad moral-ritual lejos de poder ser eliminado, resulta al contrario determinante.

En tal contexto, las diversas comunidades religiosas, a las cuales pertenecen cada uno de los miembreos de las Logias, no pueden ser consideradas si no como simples institucionalizaciones de una verdad más amplia e inasible. El valor de estas institucionalizaciones aparece, por tanto, inevitablemente relacionado con esta verdad más amplia, la cual se manifiesta por el contrario más bien en la comunidad de la buena voluntad, o sea en la fraternidad masónica.

Para un cristiano católico, sin embargo, no es posible vivir su relación con Dios en una doble modalidad, o sea separándola en una forma humanitaria-supraconfesional y en una forma interna-cristiana. El católico no puede cultivar relaciones de dos clases con Dios, ni expresar su relación con el Creador a través de formas simbólicas de dos clases. Esto sería algo completamente distinto de aquella colaboración, que para él es obvia, con todos aquellos que están empeñados en el cumplimiento del bien, aunque a partir de principios diversos. Por otra parte un cristiano católico no puede al mismo tiempo participar en la plena comunión de la fraternidad cristiana y, por otro lado, mirar a su hermano cristiano, a partir de la perspectiva masónica, como a un “profano”.

También cuando, como ya se ha dicho, no haya una obligación explícita de profesar el relativismo como doctrina, sin embargo la fuerza relativizante de tal fraternidad, por su misma lógica intrínseca tiene en sí la capacidad de transformar la estructura del acto de fe de manera tan radical que no es aceptable para un cristiano, “para el cual su fe es amada” (León XIII).

Este trastorno en la estructura fundamental del acto de fe se cumple, además, para la mayor parte, de modo suave y sin ser notado: la firme adhesión a la verdad de Dios, revelada en la Iglesia, se hace simplemente pertenenica a una institución, considerada como una forma de expresión particular junto a otras formas de expresión, más o menos igual de posibles y válidas, de que el hombre se oriente al eterno.

La tentación de ir en esta dirección es hoy tanto más fuerte, en cuanto que corresponde plenamente a ciertas convicciones prevalentes en la mentalidad contemporánea. La opinión que la verdad no puede ser conocida es característica de nuestra época y, al mismo tiempo, elemento esencial de su crisis general.

Justamente considerando todos estos elementos la Declaración de la Sagrada Congregación afirma que la pertenencia a las asociaciones masónicas “sigue prohibida por la Iglesia” y los fieles que se inscriban en ellas “se hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la Santa Comunión”.

Con esta última expresión, la S. Congregación indica a los fieles que tal pertenencia constituye objetivamente un pecado grave y, precisando que los pertenecientes a una asociación masónica no pueden acceder a la Santa Comunión, esta Congregación quiere iluminar la conciencia de los fieles sobre una grave consecuencia que deben sacar de una adhesión a una logia masónica.

La S. Congregación declara finalmente que “No entra en la competencia de las autoridades eclesiásticas locales pronunciarse sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas con un juicio que implique derogación de cuanto se ha establecido más arriba”. A este propósito el textose refiere también a la Declaración del 17 de febrero de 1981, la cual ya reservaba a la Sede Apostólica todo pronunciamiento sobre la naturaleza de estas asociacines que hubiese implicado derogación de la ley canónica entonces en vigor (can. 2335).

Del mismo modo el nuevo documento, emitido por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en noviembre de 1983, expresa idénticas intenciones de reserva relativas a pronunciamientos que difiriesen del juicio aquí formulado sobre que los principios de la masonería son inconciliables con la fe católica, sobre la gravedad del acto de inscribirse en una logia y sobre la consecuencia que deriva de ello para el acceso a la Santa Comunión. Esta disposición indica que, a pesar de la diferencia que puede existir entre las obediencias masónicas, en particular en su actitud hacia la Iglesia, la Sede Apostólica encuentra en ellas algunos principios comunes, que reclaman una misma valoración por parte de todas las autoridades eclesiásticas.

Al hacer esta Declaración, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe no ha intentado desconocer los esfuerzos llevados a cabo por aquellos que, con la debida autorización de este Dicasterio, han tratado de establecer un diálogo con representantes de la Masonería. Pero, desde el momento en que existía la posibilidad de que se difundiese entre los fieles la errada opinión según la cual ahora la adhesión a una logia masónica era lícita, ha considerado que era su deber darles a conocer el pensamiento auténtico de la Iglesia sobre el asunto y ponerlos en guardia en relación con una pertenencia incompatible con la fe católica.

Sólo Jesucristo es, de hecho, el Maestro de la Verdad y sólo en Él los cristianos pueden encontrar la luz y la fuerza para vivir según el designio de Dios, trabajando por el verdadero bien de sus hermanos.

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La Sábana Santa de Turín 3 de 3

Posted by El pescador en 1 julio 2008

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