El testamento del pescador

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Las mentiras anticatólicas, a cuento de la metedura de pata de la foto de Ratzinger “nazi”

Posted by El pescador en 18 junio 2010

Andrea Tornielli

(original en italiano, traducción mía)

En su ensayo autodefinido “documentadísimo”, el periodista-escritor Eric Frattini habla de una imagen en la cual un joven Papa hace el saludo hitleriano con los hábitos puestos. Pero es falso: el otro brazo está “cortado”

Esa imagen un poco inquietante es exhibida en la red como la prueba de cargo: Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, no estuvo sólo inscrito a la fuerza en la Hitlerjugend, como él mismo ha contado en su autobiografía, sino que estaba tan convencido de la ideología hitleriana que hizo el saludo nazi incluso mientras vestía los ornamentos sacerdotales. La foto, recogida por muchos sitios de internet y metida en breves vídeos en Youtube, representa a un Ratzinger jovencísimo, delgado, con pelo negro, con la mirada seria y apenada, mientras viste la estola sacerdotal y no obstante alza convencido el brazo derecho con la mano extendida. Una de tantas meteduras de pata antiratzingerianas, como se encuentran a espuertas navegando por internet, pero que desde hace algunos días ha recibido su consagración escrita ni más ni menos que en un “ensayo documentadísimo y estremecedor” –como se lee en la contraportada- un libro-investigación escrito por Eric Frattini, “profesor universitario, periodista y escritor ecléctico, apasionado de la historia y de la política”, autor de una veintena de volúmenes, algunos de los cuales dirigidos contra el Vaticano. Su última criatura es I papi e il sesso [Los papas y el sexo] (ed. Ponte alle grazie).

No es éste el lugar para citar las innumerables perlas presentes en el texto, que denotan el  escaso conocimiento que el autor tiene de la materia tratada, y nos referimos –obviamente- a la historia de la Iglesia, no a la del sexo. Para atraer la atención, en la página 377, está la cita de la existencia de una foto “en la cual se ve al futuro Papa vestido de sacerdote mientras hace el saludo nazi”. Qué relación tiene el argumento nazi con el tema principal del libro –el sexo- no es conocido, aunque parece evidente que Frattini, no consiguiendo encontrar nada que pueda acercar al actual Pontífice a cualquiera de sus lejanos predecesores de costumbres no irreprensibles, haya querido presentarlo al menos como un nazi.

Frattini, siendo “profesor universitario” además de “apasionado de la historia”, como se lee en la autobiografía en el inicio del volumen, a la foto de Ratzinger que parece hacer “Heil Hitler!” ha querido dedicar también una nota a pie de página (número 28, pág. 426) que afirma: “El autor no ha conseguido remontarse a la persona que hizo esta segunda foto, en la cual Ratzinger está retratado vestido de sacerdote mientras hace el saludo nazi, ni verificar si se trata de un fotomontaje. La fotografía podría haber sido realizada entre 1944 y 1945, cuando el futuro Papa tenía diecisiete o dieciocho años”.

En efecto, en vez de buscar en los archivos al autor de la foto, habría bastado con navegar algunos minutos por internet, para darse cuenta de la metedura de pata, es más del corte táctico. Habría bastado una consulta a la enciclopedia, el sitio en internet de la Santa Sede o bien Wikipedia para descubrir que el actual Pontífice fue ordenado sacerdote en Freising el 29 de junio de 1951, por tanto seis años después del fin del Tercer Reich y de la guerra. Algunos “clic” más con el ratón, sin tener que consultar polvorientos archivos (basta escribir en un buscador las palabras clave “Ratzinger” y “1951”), le habría permitido descubrir que aquello foto fue hecha en los días inmediatamente posteriores a la ordenación sacerdotal, cuando Joseph Ratzinger, junto a su hermano mayor Georg, también ordenado sacerdote el mismo día, y a un sacerdote nuevo originario del pueblo, Rupert Berger, celebraron su primera Misa en Traunstein, en la parroquia de San Osvaldo. La presunta foto nazi es en realidad un tarot: en el original –localizable fácilmente en internet- se ve muy a Ratzinger, junto al hermano que impone ambas manos para bendecir a los fieles. Por tanto no hacía ningún saludo romano o nazi, por otra parte fuera de tiempo, sino que simplemente bendecía. Obviamente revestido de la estola sacerdotal. No hay que suscribir al menos en parte la presentación quizá un tanto triunfal que el editor ha puesto en la contraportada: el volumen de Frattini no es “documentadísimo” sino  ni siquiera documentado. Permance, en cambio, inequívocamente “estremecedor”. Sí, que continúa dando crédito a ciertas meteduras de pata anticatólicas.

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El caso Medjugorje: no apagar el Espíritu

Posted by El pescador en 1 julio 2009

(original en italiano; traducción mía)

De Libero, 16 enero 2009

Benedicto XVI, como Juan Pablo II, defiende la fe del pueblo cristiano

 de Antonio Socci

Hoy turban la Iglesia, arriesgándose a crear escándalo y extravío para millones de fieles, más que ciertos ateos declarados que hacen campañas publicitarias en los buses de Génova, están aquellos que -quizás con un hábito eclesiástico- hacen la guerra a Dios desde el interior y bajo pretextos “religiosos” propagan un pensamiento “no católico” (como confió amargamente Pablo VI a Jean Guitton).

No por casualidad el cardenal Ratzinger inició un memorable discurso a los biblistas en un ateneo vaticano recordando la figura del Anticristo de un relato de Soloviev, cuyo Anticristo era “un célebre exegeta” con doctorado en Teología en Tubinga. La admonición, aunque sea gallarda, era evidente.

Por otra parte, curiosamente, en estos años no ha sido el campo ortodoxo el que ha desenterrado una especie de Inquisición contra quien propaga herejías y contesta al Magisterio pontificio, sino más bien aquellos que querrían poner bajo inquisíción a la Virgen misma que osa manifestarse sin su permiso. A menudo son vejados por nuevas inquisiciones quienes testimonian una fe viva y fiel al Papa, no los herejes.

Ahora suscitan algunas preocupaciones, entre tantos y fervorosos fieles de la Virgen, ciertas “anticipaciones” (que no se saben si son verdaderas) del llamado “vademecum” que debería ocuparse de eventos sobrenaturales. Las voces sobre su presunto contenido han sido referidas por “Panorama”, hace tres meses, y en estos días por un sitio de internet: se trataría de un “directorio” contra Medjugorje (meta de millones de peregrinos y lugar extraordinario de conversión) y contra los hechos de Civitavecchia donde, en febrero-marzo de 1995, una estatuílla de la Virgen proveniente de Medjugorje, ha llorado lágrimas de sangre durante 14 veces.

A favor de la autenticidad de las apariciones de Medjugorje y del llanto milagroso de Civitavecchia están no sólo las cuidadosas investigaciones científicas llevadas a cabo sobre los videntes durante las apariciones y sobre la estatuílla de Pantano, investigaciones que excluyen categóricamente toda forma de estafa o de autosugestión. Está también la enorme cantidad de conversiones e incluso de curaciones inexplicables que se han verificado y continúan verificándose (los testimonios están documentados). Está la perfecta ortodoxia que se respira en estos santuarios. Y, juntamente con la devoción de millones de simples cristianos, está la devoción convencida de tantos sacerdotes, obispos y cardenales. Sobre todo aquella, aclarada, de Juan Pablo II que ha manifestado de mono inequívoco y más veces, incluso por escrito, su convicción personal sobre la autenticidad de las apariciones de Medjugorje y de las lágrimas de la Virgencita.

Ciertamente un “vademecum” para los obispos hoy puede ser utilísimo para tratar tantos casos de “visionarios” de pacotilla y de embaucadores, pero hay que excluir que tal “directorio” sea apuntado contra Medjugorje y Civitavecchia que son dos santuarios marianos y tienen ahora su historia de devoción del pueblo cristiano (que, recordémoslo, es solicitada en las canonizaciones y presupuesta de hecho incluso en las definiciones de los dogmas) y son dos santuarios marianos.

Se dice que el “directorio” prescribe el recurso incluso a “psiquiatras ateos”. En Medjugorje ya ha sucedido. Al principio, en 1981, cuando el régimen comunista se desató contra las apariciones con arresos, vejaciones y violencias, los seis muchachos fueron incluso arrastrados ante psiquiatras del régimen que sin embargo debieron reconocer su perfecta salud mental y su buena fe. Al final algunos de aquellos médicos incluso se convirtieron, junto con los policías que debían reprimir el fenómeno.

En Civitavecchia la Virgencita superó el duro examen del obispo que no creía y que vio acaecer la décimocuarta  lacrimación justo entre sus propias manos, sufriendo un shock cardiaco. Y ha superado también el examen de la comisión eclesiástica (que ha excluido alucinaciones, fenómeno parapsicológico o diabólico) y el examen laico más exigente, el de la ciencia (que ha reconocido que no es posible la explicación científica del fenómeno) y de la magistratura que -después de cuidadosas investigaciones y considerados los numerosísimos testimonios de las lacrimaciones (entre ellos “el Comandante de la policía municipal, agentes de la policía penitenciaria y de la policía del Estado”), escribe que éstas “deben reducirse o a un hecho de sugestión colectiva o a un hecho sobrenatural”. De no ser porque aquellas lágrimas de sangre, al ser fotografiadas y filmadas, no pueden ser una “sugestión”: han sido además analizadas en laboratorio, al microscopio y definidas como “sangre humana”.

Sobre Medjugorje el secretario de Estado Bertone, apenas fue nombrado, explicitó la posición de este pontificado precisando que las peregrinaciones allí, obviamente no oficiales, “están permitidas” y aconsejó incluso “un acompañamiento pastoral de los fieles”. Además definió todavía una vez como “personales” las declaraciones del obispo de Mostar e indicó como justa la posición de espera de los obispos de la ex Yugoslavia que “deja la puerta abierta a futuras investigaciones”.

También porque el gran número de apariciones,  aún hoy en curso, no es un obstáculo, después que han sido reconocidas recientemente las apariciones de Laus donde la Virgen, desde 1647, se manifestó durante 54 años y largamente de forma cotidiana.

Por tanto los fieles de Medjugorje y Civitavecchia pueden estar tranquilos. Del resto el Papa demuestra que tiene la unidad de la Iglesia muy dentro del corazón. También lo ha demostrado recientemente en el modo en que ha resuelto paternalmente el problema neocatecumenal y en el modo en que ha tendido la mano a los tradicionalistas, con la recuperación de la antigua liturgia, pidiendo a los obispos franceses que los acojan y que no discriminen a ninguno. Verdaderamente el Santo Padre quiere conjurar en todos los modos fracturas y desorientación de los fieles. Finalmente también la devoción y la estima hacia Juan Pablo II lo inducen a defender Medjugorje e Civitavecchia. Por eso hay que excluir que el directorio sea “contra” estos dos santuarios.

También hay mucha duda de que el Papa pueda aprobar un “directorio” tan duro y represivo como aquello anhelado por ciertas indiscreciones, porque justamente Ratzinger fue el autor del memorable discurso con el cual el cardenal Frings, arzobispo de Colonia, en 1962 convenció a la Iglesia para que jubilara el viejo Santo Oficio y ciertos sistemas suyos “cuya modalidad de procedimiento no está de acuerdo en muchas cosas con nuestro tiempo y para la Iglesia será un daño y para muchos un escándalo”.

Considerados los errores dolorosísimos hechos hace 50 años por eclesiásticos al tratar casos de santos como padre Pío o acontecimientos como Ghiaie di Bonate, es dudoso que el propio papa Ratzinger permita volver a reglas vejatorias que hoy podrían ser impugnados desde el punto de vista de los derechos humanos, además del derecho natural y del derecho canónico, produciendo “un daño para la Iglesia y un escándalo”.

Benedicto XVI no quiere en absoluto “apagar el Espíritu” y “despreciar las profecías” (1 Tes 5,19-20), como alún teólogo y algún curial, sino que quiere exactamente lo contrario: ya de cardenal puso en guardia a los católicos de convertirse en “deístas”, o sea aquellos que no creen verdaderamente “en una acción de Dios en nuestro mundo” y por eso se engañan con que “debemos nosotros crear la redención, nosotros crear el mundo mejor, un mundo nuevo. Si se piensa así el cristianismo ha muerto”.

“La Iglesia” explicaba Ratzinger “afronta los desafíos que le son propios gracias al Espíritu Santo que, en los momentos cruciales, abre una puerta para intervenir”. Históricamente lo ha hecho con los grandes santos “que eran también profetas”, pero ante todo a través de la Virgen: “Hay una antigua tradición patrística que llama a María no sacerdotisa, sino profetisa. El título de profetisa en la tradición patrística es el título de María por excelencia… Se podría decir, en un cierto sentido, que de hecho la línea mariana encarna el carácter profético de la Iglesia”.

Por tanto la “Reina de los profetas” va a ser escuchada, no amordazada.

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La Iglesia y los Hijos de la viuda

Posted by El pescador en 3 julio 2008

En los últimos episodios de una de las series que cada semana intento no perderme y que se llama “Bones” (Huesos), ha aparecido en la nueva temporada un elemento que siempre ha sido secreto: la masonería, que tiene su influencia también en nuestra sociedad y la tuvo en nuestra Historia, por ejemplo en la independencia de nuestras colonias americanas.

Un ejemplo de la influencia masónica en nuestra política es el desvelado aquí: el partido Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), cuyo símbolo es un triángulo, que ha propuesto diversas iniciativas legislativas a favor de las logias y servirse de su influencia. Otro ejemplo es el apoyo de los Hijos de la viuda  a la asignatura de Educación para la ciudadanía.

Para saber más: este vídeo y este otro sobre el libro de José Antonio Ullate, “El secreto masónico desvelado”, y el libro de César Vidal, “Los Masones: la historia de la sociedad secreta más poderosa”

La Iglesia ha recordado en su Magisterio reciente que la fe católica y la Masonería son incompatibles:

El 26 de noviembre de 1983, Joseph Ratzinger, Cardenal de la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una “Declaración sobre la Masonería” para responder a “la pregunta de si ha cambiado el juicio de la Iglesia respecto de la masonería, ya que en el nuevo Código de Derecho Canónico no está mencionada expresamente como lo estaba en el Código anterior”. La respuesta es que

“[…] no ha cambiado el juicio negativo de la Iglesia respecto de las asociaciones masónicas, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia; en consecuencia, la afiliación a las mismas sigue prohibida por la Iglesia. Los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas se hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la santa comunión[…]”.

Al año siguiente, la misma Congregación publicó unas Reflexiones tituladas “La fe cristiana y la masonería son inconciliables” en italiano y en inglés. Ofrezco mi traducción del italiano:

REFLEXIONES A UN AÑO DE LA DECLARACIÓN DE LA CONGREGACIÓN DE LA DOCTRINA DE LA FE
FE CRISTIANA Y MASONERÍA NO SON CONCILIABLES

El 26 de noviembre de 1983 la Congregación para la Doctrina de la Fe publiaba una declaración sobre las asociaciones masónicas (cfr AAS LXXVI [1984] 300).

A poco más de un año de distancia desde su publicación puede ser útil ilustrar brevemente el significado de este documento.

Desde que la Iglesia ha empezado a pronunciarse sobre lo que concierne a la masonería su juicio negativo ha estado inspirado por múltiples razones, prácticas y doctrinales. La Iglesia no ha juzgado la masonería responsable sólo de actividad subversiva en sus relaciones, sino incluso desde los primeros documentos pontificios en materia y en particular en la Encíclica “Humanum genus” de León XIII (20 de abril de 1884), el Magisterio de la Iglesia ha denunciado en la Masonería ideas filosóficas y concepciones morales opuestas a la doctrina católica. Para León XIII éstas se achacaban esencialmente a un naturalismo racionalista, inspirador de sus planes y de sus actividades contra la Iglesia. En su Carta al Pueblo Italiano “Custodi” (8 de diciembre de 1892) escribía: “Recordamos que el cristianismo y la masonería son esencialmente inconciliables, así que inscribirse en una significa separarse de la otra”.

No se podía por tanto dejar de tomar en consideración las posiciones de la Masonería desde el punto de vista doctrinal, cuando en los años 1970-1980 la S. Congregación estaba en correspondencia con algunas Conferencias Episcopales particularmente interesadas en este problema, con motivo del diálogo emprendido por parte de personalidades católicas con representantes de algunas logias que se declaraban no hostiles o incluso favorables a la Iglesia.

Ahora el estudio más profundo ha conducido a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe a confirmarse en la convicción de que los principios de la masonería y los de la fe cristiana son inconciliables en el fondo.

Prescindiendo por tanto de la consideración de la postura práctica de las diversas logias, de hostilidad o menos en las confrontaciones de la Iglesia, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, con su declaración del 26.11.83, ha intentado colocarse al nivel más profundo y de otra parte esencial del problema: es decir en el plano de que los principios son inconciliables, el que significa en el plano de la fe y de sus exigencias morales.

A partir de este punto de vista doctrinal, en continuidad con el resto de la posición tradicional de la Iglesia, como testimonian los documentos antes citados de León XIII, derivan después las necesarias consecuencias prácticas, que valen para todos aquellos fieles que estuvieran eventualmente inscritos en la masonería.

A propósito de la afirmación sobre que no se pueden conciliar los principios sin embargo ahora se va objetando afirmando por alguna parte que la esencia de la masonería sería justamente el hecho de no imponer ningún “principio”, en el sentido de una posición filosófica o religiosa que sea vinculante para todos sus partidarios, sino más bien recoger juntos, más allá de las fronteras de las diversas religiones y visiones del mundo, hombres de buena voluntad sobre la base de valores humanísticos comprensibles y aceptables por todos.

La masonería constituiría un elemento de cohesión para todos aquellos que creen en el Arquitecto del Universo y se sienten comprometidos en relación con aquellas orientaciones morales fundamentales que están definidas por ejemplo en el Decálogo; la masonería no alejaría a nadie de su religión, sino al contrario constituiría un incentivo para adherirse más.

En esta sede no pueden ser discutidos los múltiples problemas históricos y filosóficos que se esconden en tales afirmaciones. Que también la Iglesia católica empuje en el sentido de una colaboración de todos los hombres de buena voluntad, no es ciertaemnte necesario subrayarlo tras el Concilio Vaticano II. El asociarse en la masonería va no obstante decididamente más allá de esta legítima colaboración y tiene un significado más relevante y significativo que esto.

Más allá de todo se debe recordar que la comunidad de los “albañiles libres” y sus obligaciones morales se presentan como un sistema progresivo de símbolos de carácter extremadamente vinculante. La rígida disciplina del arcano que los domina refuerza ulteriormente el peso de la interacción de señales y de ideas. Este clima de secreto comporta, más allá de todo, para los inscritos el riesgo de convertirse en instrumento de estrategias no conocidas para ellos.

También si se afirma que el relativismo no se asume como dogma, sin embargo se propone de hecho una concepción simbólica relativista, y por tanto el valor relativizante de tal comunidad moral-ritual lejos de poder ser eliminado, resulta al contrario determinante.

En tal contexto, las diversas comunidades religiosas, a las cuales pertenecen cada uno de los miembreos de las Logias, no pueden ser consideradas si no como simples institucionalizaciones de una verdad más amplia e inasible. El valor de estas institucionalizaciones aparece, por tanto, inevitablemente relacionado con esta verdad más amplia, la cual se manifiesta por el contrario más bien en la comunidad de la buena voluntad, o sea en la fraternidad masónica.

Para un cristiano católico, sin embargo, no es posible vivir su relación con Dios en una doble modalidad, o sea separándola en una forma humanitaria-supraconfesional y en una forma interna-cristiana. El católico no puede cultivar relaciones de dos clases con Dios, ni expresar su relación con el Creador a través de formas simbólicas de dos clases. Esto sería algo completamente distinto de aquella colaboración, que para él es obvia, con todos aquellos que están empeñados en el cumplimiento del bien, aunque a partir de principios diversos. Por otra parte un cristiano católico no puede al mismo tiempo participar en la plena comunión de la fraternidad cristiana y, por otro lado, mirar a su hermano cristiano, a partir de la perspectiva masónica, como a un “profano”.

También cuando, como ya se ha dicho, no haya una obligación explícita de profesar el relativismo como doctrina, sin embargo la fuerza relativizante de tal fraternidad, por su misma lógica intrínseca tiene en sí la capacidad de transformar la estructura del acto de fe de manera tan radical que no es aceptable para un cristiano, “para el cual su fe es amada” (León XIII).

Este trastorno en la estructura fundamental del acto de fe se cumple, además, para la mayor parte, de modo suave y sin ser notado: la firme adhesión a la verdad de Dios, revelada en la Iglesia, se hace simplemente pertenenica a una institución, considerada como una forma de expresión particular junto a otras formas de expresión, más o menos igual de posibles y válidas, de que el hombre se oriente al eterno.

La tentación de ir en esta dirección es hoy tanto más fuerte, en cuanto que corresponde plenamente a ciertas convicciones prevalentes en la mentalidad contemporánea. La opinión que la verdad no puede ser conocida es característica de nuestra época y, al mismo tiempo, elemento esencial de su crisis general.

Justamente considerando todos estos elementos la Declaración de la Sagrada Congregación afirma que la pertenencia a las asociaciones masónicas “sigue prohibida por la Iglesia” y los fieles que se inscriban en ellas “se hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la Santa Comunión”.

Con esta última expresión, la S. Congregación indica a los fieles que tal pertenencia constituye objetivamente un pecado grave y, precisando que los pertenecientes a una asociación masónica no pueden acceder a la Santa Comunión, esta Congregación quiere iluminar la conciencia de los fieles sobre una grave consecuencia que deben sacar de una adhesión a una logia masónica.

La S. Congregación declara finalmente que “No entra en la competencia de las autoridades eclesiásticas locales pronunciarse sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas con un juicio que implique derogación de cuanto se ha establecido más arriba”. A este propósito el textose refiere también a la Declaración del 17 de febrero de 1981, la cual ya reservaba a la Sede Apostólica todo pronunciamiento sobre la naturaleza de estas asociacines que hubiese implicado derogación de la ley canónica entonces en vigor (can. 2335).

Del mismo modo el nuevo documento, emitido por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en noviembre de 1983, expresa idénticas intenciones de reserva relativas a pronunciamientos que difiriesen del juicio aquí formulado sobre que los principios de la masonería son inconciliables con la fe católica, sobre la gravedad del acto de inscribirse en una logia y sobre la consecuencia que deriva de ello para el acceso a la Santa Comunión. Esta disposición indica que, a pesar de la diferencia que puede existir entre las obediencias masónicas, en particular en su actitud hacia la Iglesia, la Sede Apostólica encuentra en ellas algunos principios comunes, que reclaman una misma valoración por parte de todas las autoridades eclesiásticas.

Al hacer esta Declaración, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe no ha intentado desconocer los esfuerzos llevados a cabo por aquellos que, con la debida autorización de este Dicasterio, han tratado de establecer un diálogo con representantes de la Masonería. Pero, desde el momento en que existía la posibilidad de que se difundiese entre los fieles la errada opinión según la cual ahora la adhesión a una logia masónica era lícita, ha considerado que era su deber darles a conocer el pensamiento auténtico de la Iglesia sobre el asunto y ponerlos en guardia en relación con una pertenencia incompatible con la fe católica.

Sólo Jesucristo es, de hecho, el Maestro de la Verdad y sólo en Él los cristianos pueden encontrar la luz y la fuerza para vivir según el designio de Dios, trabajando por el verdadero bien de sus hermanos.

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«Nunca he buscado crear un sistema mío»

Posted by El pescador en 8 febrero 2008

Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

«Nunca he buscado crear un sistema mío, una teología mía particular. Si justo se quiere hablar de especificidad, se trata simplemente del hecho de que me propongo pensar junto con la fe de la Iglesia, y esto significa pensar sobre todo con los grandes pensadores de la fe». Palabra de Joseph Ratzinger. Su cultura es obviamente vastísima, pero ¿cuáles son los libros que más ama, los que le han inspirado más?

No puede faltar ciertamente Las Confesiones y La ciudad de Dios de san Agustín. Después se puede citar la Carta al duque de Norfolk, de John Henry Newman, dedicado al tema de la conciencia y de la libertad. Así como no puede omitirse la obra del teólogo francés Henri de Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, citada en la última encíclica Spe salvi para rebatir la crítica de la modernidad en las comparaciones con la esperanza cristiana, acusada de puro individualismo.Son dos los textos fundamentales para la formación de Ratzinger sobre el cristianismo de los orígenes: L’Impero romano e il popolo di Dio, de Endre von Ivanka, e Chiesa e struttura politica del cristianesimo primitivo, de Hugo Rahner. El futuro Papa había apreciado particularmente las vidas de Jesús de Karl Adam e Giovanni Papini, mientras es decisivo el encuentro en Bonn con el colega Heinrich Schlier, exegeta luterano convertido al catolicismo y maestro del método de exégesis histórico-filológico, contrario a toda reducción intimista y por tanto interior del evento histórico de la resurrección sobre el cual se funda el cristianismo. Uno de sus libros más conocidos es Sulla resurrezione di Gesù Cristo.Ciertamente importante para Ratzinger fue el libro Abbattere i bastioni, del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, escrito en 1952, en el cual el autor sostenía la necesidad de que la Iglesia abandonara su enroque para entrar en diálogo con la cultura moderna. Finalmente no puede faltar en el elenco otro maestro fundamental, Romano Guardini, que con su volumen El espíritu de la liturgia contribuyó al arranque del movimiento litúrgico.

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La escandalosa censura contra el Papa

Posted by El pescador en 7 febrero 2008

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

“Libero” 16 Enero 2008

Un pasaje del discurso que Benedicto XVI habría hecho en la Universidad, y que no ha podido pronunciar, reza:

“Por consiguiente, no necesitaban (los cristianos) resolver o dejar a un lado el interrogante socrático, sino que podían, más aún, debían acogerlo y reconocer como parte de su propia identidad la búsqueda fatigosa de la razón para alcanzar el conocimiento de la verdad íntegra. Así, en el ámbito de la fe cristiana, en el mundo cristiano, podía, más aún, debía nacer la universidad. Es necesario dar un paso más. El hombre quiere conocer, quiere encontrar la verdad. La verdad es ante todo algo del ver, del comprender, de la theoría, como la llama la tradición griega. Pero la verdad nunca es sólo teórica. San Agustín, al establecer una correlación entre las Bienaventuranzas del Sermón de la montaña y los dones del Espíritu que se mencionan en Isaías 11, habló de una reciprocidad entre “scientia” y “tristitia“: el simple saber —dice— produce tristeza. Y, en efecto, quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien. Este es también el sentido del interrogante socrático. Es necesario dar un paso más. El hombre quiere conocer, quiere encontrar la verdad. La verdad es ante todo algo del ver, del comprender, de la theoría, como la llama la tradición griega. Pero la verdad nunca es sólo teórica. San Agustín, al establecer una correlación entre las Bienaventuranzas del Sermón de la montaña y los dones del Espíritu que se mencionan en Isaías 11, habló de una reciprocidad entre “scientia” y “tristitia“: el simple saber —dice— produce tristeza. Y, en efecto, quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien. Este es también el sentido del interrogante socrático: ¿Cuál es el bien que nos hace verdaderos? La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera: este es el optimismo que reina en la fe cristiana, porque a ella se le concedió la visión del Logos, de la Razón creadora que, en la encarnación de Dios, se reveló al mismo tiempo como el Bien, como la Bondad misma”.

* * *

Quien procesó a Galileo fue un intelectual laico…

Un grupo de profesores de la Universidad de Roma, en nombre de la “tolerancia”, quiere que el Papa no hable en el ateneo romano (la intervención había sido pedida por las autoridades académicas). Extraña idea de tolerancia. ¿El Pontífice sería una figura que no tiene nada que ver con la universidad? Aparte el hecho de que quien fundó la universidad romana fue justamente el Papa. Prácticamente es su casa. Se lee de hecho en el mismo sitio de internet del ateneo: “El acto de nacimiento de la Universidad de Roma lleva la fecha del 20 de abril de 1303; en este día fue de hecho promulgada por el Papa Bonifacio VIII Caetani la Bula In Supremae praeminentia Dignitatis, con la cual se proclamaba la fundación en Roma del ‘Studium Urbis’ ”. Cosa obvia siendo la Iglesia el origen de la gran parte de nuestras instituciones culturales.

Aparte después el hecho de que Joseph Ratzinger es precisamente un docente universitario, más bien una celebridadd, uno de los más grandes intelectuales de nuestro tiempo y es más bien él quien honra la Universidad de Roma interviniendo, no la Universidad la que hace un favor al Papa. Aparte el hecho, finalmente, de que los laicistas cada tres segundos citan a Voltaire (“no comparto lo que dices, pero lucharé hasta el final para que tú puedas decirlo”) y después lo contradicen en la práctica.

Pero el aspecto más paradójico es otro. Porque aquello que se le imputa al Papa es haber citado –en un discurso pronunciado cuando era cardenal– a un intelectual laico-agnóstico, un antidogmático, un libertario, uno que enseñaba enseñaba en Berkeley donde comenzó la protesta y que –por anarquista- aplaudió la revuelta, en suma un de ellos, el célebre epistemólogo Paul Feyerabend. He aquí su frase citada por el entonces cardenal Ratzinger: “en la época de Galileo, la Iglesia permaneció mucho más fiel a la razón que el mismo Galileo y tomó en consideración también las consecuencias éticas y sociales de la doctrina de Galilei. Su proceso contra Galilei era racional y justo, mientras que su actual revisión se puede justificar sólo con motivos de oportunidad política”.

En efecto el suceso Galilei fue mucho más complejo de cuanto cuentan las historietas que ven un Santo Oficio tenebroso que oprime al iluminado científico. Y el cardenal Belarmino, por otra parte un gran hombre de ciencia, tenía sus razones. Esto intentaba decir el filósofo Feyerabend. Su provocación sobre el proceso no era compartida por Ratzinger que, además, fue el que quiso la revisión del “caso Galileo” con Juan Pablo II. Por tanto es el último en poder ser acusado hoy por esto.

Pero –como estudioso– reconstruyendo el complejo debate moderno sobre aquel caso, para hacer comprender la complejidad de los problemas y la pluralidad de las posiciones en materia, Ratzinger citó también la célebre página de Feyerabend. Por tanto Ratzinger es “excomulgado” hoy en base no al propio pensamiento, sino al pensamiento de otro. Que por encima de todo es un “escéptico”, uno de su misma área cultural laica (pero él es coherente y rechaza todos los dogmas, incluso los suyos). “Son palabras” escriben los profesores romanos “que, en cuanto científicos fieles a la razón y en cuanto dedican su vida al avance y la difusión de los conocimientos, nos ofenden y nos humillan”.

Pero –preguntamos, queridos ilustres profesores– ¿os dáis cuenta de que estas “palabras” citadas por vosotros y “excomulgadas” pertenecen no al papa, sino a un ilustre colega vuestro epistemólogo que ha enseñado durante años en los mayores ateneos? ¿Y como podéis atribuir a uno las palabras del otro? No, los profesores no escuchan razones. Y sentencian: “En nombre de la laicidad de la ciencia y de la cultura y en el respeto de nuestro Ateneo abierto a docentes y estudiantes de todo credo y de toda ideología, esperamos que el incongruente evento pueda ser todavía anulado”. Por tanto, “en nombre del respeto a todo credo” piden que no se haga hablar a Benedicto XVI. Todos, pero no él.

Si no fueran hechos preocupantes, sería para reír. Porque en aquel discurso pronunciado en Parma el 15 de marzo de 1990, evocado y “excomulgado” por los profesores, el cardenal Ratzinger junto con Feyerabend citaba –en una línea análoga– también a otro filósofo, el “marxista romántico” Ernst Bloch sobre el cual sería interesante oír el parecer de los profesores de la Sapienza.

Según Bloch tanto el geocentrismo como el heliocentrismo se fundan sobre presupuesto indemostrables porque la relatividad de Einstein ha barrido la idea de un espacio vacío y tranquilo: “así pues” ha escrito Bloch “con la abolición de un espacío vacío y tranquilo, no sucede ningún movimiento hacia él, sino sólo un movimiento relativo de los cuerpos el uno en relación con los otros y su estabilidad depende de la elección de los cuerpos tomados como puntos fijos de referencia: entonces, más allá de la complejidad de los cálculos que derivarían de ello, no se muestra del todo improponible aceptar, como se hacía en el pasado, que la tierra sea estable y que sea el sol el que se mueva”.

El filósofo marxista no volvía realmente al universo tolemaico, ni a los conocimientos científicos del tiempo de Bellarmino y de Copérnico, para los cuales se podían hacer sólo hipótesis. Bloch hablaba en nombre de los más avanzados descubrimientos científicos del siglo XX, expresaba así –explicaba Ratzinger– “una concepción moderna de las ciencias naturales”. De hecho otra mente excelsa del siglo XX, gran nombre del pensamiento judío, una combatiente contra el totalitarismo, Hannah Arendt, en el libro “Vita activa”, escribe la misma cosa: “Si los científicos precisan hoy que podemos afirmar con igual validez tanto que la tierra gira en torno al sol, como que el sol gira en torno a la tierra, que ambas afirmaciones corresponden a fenómenos observados, y que la diferencia está sólo en la elección del punto de referencia, eso no significa volver a la posición del cardenal Bellarmino y de Copérnico, cuando los astrónomos se movían entre simple hipótesis. Significa más bien que hemos desplazado el punto de Arquímedes a un punto más lejano del universo donde ni la tierra ni el sol son centros de un sistema universal. Significa que no nos sentimos más sujetos ni siquiera al sol, escogiendo nuestro punto de referencia donde quiera que convenga para una finalidad específica”.

Según Arendt “para las efectivas conquistas de la ciencia moderna el paso del sistema heliocéntrico a un sistema sin un centro fijo es tan importante como fue, en el pasado, el de una visión geocéntrica del mundo a una heliocéntrica”. Ratzinger –uno de los grandes intelectuales del mundo moderno– lo ha comprendido muy bien y señala, como Arendt, la necesidad de reflexionar sobre las consecuencias sociales de este nuevo escenario y sobre el uso que, en esta situación, se hace de la ciencia. En cambio el mundo académico italiano, más provinciano e ideologizado, parece aún detenido en el siglo XVII.

Yo pienso que el profesor Ratzinger se reconocería seguro en este otro pensamiento de Arendt: “los primeros 50 años de nuestro siglo han asistido a descubrimientos más importantes que todos los de la historia conocida. Sin embargo el mismo fenómeno es criticado con igual derecho por el agravarse no menos evidente de la desesperación humana o por el nihilismo típicamente moderno que se ha difundido en estratos siempre más vastos de la población; el aspecto quizás más significativo de estas condiciones espirituales es que no perdona ni siquiera a los más científicos”.

Pero ¿os parece que la universidad italiana pueda volar a estas alturas? Donde domina la intolerancia no hay espacio para la aventura del conocimiento y para la inquietud de la pregunta. Hay espacio sólo para las pequeñas luchas de poder en torno al rectorado del cual ha hablado Asor Rosa al “Corriere. Buenas noches Iluminismo.

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Un misterio que alarma al Papa…

Posted by El pescador en 23 diciembre 2007

¿Un desgarro sobre nuestro futuro próximo?

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

en “Libero”, 14 diciembre 2007

Es sorprendente recibir una confirmación tan clamorosa y oportuna por otra autoridad como el cardenal Ivan Dias, Prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos, y estrecho colaborador del Papa. El pasado sábado, en esta columna, había señalado un “detalle” alarmante contenido en la recientísima encíclica pontificia “Spe salvi”: la mención del Anticristo, por medio de una cita de Immanuel Kant. Es bastante raro hoy, en el mundo católico, sentir hablar de este terrible personaje profeitzado en el Nuevo Testamento. Sorprende aún más ver evocarlo, en relación a los tiempos presentes, en un documento solemne como una encíclica y por un papa tan riguroso, tranquilo y culto como Benedicto XVI.En el artículo del sábado había recordado que ya el 27 de febrero pasado, en el más estricto entorno papal, se había reflexionado con el Pontífice sobre aquella inquietante profecía, durante los ejercicios espirituales predicados por el cardenal Biffi que citó “El relato del Anticristo” de Vladimir Solovev. En resumidas cuentas yo había recordado que el mismo Ratzinger, de cardinal, en un memorable discurso hecho en Nueva York y en Roma, había citado aquellas páginas.
Pero las palabras pronunciadas por el cardenal Dias siempre el pasado sábado, después publicadas por el Osservatore romano (hecho significativo), son las más clamorosas. El prelado estaba haciendo su homilía en el santuario de Lourdes “para inaugurar, como enviado del Papa, el Año celebrativo del 150 aniversario de las apariciones”. Se trata de las apariciones de la Virgen a Bernadette Soubirous que empezaron el 11 de febrero de 1858.En la solemne circunstancia el enviado del Papa ha llevado “el saludo muy cordial de Su Santidad” y después ha dicho: “La Virgen ha bajado del Cielo como una madre muy preocupada por sus hijos… Se apareció en la Gruta de Massabielle que en la época era una charca donde pastaban los marranos y es precisamente allí donde quiso hacer surgir un santuario, para indicar que la gracia y la misericordia de Dios superan la miserable charca de los pecados humanos. En el lugar vecino a las apariciones, la Virgen hizo surgir un manantial de agua abundante y pura, que los peregrinos beben y llevan al mundo entero significando el deseo de nuestra tierna Madre de hacer llegar su amor y la salvación de su Hijo hasta el extremo de la tierra. Finalmente, de esta Gruta bendita la Virgen María lanzó una llamada urgente a todos para orar y hacer penitencia y así obtener la conversión de los pobres pecadores”.El cardenal ha encuadrado estas apariciones en el “contexto de la lucha permanente, y sin exclusión de golpes, entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal”. Una lucha que parece llegada, en nuestra generación, al epílogo final, preparado por la “larga cadena de apariciones de la Virgen” en la modernidad, iniciadas “en 1830, en Rue du Bac, en París, donde fue anunciada la entrada decisiva de la Virgen María en el corazón de las hostilidades entre ella y el demonio, como es descrito en los libros del Génesis y del Apocalipsis”.Es un verdadero fresco de teología de la historia el trazado por el cardenal que invoca también a Fátima y –considero- Medjugorje: “Después de las apariciones de Lourdes, la Virgen no ha dejado de manifestar en el mundo entero sus vivas preocupaciones maternas por la suerte de la humanidad en sus diversas apariciones. Por doquier, ha pedido oraciones y penitencias por la conversión de los pecaores, porque preveía la ruina espiritual de ciertos países, los sufrimientos habría sufrido, el debilitamiento general de la fe cristiana, las dificultades de la iglesia, la venida del Anticristo y sus tentativas para sustituir a Dios en la vida de los hombres: intentos que, a pesar de sus éxitos resplandecientes, están destinados sin embargo al fracaso”.Es una frase breve, pero fulgurante esta del prelado: la Virgen se ha aparecido tan frecuentemente en este tiempo “porque preveía” una gran apostasía de la fe, las persecuciones a la Iglesia, el sufrimiento del Papa y –textualmente– “la venida de Anticristo”.Es una frase rompedora que se volvió a hacer, evidentemente, en las palabras pronunciadas por la Virgen en alguna de las apariciones citadas.Así el enviado del Papa, hablando de nuestro tiempo, evoca de nuevo y públicamente el Anticristo a pocos días de la publicación de la encíclica. En el Nuevo Testamento esta figura no se sitúa necesariamente al fina de los tiempos. Jesús mismo preanuncia la llegada de “falsos cristos y falsos profetas” capaces de “inducir a error, incluso a los elegidos” y profetiza “una gran tribulación”, nunca vista tan terrible en la historia humana (Mt 24,24). San Pablo explica que se verificará la “apostasía” (2 Tes 2,3), o bien el abandono de Dios y de la Iglesia, por consiguiente explotará “la manifestación del hombre inicuo”, “el hijo de la perdición”, aquel que “en la potencia de Satanás… se opone a Dios” hasta sentarse “en el templo de Dios, señalándose a sí mismo como Dios” (2 Tes 2, 3-4).

Es un dominio casi total del Mal sobre la tierra lo que viene aquí preconizado. No se sabe cómo, cuándo y por cuánto. Un escenario de horror y de maldad que hiela la sangre. Los teólogos discuten si es un individuo concreto que viene preanunciado o un sistema di potencias. Pero sorprende en estas semanas sentir evocarlo con tanta insistencia desanimada por la Santa Sede, evidentemente también en fuerza de “informaciones” (que Oltretevere se conocen y se valoran) provenientes de “fuentes” especiales, como precisamente los mensjaes de las apariciones marianas, de místicos y de revelaciones privadas. Estos pronunciamientos públicos muestran con cuánta alarma en el Vaticano se mira a los acontecimientos mundiales. Por lo demás es dramático también el mensaje pontificio para la Jornada de la paz del 1 de enero próximo, donde se advierte de las devastaciones morales (de las familias y de la vida) y materiales (por ejemeplo con los inmensos riesgos de la carrera de armas nucleares).

El cuadro es oscurísimo. Pero la Santa Sede no es una entidad política y no valora la situación con una mirarda sobre el terreno. De hecho hay la certeza de poder contar con una ayuda “superior”. El cardenal Dias en la clamorosa homilía del sábado explicaba: “Aquí, en Lourdes, como por todas partes en el mundo, la Virgen María está tejiendo una inmensa red en sus hijos e hijas espirituales para lanzar una fuerte ofensiva contra las fuerzas del Maligno en el mundo entero, para encerrarlo y preparar así la victoria final de su divino Hijo, Jesucristo. La Virgen María hoy nos invita una vez a formar parte de su legión de combate contra las fuerzas del mal”.

El prelato repite –por si no queda claro– que “la lucha entre Dios y su enemigo es siempre rabiosa, incluso más hoy que en el tiempo de Bernadette, hace 150 años” y “esta batalla causa innumerables víctimas”. Así pues revela palabras –quizá inéditas– pronunciadas por el cardenal Karol Wojtyla el 9 de noviembre de 1976, pocos meses antes de ser elegido Papa: “Nos encontramos hoy frente al más grande combate que la humanidad haya visto nunca. No pienso que la comunidad cristiana lo haya comprendido totalmente. Estamos hoy ante la lucha final entre la Iglesia y la Anti-Iglesia, entre el Evangelio y el Anti-Evangelio”.

Palabras clamorosas. Una confirmación ulterior. Parece evidente que el Vicario de Cristo y sus más estrechos colaboradores conocen algo más y desean preparar a los cristianos a aquella “lucha final”. Sus repetidas apelaciones a responder a la llamada de la Virgen son ya suficientes para reflexionar seriamente sobre lo que está sucediendo y que sucederá en la Iglesia y en el mundo. Un futuro próximo que nosotros no conocemos, pero que, explica Dias, será victorioso gracias a María. Como ella misma anunció en Rue du Bac: “El momento vendrá, el peligro será grande, todo parecerá perdido. Entonces yo estaré con vosotros”.

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Un detalle impresionante…

Posted by El pescador en 22 diciembre 2007

Si se lee con atención la encíclica…

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

En “Libero”, 8 diciembre 2007
Hay un personaje inquietante y apocalíptico que Benedicto XVI evoca, por sorpresa, en la reciente encíclica “Spe salvi”: el Anticristo. Realmente el papa no cita directamente este oscuro sujeto que es dramáticamente preanunciado hasta por el Nuevo Testamento, pero lo introduce a través de una cita de Immanuel Kant que da cierta impresión releer en estos tiempos en los cuales Europa parece en guerra contra la Iglesia, a menudo instrumentalizando algunos grupos sociales (como los inmigrantes musulmanes o las mujeres o los homosexuales) para erradicar las raíces cristinas y para limitar la libertad de los católicos y de la Iglesia. Escribía Kant: “Si llegara un día en el que el cristianismo no fuera ya digno de amor, el pensamiento dominante de los hombres debería convertirse en el de un rechazo y una oposición contra él; y el anticristo […] inauguraría su régimen, aunque breve (fundado presumiblemente en el miedo y el egoísmo). A continuación, no obstante, puesto que el cristianismo, aun habiendo sido destinado a ser la religión universal, no habría sido ayudado de hecho por el destino a serlo, podría ocurrir, bajo el aspecto moral, el final (perverso) de todas las cosas”.El Papa subraya justamente esta posibilidad apocalíptica que es apuntada por Kant según el cual el abandono del cristianismo y la guerra al cristianismo podrían llevar a un fin no natural, “perverso”, de la humanidad, a una suerte de autodestrucción planetaria, sea en sentido moral en sentido material (y tal horror, por otra parte, está hoy en las posibilidades técnicas de la humanidad). Siendo la encíclica un texto muy riguroso y ponderado, hay que excluir que Benedicto XVI haya invocado al Anticristo y el “fin de la humanidad” por casualidad.Su pensamiento por otra parte está del todo lejano de sugestiones milenaristas, hay por tanto que creer que si vuelve a llamar sobre estos temas divisa verdaderamente en nuestro tiempo un enfrentamiento dramático y mortal entre Bien y Mal. Además de todo ya en una reciente ocasión ha sido evocada y bien meditada, en el Vaticano, la figura del Anticristo. Acaeció este año, el 27 de febrero, en los ejercicios espirituales predicados al Papa por el cardenal Biffi (imagino que los temas hayan sido concordantes): se meditó justamente sobre la profecía del Anticristo (ver “Le cose di lassù”, ed. Cantagalli). Biffi ha citado de hecho el “Relato del Anticristo” de Vladimir Solovev escrito en la primavera de 1900, como aviso al siglo XX que estaba en los albores. En aquellas páginas el personaje apocalíptico era elegido “Presidente de los Estados Unidos de Europa” y después aclamado emperador romano.“Donde la exposición de Solovev se demuestra particularmente original y sorprendente y merece más reflexión profunda” explica Biffi “es en la atribución al Anticristo de las cualidades de pacifista, de ecologista, de ecumenista”. Prácticamente un campeón perfecto de lo políticamente correcto. He aquí las palabras de Solovev: “El nuevo dueño de la tierra era ante todo un filántropo, lleno de compasión no sólo amigo de los animales. Personalmente era vegetariano… Era un convencido espitualista”, creía en el bien e incluso en Dios, “pero no amaba más que a sí mismo”.

En sustancia esta figura –la antagonista de Jesucristo– si presentaría, según una antigua tradición, con los aspectos más seductores, una imitación de los “valores cristianos”, en realidad vuelto contra Jesucristo, aquellos que hoy acarician el sentido común. El Anticristo de este relato de hecho truena: “¡Pueblos de la tierra! Yo os he prometido la paz y os la he dado. Cristo ha traído la espada, o traeré la paz”. Palabras en las cuales muchos sienten resonar aquella acusación al cristianismo (que sería causa de intolerancia y conflictos) hoy tan difundida. No obstante se equivocaría reteniendo que el Papa estigmatiza sólo y simplemente el anticristianismo que se extiende a causa del laicismo, aunque tan agresivo y peligroso. Hay mucho más en sus pensamientos. Justamente Ratzinger, de cardenal, en una memorable conferencia en Nueva York, el 27 enero 1988, ante un auditorio ecuménico, sobre todo de teólogos, citó el mismo relato de Solovev empeznado así: “En el ‘Relato del Anticristo’ de Vladimir Solovev, el enemigo escatológico del Redentor se recomendaba a sí mismo a los creyentes, enre otras cosas por el hecho de haber conseguido el doctorado en teología en Tubinga y haber escrito un trabajo exegético reconocido como pionero en aquel campo. ¡El Anticristo un famoso exegeta!”.

Este discurso fue repetido por el cardenal también en Roma, ante una platea de teólogos católicos. Muchos, en aquellas plateas, encontraron seguramente “provocativa” esta citación, aunque sea manifiesta con la calma típica de Ratzinger que exhorta a todos, siempre, a reflexionar. Ella sin embargo expresa la consciencia del actual pontífice –y antes que él de Pablo VI y de Juan Pablo II– que el peligro no viene sólo del exterior, de una cultura adversa y de fuerzas anticristianas, sino también del interior, de “un pensamiento no católico” que se extiende en la misma cristiandad, como denunció con palabras dramáticas Pablo VI cuando llegó a hablar del “humo de Satanás” dentro del templo de Dios.

Que en la Iglesia, especialmente en los últimos pontífices, se ha difundido la sensación de vivir en los tiempos apocalípticos (no necesariamente “el fin de los tiempos”, sino quizá los tiempos del Anticristo) aparece evidente por tantos pronunciamientos suyos. Además hace reflexionar, tamibén en el Vaticano, la gran cantidad de “avavisos” sobrenaturales, que van en tal sentido, contenidos en “revelaciones privadas” a santos y místicos y en apariciones de estos decenios: en alguna de ellas se afirma incluso que el Anticristo sería un eclesiástico de este tiempo (un “pastor ídolo” que trastocará la vida de la Iglesia), pero es una imagen que muchos interpretan como referida a un “pensamiento non católico” dentro de la Iglesia, fenómeno que en efecto es bien desastrosamente visible. Da un cuadro razonado e iluminante de todo esto el padre Livio Fanzaga en el volumen, apenas salido, “Profezie sull’Anticristo” (Sugarco). Un cuadro precioso para comprender el sentido y la preocupación de tantas intervenciones pontificias. Angustiadas sea por las suertes de la fe que por las suertes de la humanidad.

La particular atención de la Santa Sede a Italia es debida al hecho de que el peso de los católicos ha dado –como ha subrayado el Papa mismo- la señal de una inversión de tendencia respecto a la devastación anticristiana y nihilista del resto d’Europa. Es decir la Iglesia apuesta por Italia para volver a llevar a Europa a sus raíces cristianas y a la fe. Por eso alarma fuertemente que en estos días, en el Palacio de la política, se intente a hurtadillas -con la connivencia de algunos católicos- reintroducir un “delito de opinión referido a la tendencia sexual” (como lo define “Avvenire”) que abre el camino a la “desmoralización” del Pueblo y mañana podría amenzar fuertemente la misma libertad de la Iglesia de enseñar su moral. Además de todo tales limitaciones a la libertad de pensamiento y de palabra pretende ser una ideología libertaria, paradoja que hace reflexionar amargamente más allá del Tíber, donde estos chirridos son percibidos como peligrosas advertencias antes de un posible derrumbe.

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¿Qué significa la bellísima encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza?

Posted by El pescador en 22 diciembre 2007

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

En “Libero”, 1 diciembre 2007Un texto bellísimo que leer y meditar…

Una bomba. Es la nueva encíclica de Benedicto XVI, “Spe salvi” donde no hay ni una cita del Concilio (elección de enorme significado), donde finalmente se vuelve a hablar del Infierno, del Paraíso y del Purgatorio (incluso del Anticristo, aunque sea en una cita de Kant), donde se llaman los horrores con su nombre (por ejemplo “comunismo”, palabra que en el Concilio fue prohibida pronunciar y condenar), donde en lugar de guiñar el ojo a los poderosos de este mundo rememora el consumidor testimonio de los mártires cristianos, las víctimas, donde barre la retórica de las “religiones” afirmando que uno solo es el Salvador, donde se indica a María como “estrella de esperanza” y donde se muestra que la fe ciega en el (solo) progreso y en la (sola) ciencia lleva al desastre y a la desesperación.

Benedicto XVI, del Concilio, no cita ni siquiera la “Gaudium et spes”, a pesar de que tenía en el título la palabra “esperanza”, sino que disipa justamente el equívoco desastrosamente introducido en el mundo católico por esta que fue la principal constitución conciliar, “La Iglesia en el mundo contemporáneo”. El Papa invita de hecho, en el n. 22, a “una autocritica del cristianismo moderno”. Especialmente sobre el concepto de “progreso”. Para decirlo con Charles Péguy, “el cristianismo no es la religión del progreso, sino de la salvación”. No es que el “progreso” sea cosa negativa, muchísimo debe al cristianismo como demuestran también libros recientes (pienso en los de Rodney Stark, “La vittoria della Ragione” y de Thomas Woods, “Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental”). El problema es la “ideología del progreso”, su transformación en utopía.

El problema grave de la “Gaudium et spes” y del Concilio fue el cambiar la virtud teologal de la “esperanza” en la noción mundanizada de ”optimismo”. Dos cosas radicalmente antitéticas, porque, como escribía Ratzinger, de cardinal, en el libro “Guardare Cristo”: “el objetivo del optimismo es la utopía”, mientras que la esperanza es “un don que nos ha sido dado y que esperamos de aquel que sólo puedo regalarlo de verdad: de aquel Dios que ya ha construido su tienda en la historia con Jesús”.

En la Iglesia del post-Concilio el “optimismo” se convierte en un nuevo superdogma. El peor pecado fue el de “pessimismo”. A ello contribuyó también el “ingenuo” discurso de apertura del Concilio hecho por Juan XXIII, el cual, en el siglo de la más grande masacre de cristianos de la historia, veía las cosas de color de rosa y la tomaba con los así llamados “profetas de desventura”: “En las actuales condiciones de la sociedad humana” decía “ellos no son capaces de ver otra cosa que ruínas y problemas; van diciendo que nuestros tiempos, si se comparan con los siglos pasados, resultan del todo peores; y llegan al punto de comportarse como si no hubiera nada que aprender de la historia… A Nos nos parece que debemos resueltamente disentir de esos profetas de desventura, que anuncian siempre lo peor, como si ocurriese el fin del mundo”.

Roncalli fue considerado, por la apologética progresista, depositario de un verdadero “espíritu profético”, cosa que se negó –por ejemplo– a la Virgen de Fátima la cual en cambio, en 1917, ponía en guardia de horribles desgracias, anunciando la gravedad del momento y el peligro mortal representado por el comunismo que llegaba (después de tres meses) a Rusia. Se verificó de hecho un océano de horrores y de sangre. Pero 40 año después, en 1962, alegremente – mientras el Vaticano aseguraba a Moscú que en el Concilio no sería condenado explícitamente el comunismo se “condenaban” a miles vejaciones a santos como padre Pío –Juan XXIII anunció públicamente que la Iglesia del Concilio prefería evitar “condenas” porque aunque “no faltaban doctrinas falaces… ahora los hombres por sí mismos parece que sean propensos a condenarlos”.

Y de hecho de allí a poco se dio el máximo de la expansión comunista en el mundo, no sólo con regímenes que iba desde Trieste a China y después Cuba e Indocina, sino con la explosion del ’68 en los países occidentales que durante decenios fueron devastados por las ideologías del odio. Pocos años depués del final del Concilio Pablo VI hacía el trágico balance, para la Iglesia, del ”profetico” optimismo roncalliano y conciliar: “Se creía que después del Concilio vendría una jornada de sol para la historia de la Iglesia. Vino por el contrario una jornada de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre… La apertura al mundo se convirtió en una verdadera y propia invasión del pensamiento secular en la Iglesia. Hemos sido quizá demasiado débiles e imprudentes”, “la Iglesia está en un difícil periodo de autodemolición”, “pr alguna parte el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios”.

Por esta leal admisión, el mismo Pablo VI fue aislado como “pesimista” por el establishment clerical para el cual la religión del optimismo “hacía olvidar toda decadencia y toda destrucción” (además de hacer olvidar la enormidad de los peligros que cargan sobre la humanidad y dogmas tales como el pecado original y la existencia de Satanás y del infierno). Ratzinger, en el libro citado, tiene palabras de fuego contra esta sustitución de la “esperanza” por el “optimismo”. Dice que “esto optimismo metódico era producido por aquellos que deseaban la destrucción de la vieja Iglesia, con el manto de cobertura de la reforma”, “el público optimismo era una specie de tranquilizante… con el objetivo de crear el clima adaptado a descomponer posiblemente en paz la Iglesia y adquirir así dominio sobre ella”.

Ratzinger ponía también un ejemplo personal. Cuando explotó el caso de su libro entrevista con Vittorio Messori, “Informe sobre la fe”, donde se ilustraba claramente la situación de la Iglesia y del mundo, fue acusasdo de haber hecho “un libro pesimista. Por algunas partes” escribía el cardenal “se intentó incluso prohibir la venta, porque una herejía de esta magnitud simplemente no podía ser tolerada. Los detentadores del poder de opinión pusieron el libro en el índice. La nueva inquisición hizo sentir su fuerza. Se demostró una vez más que no existe pecado peor contra el espíritu de la época que el convertirse en reos de una falta de optimismo”.

Hoy Benedicto XVI, con esta encíclica de pensamiento (que revaloriza por ejemplo los “frankfurtianos”), finalmente pone en solfa el mantecoso “optimismo” roncalliano y conciliare, aquel ideologismo facilón y conformista que ha hecho arrodillar a la Iglesia ante el mundo y la ha entregado a las más tremendas crisis de su historia. Así la crítica implícita no va más sólo al post concilio, a las “malas intrepretaciones” del Concilio, sino también a algunos planteamientos del Concilio. Del resto ya un teólogo del Concilio come fue Henri de Lubac (por otra parte citado en la encíclica) escribía a propósito de la Gaudium et spes: “se habla aún de ‘concepción cristiana’, pero bien poco de fe cristiana. Toda una corriente, en el momento actual, busca enganchar la Iglesia, por medio del Concilio, a una pequeña mundanización”. E incluso Karl Rahner dijo que el “esquema 13”, que se convertiría en la Gaudium et spes, “reducía el alcance sobrenatural del cristianismo”. ¡Incluso Rahner! Ratzinger vivió el Concilio: es el autor del discurso con el cual el el cardinal Frings demolió el viejo S. Oficio que no pocos daños había hecho. Y hoy el pontificado de Benedicto XVI se está calificando como la clausura de la estación oscura que, haciendo acopio de las cosas buenas del Concilio, nos devuelve la belleza bimilenaria de la tradición de la Iglesia. No por casualidad en la encíclica no es citado el Concilio, pero están S. Pablo y Gregorio Nazianceno, S. Agustín y S. Ambrosio, S. Tomás y S. Bernardo. Una encíclica bella, bellísima. También poética, que habla al corazón del hombre, a su soledad y a sus deseos más profundos. Es aconsejable leerla y meditarla atentamente.

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En Tor Tre Teste ha nacido una iglesia bellísima. Pero desmemoriada y muda

Posted by El pescador en 26 agosto 2007

(original en italiano; traducción mía)

El papa de visita en la nueva iglesia construida en Roma por Richard Meier. Hecha sólo de paredes desnudas, incapaces de narrar la fe cristiana. Pietro De Marco la compara con la catedral de Monreale y dice cómo hacerla revivir

de Sandro Magister

ROMA, 24 marzo 2006 – La foto que ilustra la entrada es de una iglesia novísima en la periferia de Roma, en la localidad de Tor Tre Teste. La ha ideado y construído uno de los arquitectos más renombrados en el mundo, el judío americano Richard Meier, con ocasión del Año Santo del 2000. Está dedicada a Dios Padre Misericordioso.

El domingo 26 marzo Benedicto XVI visitará esta iglesia y celebrará allí la Misa. Será su segunda visita a una parroquia romana desde que es Papa.

La nueva iglesia es considerada una obra maestra de la arquitectura religiosa contemporánea y es meta de numerosos visitantes y turistas.

A estos se les dice que tiene la forma de una barca: la barca de la Iglesia con el sucesor de Pedro al timón.

Se explica que las tres velas de cemento pulido y blanquísimo simbolizan la Trinidad, y que la vela más grande indica la protección de Dios sobre su pueblo.

Se les hace notar que un rayo de sol, al atardecer, ilumina el crucifijo puesto sobre el altar.

Pero precisamente, todo esto debe ser dicho y explicado. Porque la Iglesia está desnuda y despojada y taciturna, tanto fuera como dentro. Ha sido pensada así, en homenaje a aquella ausencia de imágenes que es el dogma de tanta arquitectura sagrada moderna.

El mismo crucifijo que está encima del altar –un bello crucifijo del Seiscientos de madera y cartón– han debido tomarlo y llevarlo allí de otra iglesia de la periferia romana.

En otro ángulo ha sido colocada provisionalmente una Virgencita blanca y azul sobre una columnita de plástico.

Pequeños signos –estos últimos– de la voluntad de rellenar un vacío advertido como insostenibile.

Hay de hecho algo que chirría entre la desnudez de estas paredes con todo geométricamente encantadoras y la desbordante riqueza de imágenes que distingue a dos millones de arte cristiano.

A través de estas imágenes la fe cristiana ha hablado a las gentes y ha sido transmitida de generación en generación. El improviso mutismo del arte religioso moderna es cuestión seria que embiste en primer lugar a la Iglesia.

La cual es consciente de ello, en sus mentes más advertidas.

Es consciente de ello el Papa Joseph Ratzinger, como se deriva de tantas páginas suyas sobre el arte cristiano escritas como teólogo y cardinal.

Es consciente de ello la conferencia episcopal italiana, cuando promueve –como parte de su “proyecto cultural”– una historia-catequesis del arte cristiano en Italia en tres espléndidos, ilustradísimos volúmenes editados por Timothy Verdon, el primero de los cuales está ya en librerías, editado por ediciones San Paolo.

Hay un abismo entre las desnudas paredes de la iglesia de Meier y, por ejemplo, los más de 6.000 metros cuadrados de mosaicos que revisten la catedral de Monreale, en Sicilia –obra maestra del arte normando del siglo XII– con las historias del Antiguo y del Nuevo Testamento, los ángeles y los santos, los profetas y los apóstoles, los obispos y los reyes, y el Cristo “Pantocrátor”, gobernador de todo, gobernante de todo, que desde el ábside envuelve al pueblo cristiano con su luz, su mirada, su potencia.

La comparación entre estos dos modelos antitéticos –la catedral de Monreale y la iglesia de Meier– es una comparación también entre dos teologías y entre dos tipos de presencia cristiana en el mundo.

Es cuanto hace Pietro De Marco en la nota que sigue. De Marco es profesore de sociología de la religión en la Universidad de Florencia y en la Faculta Teológica de la Italia Central.

Para una iglesia habitable por la “Civitas Dei” de Pietro De Marco
He vuelto a ver la catedral de Monreale. Sucede de encontrarse aturdidos ante una aparición tan total e inesperada. Lo he vuelto a ver con ojos nuevos, en la unidad de su implantación de la construcción y del manto de mosaicos que lo reviste; arquitectura e icono, símbolos que abren al otro de aquellos muros y de aquellas imágenes, representación de la Ciudad de Dios.

Lo que aparece a la comunidad reunida en aquella catedral es, de hecho, una manifestación, de la “Civitas Dei” como subsiste en el coro de los ángeles, en la soberanía del Resucitado, en los santos y contemporáneamente en el conjunto de los hombres en camino de salvación sobre la tierra, que se miran al espejo en la historia sagrada que aquí invade las paredes: así como en el “De Civitate Dei” de san Agustín la historia bíblica constituye la trama de la dramática narración de la historia del mundo.

Para el fiel, volver los pasos hacia la catedral es acceder es acceder al monte Sión. Dice la Carta a los Hebreos 12,22-24: “Vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a Jesús, mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel”.

El estar en la catedral es auténtica contemplación de la Jerusalén del cielo, es participación por imagen en Ciudad de Dios El concreto espacio del edificio y el enorme mosaico en el cual se despliega la noticia del saber saludable son la presencia adiestrante del misterio. Y están a un tiempo, en aquel pueblo reunido, la evidencia de las “duae civitates”: alargada al cielo o ya celeste la Ciudad de Dios; no abierta al cielo la ciudad “carnal” que se opone a Dios.

* * *

Dando vueltas a estas cosas, me pareció comprender mejor una tenaz desconfianza mía por la pureza anicónica, privada de imágenes, de los interiores de las iglesias contemporáneas, de alta o de modestísima arquitectura, católicas y no católicas o de uso mixto, como sucede frecuentemente en el norte de Europa.

La pared blanca, en un espacio sagrado, actúa como un espejo vacío, más bien como una pantalla blanca para los fantasmas y las pasiones del alma. Las historias, las imágenes que se proyectan allí están al arbitrio de la propia singularísima vida. Cierto, sucede algo parecido también ante la imagen sagrada, ante la estatua del Sagrado Corazón, ante las lágrimas de María, sin embargo en modos completa y absolutamente distintos. Las imágenes sagradas acogen y absorben el movimiento, la irradiación de nuestra alma; allí se sustituye y viene al encuentro del alma como el Otro salvador, como mundo sagrado y rico en sentido que rompe el círculo del egoísmo.

Inmersa, en cambio, en la blancura sin imágenes el alma no sale verdaderamente de sí, a no ser en la eventual forma de una quietud de saturación estática, peligrosamente al límite de la ausencia de religión. Estas paredes que parecen vehículo de transcendencia, porque así ilusoriamente próximas al Dios que no se puede describir, son más bien impenetrables a la transcendencia justamente porque están vacías y privadas de formas. Al Dios de las grandes fes nos aproximamos sólo recorriendo las huellas, los signos, los saberes que nos han sido revelados y dados, y sin los cuales la fe se extravía.

Pero hay en el complejo de figuras de Monreale, dominado por el gesto adiestrante del Cristo “Pantocrátor”, gobernante de todo, algo que me urge subrayar más. Sin icono de la historia de la salvación y de la Jerusalén del cielo el espacio de la iglesia, de cada iglesia cristiana, no pierde sólo y genéricamente sacralidad. Pierde su habitabilidad para el pueblo cristiano.

También en quién sea no sabedor de tal ciudadanía es trasladado un saber efectivo, en cierto modo experimental, por el solo hecho de sumergirse en el vértigo arquitectónico-figurativo de una iglesia. Vértigo del interior, del cielo y de la tierra.

El arzobispo de Monreale, Cataldo Naro, ha recordado en su reciente carta pastoral la visita del gran teólogo alemán Romano Guardini a aquella catedral, en la Semana Santa de 1.929. Habíamos perdido –percibía Guardini pensando en el cristianismo nórdico– un modo esencial de la participación orante, el que “se desarrolla mirando”, un modo que por el contrario “allí atodavía había” en los fieles reunidos para la liturgia del Sábado Santo: “la capacidad de vivir- en la-mirada, de estar en la visión, de acoger lo sagrado por la forma y por el evento, contemplando”.

No, pues, salto en la oscuridad, desesperada y no bíblica metáfora de la fe. Sino salto en la luz, y memoria y camino a la Luz. Orante entre otros hombres, tomado en la acción litúrgica y en el divino aparato de las imágenes por las cuales me son presentes el primer Adán y el segundo, Cristo, los mártires y los bienaventurados, me descubro miembro de la “Civitas Dei” toda, yo soy ya y no todavía hombre, más bien ciudadano, celeste.

La verdad misma de la vida ultraterrena –que no es seguro nuestra reunión con el alma del mundo– recibe una particular luminosidad al verla contigua con las formas de la existencia de los peregrinos sobre la tierra. El relativo ocaso, en el último siglo, de esta apertura del alma a la “civitas” de los ángeles y de los bienaventurados no debe hacer olvidar que tal cuerpo terreno-celeste de la iglesia es un horizonte vital de la espiritualidad y devoción católica. El arte de las iglesias –que en esto ha alcanzado su grado excelso en la edad barroca– expresa la vertiginosa continudad de la única “civitas” donde muertos y vivientes, santos y pecadores, coexisten en armonía entre el tiempo que nos devora y la eternidad feliz.

* * *

Este saber de la divina ciudadanía es esencial al saberse cristianos. De tal saber, sin embargo, si la impura presencia de imágenes de las iglesias católicas y ortodoxas es vehículo y confirmación viviente, la impura ausencia de imágenes es negación.

Por eso deberemos desconfiar de los desnudos espacios de oración común y culto, en los cuales aparece quizá sólo una cruz y sin la imagen del Hijo. El alma no resposa en sí misma. El anuncio cristiano dice algo distinto: “Cor quiescit in Te”, el corazón reposa en Dios, escribe Agustín; un Dios de palabras y actos, de formas y figuras, que edifica un pueblo y traza visibles recorridos de gracia. La pared blanca vacía los saberes de la fe, mientras son en realidad de imágenes, y no vacíos, los mismos signos religiosos del judaísmo y del islam.

La visita a la prestigiosa iglesia del Padre Misericordioso construída por el arquitecto Richard Meier en Roma Tor Tre Teste impone una reflexión crítica sobre la inteligencia eclesiástica y laica, no sólo italiana, que alimenta el gusto dominante por el empobrecimiento en imágenes de los espacios sagrados.

Pertenece a la misma deriva intelectual la evidencia que la iglesia de Meier es considerada como cualquier espacio eclesiástico bello, destinado a cultivadores y turistas, tendencialmente desacralizado hasta la celebración litúrgica, como si antes y después de la celebración eso fuese un espacio neutro.

No es, de todas formas, la calidad arquitectónica lo que causa el problema, aunque es legítima la polémica de grandes arquitectos contra la mediocre locura de tanta arquitectura contemporánea de iglesia. La iglesia de Meier es formalmente bella. Pero esta condición no es ni necesaria ni suficiente para una iglesia habitable por la “Civitas Dei”.

Insisto: los signos visibles del uso sagrado, catequético y ritual son para ratificar la transparencia del objeto arquitectónico hacia la Jerusalén celeste y a abrir el lugar a la fe del creyente. Para el disfrute sagrado de un espacio no es decisiva la estructura de los muros, sino el adorno decorativo e iconográfico –del cual Monreale es paradigma– y el equipamiento funcional: vasos sagrados, vestidos, cada uno de los otros objetos dedicados al rito.

Estos signos, en la iglesia de Meier y en otros iglesias modernas, así como en mucha arquitectura románica “limpiada” por las restauraciones del siglo XX, están demasiado ausentes o apartados. En la iglesia del Padre Misericordioso el altar no aparece como altar, sino análogo a tantos otros elementos desacralizados, puesto que es un monolito de travertino sin signos que lo identifiquen, ni una cruz, un mantel, un facistol, en suma sin traza de aquello a lo que está destinado: un objeto disponible. Mientras su celosa delimitación convierte el objeto sagrados no más disponible para otra cosa.

Cada iglesia semejante volverá a ser espacio sagrado si la “plebs sancta”, el pueblo de los fieles, tiene el valor de romper el encanto perferso del interior blanco, vacío, espiritualista más que espiritual, evertiendo destructivamente “feas” estatuas del Sagrado Corazón, una gruta de Lourdes, una gran imagen del padre Pío, una teca con un cuerpo de cera de un santo, exvotos, las velas y un Via Crucis; en definitiva aquello que hay en cada iglesia que no haya sido desnudada por el purismo del párroco y feligreses, o de cualquier despacho de curia.

La sagrada presencia de imágenes, mejor si realizada en maneras altas por manos de artista, debe poder ser rozado, tocado, si se atreve a hacerlo. Sólo si la iglesia de Meier aguanta la irrupción de la sagrada presencia ordinaria de imágenes, para lo cual yo puedo hablar allí, íntima y desvergonzadamente, con la presencia también artísticamente innegable del Dios con nosotros, sólo entonces será una iglesia en la cual podrá detenerse no desarraigada la “Civitas Dei” terrena.

Subrayo lo de “no desarraigada”. Contra la tesis de los teólogos anicónicos (sin presencia de imágenes) para quienes el desarraigo está en el mismo itinerario de fe.

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“Semana Santa en Monreale”, por Romano Guardini

Posted by El pescador en 25 agosto 2007

(original en italiano; traducción mía)

 

Una extraordinaria lección de liturgia en vivo, escrita por el teólogo que fue maestro de Joseph Ratzinger. En una página por primera vez traducida del original alemán

de Sandro Magister

ROMA, 12 abril 2006 – Mientras en Roma, en la basílica de San Pedro, Benedicto XVI celebra su primera semana santa como papa, en otra antigua y grandiosa basílica, la de Monreale en Sicilia, los ritos pascuales tienen una “guía” idealmente muy cercana: la de Romano Guardini, el teólogo alemán del cual el joven Joseph Ratzinger más aprendió en tema de liturgia.

Guardini visitó la basílica de Monreale en 1.929 y lo contó en su “Viaje a Sicilia”.

La visitó en los días de la Semana Santa: el jueves durante la Misa crismal y el sábado, durante la vigilia que en la época se celebraba por la mañana.
El actual arzobispo de Monreale, Cataldo Naro, ha retomado aquella narración de Guardini del original alemán, lo ha traducido y lo ha vuelto a proponer a los fieles al interior de una carta pastoral de título “Amamos nuestra Iglesia”. Como para hacer de guía de las celebraciones litúrgicas de hoy.

En aquella página, el gran teólogo alemán escribió todo su estupor por la belleza de la basílica de Monreale y el esplendor de sus mosaicos.

Pero sobre todo escribió que ha sido impresionado por los fieles que asistían al rito, por su “vivir-en la-mirada”, por la “compenetración” entre este pueblo y las figuras de los mosaicos, que por eso cobraban vida y movimiento.

“Le pareció –nota el arzobispo Naro en la carta pastoral– que aquel pueblo experimentó un modo ejemplar de celebrar la liturgia: con la visión”.

La basílica di Monreale, obra maestra del arte normando del siglo XII, tiene las paredes enteramente revestidas de mosaicos con fondo de oro con las historias del Antiguo y del Nuevo Testamento, los ángeles y los santos, los profetas y los apóstoles, los obispos y los reyes, y el Cristo “Pantocrator”, gobernante de todo, que desde el ábside envuelve al pueblo cristiano con su luz, su mirada, su potencia.

He aquí a continuación la narración de la visita de Guardini a Monreale traducido de su “Reise nach Sizilien [Viaje a Sicilia]”.

El original alemán esta en R. Guardini, “Spiegel und Gleichnis. Bilder und Gedanken [Espejo y palabra. Imágenes y pensamientos]”, Grünewald-Schöningh, Mainz-Paderbon, 1990, pp. 158-161.

“Entonces se me hace claro cuál es el fundamento de una verdadera piedad litúrgica…” de Romano Guardini

Hoy he visto algo grandioso: Monreale. Estoy rebosante de un sentido de gratitud por su existencia. La jornada era lluviosa. Cuando llegamos –era jueves santo– la misa solemne estaba más allá de la consagración. El arzobispo para la bendición de los óleos sagrados estaba sentado sobre un sitio elevado bajo el arco triunfal del coro. El amplio espacio estaba abarrotado. Por todas partes las personas estaban sentadas en sus sillas, silenciosas, y miraban.

¿Qué debería decir del esplendor de este lugar? Primeramente la mirada del visitante ve una basílica de proporciones armoniosas. Después percibe un movimento en su estructura, y esta se enriquece con cualquier cosa nueva, un deseo de transcendencia la atraviesa hasta traspasarla; pero todo esto avanza hasta culminar en aquella espléndida luminosidad.

Un breve instante histórico, por tanto. No sigue mucho rato, le sucede algo del completamente Otro. Pero este instante, aunque breve, es de una inefable belleza.

Oro sobre todas las paredes. Figuras sobre figuras, en todas las veces y en todas las arcadas. Salen del fondo áureo como de un cosmos. Del oro irrumpen por todas partes colores que tienen en sí algo de radiante.

Sin embargo la luz estaba atenuada. El oro dormía, y todos los colores dormían. Se veía que estaban ahí y esperaban. ¡Y qué serían si refulgiesen en su esplendor! Sólo aquí o allí un borde brillaba, y un aura claroscura se untaba sobre el manto azul de la figura de Cristo en el ábside.

Cuando llevaron los óleos sagrados a la sacristía, mientras la procesión, acompañada por la insistente melodía del antiguo himno, se desataba a través de aquella muchedumbre de figuras de la catedral, ésta se reanimó.

Sus formas se movieron. Entrando en relación con las personas que avanzaban con solemnidad, en el rozarse de los vestidos y de los colores en las paredes y en las arcadas, los espacios se pusieron en movimiento. Los espacios vinieron al encuentro de los oídos tensos en escucha y a los ojos en contemplación.

La multitud estaba sentada y miraba. Las mujeres llevaban el velo. En sus vestidos y en sus telas los colores esperaban el sol para poder resplandecer. Los rostros acusados de los hombres eran bellos. Casi nadie leía. Todos vivían en la mirada, todos estaban extendidos para contemplar.

Entonces se me hace claro cuál es el fundamento de una verdadera piedad litúrgica: la capacidad de entender el “santo” en la imagen y en su dinamismo

* * *

Monreale, sábado santo. A nuestra llegada la ceremonia sagrada estaba en la bendicion del cirio pascual. Inmediatamente después el diácono avanzó solemnemente a lo largo de la nave principal y llevó el Lumen Christi.

El Exsultet fue cantado delante del altar mayor. El obispo estaba sentado sobre su trono de piedra elevado a la derecha del altar y escuchaba. Siguieron las lecturas tratadas por los profetas, y allí volví a encontrar el significado sublime de aquellas imágenes de mosaico.

Después la bendición del agua bautismal en medio de la iglesia. En torno a la fuente estaban sentados todos los asistentes, en el centro el obispo, la gente estaba alrededor. Llevaron a los niños, se notaba el orgullo impresionado de sus padres, y el obispo los bautizó.

Todo era cosa familiar. La conducta del pueblo era al mismo tiempo desenvuelta y devota, y cuando uno hablaba al vecino, no molestaba. De este modo la sagrada ceremonia continuó su curso. Se desplegaba un poco en toda la gran iglesia: ora se desarrollaba en el coro, ora en las naves, ora bajo el arco triunfal. La amplitud y la majestad del lugar abrazaban cada movimiento y cada figura, allí hicieron recíprocamente compenetrar hasta unirse.

De tanto en tanto un rayo de sol penetraba en la bóveda, y entonces una sonrisa áurea invadía cada ángulo, era conducido a su verdadera fuerza y asumido en una trama armoniosa que colmaba el corazón de felicidad.

La cosa más bella sin embargo era el pueblo. Las mujeres con sus pañuelos, los hombres con sus capas sobre los hombros. Por todas partes rostros acentuados y un comportamiento sereno. Casi ninguno que leía, casi ninguno agachado para rezar solo. Todos miraban.

La sagrada ceremonia se prolongó durante más de cuatro horas, sin embargo siempre hubo una viva participación. Hubo modos diversos de participación orante. Uno se realiza escuchando, hablando, gesticulando. Otro por el contrario se desarrolla mirando. El primero es bueno, y nosotros los del Norte de Europa no conocemos otro. Pero hemos perdido algo que en Monreale todavía existía: la capacidad de vivir-en la-mirada, de estar en la visión, de acoger lo sagrado por la forma y por el evento, contemplando.

Yo ya estaba para irme, cuando de improviso hojeo aquellos ojos vueltos a mí. Casi horrorizado aparto la mirada, como si experimentase pudor de escrutar en aquellos ojos que habían sido ya abiertos sobre el altar.

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