El testamento del pescador

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El matrimonio: una historia de alianza

Posted by El pescador en 16 julio 2007

Lo que la Biblia y la Iglesia nos dicen del matrimonio y de la familia: por Michel Kubler, redactor jefe de Religión de La Croix.

«Al principio, creó Dios…» Matrimonio y familia en el Antiguo Testamento

Creó, dice el Génesis, «al hombre a su imagen: hombre y mujero los creó» (Gn 1, 27). El parecido en cuestión -entre Dios y la humanidad- no es evidentemente el de una identidad sexual, sino el de una vocación para amar: como lo dijo Juan Pablo II en el texto de referencia del magisterio católico para el asunto que nos ocupa, «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor» (Familiaris consortio, 1981, n. 11).

Eso quiere decir, entre otras cosas, que una lectura cristiana del Génesis ve inmediatamente en la familia una proyección de la Trinidad: Dios es, en sí mismo, una célula de amor (Padre-Hijo-Espíritu), es eso mismo lo que lo define, y es esta definición lo que le ha empujado, como una necesidad interior, al acto creador. Su criatura no tiene pues otra vocación que amar, como ella es amada. El hombre y la mujer existen para amar, para amarse, en la totalidad de lo que les hace ser: cuerpo (de ahí la importancia positiva de la sexualidad, traduciendo en la carne la unidad de aquellos dos seres llamados a amarse) y alma (dimensión espiritual, que no se debe eliminar nunca, so pena de reducir la conyugaliad a la genitalidad). Esta relación de amor está, de entrada, marcada por el pecado («la fruta prohibida»), ¡pero que la Biblia no confunde en ninguna parte con la sexualidad! [N. del T. Esto quiere decir que después de desobedecer a Dios y comer del fruto prohibido se rompe la armonía del matrimonio de Adán y Eva pues él se excusa diciendo que “la mujer que me diste por compañera me dio de comer”].

Y este amor está llamado a desplegarse, según dos modalidades posibles: el matrimonio (en el cual desembocan en seguida los dos relatos de la creación en el Génesis) o la virginidad.

Los rostros de la familia a lo largo del Antiguo Testamento son múltiples y variados, pero siempre presentes en los grandes momentos, cuando se representa alguna cosa importante de la «historia santa», de la aventura de la humanidad en su vocación de llegar a ser pueblo de Dios.

Esto comienza con la aventura de los patriarcas, que se apoya sobre un vínculo familiar roto para ser desmultiplicado («Sal de la casa de tu padre», «Yo te daré una descendencia tan numerosa como las estrella del cielo…» Gn 12), al señalar que la sexualidad es desacralizada, en una época que veía por el contrario en el amor un vínculo de experienco de lo divino (¡el «éros» del que habla Benedicto XVI en Deus caritas est!), percibida como reveladora del orden de lo creado y por tanto buena como tal.

Sobre ese noble fondo, encontramos en la Biblia toda la gama de los más bellos éxitos y de las peores traiciones del ideal conyugal y familiar, desde Adán y Eva al Cantar de los cantares, pasando por los más prosacios (matrimonios acordados, incestos para asegurar el linaje, adulterios…).

Señalaresmos que la formación de la Ley (la Torah), dada por Dios a Moisés y después codificiada por los legisladores (cf. Deuteronomio), apunta siempre a proteger los vínculos conyugales y familaires, sobre el fondo del bien común (leyes del repudio y del divoricio, derecho de primogenitura, etc.), encontrándose lo esencial en tres de los diez mandamientos: «Honrarás a tu padre y a tu madre», «No cometerás adulterio», «No codiciarás a la esposa de tu prójimo» (Deuteronomio 5,16.18.21).

«¡Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre!» Pareja y familia en el Nuevo Testamento

Si pasamos del Antiguo al Nuevo Testamento, caemos inmediatamente, por supuesto, sobre el modelo de la «Sagrada Familia», en el seno de la cual Jésus creció […] Notemos soslamente la importancia concedida por los «evangelios de la infancia» a la genealogía de Jesús: se trata de inscribir al Hijo de Dios en la historia d elos hombres, y esto por el canal de la filiación.

Mucho más esencial es la enseñanza de Jesús. Su mensaje en palabras, pero sobre todo en hechos, se apoya a menudo en las realidades conyugales y familiares.

– Confirma la Torah en cuanto a las reglas matrimoniales («¡Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre!» Mt 19, 6), pero al mismo tiempo toma distnacias en relación a lo que la Ley de Moisés podía tener de puntillosa, o sea de casuística (repudio, adulterio, levirato…)

– Jesús relativiza las instituciones humanas en relación con lo esnecial: la llegada del Reino de Dios, en nombre del cual el hombre debe ser capaz de abandonar todo («padre, madre y hermanos») para tomar su cruz y seguir a Cristo.

– Sobre todo, una vez puestos los principios, Jesús muestra la más grande miserciordia hcia las personas que viven en la infidelidad (la pecadora arrepentida Lc 7,37 ; la samaritana en situación matrimonial anormal Jn 4,18; la mujer adúltera Jn 8,3, y también las parábolas del padre y sus dos hijos, particularemtne la del «hijo pródigo»): Jesús los acoge siempre, no para avalar sus costumbres, sino para invitarlos a la conversión y anunciarles un perdón.

Estos dos enfoques, perdón de parte de Dios y conversión de parte del hombre, quieren subrayar la altura del ideal de amor conyugal y familiar que no ha sido mantenido, pero también la capacidad que tiene cada persona, en todo momento de su existencia, de descubrir sobre él la mirada amorosa de Dios, que no cesa de repetir a cada ser humano cuánto vale a sus ojos, y que le hace confianza para volver sintiéndose digno de ser amado y capaz de amar.

Pareja y familia para la Iglesia (católica)

La Biblia inscribe siempre el amor humano, cuando es puesto por obra positivamente (y no por renuncia), en el cuadro del matrimonio.

Esta afirmación se declina en numerosos niveles:

– la constitución de una pareja (heterosexual, por referirnos a la diferencia origianal y por tanto estructurante), fundada sobre cuatro pilares: libertad, fidelidad, duración (indisolubilidad) y fecundidad;

– la apertura de esa pareja al don de la vida: al tener hijos (siempre el Génesis: «Creced y multiplicaos… »), por los medios que la naturaleza (es decir Dios) les ha dao, para que el proyecto conyugal no se vuelva a cerrar sobre el solo placer y la felicidad de los esposos, sino también comprometiéndose en el mundo («Llenad la tierra y sometedla») ;

– la inscripción del amor conyugal y familiar en la comunión de amor entre Dios y lo shombres, de la cual la Iglesia es el «sacremento», es decir signo y medio privilegiado para realizarla (cf. san Pablo: el hombre debe amar a su mujer como Cristo amó a su Iglesia… Ef 5,25)

De hecho, la visión cristiana de la familia reposa sobre la afirmación de una analogía profunda entre los fundamentos de esta institución y la relación entre Dios y la humanidad: la familiaestá esencial y fundamentalmente un asunto de alianza -no solamente de un hombre y una mujer que se casan y tienen hijos, sino entre Dios y su pueblo, alianza de la cual el matrimonio y la familia son el símbolo- en el sentido más fuerte de este término.

Para resumir los «pilares» de la doctrina familiar actual de la Iglesia católica, mejor aún es volver a tomar Familiaris consortio (1981 – enriquecido con un texto posterior y más cálido del mismo Juan Pablo II: su Carta a las familias, publicada en 1994 para el Año de la familia):

La familia constituye, a los ojos de la Iglesia, «el» lugar privilegiado en el que elhombre puede hacer la experiencia de su vocación fundamental, que es amar y ser amado. «El futuro de la humanidad pasa por la familia», dice Juan Pablo II (FC).

La familia es considerada como una «pequeña Iglesia» (se hablará así de una «Iglesia doméstica»). Su ideal es formar una comunidad de personas que permita hacer experiencia del amor de Dios para todos los hombres. En este sentido, podemos decir, siempre con Juan Pablo II, que «la familia es el camino de la Iglesia». Ciertas Iglesias locales -las de África, particularmente– han retenido precisamente este modelo como un concepto recapitulativo, definiéndose a sí mismas como una «Iglesia-familia» (Sínodo de los obispos para África en 1994, después exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa en 1995)

Este amor compartido deber dar fruto: al permitir a cada miembro de la «célula familiar» crecer, abrirse y realizar aquello a lo que está personalmente llamado; después al producir vida alrededor de él, más allá del «círculo» de la familia, tanto en el seno de la comunidad cristiana que se compromete en la sociedad para volverla más humana. Es de notar en la doctrina católica la insitencia en la dignidad de la mujer y sus derechos, lo mismo que para los niños.

Este ideal familiar no es ingenuo sin embargo: la Iglesia («experta en humanidad») sabe bien que la familia es también, por naturaleza, un lugar de conflictos y de fracasos, de soledades y de heridas, de infidelidades de toda clase y de rupturas. La noble realidad del amor conyugal y familiar puede ser descarriado, y hará falta siempre discernir cómo es desplegado realmente (fusión o acogida de una alteridad, egoísmo a dos o pareja abierta a la vida alrededor de él, sometimiento a las pulsiones o bien escucha del otro…) Pero la Iglesia mantiene su confianza hacia esta realidad: no tal como una institución que preservar a cualquier coste, sino porque la familia permite al hombre vivir una dinámica de amor («ad intra» así como «ad extra»).

Desde un punto de vista cristiano, el combate para la familia está al servicio de la sociedad, de la cual constituye una célula básica, una especie de «pequeña sociedad» a escala doméstica. Hacer vivir una familia sobre la ética evangélica, es promover para toda la sociedad relaciones de amor, de solidaridad y de respeto hacia cada uno (comenzando por los más débiles: los más jóvenes, los más ancianos, los discapacitados…), aceptando las diferencias y aprendiendo a perdonar… Sin olvidar nunca la preocupación de defender la vida en todos sus momentos, desde sus concepción hasta sus últimos instantes.

Michel Kubler

(original en francés; traducción mía)

 

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El “Jesús” de Benedicto XVI

Posted by El pescador en 19 abril 2007

El primer libro de Benedicto XVI como Papa aparece el lunes 16 de abril, día de son 80 cumpleaños, en alemán, italiano y polaco. La doble cualidad del autor, papa y teólogo, hace a la vez que la lectura de este libro sea rica y difícil.

«En el origen del hecho de ser cristiano, está el encuentro con una Persona», escribía ya Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est. Con Jesús de Nazaret, este libro comenzado mientras era cardenal y acabado en el otoño último, su primer libro de Papa pero que presenta como «el fruto de un largo camino interior», invita a compartir este encuentro de Jesús, Dios hecho hombre.

La obra -que aparece el lunes 16 de abril en italiano, alemán y polaco, y ha sido anunciada en español para mayo en La Esfera- tiene el estilo de las audiencias generales del miércoles, y se deja leer pues ante todo como un gran y bello catecismo, accesible, gracias al talento de pedagogo que caracteriza al antiguo profesor convertido en Papa.

Esta doble dimensión del autor hace a la vez que este libro sea rico y difícil. Y en primer lugar en la comunidad de exegetas en la cual Joseph Ratzinger, como ya lo había hecho en el pasado, hace caer aquí ciertas evidencias. ¿Su postulado? El estudio histórico-crítico ha encontrado hace tiempo sus límites dando a entender que el «verdadero Jesús», en su profundidad histórica, no era accesible por los textos evangélicos, demasiado tributarios del contexto de su elaboración en el seno de las primeras comunidades cristianas.

El autor le open la escuela de la «exégesis canónica», nacida en Estados Unidos hace una treintena de años, que estudia cada elemento del Nuevo Testamento a la luz del mensaje que la Tradición cristiana ha reconocido como revelado en la globalidad de la Escritura. Una lectura creyente, pues, que se pretende complementaria de las aproximaciones científicas, aunque éstas podrían ser notarse sospechosas.

¿Jesús es verdaderamente quien Él pretende ser?

¿Quién es Jesús, en tal perspectiva? El autor responde a ello a través de los acontecimientos conocidos de su vida pública, después de su bautismo hasta la transfiguración para este primer volumen (el segundo, además de la pasión y la resurrección, deberá integrar los evangelios de la infancia). ¿Jesús es verdaderamente quien pretende ser, el Hijo de Dios? El autor busca desde el principio un principio de respuesta en el Antiguo Testamento, en un preliminar sobre Moisés.

Esa preocupación de anclar la fe cristiana en sus raíces judías es una constante de la obra. Jesús, explica, es el último profeta, prometido por Dios a su pueblo. Si Moisés era «amigo de Dios», Jesús ve el rostro de Dios como un hijo. Vive en profunda intimidad con el Padre, y es en esta unión donde Él se da a conocer. Durante el Sermón de la montaña, se presenta a sí mismo como «la nueva Torah», la Palabra de Dios en persona.

Joseph Ratzinger ha tomado conciencia de ello leyendo las Conversaciones imaginarias entre un rabino y Jesús, de Jacob Neusner. ¿Qué sorprende en efecto a ese rabino en la enseñanza de Jesús? No sus propósitos que, según ese autor judío, no traicionan la fe del pueblo hebreo, sino lo que Jesús ha añadido a esa fe, a saber «él mismo». Ahí está el corazón del cristianismo: «la centralidad del Yo de Jesús en su anuncio». Jesús sólo pone por delante de otros argumentos a Él mismo: como al joven rico, pide a cada uno que lo sigan.

Y ¿qué aporta Jesús? La respuesta es simple: Dios, «y con Él la verdad sobre nuestro destino y nuestra procedencia». La coherencia de la figura de Jesús reside en esa relación inmediata con Dios. Sea en el desierto, en las Bienaventuranzas o en parábolas, el Jesús de Ratzinger acompaña siempre hacia Dios. Ahora bien, deplora el autor, «en nuestra sociedad moderna (…), declaramos a Dios muerto, ¡así nosotros somos también Dios!». De ese hecho, «los hombres no son más propiedad de otro, sino más bien los únicos jefes de sí mismos y los propietarios del mundo…»

Un cristianismo exigente

Predicador convincente, Joseph Ratzinger predica un cristianismo exigente. Se trata de buscar a Dios, de hacerse cercano a Él y, haciendo esto, hacerse cercano al otro, para vivir «en íntimo acuerdo con la esencia y la palabra de Dios». Este gran vigor, fruto de toda una vida de meditación, agradará a quien busca un guía espiritual. El Dios de Jesús, aquí, no es un Dios endulzado. Ni un Dios que podríamos compartir con las otras religiones en una especie de moral común. Y Joseph Ratzinger ha renovado sus reticencias en contra de un diálogo interreligioso teológico.

Seguir a Jesús, dice más aún, «no ofrece ninguna estructura social realizable concretamente sobre el plano político»: ¡Él no ha venido «a aportar el bien común», por Dios! De esta fe en Dios nace la responsabilidad hacia el prójimo. El hombre de Nazaret no es indiferente al hambre de los hombres, pero vuelve a ponerla en su contexto de la primacía de Dios. Así es como, estima el Papa (como antes en su encíclica), las ayudas de Occidente al Tercer mundo, «basadas en principios puramente técnico-materiales, no sólo han dejado aparte a Dios, sino que han alejado de Él a los hombres»: «Creen poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en lugar de pan».

En juego siempre está el primado de Dios. Con Él solamente puede hacerse la verdadera conversión, que es «inversión de la marcha interior en relación a la dirección que habíamos tomado espontáneamente». Y hoy, subraya todavía el predicador, «frente a la crueldad del capitalismo que degrada al hombre a la categoría de mercancía, hemos comenzado a ver más claramente los peligros de la riqueza y comprendemos de manera nueva lo que Jesús desea poniéndonos en guardia contra la riqueza (…) que destruye al hombre, agarrando por la garganta con su mano cruel una gran parte del mundo».

Dirección, el amor

La dirección es la del amor. Eso no puede tomarse sin Dios. Pues, como Joseph Ratzinger lo muestra a través de las parábolas del buen samaritano o de «los dos hermanos» (el hijo pródigo), «todos necesitamos el don del amor salvífico de Dios mismo para que nosotros podamos convertirnos también en personas que aman. Tenemos siempre necesidad de Dios que se ha hecho cercano, para poder hacernos cercanos a nuestra vez».

Para nuestro autor, sin duda este ideal de proximidad con Dios y con el hombre, encarnado por Jesús, alcanza la más gran intensidad en el cuarto evangelio: generalmente considerado generalmente puramente teológico, la obra de Juan es aquí acreditada al contrario como de una máxima plausibilidad histórica -no ciertamente en el sentido «de un acta grabada con magnetófono», sino por «haber reflejado correctamente los discursos de Jesús, el testimonio de Jesús mismo» y, en definitiva, «la figura auténtica de Jesús».

Y Joseph Ratzinger invita entonces a sus lectores a adoptar la actitud de María para retener las palabras de su Hijo en un «trato interior del acontecimiento» de la salvación, dejándose guiar por el Espíritu Santo para alcanzar lo que es en definitiva la memoria de la Iglesia. A saber «la profundidad de las palabras y de los acontecimientos que vienen de Dios y llevan a Dios». Cada lector será libre de distinguir aquí o no «al verdadero Jesús» que le ha sido indicado. No podrá negar que el papa teólogo entrega aquí su fe personal en una emocionante verdad.

Isabelle de GAULMYN y Michel KUBLER

(original en francés; traducción mía)

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