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Vida privada y divorcios. La carta de Enrique VIII al Papa

Posted by El pescador en 30 junio 2009

(original en italiano; traducción mía)

PAOLO RODARI

El Vaticano, oficialmente, calla sobre la atribulada cuestión berlusconiana. Y, en efecto, hay poco que decir. Si no que, como ha escrito recientemente Avvenirre, nos gustaría más moderación y mayor claridad. Sin embargo el parecer de la Iglesia y de las jerarquías vaticanas interesa sin duda al primer ministro y a los suyos: no por casualidad, justo en estos días difíciles, el fiel Gianni Letta ha empezado en L’Osservatore Romano con una intervención dedicada a la necesidad de conjugar “desarrollo” e “imperativos morales”. No una intervención reparadora, la de Letta, sino de todas formas una señal ofrecida dentro y fuera de los muros sagrados.
La cuestión de todas formas permanece atávica. En el sentido de que, bien visto, la necesidad de los poderosos del mundo de recibir una bendición de la Iglesia cuando las cosas van bien (y sobre todo cuando van poco bien con motivo de una conducta moral poco ortodoxa) viene de mucho atrás. Y llegó ayer mismo una demostración desde el Vaticano que, quinientos años después de la coronación de Enrique VIII, ha presentado oficialmente el documento con el cual, en 1530, el soberano inglés pedía el divorcio de Catalina de Aragón.
Una publicación que recuerda un suceso doloroso para la Iglesia católica: todo llevó al cisma anglicano. Un suceso que, en cierto sentido, permanece actual aún hoy aunque, es necesario decirlo, ni Gianni Letta es Tomás Moro -éste, canciller del rey, dimitió cuando Enrique VIII sancionó la sumisión del clero al poder temporal- ni Berlusconi es Enrique VIII -éste último, cerciorado de que el Papa Clemente VIII no quería responder afirmativamente a la petición de anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón a fin de desposar a la amante Ana Bolena, rompió con Roma y hasta nunca.
Ayer, el Archivo secreto vaticano en colaboración con la sociedad “Scrinium” mostró un facsímil de la carta en pergamino -el original es custodiado celosamente en el estudio de monseñor Sergio Pagano, prefecto del Archivo- con la cual el rey inglés presentó la petición de divorcio de Catalina de Aragón. Una carta reproducida en 200 ejemplares y vendida en la buena cifra de cincuenta mil euros. Una carta, la de Enrique VIII, fácilmente “interceptable”, hoy como entonces, vistas las dimensiones: redactada sobre un pergamino de un metro de largo, de alto dos veces otro tanto, pesa dos kilos y medio. Pegados encima, a modo de apéndice, penden más de ochenta sellos de cera recogidos en pequeñas tecas de lata y sostenidos por una cinta de seda. Encima de los sellos, hay ochenta y tantas firmas cuidadosamente repartidas en trece columnas delimitadas por una única larga cinta de seda hábilmente entrelazada.
Es verad, Enrique VIII al escribir al Pontífice muestra la voluntad de una bendición vaticana. Pero, al mismo tiempo, muestra carácter y determinación: “Pero si el Pontífice no quisiere hacerlo, desatendiendo las exigencias de los ingleses -se lee al final del escrito después de la petición adelantada al Papa-, éstos se sentirían autorizados a resolver por sí mismos la cuestión y buscarían remedios en otro lugar. La causa del rey es la de ellos. Si (el Pontífice) no interviniese o tardara en actuar, sus condiciones se harán más graves pero no irresolubles: los remedios extremos son siempre más desagradables, pero al enfermo lo que le interesa es la propia curación…”.
Palabras, aquellas del pergamino, que muestran cómo desde las autoridades religiosas es posible (ya lo creo) desmarcarse, si bien el desmarcamiento siempre tenga consecuencias.
No saben nada los más de ochenta firmantes de la carta: éstos, en los meses siguientes a la firma, serían puestos ante la toma de una posición definitiva incluso a costa de la vida. Y, de hecho, aquellos que dieron un paso atrás, aquellos que tras la firma del documento se lo volvieron a pensar, sufrieron penosas consecuencias. Dos de ellos fueron ajusticiados en 1537. Un marqués y un barón después fueron condenados a muerte como conspiradores y también dos abades íntimamente contrarios a las profundas innovaciones religiosas llevadas a cabo en el reino sufrieron la misma suerte a causa de sus “ánimo íntimamente corrompido”. Un trágico fin le tocó en suerte también al hermano de Ana Bolena, Lord Rochefort que, acusado de relaciones incestuosas con la reina, resultó ajusticiado con ella en 1536.

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