El testamento del pescador

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Una mujer aborda el drama homosexual

Posted by El pescador en 14 enero 2009

Marta Lozano Cañizar, autora de libro “Una historia sobre el maltrato y la homosexualidad” (Editorial CCS) me ha enviado un correo electrónico informándome de esta entrevista en ACI prensa:

Una mujer aborda el drama homosexual

Entrevista a Marta Lozano, la valiente autora de “Una historia sobre el maltrato y la homosexualidad” de Editorial CCS, un libro que narra su propia vida y cómo recuperó la paz tras lidiar por años con sus propias tendencias homosexuales.

¿Por qué se decidió a escribir este libro?

Tanto en relación con mi historia familiar de maltrato como con mi orientación sexual, experimenté siempre una gran soledad y una terrible vergüenza. Pensé siempre que yo era la única que había vivido o sentido aquellas cosas que yo consideraba innombrables. Por ello nunca me atreví a exteriorizar mis sentimientos ni a pedir ayuda. Esa es la razón principal por la que he decidido escribir “Una historia sobre el maltrato y la homosexualidad”: acompañar a todos aquellas personas que viven atormentadas por un sentimiento de vergüenza y/o de culpabilidad, que se sienten excluidas o diferentes, bien sea por haber sido víctimas de una violencia física o psicológica en el hogar, bien sea por experimentar una atracción homosexual no deseada ni buscada.

Otra de las razones por las que consideraba importante escribir mi biografía era para dar testimonio de una realidad íntima, que puede ser sumamente conflictiva y para hacer llegar mi voz de protesta a las personas que desprecian y condenan a todos los homosexuales, sin siquiera conocer la historia personal ni el sufrimiento interior de muchos de ellos.

¿Qué piensa sobre los intentos por legalizar las uniones entre personas del mismo sexo?

Comprendo que algunas parejas homosexuales deseen formalizar sus uniones, pero no considero razonable que se pretenda “homologar” las relaciones homosexuales con las heterosexuales, como se ha hecho por ejemplo en España, con la ley de modificación del código civil en asunto de matrimonio de junio de 2005. A pesar de las fuertes presiones del lobby gay en todo el mundo, las relaciones sexuales homosexuales nunca serán iguales ni comparables a las relaciones sexuales heterosexuales, porque entre otras cosas y por su propia naturaleza, siempre carecerán de la capacidad de engendrar una nueva vida, elemento fundamental de lo que en toda la historia de la humanidad y en todas las culturas, orientales u occidentales, cristianas o no, ha sido el germen y cimiento del matrimonio y de la familia.

Por eso estoy radicalmente en contra de la ley que en España denomina matrimonio a las uniones entre personas del mismo sexo y que otorga a las parejas homosexuales idénticos derechos y les permite adoptar en igualdad de condiciones que las parejas heterosexuales. Como mi propia experiencia vital me ha demostrado, el papel que el padre y la madre ejercen en el desarrollo afectivo, psicológico y sexual del niño es insustituible. El amor “no es suficiente” para educar a un niño y aunque sea muy loable el deseo de amar de una persona homosexual, eso no justifica que su necesidad o deseo de paternidad (honesto y saludable en sí mismo), deba ser colmado por el gobierno ni por la sociedad, a costa del bienestar del niño. En el asunto de la adopción deben primar las necesidades del pequeño, no los deseos del adulto.

Es interesante destacar que a pesar de la igualdad legal que el gobierno español ha pretendido imponer entre homosexualidad y heterosexualidad, la sociedad sigue sin aceptar de hecho esta equiparación. Se habla de “matrimonio homosexual” (al matrimonio heterosexual, se le sigue denominando matrimonio “a secas”), porque en el fondo se necesita denominar de forma diferente a lo que la gente de la calle sigue considerando una realidad diferente.

¿Cómo definiría la homosexualidad?

Definiría la homosexualidad como la atracción sexual y la capacidad de enamorarte de una persona de tu mismo sexo.

En este asunto creo que es importante distinguir entre “orientación homosexual” y “comportamiento homosexual”, porque hay personas que pueden sentir deseos homosexuales sin llevar a cabo conductas de tipo homosexual, mientras que existen hombres o mujeres que tienen relaciones sexuales con personas de su mismo sexo (por presión, por desdén, por “probar algo diferente”, etc.), sin sentir realmente una verdadera atracción homosexual. Llevar a cabo comportamientos homosexuales no implica necesariamente tener orientación homosexual.

También me gustaría diferenciar entre las situaciones en que sientes un deseo de cercanía o admiración hacia una persona de tu mismo sexo (bastante frecuente en los chicos y chicas adolescentes, que están forjando su propia identidad sexual) y el homoerotismo o intenso deseo de contacto físico y relación sexual con personas de tu mismo sexo. Este detalle me parece trascendental, porque en numerosas ocasiones, puede que un adolescente equivocadamente considere que tiene orientación homosexual, cuando en el fondo lo único que siente es una atracción hacia una mujer o un hombre que le fascina y al que en el fondo le gustaría parecerse.

Muchos consideran que la homosexualidad es la incapacidad de aceptar la alteridad o “lo diferente”. Sin embargo, no estoy del todo de acuerdo con esta afirmación. Como explico en mi libro, creo que la homosexualidad puede provenir (aunque no siempre sea así) de una falta de identidad sexual y de una atracción hacia las personas que poseen aquellas cualidades “típicas de tu sexo” que a ti te faltan. Por eso las deseas. En numerosas ocasiones también puede existir una especie de aversión, miedo o desconfianza hacia las personas del sexo contrario (en mi caso, hacia los hombres, que simbolizan a mi padre) y por ello, canalizamos el deseo sexual hacia lo que no nos provoca miedo, es decir, hacia personas de nuestro mismo sexo (en mi caso, la mujer, para mí símbolo de dulzura, ternura y confianza).

¿Cuáles son para usted los efectos de la aceptación cultural de los actos homosexuales?

En general, bastante negativos. Hasta el momento ha sido imposible determinar los orígenes de la orientación homosexual. Y a pesar de las corrientes biologicistas (el homosexual “nace” así) representadas por los colectivos gays, que se oponen y ridiculizan cualquier intento de entablar un debate serio sobre las causas de la homosexualidad, es clara la influencia de razones familiares, ambientales y culturales en la génesis de muchos casos de homosexualidad. Es más, si te atreves a decir públicamente que la homosexualidad puede “reconducirse” en muchas ocasiones hacia una heterosexualidad (como lo prueban numerosos testimonios), puedes ser perseguido y tachado de “homófobo/a”, lo cual me parece ridículo e inconcebible en una sociedad democrática.
Esta corriente “pro-gay”, predominante en muchos países occidentales, está generando una mayor aceptación, incitación y proliferación de actos homosexuales. “¿Y qué pasa si lo pruebas?” “No seas un reprimido, ni te dejes llevar por los prejuicios”. “Si es muy divertido y además, es diferente. ¿Qué pasa, que no te atreves?” “Si has tenido varias experiencias desafortunadas con chicos, será porque eres lesbiana”. Creo que los más perjudicados por este adoctrinamiento falsamente liberador, pueden ser los adolescentes o aquellas personas sin una madurez afectiva, que acaban considerando que llevar a cabo comportamientos homosexuales no tiene ningún peligro, es divertido y podrá saciar tu necesidad de “sentirte amado/a”. Pero creo que no hay nada más alejado de la realidad.

En España, este proyecto planificado para difundir la cultura homosexual, se ve claramente reflejado en las series de televisión de fabricación propia. En todas ellas existe alguna pareja homosexual (por supuesto, no existen personas homosexuales que no tengan relaciones homosexuales; lo uno va unido indisolublemente a lo otro). Es sorprendente que en todas estas series sin excepción, el homosexual es el tío/a más guay de la serie, el más sensato, cariñoso, sensible, tolerante, atento a las necesidades ajenas, generoso y solidario de todos, en definitiva, una persona que te cae bien. ¡Como si no hubiera también homosexuales egoístas, insensibles, intolerantes, harpías, celosos y malintencionados! Pero mostrar a un homosexual de estas características sería propio únicamente de personas “que odian o pretenden desprestigiar a los homosexuales”. Hay que dar a entender que “ser homosexual” equivale a “ser genial”.

¿Cómo emprendió el camino de “retorno”?

Yo no lo denominaría exactamente así. Pero inicié este camino cuando simplemente ya no podía más. Sentía soledad, odio, dolor, tristeza, miedo, culpabilidad y vergüenza, tanto por la situación de maltrato vivida, como por los deseos homosexuales que experimentaba. Nunca exterioricé ninguno de estos sentimientos con nadie y en un determinado momento, percibí que ya no podía más y que tenía que hablarlo con alguien que supiera escucharme y comprenderme. En mi libro, simbolizo este deseo de enjaular mis afectos con la idea de un baúl, y explico en él que este baúl era “un lugar en el que amontonaba todo aquello que me avergonzaba y que no podía contar a nadie, un arcón que se fue cargando demasiado rápidamente y que nunca limpié”. Pero “un día descubrí que aquella carga era demasiado pesada para mí, que no podía soportarla por más tiempo, que estaba a punto de explotar y que necesitaba ayuda. No podía aguantar el silencio que cubría aquel baúl, necesitaba abrirlo y ser escuchada”.

Por otra parte, hay dos palabras que siempre me han inspirado terror. Esas dos palabras son las que dan título a mi libro: maltrato y homosexualidad. Tardé en comprender que necesitaba nombrarlas para poder afrontarlas.

Creo que fue el dolor insoportable y un malestar profundo lo que me llevó a pedir ayuda. Podría haber canalizado este dolor de otra forma: por ejemplo, cayendo en la amargura vital o intentando hacer daño a otros o a mí misma, pero por suerte no fue así. Lo único que lamento es no haber iniciado este camino mucho antes, ya que la vergüenza y la soledad son máquinas demoledoras, que te destrozan por dentro y te aíslan del mundo.

Gracias a Dios, mi vida ha cambiado en estos últimos años de forma radical, tal vez no tanto exteriormente, aunque sí mucho interiormente. Antes simplemente no me sentía mujer. Ahora, en cambio, me siento plenamente identificada con el sexo femenino y sobre todo, me siento mucho más a gusto conmigo misma, más sosegada y con más paz interior. Mi vida social y personal también ha variado sustancialmente. Ahora me siento más libre y más feliz, me relaciono más y mejor con la gente, en mi trabajo me encuentro más satisfecha y me ilusiona mi futuro.

¿Qué les diría a quienes deseen emprender este mismo camino?

Sea lo que sea lo que hayas vivido, experimentado o sentido, no eres la única persona que ha pasado por situaciones análogas. Aunque te embargue un dolor o tristeza profundos, aunque te sientas solo, culpable o avergonzado, tu vida puede cambiar. Pero para ello es imprescindible abrir tu corazón y buscar ayuda. Y por puesto, hacerlo con la persona apropiada, que pueda comprenderte y asesorarte de forma adecuada, que fomente tu confianza en ti mismo, una persona con valores profundos, a ser posible creyente y que busque verdaderamente tu felicidad personal.

Creo que lo primero es reconocer que necesitas ayuda. Este es el primer paso para emprender un camino que puede devolverte la libertad y la dignidad, unos valores impregnados por Dios en lo más profundo de cada ser humano y que ninguna persona, circunstancia o conducta (por dolorosas o graves que puedan parecerte) podrán arrebatarte jamás.

¡Puedo asegurarte que el esfuerzo merece la pena!

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¿La homosexualidad es un trastorno?

Posted by El pescador en 2 julio 2007

Terapia y ayuda para sanar la homosexualidad en esta página

¿LA HOMOSEXUALIDAD ES UN TRASTORNO?

La Razón – César Vidal

 

El historiador César Vidal analiza en este amplio artículo cómo la homosexualidad dejó de ser considerada un transtorno psicológico para ser únicamente definida como «un estilo de vida». Vidal repasa la visión moral de las religiones sobre la homosexualidad y las presiones recientes para adaptarla a lo «políticamente correcto».

 

 

 

El juicio sobre la homosexualidad ha experimentado diversas variaciones a lo largo de la Historia. En general, las culturas de la Antigüedad generalmente la juzgaron moralmente reprobable. Egipcios y mesopotámicos la contemplaron con desdén mientras que para el pueblo de Israel se hallaba incluida en el listado de una serie de conductas indignas del pueblo de Dios que se extendían del adulterio a la zoofilia pasando por el robo o la idolatría (Levítico 18,22). No en vano, el Antiguo Testamento incluía entre los relatos más cargados de dramatismo el de la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 13,14,18 y 19), cuyos habitantes habían sido castigados por Dios por practicar la homosexualidad. Durante el período clásico, la visión fue menos uniforme. En Grecia, por ejemplo, alguna formas de conducta homosexual ¬masculina y sin penetración¬ era tolerable mientras que en Roma fue duramente fustigada por autores como Tácito o Suetonio como un signo de degeneración moral e incluso de decadencia cívica. El cristianismo ¬que, a fin de cuentas, había nacido del judaísmo¬ también condenó expresamente la práctica de la homosexualidad. No sólo Jesús legitimó lo enseñado por la ley de Moisés sin hacer excepción con los actos homosexuales (Mateo 5,17-20) sino que el Nuevo Testamento en general condenó la práctica de la homosexualidad considerándola contraria a la ley de Dios y a la Naturaleza (Romanos 1,26-27) y afirmando que quienes incurrieran en ella, al igual que los que practicaran otro tipo de pecados, no entrarían en el Reino de los cielos (I Corintios 6, 9).

 

La condena de la práctica homosexual fue común en los Padres de la Iglesia y en los documentos más antiguos de disciplina eclesial aparece como uno de los pecados que se penan con la excomunión. Partiendo de esta base no resulta extraño que el mundo medieval ¬tanto judeo y cristiano como musulmán¬ condenara las prácticas homosexuales e incluso las penara legalmente aunque luego en la vida cotidiana fuera tan tolerante ¬o tan intolerante¬ con esta conducta como con otras consideradas pecado. Esta actitud fue aplastantemente mayoritaria en occidente ¬y en buena parte del resto del globo¬ durante los siglos siguientes. Esencialmente, la visión negativa de la homosexualidad estaba relacionada con patrones religiosos y morales y no con una calificación médica o psiquiátrica. El homosexual podía cometer actos censurables ¬no más por otra parte que otros condenados por la ley de Dios¬ que incluso se calificaban de contrarios a la Naturaleza y de perversión. No obstante, no se identificaba su conducta con un trastorno mental o con un desarreglo físico. En realidad, para llegar a ese juicio habría que esperar a la consolidación de la psiquiatría como ciencia.

 

Partiendo de una visión que consideraba como natural el comportamiento heterosexual ¬que meramente en términos estadísticos es de una incidencia muy superior¬ la psiquiatría incluiría desde el principio la inclinación homosexual ¬y no sólo los actos como sucedía con los juicios teológicos¬ entre las enfermedades que podían y debían ser tratadas. Richard von Kraft-Ebing, uno de los padres de la moderna psiquiatría del que Freud se reconocía tributario, la consideró incluso como una enfermedad degenerativa en su Psychopatia Sexualis. De manera no tan difícil de comprender, ni siquiera la llegada del psicoanálisis variaría ese juicio. Es cierto que Freud escribiría en 1935 una compasiva carta a la madre norteamericana de un homosexual en la que le aseguraba que «la homosexualidad con seguridad no es una ventaja, pero tampoco es algo de lo que avergonzarse, ni un vicio, ni una degradación, ni puede ser clasificado como una enfermedad». Sin embargo, sus trabajos científicos resultan menos halagüeños no sólo para las prácticas sino incluso para la mera condición de homosexual. Por ejemplo, en sus Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, Freud incluyó la homosexualidad entre las «perversiones» o «aberraciones sexuales», por usar sus términos, de la misma manera que el fetichismo del cabello y el pie o las prácticas sádicas. A juicio de Freud, la homosexualidad era una manifestación de falta de desarrollo sexual y psicológico que se traducía en fijar a la persona en un comportamiento previo a la madurez heterosexual.

 

En un sentido similar, e incluso con matices de mayor dureza, se pronunciaron también los otros grandes popes del psicoanálisis, Adler y Jung. Los psicoanalistas posteriores no sólo no modificaron estos juicios sino que incluso los acentuaron a la vez que aplicaban tratamientos considerados curativos contra la inclinación homosexual. En los años cuarenta del siglo XX, por ejemplo, Sandor Rado sostuvo que la homosexualidad era un trastorno fóbico hacia las personas del sexo contrario, lo que la convertía en susceptible de ser tratada como otras fobias. Bieber y otros psiquiatras, ya en los años sesenta, partiendo del análisis derivado de trabajar con un considerable número de pacientes homosexuales, afirmaron que la homosexualidad era un trastorno psicológico derivado de relaciones familiares patológicas durante el período edípico. Charles Socarides en esa misma década y en la siguiente ¬de hecho hasta el día de hoy¬ defendía, por el contrario, la tesis de que la homosexualidad se originaba en una época pre-edípica y que por lo tanto resultaba mucho más patológica de lo que se había pensado hasta entonces. Socarides es una especie de bestia negra del movimiento gay hasta el día de hoy pero resulta difícil pensar en alguien que en el campo de la psiquiatría haya estudiado más minuciosa y exhaustivamente la cuestión homosexual. Curiosamente, la relativización de esos juicios médicos procedió no del campo de la psiquiatría sino de personajes procedentes de ciencias como la zoología (Alfred C. Kinsey) cuyas tesis fueron frontalmente negadas por la ciencia psiquiátrica. De manera comprensible y partiendo de estos antecedentes, el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) incluía la homosexualidad en el listado de desórdenes mentales. Sin embargo, en 1973 la homosexualidad fue extraída del DSM en medio de lo que el congresista norteamericano W. Dannemeyer denominaría «una de las narraciones más deprimentes en los anales de la medicina moderna». El episodio ha sido relatado ampliamente por uno de sus protagonistas, Ronald Bayer, conocido simpatizante de la causa gay, y ciertamente constituye un ejemplo notable de cómo la militancia política puede interferir en el discurso científico modelándolo y alterándolo. Según el testimonio de Bayer, dado que la convención de la Asociación psiquiátrica americana (APA) de 1970 iba a celebrarse en San Francisco, distintos dirigentes homosexuales acordaron realizar un ataque concertado contra esta entidad. Se iba a llevar así a cabo «el primer esfuerzo sistemático para trastornar las reuniones anuales de la APA». Cuando Irving Bieber, una famosa autoridad en transexualismo y homosexualidad, estaba realizando un seminario sobre el tema, un grupo de activistas gays irrumpió en el recinto para oponerse a su exposición. Mientras se reían de sus palabras y se burlaban de su exposición, uno de los militantes gays le gritó: «He leído tu libro, Dr. Bieber, y si ese libro hablara de los negros de la manera que habla de los homosexuales, te arrastrarían y te machacarían y te lo merecerías». Igualar el racismo con el diagnóstico médico era pura demagogia y no resulta por ello extraño que los presentes manifestaran su desagrado ante aquella manifestación de fuerza.

 

Sin embargo, el obstruccionismo gay a las exposiciones de los psiquiatras tan sólo acababa de empezar. Cuando el psiquiatra australiano Nathaniel McConaghy se refería al uso de «técnicas condicionantes aversivas» para tratar la homosexualidad, los activistas gays comenzaron a lanzar gritos llamándole «sádico» y calificando semejante acción de «tortura». Incluso uno se levantó y le dijo: «¿Dónde resides, en Auchswitz?». A continuación los manifestantes indicaron su deseo de intervenir diciendo que habían esperado cinco mil años mientras uno de ellos comenzaba a leer una lista de «demandas gays». Mientras los militantes acusaban a los psiquiatras de que su profesión era «un instrumento de opresión y tortura», la mayoría de los médicos abandonaron indignados la sala. Sin embargo, no todos pensaban así. De hecho, algunos psiquiatras encontraron en las presiones gays alicientes inesperados. El Dr. Kent Robinson, por ejemplo, se entrevistó con Larry Littlejohn, uno de los dirigentes gays, y le confesó que creía que ese tipo de tácticas eran necesarias, ya que la APA se negaba sistemáticamente a dejar que los militantes gays aparecieran en el programa oficial. A continuación se dirigió a John Ewing, presidente del comité de programación, y le dijo que sería conveniente ceder a las pretensiones de los gays porque de lo contrario «no iban solamente a acabar con una parte» de la reunión anual de la APA. Según el testimonio de Bayer, «notando los términos coercitivos de la petición, Ewing aceptó rápidamente estipulando sólo que, de acuerdo con las reglas de la convención de la APA, un psiquiatra tenía que presidir la sesión propuesta». Que la APA se sospechaba con quién se enfrentaba se desprende del hecho de que contratara a unos expertos en seguridad para que evitaran más manifestaciones de violencia gay. No sirvió de nada.

 

El 3 de mayo de 1971, un grupo de activistas gays irrumpió en la reunión de psiquiatras del año y su dirigente, tras apoderarse del micrófono, les espetó que no tenían ningún derecho a discutir el tema de la homosexualidad y añadió: «Podéis tomar esto como una declaración de guerra contra vosotros». Según refiere Bayer, los gays se sirvieron a continuación de credenciales falsas para anegar el recinto y amenazaron a los que estaban a cargo de la exposición sobre tratamientos de la homosexualidad con destruir todo el material si no procedían a retirarlo inmediatamente. A continuación se inició un panel desarrollado por cinco militantes gays en el que defendieron la homosexualidad como un estilo de vida y atacaron a la psiquiatría como «el enemigo más peligroso de los homosexuales en la sociedad contemporánea». Dado que la inmensa mayoría de los psiquiatras podía ser más o menos competente, pero desde luego ni estaba acostumbrada a que sus pacientes les dijeran lo que debían hacer ni se caracterizaba por el dominio de las tácticas de presión violenta de grupos organizados, la victoria del lobby gay fue clamorosa. De hecho, para 1972, había logrado imponerse como una presencia obligada en la reunión anual de la APA. El año siguiente fue el de la gran ofensiva encaminada a que la APA borrara del DSM la mención de la homosexualidad. Las ponencias de psiquiatras especializados en el tema como Spitzer, Socarides, Bieber o McDevitt fueron ahogadas reduciendo su tiempo de exposición a un ridículo cuarto de hora mientras los dirigentes gays y algún psiquiatra políticamente correcto realizaban declaraciones ante la prensa en las que se anunciaba que «los médicos deciden que los homosexuales no son anormales».

 

Finalmente, la alianza de Kent Robinson, el lobby gay y Judd Marmor, que ambicionaba ser elegido presidente de la APA, sometió a discusión un documento cuya finalidad era eliminar la mención de la homosexualidad del DSM. Su aprobación, a pesar de la propaganda y de las presiones, no obtuvo más que el 58 por ciento de los votos. Se trataba, sin duda, de una mayoría cualificada para una decisión política pero un tanto sobrecogedora para un análisis científico de un problema médico. No obstante, buena parte de los miembros de la APA no estaban dispuestos a rendirse ante lo que consideraban una intromisión intolerable y violenta de la militancia gay. En 1980, el DSM incluyó entre los trastornos mentales una nueva dolencia de carácter homosexual conocida como ego-distónico. Con el término se había referencia a aquella homosexualidad que, a la vez, causaba un pesar persistente al que la padecía. En realidad, se trataba de una solución de compromiso para apaciguar a los psiquiatras ¬en su mayoría psicoanalistas¬ que seguían considerando la homosexualidad una dolencia psíquica y que consideraban una obligación médica y moral ofrecer tratamiento adecuado a los que la padecían. Se trató de un triunfo temporal frente a la influencia gay. En 1986, los activistas gays lograban expulsar aquella dolencia del nuevo DSM e incluso obtendrían un nuevo triunfo al lograr que también se excluyera la paidofilia de la lista de los trastornos psicológicos. En Estados Unidos, al menos estatutariamente, la homosexualidad ¬y la paidofilia¬ había dejado de ser una dolencia susceptible de tratamiento psiquiátrico. Cuestión aparte es que millares de psiquiatras aceptaran aquel paso porque la realidad es que hasta la fecha han seguido insistiendo en que la ideología política ¬en este caso la del movimiento gay¬ no puede marcar sus decisiones a la ciencia y en que, al haber consentido en ello la APA, tal comportamiento sólo ha servido para privar a los enfermos del tratamiento que necesitaban. Se piense lo que se piense al respecto ¬y la falta de unanimidad médica debería ser una buena razón para optar por la prudencia en cuanto a las opiniones tajantes¬ la verdad era que la decisión final que afirmaba que la homosexualidad no era un trastorno psicológico había estado más basada en la acción política que en una consideración científica de la evidencia. Por ello, ética y científicamente no se diferenciaba mucho de aberraciones históricas como el proceso de Galileo o las purgas realizadas por Lysenko.

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Libertad para la Caridad

Posted by El pescador en 1 julio 2007

Leo esta mañana que la ministra CCCP (Camarada Carmen Calvo Poyato) ha proclamado que “la principal libertad” de la persona es la sexual. Ya Pío Moa le ha dado una buena respuesta en su bitácora (recomiendo vivamente la lectura de esta entrada).

Precisamente, la 2ª lectura de este Domingo XIII ciclo C del Tiempo Ordinario ha sido sobre la libertad y la caridad: Gálatas 5,1.13-18.

El Papa ha hablado en el Ángelus de hoy de cómo la libertad encuentra su sentido en la caridad, pues la mayor libertad es la de Cristo, que por amor se entregó a la Cruz por la humanidad, que no lo merecía. Sigue diciendo que la libertad cristiana, por tanto, no es ni mucho menos albedrío; es seguimiento de Cristo en el don de sí hasta el sacrificio de la cruz.

Él lo hizo libremente, y así vemos que la libertad es real si nos lleva al amor, a la caridad por los otros; a nosotros nos invita San Pablo a usar la libertad que nos dejó Cristo para ser esclavos unos de otros por la caridad (cf. v. 13b). Así hizo también San Maximiliano Mª Kolbe, mártir de la Caridad, que murió de hambre en Auschwitz por salvar a otro prisionero, un sargento compatriota suyo padre de familia; San Maximiliano es un ejemplo de cómo usar nuestra libertad.

Precisamente San Pablo advierte a los cristianos gálatas que la libertad que nos da Cristo no debe ser un pretexto para el libertinaje (v. 13), justo lo contrario que proclamó CCCP, que ha reducido a la persona a la mera sexualidad, y la sexualidad al instinto: la libertad cristiana es para la Caridad, para el bien y la atea y materialista para el egoísmo, el libertinaje y el sufrimiento.

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