El testamento del pescador

Archive for the ‘Benedicto XVI’ Category

Donde está Pedro, allí está la Iglesia

Posted by El pescador en 29 junio 2013

Detrás estaba Pedro y lo seguía [a Jesucristo], siendo conducido por los judíos a casa de Caifás, el jefe de la sinagoga (Cf. Mateo 26,58). Es el mismo Pedro al cual dijo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mateo 16,18). Donde está Pedro, allí está la Iglesia, donde está la Iglesia, allí no hay ninguna muerte, sino vida eterna. Y por eso añadió: “Y las puertas del infierno no prevalecerán para ella, y te daré las llaves del reino de los cielos” (Mateo 16,18-19). Dichoso es Pedro, para el cual no prevaleció la puerta del infierno, no se cerró la puerta del cielo, sino al contrario destruyó las entradas del infierno, puso al descubierto las cosas celestiales. Así pues puesto en la tierra abrió el cielo, cerró los infiernos.
San Ambrosio de Milán, Explicación del Salmo 40,30.
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Adoración eucarística con el Papa Francisco

Posted by El pescador en 2 junio 2013

Pinchando aquí se accede a la traducción que he hecho de la adoración eucarística que esta tarde a las 5, hora de Roma, presidirá el Papa Francisco, para que así podamos estar realmente en conexión con su celebración. El libro original de la celebración se puede descargar aquí.

También os pongo este fragmento de la homilía de Benedicto XVI en la Misa del Corpus Christi (23-6-2011):

 San Agustín nos ayuda a comprender la dinámica de la comunión eucarística cuando hace referencia a una especie de visión que tuvo, en la cual Jesús le dijo: «Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí» (Confesiones VII, 10, 18). Por eso, mientras que el alimento corporal es asimilado por nuestro organismo y contribuye a su sustento, en el caso de la Eucaristía se trata de un Pan diferente: no somos nosotros quienes lo asimilamos, sino él nos asimila a sí, para llegar de este modo a ser como Jesucristo, miembros de su cuerpo, una cosa sola con él. Esta transformación es decisiva. Precisamente porque es Cristo quien, en la comunión eucarística, nos transforma en él; nuestra individualidad, en este encuentro, se abre, se libera de su egocentrismo y se inserta en la Persona de Jesús, que a su vez está inmersa en la comunión trinitaria. De este modo, la Eucaristía, mientras nos une a Cristo, nos abre también a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somos uno en él. La comunión eucarística me une a la persona que tengo a mi lado, y con la cual tal vez ni siquiera tengo una buena relación, y también a los hermanos lejanos, en todas las partes del mundo. De aquí, de la Eucaristía, deriva, por tanto, el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, come lo testimonian los grandes santos sociales, que han sido siempre grandes almas eucarísticas. Quien reconoce a Jesús en la Hostia santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es extranjero, que está desnudo, enfermo o en la cárcel; y está atento a cada persona, se compromete, de forma concreta, en favor de todos aquellos que padecen necesidad.

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La lección de la Capilla Sixtina

Posted by El pescador en 31 marzo 2013

Qué verán los cardenales electorales al entrar en el cónclave. De “L’Osservatore Romano” del 10 de marzode 2013. El autor es el director de los Museos Vaticanos

de Antonio Paolucci (original en italiano; traducción mía)

Cuando los cardenales electores entren en la Capilla Sixtina desde la Sala Regia su primera mirada (la colocación estratégica no es ciertamente casual) será para el cuadro al fresco con la “Entrega de las llaves” de Pietro Perugino, conclusión iconográfica de la serie cristológica que ocupa la pared derecha, después del “Discurso de la Montaña” y antes de “La última cena”.

En una plaza vasta y antigua como la majestad de Roma, amplificada por una perspectiva rasante que tiene su foco en el edificio en el punto central sobre el fondo, dos figuras monumentales están frente a frente. Una es Cristo que confía al Vicario las llaves del Reino, la otra es Pedro que de rodillas las recibe. Todo, en el episodio del “Tibi dabo claves”, es armonía, solemnidad, absorto silencio: el primado de Pedro es por tanto el de los Romanos Pontífices -la roca sobre la cual se sostiene la Iglesia universal- es representado con majestuosa simplicidad y sugestiva naturaleza.

Cuando sin embargo los cardenales electores alcen la mirada hacia el Juicio de Miguel Ángel verán representado un episodio que es la negación de aquello que he descrito antes. Verán a Pedro, un atlético, torvo y musculoso Pedro, devolver a Cristo Juez las llaves. Porque el tiempo ha acabado, la Historia no existe más. También la Iglesia ha agotado su misión. Quien mira el “Juicio” tiene la impresión de que no hay una pared sino que la mirada se abre hacia un espacio infinito hecho de aire gélido y azul. En esta dimensión irrealística, metafísica donde no existe ya el tiempo porque la historia ha acabado, sucede todo en su contexto: la resurrección de los cuerpos y el juicio, el infierno y el paraíso. “Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas (…) Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Ultimo, el Principio y el Fin” (Apocalipsis 21, 5; 22, 13).

El Juez de Miguel Ángel no se sienta sobre el trono, es imberbe, tiene el aspecto de un joven atleta glorioso y vigoroso, alza la mano derecha en el gesto de la “allocutio”. Miguel Ángel ha sabido representar con extraordinaria eficacia la angustia de la “parusía”. El tiempo ha acabado, la Iglesia no tiene ninguna tarea más, no hay espacio para la piedad, para la misericordia, para el perdón. Es una sensación terrible la que se experimenta delante del gran mural. Es la sensación que debe haber experimentado Paulo III Farnese cuando -cuenta las crónicas- se arrodilló confundido, con las lágrimas en los ojos, aquel día de octubre, vigilia de Todos los Santos del año 1541, cuando el Juicio Final fue descubierto.

Cerca de sesenta años dividen la “Entrega de las llaves” de Perugino (la Sixtina quattrocentesca fue inaugurada el 15 de agosto de 1483) del “Juicio” de Miguel Ángel. Entre estos dos extremos cronológicos y simbólicos se coloca la decoración pictórica de la Capilla “magna” de los Romanos Pontífices, dos mil metros cuadrados de frescos que narran la doctrina de la Iglesia y la Historia de la Salvación. Hay de todo en la Capilla Sixtina: el principio y el fin, el “fiat lux” y el Apocalipsis, el paraíso y el infierno, las historias de Moisés y las de Cristo, el primado del Papa de Roma, el tiempo “sub gratia” de la Iglesia que absorbe, transfigura y hace propio el tiempo “sub lege” del Antiguo Testamento.

La Capilla Sixtina es el arca de la nueva y definitiva alianza que Dios ha establecido con el pueblo cristiano. No es casualidad que el arquitecto Baccio Pontelli que trabajó entre 1477 y 1481 a las órdenes del Papa Sixto IV della Rovere modificando y alzando precedentes estructuras, quiso dar a la capilla las dimensiones del perdido Templo de Jerusalén como están indicadas en la Biblia (1 Reyes 6).

Quien entra en la Capilla Sixtina entra de hecho en una extraordinaria adivinanza teológico-escriturística pero entra también en el bosque de imágenes más fascinante que nunca haya aparecido bajo el cielo.

Si posan la mirada sobre los recuadros al fresco del ciclo quattrocentesco, los cardenales electores verán las correspondencias, las correspondencias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Para la doctrina y la teología católicas el Antiguo Testamento es profecía del Cristo que ha de venir, es anticipación y prefiguración del Evangelio. En ningún otro lugar este concepto que atraviesa y sostiene como un grandioso arquitrabe toda la historia del pensamiento cristiano aparece expresado con tanta persuasiva eficacia. Pietro Perugino ha pintado el “Bautismo de Cristo” sobre la pared derecha; enfrente está el “Viaje de Moisés a Egipto”, también del Perugino. Uno y otro episodio señalan el inicio de la historia de los dos legisladores, Moisés y Cristo.

Aún más, las “Tentaciones de Jesús” de Botticelli tienen de frente, por obra del mismo autor, las “Tentaciones de Moisés” que, atacado por la ira, se convierte en homicida. El “Paso del mar Rojo” de  Biagio d’Antonio es prefiguración de la “Llamada de los Apóstoles” sobre el lago de Tiberíades; una y otra son  historias de agua y de salvación.

Pero tanto para los cardenales electores como para los otros cinco millones de personas que cada año se detienen en la Capilla Sixtina -gente de toda cultura, de toda lengua, de toda religión o de ninguna religión- la atracción principal serán los frescos de Miguel Ángel. Su mirada se posará en la cúpula que Buonarroti pintó en cuatro años entre el 1508 y el 1512, prácticamente él solo en una especie de duelo, de cuerpo a cuerpo con los más de mil metros cuadrados de revestimiento de muro destinados a acoger más de trescientas figuras. Alguno de ustedes recordará que Benedicto XVI, con la atención al significado de los símbolos que es típica de los grandes intelectuales, el 31 de octubre pasado ha querido honrar, con la celebración de las vísperas solemnes de la vigilia de Todos los santos, el aniversario de la conclusión de los frescos de la cúpula. Lo ha hecho repitiendo el rito oficiado por su predecesor Julio II della Rovere el 31 de octubre de quinientos años antes.

Las miradas de los presentes volverán a posarse, una vez más, sobre los episodios del “Génesis” que Miguel Ángel pintó en la cúpula y aún dejan estupefacto ante la formidable capacidad del artista de reinventar radicalmente y genialmente iconografías consolidadas desde hace siglos.

El Padre eterno que divide la luz de las tinieblas es una figura acrobática que flota sobre la nada primigenia. Es el motor de la creación -por una parte la luz del día, por la otra la oscuridad de la noche-, es el fogonazo repentino por el cual todo tuvo comienzo. Así Miguel Ángel ha dado imagen a su idea del “Big bang”.

Desde siempre, también por los artistas más grandes, la creación del hombre era representada como   traducción figurativa más o menos literal del texto bíblico. Dios hace con una masa de tierra la imagen del hombre, le insufla el espíritu de vida y le da alma y destino inmortal. Miguel Ángel anula la iconografía tradicional y se inventa otra cosa nueva y tan sugestiva que cinco siglos después aún suscita emoción y estupor. No hay traza alguna de ingenua materialidad en la “Creación de Adán” de la Capilla Sixtina. El primer hombre está dejado caer sobre la tierra, viene de la tierra, está ya perfectamente formado, pero la chispa que sale del dedo índice de Dios tendido toca ligeramente el suyo, lo crea, se diría, como por transmisión de un fluido eléctrico.Dios llega en un remolino glorioso amplificado por la capa roja en el interior delc ual, como al reparo de una vela hinchada por el viento, se encuentran los ángeles de su cortejo, personificación de los poderes del Altísimo.

Alguno, con una hipótesis un poco fantasiosa e improbable, pero sugestivo, ha querido reconocer en el contorno de Dios Padre rodeado por los ángeles, la imagen de un cerebro humano. Casi que aquella escena fuese el manifiesto de un Miguel Ángel “creacionista”, precursor del “diseño inteligente”.

Será el “Juicio” no obstante el que atraiga más a menudo las miradas de los cardenales electores. Hay muchas cosas en el “Juicio”. Está la Iglesia triunfante dispuesta en un hemiciclo en torno al Juez celeste. Están los ángeles y los demonios que se disputan las almas de los resucitados, está el horno del Infierno que hierve y llamea desde las grietas de la tierra. Está el autoretrato anamórfico caricaturesco del pintor mismo, pegado a la piel arrancada que, símbolo de su martirio, exhibe san Bartolomé. Ydespués están los desnudos, esta representación no terminada de la belleza y de la gloria del cuerpo humano, que sin embargo puso en serio apuro, como sabemos, a los bienpensantes de la época.

Pero el verdadero fuego teológico de la composición, advertencia terrible tanto para los cardenales electores como para todo cristiano, está en la parte alta del fresco, allí donde un remolino de ángeles en vuelo lleva los instrumentos de la Pasión: la columna de la flagelaciónla cruz, la corona de espinasla esponja. Para todos y para cada uno aquellas serán las pruebas testimoniales en el tribunal del Juicio. Porque Cristo ha muerto por nosotros, seremos juzgados. Por nuestra fidelidad a la Cruz seremos salvados o condenados.

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> L’Osservatore Romano

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Cuando, en septiembre de 2011, supe de la dimisión…

Posted by El pescador en 14 febrero 2013

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

De “Libero”, 12 febrero 2013

Visita Facebook: “Antonio Socci pagina ufficiale”

La dimisión de Benedicto XVI no es sólo una una noticia explosiva, sino un acontecimiento histórico, sin precedentes modernos (se puede citar el caso de Celestino V, hace setencientos años, pero fue un asunto absolutamente distinto en un contexto diferente).
Lo que acontece ante nuestros ojos es un acontecimiento que, por su misma naturaleza planetaria y espiritual, hace palidecer todas las otras noticias de estos días y ciertamente no tiene relación con ellas (empezando por las elecciones italianas).
Ayer Ezio Mauro, en la reunión de redacción de “Repubblica” transmitida en el sitio web y que obviamente estuvo dedicada al pontífice, ha revelado que Benedicto XVI llegó a esta decisión “después de una larga reflexión. Esta mañana” ha añadido Mauro “nos han dicho que la decisión la tomó desde hace tiempo y en todo caso la ha guardado en secreto”.
En efecto la decisión vuelve a plantearse al menos en el verano de 2011 y no es una noticia secreta desde el 25 de septiembre de 2011, cuando, en este diario, yo la saqué a la luz, habiéndola sabido de diversas fuentes, todas creíbles e independientes una de la otra. En aquella ocasión escribí que la transimisón había sido pensada por Ratzinger para el cumplimiento de sus 85 años, o sea en la primavera de 2012.
Sin embargo dos meses después de mi artículo, en el otoño de 2011, comenzó a estallar el caso Vatileaks y fue pronto evidente que -hasta que no se cerrase aquel suceso- el Santo Padre no llevaría a cabo su decisión.
De hecho en el libro entrevista de hace unos años, “Luz del mundo”, con Peter Seewald, analizando el asunto de forma teórica, había explicado que cuando la Iglesia se encuentra en medio de una tempestad u Papa no puede dimitir.
Por esto el 11 de marzo de 2012, a un mes del 85º cumpleaños del Pontífice (que es el 16 de abril), yo escribí en esta columna: “es necesario decir que la tempestad que ha devastado estos meses la Curia vaticana, en particular la Secretaría de Estado, aleja las hipótesis de dimisión del Papa, el cual siempre ha precisado que hay que hay que excluirlas cuando la Iglesia están en grandes dificultades y por eso podrían parecer una huida de la responsabilidad”.
El desarrollo de los hechos sucesivos confirma esta reconstrucción. Porque al final la dimisión del Papa llega puntualmente un mes después del cierre definitivo del caso Vatileaks, con la gracia concedida al mayordomo Paolo Gabriele. Señal que tal dimisión efectivamente había sido ya decidida en el verano de 2011.
He aquí las razones aducidas ayer por el Papa: “he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Con su habitual claridad el Papa ha dicho la simple verdad y ha hecho la elección que considera mejor para el bien de la Iglesia, por cierto una muestra de humildad, que es un rasgo importante de su humanidad y de su fe. Todavía podemos y debemos observar que todos los Papas precedentes han envejecido y han permanecido en el cargo con fuerzas reducidas, gobernando a través de sus colaboradores.

Se puede por tanto suponer que Benedicto XVI no ha considerado hacer esta elección porque no considera que tiene colaboradores a la altura de tal tarea (con su dimisión todos los cargos de la Curia serán renovados).

Ciertamente se puede decir que Benedicto XVI ha sido un gran pontífice y que a su pontificado -al menos en parte- le ha puesto la zancadilla una Curia que no ha estado a la altura, pero también por la escasa respuesta al Papa de parte del episcopado. Joseph Ratzinger, que se confirma como un Papa extraordinario también con esta salida de escena, ha llevado la cruz del ministerio petrino ciertamente sufriendo mucho y dando todo de sí mismo (no le han faltado ni las incomprensiones ni la burla).
Ha sido una pena ver cómo su espléndido magisterio ha permanecido a menudo ignorado. Cuando publiqué mi exclusiva escribí que me alegraría de ser desmentido por los hechos y esperaba que nosotros los católicos rezásemos para que Dios nos conservase por mucho tiempo a este gran Papa.

Desgraciadamente muchos creyentes en lugar de escuchar esta llamada mía a la oración se lanzaron a atacarme, como si dar la noticia de que el Papa estaba pensando en la dimisión fuese un delito de lesa majestad. una reacción beata que señalaba un cierto difundido clericalismo. Benedicto XVI –con sua continua apología del a conciencia y de la razón- está entre los pocos con una mentalidad no clerical.

Baste recordar que no ha dudado en llamar por su nombre a todas las heridas de la Iglesia y en denunciarlas como nunca antes se había hecho. En su admirable libertad moral no dudó ni siquiera en desmentir a aquel estrecho colaborador suyo sobre el “secreto de Fátima”. Sucedió en 2010, cuando decidió una repentina peregrinación al santuario portugués de Fátima y allí declaró:

 
“Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada […] En la Sagrada Escritura se muestra a menudo que Dios se pone a buscar a los justos para salvar la ciudad de los hombres y lo mismo hace aquí, en Fátima […] Que estos siete años que nos separan del centenario de las Apariciones impulsen el anunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María para gloria de la Santísima Trinidad”.
Una expresión que ciertamente hace pensar (el centenario de las apariciones de Fátima es en 2017), también en referencia a los famosos “diez secretos” de Medjugorje.
De otra parte el mismo anuncio de la dimisión llegó en una fecha gloriosamente mariana, el 11 de febrero aniversario (y fiesta litúrgica) de las apariciones de la Virgen en Lourdes. Es fácil prever que ahora se lanzarán también teorías de la conspiración fantasiosas, se evocarán los dedos de Malaquías, la monja de Dresde y todo lo que se pueda imaginar.

Pero queda el hecho de que el Papa, con el peso histórico de la decisión que asumido, pone a toda la Iglesia ante la gravedad de los tiempos que vivimos. Gravedad que la Virgen ha subrayado dolorosamente en todas sus apariciones modernas, desde La Saleta a Lourdes, desde Fátima a Medjugorje (pasando por el misterioso y milagroso llanto de lágrimas de la Virgencita de Civitavecchia). Sólo hay que desear que no se refiera a nuestro amado Papa lo que se atribuyó a su predecesor Pío X, al que la Iglesia ha proclamado santo.

Es un episodio que desde hace algunos meses se ha difundido entre algunos ambientes católicos y también en la Curia. Resultaría que Pío X, en 1909, había tenido durante una audiencia una visión que lo descompuso: “¡Esto que he visto es terrible! ¿Seré yo o un sucesor mío? He visto al Papa huir del Vaticano caminando entre los cadáveres de sus sacerdotes. Se refugiará en cualquier parte, de incógnito, y después de una breve pausa morirá de muerte violenta”. Parece que aquella visión volvió en 1914, a punto de morir. Aún lúcido refirió de nuevo el contenido de aquella visión y comentó: “El respeto de Dios ha desaparecido de los corazones. Se busca cancelar incluso su recuerdo”.
Desde hace un tiempo circula esta “profecía” también porque se dice que Pío X habría declarado además que se trataba de “uno de mis sucesores con mi mismo nombre”. El nombre de Pío X era Giuseppe Sarto. Giuseppe por tanto Joseph. Deseo vivamente que no sea una profecía auténtica o que no se refiera a la actualidad.
Pero su difusión señala cómo el pontificado de Benedicto XVI -como el de su predecesor- ha sido rodeado de inquietudes. Es más él mismo lo inauguró pidiendo oraciones de los fieles para no huir ante los lobos. El Papa no ha huido.

Ha sufrido y ha desarrollado su misión hasta que ha podido y hoy pide a la Iglesia un sucesor que tenga las fuerzas para asumir este pesado ministerio. De otro lado es evidente a todos que desde hace trescientos años el papado se ha vuelto un lugar de martirio blanco, como en los primeros siglos exponía al seguro martirio de sangre. De hecho los tiempos modernos se abrieron con otro suceso místico sucedido al Papa León XIII, el Papa de la “cuestión social” y de la “Rerum novarum“. El 13 de octube de 1884 (el 13 de octubre por otro lado es el día del milagro del sol en Fátima) el pontífice tuvo una visión durante la celebración eucarística. Quedó impresionado y descompuesto. El pontífice explicó que tenía que ver con el futuro de la Iglesia. Reveló que Satanás en los cien años sucesivos habría reunido el culmen de su poder y que haría todo para destruir a la Iglesia.

Parece que había visto también la Basílica de San Pedro asaltada por los demonios que la hacían temblar.  El hecho es que el Papa León se recogió inmediatamente en oración y escribió aquella maravillosa oración a San Miguel Arcángel, vencedor de Satanás y protector de la Iglesia, que desde entonces fue recitada en todas las iglesias al final de cada Misa. Aquella oración fue abolida con la reforma litúrgica que siguió al  Concilio Vaticano II, la reforma litúrgica que Benedicto XVI ha buscado tanto rediseñar.

Nunca como hoy la Iglesia habrá necesitado aquella oración de protección a San Miguel Arcángel.

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Homilía del Papa en las vísperas por los 500 años de los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina

Posted by El pescador en 4 noviembre 2012

 
Venerados hermanos, queridos hermanos y hermanas:
En esta liturgia de las primeras Vísperas de la solemnidad de Todos los Santos conmemoramos el acto con el que, hace 500 años, el Papa Julio II inauguró el fresco de la bóveda de esta Capilla Sixtina. Agradezco al cardenal Bertello las palabras que me ha dirigido y saludo cordialmente a todos los presentes.
¿Por qué recordar tal acontecimiento histórico-artístico en una celebración litúrgica? Ante todo, porque la Sixtina es, por su misma naturaleza, un aula litúrgica, es la capilla magna del palacio apostólico vaticano. Además, porque las obras artísticas que la decoran, en particular los ciclos de frescos, encuentran en la liturgia, por decirlo así, su ambiente vital, el contexto en el que expresan mejor toda su belleza, toda la riqueza y la fuerza de su significado. Es como si toda esta sinfonía de figuras cobrara vida durante la acción litúrgica, ciertamente en sentido espiritual, pero, de manera inseparable, también estético, porque la percepción de la forma artística es un acto típicamente humano y, como tal, implica los sentidos y el espíritu. En pocas palabras: la Capilla Sixtina, contemplada en oración, es más bella todavía, más auténtica; se revela en toda su riqueza.
Aquí todo vive, todo resuena en el contacto con la Palabra de Dios. Hemos escuchado el pasaje de la Carta a los Hebreos: «Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad de Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva…» (12, 22-23). El autor se dirige a los cristianos y les explica que por ellos se han cumplido las promesas de la Antigua Alianza: una fiesta de comunión cuyo centro es Dios, y Jesús, el Cordero inmolado y resucitado (cf. vv. 23-24). Toda esta dinámica de promesa y cumplimiento la tenemos representada aquí, en los frescos de las paredes largas, obra de grandes pintores umbros y toscanos de la segunda mitad del siglo XV. Y cuando el texto bíblico prosigue diciendo que nos hemos acercado «a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección» (v. 23), nuestra mirada se eleva al Juicio final miguelangelesco, donde el fondo azul del cielo, evocado en el manto de la Virgen María, da luz de esperanza a toda la visión, bastante dramática: «Christe, redemptor omnium, / conserva tuos famulos, / beatae semper Virginis / placatus sanctis precibus», se canta en la primera estrofa del himno latino de estas Vísperas. Y es precisamente lo que vemos: Cristo redentor en el centro, coronado por sus santos, y junto a Él María, en acto de intercesión suplicante, como si quisiera mitigar el tremendo juicio.
Pero esta tarde nuestra atención se dirige principalmente al gran fresco de la bóveda, que Miguel Ángel, a petición de Julio II, realizó en aproximadamente cuatro años, de 1508 a 1512. El gran artista, ya célebre por obras maestras de escultura, afrontó la empresa de pintar más de mil metros cuadrados de estuco, y podemos imaginar que el efecto producido en quien por primera vez lo vio acabado debió ser en verdad impresionante. Desde este inmenso fresco se ha precipitado en la historia del arte italiano y europeo —diría Wölfflin en 1899 con una hermosa y ya célebre metáfora— algo parangonable a un «violento torrente montano portador de felicidad y, al mismo tiempo, de devastación»: ya nada fue como antes. Giorgio Vasari, en un famoso pasaje de las Vidas, escribe de modo muy eficaz: «Esta obra ha sido y es verdaderamente la lámpara de nuestro arte, que ha producido tanto beneficio y luz al arte de la pintura que ha bastado para iluminar el mundo».
Lámpara, luz, iluminar: tres palabras de Vasari que no habrán estado lejos del corazón de quien estaba presente en la celebración de las Vísperas de aquel 31 de octubre de 1512. Pero no sólo se trata de la luz que viene del uso inteligente del color rico en contrastes, o del movimiento que anima la obra de arte miguelangelesca, sino también de la idea que recorre la gran bóveda: es la luz de Dios la que ilumina estos frescos y toda la capilla papal. La luz que, con su fuerza, vence el caos y la oscuridad para dar vida: en la creación y en la redención. Y la Capilla Sixtina narra esta historia de luz, de liberación, de salvación, habla de la relación de Dios con la humanidad. Con la genial bóveda de Miguel Ángel, se impulsa la mirada a recorrer el mensaje de los profetas, al que se añaden las sibilas paganas en espera de Cristo, hasta el principio de todo: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1). Con una intensidad expresiva única, el gran artista diseña al Dios Creador, su acción, su fuerza, para decir con evidencia que el mundo no es el resultado de la oscuridad, de la casualidad, de lo absurdo, sino que deriva de una Inteligencia, de una Libertad, de un acto supremo de Amor. En ese encuentro entre el dedo de Dios y el dedo del hombre percibimos el contacto entre el cielo y la tierra; en Adán, Dios entra en una relación nueva con su creación, el hombre tiene un vínculo directo con Él, que lo llama, y es imagen y semejanza de Dios.
Veinte años después, en el Juicio universal, Miguel Ángel concluirá la gran parábola del camino de la humanidad, dirigiendo la mirada al cumplimiento de esta realidad del mundo y del hombre, al encuentro definitivo con Cristo juez de vivos y muertos. Rezar esta tarde en la Capilla Sixtina, envueltos por la historia del camino de Dios con el hombre, representada admirablemente en los frescos que están sobre nosotros y nos rodean, es una invitación a la alabanza, una invitación a elevar a Dios creador, redentor y juez de vivos y muertos, con todos los santos del cielo, las palabras del cántico del Apocalipsis: «¡Amén! ¡Aleluya!». (…) Alabad a nuestro Dios sus siervos todos, los que le teméis, pequeños y grandes. (…) Aleluya (…) Alegrémonos y gocemos y démosle gracias» (19, 4.5.7). Amén.

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La Virgen María, arca de la Nueva Alianza: las ferias privilegiadas de Adviento

Posted by El pescador en 25 diciembre 2011

Se llaman ferias privilegiadas de Adviento a las Misas de la última semana de dicho tiempo litúrgico, que este año 2011 ha coincidido casi perfectamente, pues el IV Domingo fue el día 18, día de Nuestra Señora de la Esperanza o de la Expectación, y las lecturas de este domingo último de Adviento fueron sobre la Virgen María como Arca de la Nueva Alianza por su maternidad divina.

El Evangelio de dicho domingo era el de la Encarnación y la primera lectura narraba la intención del rey David de construir un templo en Jerusalén para depositar el Arca de la Alianza, que desde el pacto en el Sinaí había acompañado al pueblo de Israel. Dicha arca de la Antigua Alianza (Éxodo 25,10-22; 37,1-9) era la presencia de Dios en medio del pueblo (“Encima del arca estaban los seres alados que significaban la presencia de Dios y que cubrían con sus alas la tapa del arca: Hebreos 9,5) y lo había acompañado especialmente en los momentos decisivos (Josué 3,14-17; 6,1-10; 1 Samuel 4-6) y fue depositada por Salomón en la dedicación del templo de Jerusalén; en dicha ocasión la gloria de Dios llenó el templo (1 Reyes 8,1-11; 2 Crónicas 5,2-14).

La distribución del espacio donde estaba el arca en el templo es descrito por el autor de la carta a los Hebreos (9,2-10), donde además explica que el arca estaba en el Lugar Santísimo (el sancta sanctorum: 9,3-4) no podía entrar más que el sumo sacerdote una vez al año (Hebreos 9,6-7). Esto indica que en esta primera alianza Dios era inaccesible en el sentido de que no era visible, no era accesible, aunque no era lejano ni distante porque intervenía desde la creación para salvar a su pueblo y comunicarse y revelarse al mundo. Pero contrasta cómo en la colocación del arca en el templo en tiempos de Salomón, la gloria del Señor en forma de nube inundó el templo y nadie podía ver nada.

En cambio, con la Encarnación del Hijo de Dios narrada por San Lucas, Dios se hace visible y más cercano aún, como decía anoche en su homilía Benedicto XVI “en el niño en el establo de Belén, se puede, por decirlo así, tocar a Dios y acariciarlo”. Y esto es posible gracias a que Dios quiso nacer de la Virgen María, quiso tomar carne para hacerse visible, para mostrar que su gloria consiste en que podamos verlo, no en un palacio entre gente poderosa, sino en un pesebre entre gente normal y sencilla.

Por eso la Virgen María es la protagonista del final del Adviento, y ha aparecido en las lecturas de la Misa de las ferias privilegiadas desde el pasado IV Domingo, porque ella es el Arca de la Nueva Alianza, gracias a ella Dios se ha hecho visible y palpable, Dios ha venido a vivir en medio de nosotros de manera definitiva y para siempre y no deja abandonado a su pueblo, como hizo durante el recorrido de Israel hasta la tierra prometida Dios habita en medio de su pueblo en la Eucaristía, prolongación de su Encarnación en la Virgen María.

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Las mentiras anticatólicas, a cuento de la metedura de pata de la foto de Ratzinger “nazi”

Posted by El pescador en 18 junio 2010

Andrea Tornielli

(original en italiano, traducción mía)

En su ensayo autodefinido “documentadísimo”, el periodista-escritor Eric Frattini habla de una imagen en la cual un joven Papa hace el saludo hitleriano con los hábitos puestos. Pero es falso: el otro brazo está “cortado”

Esa imagen un poco inquietante es exhibida en la red como la prueba de cargo: Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, no estuvo sólo inscrito a la fuerza en la Hitlerjugend, como él mismo ha contado en su autobiografía, sino que estaba tan convencido de la ideología hitleriana que hizo el saludo nazi incluso mientras vestía los ornamentos sacerdotales. La foto, recogida por muchos sitios de internet y metida en breves vídeos en Youtube, representa a un Ratzinger jovencísimo, delgado, con pelo negro, con la mirada seria y apenada, mientras viste la estola sacerdotal y no obstante alza convencido el brazo derecho con la mano extendida. Una de tantas meteduras de pata antiratzingerianas, como se encuentran a espuertas navegando por internet, pero que desde hace algunos días ha recibido su consagración escrita ni más ni menos que en un “ensayo documentadísimo y estremecedor” –como se lee en la contraportada- un libro-investigación escrito por Eric Frattini, “profesor universitario, periodista y escritor ecléctico, apasionado de la historia y de la política”, autor de una veintena de volúmenes, algunos de los cuales dirigidos contra el Vaticano. Su última criatura es I papi e il sesso [Los papas y el sexo] (ed. Ponte alle grazie).

No es éste el lugar para citar las innumerables perlas presentes en el texto, que denotan el  escaso conocimiento que el autor tiene de la materia tratada, y nos referimos –obviamente- a la historia de la Iglesia, no a la del sexo. Para atraer la atención, en la página 377, está la cita de la existencia de una foto “en la cual se ve al futuro Papa vestido de sacerdote mientras hace el saludo nazi”. Qué relación tiene el argumento nazi con el tema principal del libro –el sexo- no es conocido, aunque parece evidente que Frattini, no consiguiendo encontrar nada que pueda acercar al actual Pontífice a cualquiera de sus lejanos predecesores de costumbres no irreprensibles, haya querido presentarlo al menos como un nazi.

Frattini, siendo “profesor universitario” además de “apasionado de la historia”, como se lee en la autobiografía en el inicio del volumen, a la foto de Ratzinger que parece hacer “Heil Hitler!” ha querido dedicar también una nota a pie de página (número 28, pág. 426) que afirma: “El autor no ha conseguido remontarse a la persona que hizo esta segunda foto, en la cual Ratzinger está retratado vestido de sacerdote mientras hace el saludo nazi, ni verificar si se trata de un fotomontaje. La fotografía podría haber sido realizada entre 1944 y 1945, cuando el futuro Papa tenía diecisiete o dieciocho años”.

En efecto, en vez de buscar en los archivos al autor de la foto, habría bastado con navegar algunos minutos por internet, para darse cuenta de la metedura de pata, es más del corte táctico. Habría bastado una consulta a la enciclopedia, el sitio en internet de la Santa Sede o bien Wikipedia para descubrir que el actual Pontífice fue ordenado sacerdote en Freising el 29 de junio de 1951, por tanto seis años después del fin del Tercer Reich y de la guerra. Algunos “clic” más con el ratón, sin tener que consultar polvorientos archivos (basta escribir en un buscador las palabras clave “Ratzinger” y “1951”), le habría permitido descubrir que aquello foto fue hecha en los días inmediatamente posteriores a la ordenación sacerdotal, cuando Joseph Ratzinger, junto a su hermano mayor Georg, también ordenado sacerdote el mismo día, y a un sacerdote nuevo originario del pueblo, Rupert Berger, celebraron su primera Misa en Traunstein, en la parroquia de San Osvaldo. La presunta foto nazi es en realidad un tarot: en el original –localizable fácilmente en internet- se ve muy a Ratzinger, junto al hermano que impone ambas manos para bendecir a los fieles. Por tanto no hacía ningún saludo romano o nazi, por otra parte fuera de tiempo, sino que simplemente bendecía. Obviamente revestido de la estola sacerdotal. No hay que suscribir al menos en parte la presentación quizá un tanto triunfal que el editor ha puesto en la contraportada: el volumen de Frattini no es “documentadísimo” sino  ni siquiera documentado. Permance, en cambio, inequívocamente “estremecedor”. Sí, que continúa dando crédito a ciertas meteduras de pata anticatólicas.

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Audiencia general del 23 de diciembre: La Navidad

Posted by El pescador en 24 diciembre 2009

(original en italiano; traducción mía)

BENEDICTO XVI

Audiencia general

Aula Pablo VI

Miércoles 23 de diciembre de 2009

Queridos hermanos y hermanas,

Con la Novena de Navidad, que estamos celebrando en estos días, la Iglesia nos invita a vivir de modo intenso y profundo la preparación al Nacimiento del Salvador, casi inminente […]

Para comprender mejor el significado de la Natividad del Señor quisiera hacer una breve mención de los orígenes históricos de esta solemnidad. De hecho, el Año litúrgico de la Iglesia no se desarolló inicialmente partiendo del nacimiento de  Cristo, sino de la fe en su resurrección. Por eso la fiesta más antigua de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua; la resurrección de Cristo funda la fe cristiana, está en la base del anuncio del Evangelio y hace nacer la Iglesia. Por tanto ser cristianos significa vivir de manera pascual, haciéndonos envolver en el dinamismo que es originado por el Bautismo y que lleva a morir al pecado para vivir con Dios (cfr. Ro 6,4).

El primero en afirmar con claridad que Jesús nace el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario al Libro del profeta Daniel, escrito hacia el año 204. Algún exegeta nota, después, que en aquel día se celebraba la fiesta de la Dedicación del Templo de Jerusalén, instituida por Judas Macabeo en el 164 a.C. La coincidencia de fechas vendría entonces a significar que con Jesús, aparecido como luz de Dios en la noche, se realiza verdaderamente la dedicación del templo, el Adviento de Dios sobre esta tierra.

En la cristiandad la fiesta de la Navidad tomó una forma definitiva en el siglo IV, cuando ocupó el lugar de la fiesta romana del “Sol invictus”, el sol invicto; se pone así en evidencia que el nacimiento de Cristo es la victoria de la luz sobre las tinieblas del mal y del pecado. Sin embargo, la particular e intensa atmósfera espiritual que rodea a la Navidad se desarrolló en la Edad Media, graicas a san Francisco de Asís, que estaba profundamente enamorado del hombre Jesús, del Dios-con-nosotros. Su primer biógrafo, Tommaso da Celano, en la Vita segunda cuenta que san Francisco “Por encima de todas las otras solemnidades celebraba con inefable premura la Natividad del Niño Jesús, y llamaba fiesta de las fiesta el día en el que Dios, hecho pequeño infante, había mamado de  un seno humano” (Fonti Francescane, n. 199, p. 492). De esta particular devoción al misterio de la Encarnación tuvo origen la famosa celebración de la Navidad en Greccio. Le fue inspirada probablemente a san Francisco por su peregrinación a Tierra Santa y por el belén de Santa María la Mayor en Roma. Lo que animaba al Pobrecillo de Asís era el deseo de experimentar de manera concreta, viva y actual la humilde grandeza del acontecimiento del nacimiento del Niño Jesús y de comunicar la alegría a todos.

En la primera biografía, Tomás de Celano habla de la noche del pesebre de Greccio de un modo vivo y llamativo, ofreciendo una aportación decisiva a la difusión de la tradición navideña más bella, la del belén. La noche de Greccio, de hecho, ha vuelto a dar a la cristiandad la intensidad y la belleza de la fiest de Navidad, y ha educado al Pueblo de Dios a acoger el mensaje más auténtico, el particular calor, y a amar y a adorar la humanidad de Cristo. Tal aproximación particular a la Navidad ha ofrecido a la fe cristiana una nueva dimensión. La Pascua había concentrado la atención en el poder de Dios que vence a la muerte, inaugura la vida nueva y enseña a esperar en el mundo que vendrá. Con san Francisco y su belén se ponían en evidencia el amor inerme de Dios, su humildadd y su benignidad, que en la Encarnación del Verbo se manifiesta a los hombres parar enseñar un nuevo modo de  vivir y de amar.

El Celano cuenta que, en aquella noche de Navidad, fue concedida a Francisco la gracia de una visión maravillosa. Vio yacer inmóvil en el pesebre un niño pequeño, que se despertó del sueño justo con la llegada de Francisco. Y añade: “Ni esta visión discrepaba de los hechos, porque, por obra de la gracia que actuaba por medio de su santo siervo Francisco, el niñito Jesús resucitó en el corazón de muchos, que lo habían olvidado, y fue impreso profundamente en su memoria amorosa” (Vita prima, op. cit., n. 86, p. 307). Este cuadro describe con mucha precisión cuánto han transmitido a la fiesta cristiana de la Navidad la fe viva y el amor de Francisco por la humanidad de Cristo: el descubrimiento de que Dios se revela en los tiernos miembros del Niño Jesús. Gracias a san Francisco, el pueblo cristiano ha podido percibir que en Navidad Dios de verdad se ha convertio en el “Enmanuel”, el Dios-con-nosotros, del cual no nos separa ninguna barrera ni ningua lejanía. En aquel Niño, Dios se ha hecho tan próximo a cada uno de nosotros, tan cercano, que podemos tratarlo de tú y tratar con él en una relación confidencial de profundo afecto, así como hacemos con un recién nacido.

En aquel Niño, de hecho, se manifiesta Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza, porque no intenta conquistar, por así decir, desde el exterior, sino que intenta más bien ser escuchado por el hombre en la libertad; Dios se hace Niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el vivo deseo de posesión del hombre. En Jesús Dios ha asumido esta condición pobre y desarmante para vencernos con el amor y conducirnos a nuestra verdadera identidad. No debemos olvidar que el título más grande de Jesucristo es justamente aquello de “Hijo”, Hijo de Dios; la dignidad divina viene indicada con un término que prolonga la referencia a la humilde condición del pesebre de Belén, en orden a corresponder de manera única a su divinidad, que es la divinidad del “Hijo”.

Su condición de Niño nos indica, además, cómo podemos encontrar a Dios y gozar de su presnecia. A la luz de la Navidad podemos comprender las palabras de Jesús: “Si no os convertís y no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). Quien no ha comprendido el misterio de la Navidad, no ha entendido el elemento decisivo de la existencia cristiana. Quien no acoge a Jesús con corazón de niño no puede entrar en el reino de los cielos: esto es cuanto Francisco ha querido recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos, hasta hoy. Rogamos al Padre para que conceda a nuestro corazón aquella simplicidad que reconoce en el Niño al Señor, justo como hace Francisco en Greccio. Entonces podría sucedernos a nosotros cuanto Tomás de Celano –refiriéndose a la experiencia de los pastores de la Noche Santa (cfr. Lc 2,20)- cuenta a propósito de cuantos estuvieron presentes en el evento de Greccio: “cada uno volvió a casa lleno de inefable alegría” (Vita prima, op. cit., n. 86, p. 479).

Este es el deseo que formulo con afecto a todos vosotros, a vuestras familias y a vuestros seres queridos. ¡Feliz Navidad a todos vosotros!

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Discurso del Papa a los peregrinos que han traído el árbol de Navidad

Posted by El pescador en 18 diciembre 2009

albero3 Presento aquí mi traducción al español a partir de la traducción italiana del discurso del Papa Benedicto XVI, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, a los participantes en la peregrinación belga para regalar el árbol de Navidad, que este año ha ofrecido la región belga de Valonia.

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Queridos hermanos y hermanas:

[Saludos]

En el bosque, los árboles están unos junto a otros y cada uno de ellos contribuye a hacer del bosque un lugar sombrío, a veces oscuro. He aquí que, elegido entre una multitud, el abeto majestuoso que me ofrecéis hoy está iluminado y recubierto de decoraciones centelleantes que son como otros tantos frutos maravillosos.

Dejando su hábitat oscuro por un esplendor centelleante, se transfigura y se convierte en portador de una luz que no es la suya, pero que da testimonio de la verdadera Luz que viene a este mundo.

El destino de este árbol es parangonable al de los pastores: mientras velaban en las tinieblas de la noche, fueron iluminados por el mensaje de los ángeles. La suerte de este árbol es también parangonable a la nuestra, nosotros que somos llamados a producir buenos furtos para mostrar que el mundo ha sido visitado verdaderamente y rescatado por el Señor. Puesto junto al pesebre, este abeto muestra, a su manera, la presencia del gran misterio en el lugar simple y pobre de Belén. A los habitantes de Roma, a todos los peregrinos, a todos aquellos que visitarán la Plaza de San Pedro a través de las imágenes de las televisiones de todo el mundo, él proclama la venida del Hijo de Dios. Por medio de él, el suelo de vuestra tierra y la fe las comunidades cristianas de vuestra región saludan al Niño Jesús, Él que ha venido para hacer nuevas todas las cosas y para invitar a todas las criaturas, desde las más humildes a las más elevadas, a entrar en el misterio de la Redención y a estar asociadas a Él.

Rezo a fin de que las poblaciones de  vuestra región permanezcan fieles a la luz de la fe. Llevada hace tanto tiempo por hombres que se aventuraron en los valles y en los bosques de las Ardenas, la luz del Evangelio partió después desde vuestro país, llevada por numerosos misioneros que dejaron la propia tierra natal para conducirla a veces hasta los confines del mundo. Pueda la Iglesia que está en Bélgica, y en particular en la diócesis de Lieja, ser aún por mucho tiempo una tierra en la cual germine con generosidad la semilla del Reino que Cristo ha venido a sembrar en la tierra.

[Despedida y bendición

Estemos contentos por el hecho de que un árbol belga aquí en San Pedro ilumine el mundo. Os deseo a todos que la luz de este árbol lleve alegría a vuestro corazón y que podáis celebrar la Navidad con mayor alegría interior. Dios os bendiga a todos! ¡Feliz Navidad y Buen año nuevo!

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Árbol de Navidad desde el paganismo

Posted by El pescador en 18 diciembre 2009

NAVIDAD: EL PAPA ENGLOBA EL ABETO EN LA TRADICIÓN CATÓLICA

Giacomo Galeazzi

(Original en italiano; traducción mía)

El árbol de Navidad es un símbolo del catolicismo, incluso es el paradigma de la vida del hombre que, iluminado por la fe, lleva tantísimos dones al mundo: lo ha ratificado hoy Benedicto XVI, explicando que “el abeto puesto junto al pesebre muestra a su manera la presencia del gran misterio en el lugar simple y pobre de Belén”. Considerado una tradición pagana y luterana, durante siglos el abeto navideño ha estado alejado del Estado del Vaticano, donde era posible admirar sólo el catolicísimo pesebre; ahora en cambio resplandece al lado del obelisco. “En el bosque, los árboles están unos junto a otros y cada uno de ellos contribuye a hacer del bosque un lugar con sombra, a veces oscura. El abeto, elegido entre una multitud y recubierto de de decoraciones centelleantes … dejando su vestido oscuro se convierte en portador de una voz que no es la suya sino que da testimonio de la verdadera Luz que viene a este mundo”, ha dice esta mañana el papa Ratzinger frente a una delegación de Valonia –una de las regiones más verdes de Bélgica y de toda Europa- que ha donado a la Santa Sede el árbol de la plaza de San Pedro. Algunas horas después, al anochecer, el papa ha encendido con un interruptor desde su apartamento el picea abies que mide casi 30 metros y tiene un diámetro de 7 llevado hasta aquí desde el bosque de las Ardenas y destinado de todas formas a ser abatido para entresacar, o sea para permitir la superviviencia de las plantas vecinas. Una elección respetuosa de la naturaleza, en línea con la sensibilidad ecológica de Benedicto XVI, pero también de una tradición antigua descubierta por su predecesor Juan Pablo II, muy ligado al árbol de Navidad, querido en su país. Juan Pablo II afirmaba que “el árbol siempre verde exalta el valor de la vida, porque en la estación invernal se convierte en signo de la vida que no muere”. A diferencia del pesebre, inventado según la tradición por uno de los santos más amados por los católicos, San Francisco de Asís, el árbol tiene de hecho orígenes paganos: los árboles siempre verdes eran considerados símbolos de la vida eterna, e incluso dotados de un valor mágico, por los antiguos egipcios como por los chinos. En el Medievo eran colocado en el interior o a la entrada de las casas europeas parar dar la bienvenida a la bella estación. Más tarde, el abeto decorado entró como símbolo religioso en las casas europeas: una leyenda pretende que fue el padre del protestantismo, Martín Lutero, el que inició en torno al 1500 la tradición del árbol de Navidad: la Nochebuena estaba caminando entre árboles cubiertos de nieve, cuando una ramita verde le cayó le cayó encima, centelleando entre los rayos de luna. Vuelto a casa, Lutero tuvo la idea de celebrar el nacimiento de Jesús iluminando un pequeño abeto con algunas velas.

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