El testamento del pescador

Archive for the ‘Teología’ Category

Lo que dijo Benedicto XVI sobre el infierno

Posted by El pescador en 13 febrero 2008

La semana pasada hubo un gran revuelo por las palabras de Benedicto XVI sobre el infierno durante el encuentro con los párrocos y el clero de la ciudad de Roma, el día 7.

Aquí ofrezco mi traducción de la pregunta y la respuesta en cuestión (original en italiano; traducción mía):(Don Pietro Riggi, salesiano del Barrio de los Muchachos Don Bosco)Santo Padre, trabajo en un oratorio y en un centro de acogida para menores en riesgo. Le quiero preguntar: el 25 de marzo de 2007 Usted hizo un discurso espontáneo, lamentándose cómo hoy se habla poco de los Novísimos. En efecto, en los catecismos de la Cei [Conferencia episcopal italiana] usados para la enseñanza de nuestra fe a los muchachos de confesión, comunión y confirmación, me parece que han sido omitidas algunas verdades de fe. No se habla nunca del infierno ni del purgatorio, una sola vez del paraíso, una sola vez del pecado, únicamente del pecado original. Al faltar estas partes esenciales del credo, ¿no le parece que se derrumba el sistema lógica que lleva a ver la redención de Cristo? Al faltar el pecado, al no hablar del infierno, también la redención de Cristo llega a ser disminuída. ¿No le parece que se ha favorecido la pérdida del sentido del pecado y por tanto del sacramento de la reconciliación y la misma figura salvífica, sacramental del sacerdote que tiene el poder de absolver y de celebrar en nombre de Cristo? Hoy por desgracia también nosotros los sacerdotes, cuando en el Evangelio se habla de infierno, regateamos el Evangelio mismo. No se habla de ello. O no sabemos hablar de paraíso. No sabemos hablar de vida eterna. Corremos el riesgo de dar a la fe una dimensión sólo horizontal o bien demasiado distante, la horizontal de la vertical. Y esto por desgracia en la catequesis a los muchachos, si no en la iniciativa de los párrocos, en la estructura maestra, viene a faltar. Si no me equivoco, este año se celebra también el vigésimo quinto aniversario de la consagración de Rusia al Corazón inmaculado de María. Para la ocasión ¿no se puede pensar en renovar solemnemente esta consagración al mundo entero? Ha caído el muro de Berlín, pero hay tantos muros de pecado que deben caer todavía: el odio, la explotación, el capitalismo salvaje. Muros que deben caer y aún esperamos que triunfe el Corazón inmaculado de María para poder realizar también esta dimensión. Quiero también notar cómo la Virgen no ha tenido miedo de hablar del infierno y del paraíso a los niños de Fátima, que, viene al caso, tenían la edad de los niños del catecismo: siete, nueve y doce años. Y nosotros en cambio omitimos esto. ¿Puede decir algo más sobre esto?

Usted ha hablado justamente sobre temas fundamentales de la fe, que desgraciadamente aparecen raramente en nuestra predicación. En la Encíclica Spe salvi he querido justamente hablar también del juicio último, del juicio en general, y en este contexto también sobre purgatorio, infierno y paraíso. Pienso que nosotros todos estamos aún siempre golpedos por las objeciones de los marxistas, según los cuales los cristianos han hablado sólo del más allá y han descuidado la tierra. Así queremos demostrar que realmente nos empeñamos por la tierra y o somos personas que hablan de realidades lejanas, que no ayudan la tierra. Ahora, aunque sea justo mostrar que los cristianos trabajan por la tierra —y nosotros todos estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una ciudad para Dios y de Dios— no debemos olvidar la otra dimensión. Sin tenerlo en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido uno de los objetivos fundamentales para mí al escribir la Encíclica. Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida, no se conoce la posibilidad y la necesidad de la purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra porque pierde al final los criterios, no conoce más a sí mismo, al no conocer a Dios, y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han prometido: nosotros tomaremos en la mano las cosas, no descuidaremos más la tierra, crearemos el mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio, han destruído el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el comunismo, que prometieron construir el mundo tal como habría debido ser y, en lugar de eso, destruyeron el mundo.

En las visitas ad limina de los Obispos de países ex comunistas, veo siempre de nuevo como en aquellas tierras han quedado destruídos no sólo el planeta, la ecología, sino sobre todo y más gravemente las almas. Volver a encontrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es la primera labor de reedificación de la tierra. Esta es la experiencia común de esos países. La reedificación de la tierra, respetando el grito de sufrimiento este planeta, se puede realiar sólo volviendo a encontrar en el alma a Dios, con los ojos abiertos hacia Dios.

Por eso Usted tiene razón: debemos hablar de todo esto justamente por responsabilidad hacia la tierra, hacia los hombres que hoy viven. Debemos hablar también y justo del pecado como posibilidad de destruirse a sí mismo y así también a otras partes de la tierra. En la Encíclica he tratado de demostrar que precisamente el juicio último de Dios garantiza la justicia. Todos queremos un mundo justo. Pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasasdo, todas las personas injustamente atormentadas y matadas. Sólo Dios mismo puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos. Y como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurección de la carne, en la cual no todos serán iguales. Hoy se ha acostumbrado a pensar: qué es el pecado, Dios es grande, nos conoce, por tanto el pecado no cuenta, al final Dios será bueno con todos. Es una bella esperanza. Pero existe la justicia y existe la verdadera culpa. Con aquellos que han destruído al hombre y la tierra no pueden sentarse inmediatamente a la mesa de Dios junto con sus víctimas. Dios crea justicia. Debemos tenerlo presente. Por eso me parecía importante escribir este texto sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan evidente y tan necesaria y consoladora que no puede faltar. He tratado de decir: quizá no son tantos aquellos que se han destruído así, que son insanables para siempre, que no tienen más algún elemento más sobre el cual pueda sostenerse el amor de Dios, no tienen más en sí mismos una mínima capacidad de amar. Esto sería el infierno. Por otra parte, son ciertamente pocos —o de todas formas no demasiados— aquellos que son tan puros que puedan entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros confían que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y de servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay tantas y tantas heridas, tanta porquería. Tenemos necesidad de ser preparados, de ser purificados. Esta es nuestra esperanza: incluso con tantas porquerías en nuestra alma, al final el Señor nos da la posibilidad, nos lava finalmente con su bondad que viene de su cruz. Nos hace así capaces de ser eternamete para Él. Y así el paraíso es la esperanza, es la justicia finalmente realizada. Y nos da también los criterios para vivir, para que este tiempo sea de alguna manera un paraíso, sea una primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos criterios, aparece un poco de paraíso en el mundo, y esto es visible. Me parece también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir el camino de los mandamientos, de los cuales debemos hablar más. Estos son realmente indicadores de camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo elegir la vida. Por eso debemos también hablar del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería volver a comenzar, que debería ser purificado. Y esta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor: hay una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza con nosotros de nuevo y nosotros podemos volver a comenzar así también con los otros en nuestra vida.

Este aspecto de la renovación, de la restitución de nuestro ser después de tantas cosas equivocadas, después de tantos pecados, es la gran promesa, el gran don que la Iglesia ofrece. Y que, por ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La psicoterapia hoy está tan difundida y es tan necesaria frente a tantas psiques destruídas o gravemente heridas. Pero la posibilidad de la psicoterapia son muy limitadas: puede buscar sólo un poco de volver a equilibrar un alma desequilibrada. Pero no puede dar una verdadera renovación, una superación de estas graves enfermedades del alma. Y por eso permanece siempre provisional y nunca definitiva. El sacramento de la penitencia nos da la ocasión de renovarnos hasta el fondo con la potencia de Dios —ego te absolvo— que es posible porque Cristo ha tomado sobre sí estos pecados, estas culpas. Me parece que esta es justamente hoy una gran necesidad. Podemos volver a ser sanados. Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, tienen necesidad no sólo de consejos sino de una verdadera renovación, que puede venir sólo del poder de Dios, del poder del Amor crucificado. Me parece esto el gran nexo de los misterios que al final inciden realmente en nuestra vida. Debemos nosotros mismos volver a meditarlos y hacerlos llegar así de nuevo a nuestra gente.

Posted in Benedicto XVI, Fátima, Magisterio, Spe salvi, Teología, Virgen María | 11 Comments »

El bautismo: el sentido de las cinco etapas simbólicas (II)

Posted by El pescador en 11 septiembre 2007

(Viene de la entrada anterior)

(original en francés; traducción mía)

Bautismo del niño
El celebrante os pregunta, una nueva vez, si deseáis el bautismo de vuestro hijo. Después de vuestra aquiescencia vierte, por tres veces, el agua sobre la frente del niño. Pronuncia la fórmula milenaria: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Cantando el Aleluya, dejáis explotar vuestra alegría, la alegría del Resucitado.

El santo crisma
El celebrante expande este aceite perfumado. San Pablo explica que los cristianos deben respirar el “buen olor de Cristo”. El nombre de Cristo viene de la misma palabra que santo crisma. Cristo ha recibido la unción de Dios, Él es el Mesías, el “salvador” esperado.

El vestido blanco
Podéis revestir entonces a vuestro hijo con un vestido blanco o una capa blanca. La blancura traduce la vida nueva de Cristo transfigurado, de Jesús Resucitado…

La vela
La luz, encendida en el cirio pascual es entregada al padre o al padrino. La vela indica que vuestro hijo deberá crecer a la luz de esta vida nueva. Por este bello resplandor vuestro hijo, desde ahora, es iluminado.

Envío de la asamblea y firma de los registros
Podéis confiar vuestro hijo a a María, madre de Jesús, cantando un Ave María u otro canto a la Virgen. Después, firmar los registros con el padrino y la madrina. Desde ahora en la vida de todos los días tendrán que dar testimonio su alegría de creer junto al nuevo bautizado.

Posted in Teología | 5 Comments »

El desarrollo de un bautismo (I)

Posted by El pescador en 10 septiembre 2007

Benoît Vandeputte (Panorama)

(original en francés; traducción mía)

La acogida

Es entrar en la casa de Dios, unirse con la multitud de los cristianos, vosotros lo deseáis para vuestro hijo. “¿Qué nombre habéis elegido para vuestro hijo?” y “¿Qué pedís para él?”. El celebrante os pone estas dos preguntas. Por vuestras respuestas, vosotros expresáis públicamente el compromiso que tomáis con vuestro hijo.

El signo de la cruz

El celebrante traza el signo de la cruz sobre la cabeza de vuestro hijo. Es el signo de Cristo por excelencia. Vosotros lo hacéis también, así como el padrino y la madrina. Es el primer signo significativo del bautismo.

Liturgia de la Palabra

No hay celebración sin la escucha de la Palabra de Dios. La elección de un evangelio es indispensable. Es el que informa de las palabras y los gestos de Cristo. El celebrante hace seguidamente un comentario sobre el sentido del bautismo.

La imposición de las manos

El celebrante, con una imposición de las manos o una unción de aceite, ora a fin de dar la fuerza de Dios al niño. La ayuda de Dios lo acompañará siempre.

Bendición e invocación sobre el agua

Os aproximáis a la pila bautismal donde vuestro hijo va a ser bautizado. El celebrante bendice el agua que simboliza las fuerzas del mal (la mar desencadenada, las aguas del diluvio) pero que reenvía también a la victoria de Cristo sobre la muerte. El agua evoca generalmente la promesa de Jesús de dar un “agua viva” que sacie para siempre la sed del hombre.

(Continuará en la siguiente entrada)

Posted in Teología | Leave a Comment »

El matrimonio: una historia de alianza

Posted by El pescador en 16 julio 2007

Lo que la Biblia y la Iglesia nos dicen del matrimonio y de la familia: por Michel Kubler, redactor jefe de Religión de La Croix.

«Al principio, creó Dios…» Matrimonio y familia en el Antiguo Testamento

Creó, dice el Génesis, «al hombre a su imagen: hombre y mujero los creó» (Gn 1, 27). El parecido en cuestión -entre Dios y la humanidad- no es evidentemente el de una identidad sexual, sino el de una vocación para amar: como lo dijo Juan Pablo II en el texto de referencia del magisterio católico para el asunto que nos ocupa, «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor» (Familiaris consortio, 1981, n. 11).

Eso quiere decir, entre otras cosas, que una lectura cristiana del Génesis ve inmediatamente en la familia una proyección de la Trinidad: Dios es, en sí mismo, una célula de amor (Padre-Hijo-Espíritu), es eso mismo lo que lo define, y es esta definición lo que le ha empujado, como una necesidad interior, al acto creador. Su criatura no tiene pues otra vocación que amar, como ella es amada. El hombre y la mujer existen para amar, para amarse, en la totalidad de lo que les hace ser: cuerpo (de ahí la importancia positiva de la sexualidad, traduciendo en la carne la unidad de aquellos dos seres llamados a amarse) y alma (dimensión espiritual, que no se debe eliminar nunca, so pena de reducir la conyugaliad a la genitalidad). Esta relación de amor está, de entrada, marcada por el pecado («la fruta prohibida»), ¡pero que la Biblia no confunde en ninguna parte con la sexualidad! [N. del T. Esto quiere decir que después de desobedecer a Dios y comer del fruto prohibido se rompe la armonía del matrimonio de Adán y Eva pues él se excusa diciendo que “la mujer que me diste por compañera me dio de comer”].

Y este amor está llamado a desplegarse, según dos modalidades posibles: el matrimonio (en el cual desembocan en seguida los dos relatos de la creación en el Génesis) o la virginidad.

Los rostros de la familia a lo largo del Antiguo Testamento son múltiples y variados, pero siempre presentes en los grandes momentos, cuando se representa alguna cosa importante de la «historia santa», de la aventura de la humanidad en su vocación de llegar a ser pueblo de Dios.

Esto comienza con la aventura de los patriarcas, que se apoya sobre un vínculo familiar roto para ser desmultiplicado («Sal de la casa de tu padre», «Yo te daré una descendencia tan numerosa como las estrella del cielo…» Gn 12), al señalar que la sexualidad es desacralizada, en una época que veía por el contrario en el amor un vínculo de experienco de lo divino (¡el «éros» del que habla Benedicto XVI en Deus caritas est!), percibida como reveladora del orden de lo creado y por tanto buena como tal.

Sobre ese noble fondo, encontramos en la Biblia toda la gama de los más bellos éxitos y de las peores traiciones del ideal conyugal y familiar, desde Adán y Eva al Cantar de los cantares, pasando por los más prosacios (matrimonios acordados, incestos para asegurar el linaje, adulterios…).

Señalaresmos que la formación de la Ley (la Torah), dada por Dios a Moisés y después codificiada por los legisladores (cf. Deuteronomio), apunta siempre a proteger los vínculos conyugales y familaires, sobre el fondo del bien común (leyes del repudio y del divoricio, derecho de primogenitura, etc.), encontrándose lo esencial en tres de los diez mandamientos: «Honrarás a tu padre y a tu madre», «No cometerás adulterio», «No codiciarás a la esposa de tu prójimo» (Deuteronomio 5,16.18.21).

«¡Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre!» Pareja y familia en el Nuevo Testamento

Si pasamos del Antiguo al Nuevo Testamento, caemos inmediatamente, por supuesto, sobre el modelo de la «Sagrada Familia», en el seno de la cual Jésus creció […] Notemos soslamente la importancia concedida por los «evangelios de la infancia» a la genealogía de Jesús: se trata de inscribir al Hijo de Dios en la historia d elos hombres, y esto por el canal de la filiación.

Mucho más esencial es la enseñanza de Jesús. Su mensaje en palabras, pero sobre todo en hechos, se apoya a menudo en las realidades conyugales y familiares.

– Confirma la Torah en cuanto a las reglas matrimoniales («¡Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre!» Mt 19, 6), pero al mismo tiempo toma distnacias en relación a lo que la Ley de Moisés podía tener de puntillosa, o sea de casuística (repudio, adulterio, levirato…)

– Jesús relativiza las instituciones humanas en relación con lo esnecial: la llegada del Reino de Dios, en nombre del cual el hombre debe ser capaz de abandonar todo («padre, madre y hermanos») para tomar su cruz y seguir a Cristo.

– Sobre todo, una vez puestos los principios, Jesús muestra la más grande miserciordia hcia las personas que viven en la infidelidad (la pecadora arrepentida Lc 7,37 ; la samaritana en situación matrimonial anormal Jn 4,18; la mujer adúltera Jn 8,3, y también las parábolas del padre y sus dos hijos, particularemtne la del «hijo pródigo»): Jesús los acoge siempre, no para avalar sus costumbres, sino para invitarlos a la conversión y anunciarles un perdón.

Estos dos enfoques, perdón de parte de Dios y conversión de parte del hombre, quieren subrayar la altura del ideal de amor conyugal y familiar que no ha sido mantenido, pero también la capacidad que tiene cada persona, en todo momento de su existencia, de descubrir sobre él la mirada amorosa de Dios, que no cesa de repetir a cada ser humano cuánto vale a sus ojos, y que le hace confianza para volver sintiéndose digno de ser amado y capaz de amar.

Pareja y familia para la Iglesia (católica)

La Biblia inscribe siempre el amor humano, cuando es puesto por obra positivamente (y no por renuncia), en el cuadro del matrimonio.

Esta afirmación se declina en numerosos niveles:

– la constitución de una pareja (heterosexual, por referirnos a la diferencia origianal y por tanto estructurante), fundada sobre cuatro pilares: libertad, fidelidad, duración (indisolubilidad) y fecundidad;

– la apertura de esa pareja al don de la vida: al tener hijos (siempre el Génesis: «Creced y multiplicaos… »), por los medios que la naturaleza (es decir Dios) les ha dao, para que el proyecto conyugal no se vuelva a cerrar sobre el solo placer y la felicidad de los esposos, sino también comprometiéndose en el mundo («Llenad la tierra y sometedla») ;

– la inscripción del amor conyugal y familiar en la comunión de amor entre Dios y lo shombres, de la cual la Iglesia es el «sacremento», es decir signo y medio privilegiado para realizarla (cf. san Pablo: el hombre debe amar a su mujer como Cristo amó a su Iglesia… Ef 5,25)

De hecho, la visión cristiana de la familia reposa sobre la afirmación de una analogía profunda entre los fundamentos de esta institución y la relación entre Dios y la humanidad: la familiaestá esencial y fundamentalmente un asunto de alianza -no solamente de un hombre y una mujer que se casan y tienen hijos, sino entre Dios y su pueblo, alianza de la cual el matrimonio y la familia son el símbolo- en el sentido más fuerte de este término.

Para resumir los «pilares» de la doctrina familiar actual de la Iglesia católica, mejor aún es volver a tomar Familiaris consortio (1981 – enriquecido con un texto posterior y más cálido del mismo Juan Pablo II: su Carta a las familias, publicada en 1994 para el Año de la familia):

La familia constituye, a los ojos de la Iglesia, «el» lugar privilegiado en el que elhombre puede hacer la experiencia de su vocación fundamental, que es amar y ser amado. «El futuro de la humanidad pasa por la familia», dice Juan Pablo II (FC).

La familia es considerada como una «pequeña Iglesia» (se hablará así de una «Iglesia doméstica»). Su ideal es formar una comunidad de personas que permita hacer experiencia del amor de Dios para todos los hombres. En este sentido, podemos decir, siempre con Juan Pablo II, que «la familia es el camino de la Iglesia». Ciertas Iglesias locales -las de África, particularmente– han retenido precisamente este modelo como un concepto recapitulativo, definiéndose a sí mismas como una «Iglesia-familia» (Sínodo de los obispos para África en 1994, después exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa en 1995)

Este amor compartido deber dar fruto: al permitir a cada miembro de la «célula familiar» crecer, abrirse y realizar aquello a lo que está personalmente llamado; después al producir vida alrededor de él, más allá del «círculo» de la familia, tanto en el seno de la comunidad cristiana que se compromete en la sociedad para volverla más humana. Es de notar en la doctrina católica la insitencia en la dignidad de la mujer y sus derechos, lo mismo que para los niños.

Este ideal familiar no es ingenuo sin embargo: la Iglesia («experta en humanidad») sabe bien que la familia es también, por naturaleza, un lugar de conflictos y de fracasos, de soledades y de heridas, de infidelidades de toda clase y de rupturas. La noble realidad del amor conyugal y familiar puede ser descarriado, y hará falta siempre discernir cómo es desplegado realmente (fusión o acogida de una alteridad, egoísmo a dos o pareja abierta a la vida alrededor de él, sometimiento a las pulsiones o bien escucha del otro…) Pero la Iglesia mantiene su confianza hacia esta realidad: no tal como una institución que preservar a cualquier coste, sino porque la familia permite al hombre vivir una dinámica de amor («ad intra» así como «ad extra»).

Desde un punto de vista cristiano, el combate para la familia está al servicio de la sociedad, de la cual constituye una célula básica, una especie de «pequeña sociedad» a escala doméstica. Hacer vivir una familia sobre la ética evangélica, es promover para toda la sociedad relaciones de amor, de solidaridad y de respeto hacia cada uno (comenzando por los más débiles: los más jóvenes, los más ancianos, los discapacitados…), aceptando las diferencias y aprendiendo a perdonar… Sin olvidar nunca la preocupación de defender la vida en todos sus momentos, desde sus concepción hasta sus últimos instantes.

Michel Kubler

(original en francés; traducción mía)

 

Posted in Biblia, Juan Pablo II, Magisterio, Michel Kubler, Teología | 1 Comment »

El “Jesús” de Benedicto XVI

Posted by El pescador en 19 abril 2007

El primer libro de Benedicto XVI como Papa aparece el lunes 16 de abril, día de son 80 cumpleaños, en alemán, italiano y polaco. La doble cualidad del autor, papa y teólogo, hace a la vez que la lectura de este libro sea rica y difícil.

«En el origen del hecho de ser cristiano, está el encuentro con una Persona», escribía ya Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est. Con Jesús de Nazaret, este libro comenzado mientras era cardenal y acabado en el otoño último, su primer libro de Papa pero que presenta como «el fruto de un largo camino interior», invita a compartir este encuentro de Jesús, Dios hecho hombre.

La obra -que aparece el lunes 16 de abril en italiano, alemán y polaco, y ha sido anunciada en español para mayo en La Esfera- tiene el estilo de las audiencias generales del miércoles, y se deja leer pues ante todo como un gran y bello catecismo, accesible, gracias al talento de pedagogo que caracteriza al antiguo profesor convertido en Papa.

Esta doble dimensión del autor hace a la vez que este libro sea rico y difícil. Y en primer lugar en la comunidad de exegetas en la cual Joseph Ratzinger, como ya lo había hecho en el pasado, hace caer aquí ciertas evidencias. ¿Su postulado? El estudio histórico-crítico ha encontrado hace tiempo sus límites dando a entender que el «verdadero Jesús», en su profundidad histórica, no era accesible por los textos evangélicos, demasiado tributarios del contexto de su elaboración en el seno de las primeras comunidades cristianas.

El autor le open la escuela de la «exégesis canónica», nacida en Estados Unidos hace una treintena de años, que estudia cada elemento del Nuevo Testamento a la luz del mensaje que la Tradición cristiana ha reconocido como revelado en la globalidad de la Escritura. Una lectura creyente, pues, que se pretende complementaria de las aproximaciones científicas, aunque éstas podrían ser notarse sospechosas.

¿Jesús es verdaderamente quien Él pretende ser?

¿Quién es Jesús, en tal perspectiva? El autor responde a ello a través de los acontecimientos conocidos de su vida pública, después de su bautismo hasta la transfiguración para este primer volumen (el segundo, además de la pasión y la resurrección, deberá integrar los evangelios de la infancia). ¿Jesús es verdaderamente quien pretende ser, el Hijo de Dios? El autor busca desde el principio un principio de respuesta en el Antiguo Testamento, en un preliminar sobre Moisés.

Esa preocupación de anclar la fe cristiana en sus raíces judías es una constante de la obra. Jesús, explica, es el último profeta, prometido por Dios a su pueblo. Si Moisés era «amigo de Dios», Jesús ve el rostro de Dios como un hijo. Vive en profunda intimidad con el Padre, y es en esta unión donde Él se da a conocer. Durante el Sermón de la montaña, se presenta a sí mismo como «la nueva Torah», la Palabra de Dios en persona.

Joseph Ratzinger ha tomado conciencia de ello leyendo las Conversaciones imaginarias entre un rabino y Jesús, de Jacob Neusner. ¿Qué sorprende en efecto a ese rabino en la enseñanza de Jesús? No sus propósitos que, según ese autor judío, no traicionan la fe del pueblo hebreo, sino lo que Jesús ha añadido a esa fe, a saber «él mismo». Ahí está el corazón del cristianismo: «la centralidad del Yo de Jesús en su anuncio». Jesús sólo pone por delante de otros argumentos a Él mismo: como al joven rico, pide a cada uno que lo sigan.

Y ¿qué aporta Jesús? La respuesta es simple: Dios, «y con Él la verdad sobre nuestro destino y nuestra procedencia». La coherencia de la figura de Jesús reside en esa relación inmediata con Dios. Sea en el desierto, en las Bienaventuranzas o en parábolas, el Jesús de Ratzinger acompaña siempre hacia Dios. Ahora bien, deplora el autor, «en nuestra sociedad moderna (…), declaramos a Dios muerto, ¡así nosotros somos también Dios!». De ese hecho, «los hombres no son más propiedad de otro, sino más bien los únicos jefes de sí mismos y los propietarios del mundo…»

Un cristianismo exigente

Predicador convincente, Joseph Ratzinger predica un cristianismo exigente. Se trata de buscar a Dios, de hacerse cercano a Él y, haciendo esto, hacerse cercano al otro, para vivir «en íntimo acuerdo con la esencia y la palabra de Dios». Este gran vigor, fruto de toda una vida de meditación, agradará a quien busca un guía espiritual. El Dios de Jesús, aquí, no es un Dios endulzado. Ni un Dios que podríamos compartir con las otras religiones en una especie de moral común. Y Joseph Ratzinger ha renovado sus reticencias en contra de un diálogo interreligioso teológico.

Seguir a Jesús, dice más aún, «no ofrece ninguna estructura social realizable concretamente sobre el plano político»: ¡Él no ha venido «a aportar el bien común», por Dios! De esta fe en Dios nace la responsabilidad hacia el prójimo. El hombre de Nazaret no es indiferente al hambre de los hombres, pero vuelve a ponerla en su contexto de la primacía de Dios. Así es como, estima el Papa (como antes en su encíclica), las ayudas de Occidente al Tercer mundo, «basadas en principios puramente técnico-materiales, no sólo han dejado aparte a Dios, sino que han alejado de Él a los hombres»: «Creen poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en lugar de pan».

En juego siempre está el primado de Dios. Con Él solamente puede hacerse la verdadera conversión, que es «inversión de la marcha interior en relación a la dirección que habíamos tomado espontáneamente». Y hoy, subraya todavía el predicador, «frente a la crueldad del capitalismo que degrada al hombre a la categoría de mercancía, hemos comenzado a ver más claramente los peligros de la riqueza y comprendemos de manera nueva lo que Jesús desea poniéndonos en guardia contra la riqueza (…) que destruye al hombre, agarrando por la garganta con su mano cruel una gran parte del mundo».

Dirección, el amor

La dirección es la del amor. Eso no puede tomarse sin Dios. Pues, como Joseph Ratzinger lo muestra a través de las parábolas del buen samaritano o de «los dos hermanos» (el hijo pródigo), «todos necesitamos el don del amor salvífico de Dios mismo para que nosotros podamos convertirnos también en personas que aman. Tenemos siempre necesidad de Dios que se ha hecho cercano, para poder hacernos cercanos a nuestra vez».

Para nuestro autor, sin duda este ideal de proximidad con Dios y con el hombre, encarnado por Jesús, alcanza la más gran intensidad en el cuarto evangelio: generalmente considerado generalmente puramente teológico, la obra de Juan es aquí acreditada al contrario como de una máxima plausibilidad histórica -no ciertamente en el sentido «de un acta grabada con magnetófono», sino por «haber reflejado correctamente los discursos de Jesús, el testimonio de Jesús mismo» y, en definitiva, «la figura auténtica de Jesús».

Y Joseph Ratzinger invita entonces a sus lectores a adoptar la actitud de María para retener las palabras de su Hijo en un «trato interior del acontecimiento» de la salvación, dejándose guiar por el Espíritu Santo para alcanzar lo que es en definitiva la memoria de la Iglesia. A saber «la profundidad de las palabras y de los acontecimientos que vienen de Dios y llevan a Dios». Cada lector será libre de distinguir aquí o no «al verdadero Jesús» que le ha sido indicado. No podrá negar que el papa teólogo entrega aquí su fe personal en una emocionante verdad.

Isabelle de GAULMYN y Michel KUBLER

(original en francés; traducción mía)

Posted in Isabelle de Gaulmyn, Joseph Ratzinger, Michel Kubler, Teología | 1 Comment »

”Mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento…”

Posted by El pescador en 18 abril 2007

Es el título del prefacio del libro del Papa que acaba de publicarse, y que tradujo a principios de año Sandro Magister.

Ya se está imprimiendo la traducción española, que saldrá editada por Esfera en el mes de mayo.

”Mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento…”

por Joseph Ratzinger / Benedicto XVI

Al libro sobre Jesús, del que ahora presento al público la primera parte, he llegado después de un largo camino interior.

En el tiempo de mi juventud – en los años treinta y cuarenta – fueron publicados una serie de libros sobre Jesús que entusiasmaban. Recuerdo sólo el nombre de algunos autores: Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel William, Giovanni Papini, Jean Daniel-Rops. En todos estos libros la imagen de Jesucristo fue delineada a partir de los Evangelios: cómo vivió sobre la tierra y cómo, siendo enteramente hombre, les llevó al mismo tiempo a Dios a los hombres, con el cual, en cuanto Hijo, era una sola cosa. Así, a través del hombre Jesús, se hizo visible Dios y a partir de Dios se pudo ver la imagen del hombre justo.

Al inicio de los años cincuenta la situación cambió. El desgarro entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe” se hizo siempre más amplio; a simple vista el uno se alejó del otro. ¿Y qué significado puede tener la fe en Jesucristo, en Jesús Hijo del Dios vivo, si el hombre Jesús era tan diferente de como lo presentan los evangelistas y de como lo anuncia la Iglesia a partir de los Evangelios?

Los progresos de la investigación histórico-crítica condujeron a distinciones siempre más sutiles entre los diferentes estratos de la tradición. Detrás de ellos, la figura de Jesús, sobre la cual se apoya la fe, se volvió siempre más incierta, tomó contornos siempre menos definidos.

Al mismo tiempo las reconstrucciones de este Jesús, que debería ser buscado tras las tradiciones de los evangelistas y sus fuentes, se hicieron siempre más contradictorias: del revolucionario enemigo de los romanos que se opone al poder constituido y naturalmente fracasa, al manso moralista que todo permite e inexplicablemente termina por causar su propia ruina.

Quien lee de corrido un cierto número de estas reconstrucciones puede inmediatamente constatar que ellas son mucho más fotografías de los autores y de sus ideales y no la puesta al descubierto de un ícono que se ha vuelto confuso. Lo que sí, mientras tanto, ha crecido la desconfianza respecto a estas imágenes de Jesús, y sin embargo la figura misma de Jesús se ha alejado todavía más de nosotros.

Todos estos intentos de todos modos han dejado tras de sí, como denominador común, la impresión que nosotros sabemos bien pocas cosas ciertas sobre Jesús y que sólo más tarde la fe en su divinidad ha plasmado su imagen. Esta impresión, entre tanto, ha penetrado profundamente en la conciencia común de la cristiandad.

Una situación así es dramática para la fe porque hace incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de lo que todo depende, amenaza con agotarse inútilmente en el vacío.

* * *

He sentido la necesidad de proporcionar a los lectores estas indicaciones de método porque ellas determinan la ruta de mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento.

Para mi presentación de Jesús esto significa ante todo que tengo confianza en los Evangelios. Naturalmente doy por descontado cuanto el Concilio y la moderna exégesis dicen sobre los géneros literarios, sobre la intencionalidad de las afirmaciones, sobre el contexto comunitario de los Evangelios y su hablar en este contexto vivo. Aún aceptando – por cuanto me era posible – todo esto, he querido hacer el intento de presentar el Jesús de los Evangelios como el verdadero Jesús, como el “Jesús histórico” en el verdadero sentido de la expresión.

Estoy convencido, y espero que el lector también se pueda dar cuenta, que esta figura es mucho más lógica y también, desde el punto de vista histórico, más comprensible que las reconstrucciones con las cuales nos hemos debido confrontar en los últimos decenios.

Considero que precisamente este Jesús – el de los Evangelios – sea una figura históricamente sensata y convincente. Sólo si había sucedido algo extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y las expectativas de la época, se explican su crucifixión y su eficacia.

Ya casi a veinte años después de la muerte de Jesús encontramos plenamente desplegada en el gran himno a Cristo de la Carta a los Filipenses (2, 6-8) una cristología en la que se dice de Jesús que era igual a Dios, pero se despojó a sí mismo, se hizo hombre, se humilló hasta la muerte de cruz y que a Él le toca la alabanza de lo creado, la adoración que en el profeta Isaías (45, 23) Dios proclamó como debida sólo a Él.

La investigación crítica se plantea con justo derecho la pregunta: ¿qué cosa ha sucedido con la crucifixión de Jesús en estos veinte años? ¿Cómo se llegó a esta cristología?

La acción de formación comunitaria anónima, de la que se trata de encontrar los exponentes, en realidad no explica nada. ¿Por qué unos grupos desconocidos pudieron ser tan creativos, convencer e imponerse de ese modo? ¿No es más lógico, también desde el punto de vista histórico, que la grandeza se coloque al inicio y que la figura de Jesús hizo en la práctica saltar todas las categorías disponibles y pudo así ser comprendida sólo a partir del misterio de Dios?

Naturalmente, creer que precisamente como hombre Él fuese Dios y diese a conocer esto envuelto en parábolas y no obstante en forma cada vez más clara, va más allá de las posibilidades del método histórico. Al contrario, si a partir de esta convicción de fe se leen los textos con el método histórico y su apertura para lo que es más grande, ellos se abren para mostrar una vía y una figura que son dignas de fe.

Se hacen ahora claras también la lucha a más estratos que está presente en los escritos del Nuevo Testamento en torno a la figura de Jesús y – no obstante todas las diversidades – la profunda concordia de estos escritos.

Es claro que con esta visión de la figura de Jesús voy más allá de lo que dice por ejemplo Schnackenburg en representación de una buena parte de la exégesis contemporánea.

Pero espero que el lector comprenda que este libro no ha sido escrito contra la exégesis moderna, sino con gran reconocimiento por lo mucho que ella nos ha dado y continúa dándonos. Ella nos ha hecho conocer una gran cantidad de fuentes y de concepciones a través de las cuales la figura de Jesús puede hacérsenos presente en una vivacidad y profundidad que sólo hace pocos decenios no conseguíamos ni siquiera imaginar.

Sólo he buscado ir más allá de la mera interpretación histórico-crítica aplicando los nuevos criterios metodológicos, que nos permiten una interpretación propiamente teológica de la Biblia y que naturalmente requieren la fe, sin por esto querer y poder – de hecho – renunciar a la seriedad histórica.

Por cierto no hay necesidad de decir expresamente que este libro no es en absoluto un acto magisterial, sino que es únicamente expresión de mis investigaciones personales sobre el “rostro del Señor” (Sal 27,8). Por tanto, cada quien es libre de contradecirme. Pido sólo a las lectoras y lectores aquel presupuesto de simpatía, sin la cual no hay ninguna comprensión.

Como he dicho al inicio del prefacio, el camino interior hacia este libro ha sido largo.

He podido comenzar a trabajarlo durante las vacaciones estivas del 2003. En agosto del 2004 he dado forma definitiva a los capítulos del 1 al 4. Después de mi elección a la sede episcopal de Roma he utilizado todos mis momentos libres para sacarlo adelante.

Ya que no sé cuanto tiempo y cuanta fuerza me serán concedidas todavía, en este momento he decidido publicar como primera parte del libro los primeros diez capítulos, que van desde el bautismo en el Jordán hasta la confesión de Pedro y la Transfiguración.

Roma, fiesta de san Jerónimo
30 de setiembre del 2006

Posted in Biblia, Joseph Ratzinger, Sandro Magister, Teología | 1 Comment »

La próxima batalla a favor y en contra de Jesús se combatirá a golpe de libros

Posted by El pescador en 17 abril 2007

Otro artículo, esta vez anterior, de Sandro Magister sobre el libro del Papa:

Y el nuevo libro anunciado y lanzado por Joseph Ratzinger será el best seller del año. Presentamos su prefacio íntegro.

por Sandro Magister

ROMA, 15 de enero del 2007 – Su libro sobre Jesús fue anunciado a fines de noviembre y estará a la venta en la próxima primavera. Pero no hay semana en que Benedicto XVI no predique sobre el protagonista del libro: Jesús, “verdadero Dios y verdadero hombre”

Es como si el Papa Joseph Ratzinger se ocupara ya de la campaña de lanzamiento. Hace un año hizo lo mismo con la encíclica “Deus caritas est”: antes de su publicación intervino repetidamente ilustrando sobre sus contenidos esenciales, aumentando progresivamente la expectativa.

La última vez en que Benedicto XVI hizo una referencia a su próximo libro sobre Jesús fue el miércoles 3 de enero en la audiencia general.

Hablando de la Navidad el Papa llamó la atención una vez más sobre el “poder de las tinieblas que trata de oscurecer el esplendor de la luz divina”. Y dijo:

“Es el drama del rechazo de Cristo, que, como en el pasado, también hoy se manifiesta y se expresa, por desgracia, de muchas formas diferentes. Tal vez en la época contemporánea son incluso más solapadas y peligrosas las formas de rechazo de Dios: van desde el rechazo neto hasta la indiferencia, desde el ateísmo cientificista hasta la presentación de un Jesús que llaman modernizado y posmodernizado. Un Jesús hombre, reducido de modo diverso a un simple hombre de su tiempo, privado de su divinidad; o un Jesús tan idealizado que parece a veces un personaje de fábula.”

El Papa ha opuesto a este falso Jesús el “verdadero Jesús de la historia”: el Jesús que es “verdadero Dios y verdadero hombre y no se cansa de proponer su Evangelio a todos”. Frente al cual “no se puede permanecer indiferente. También nosotros, queridos amigos, debemos tomar posición continuamente”. No rechazarlo sino acogerlo. Sabiendo que “a todos los que lo recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12).

* * *

La disyuntiva que Benedicto XVI pone entre el falso y el verdadero Jesús es pues la misma que él ve en acto entre los libros que reducen Jesús a un simple hombre y los que en cambio lo presentan en su verdad humano-divina.

Entre los libros del “poder de las tinieblas” de hoy en día, el Papa tiene en mente sobre todo uno que en Italia ha vendido en pocos meses medio millón de copias, titulado: “Inchiesta su Gesù. Chi era l’uomo che ha cambiato il mondo [Investigación sobre Jesús. Quién era el hombre que cambió el mundo]”.

Los autores del volumen son el agnóstico Corrado Augias, periodista y escritor, editorialista del importante diario liberal “La Repubblica”, y el católico Mauro Pesce, profesor de historia de la Iglesia de la universidad de Bolonia, especialista en textos del cristianismo primitivo.

La tesis de este libro es que “es falso todo lo que la fe cristiana profesa respecto a Jesús”. Así al menos lo ha sintetizado al reseñar el libro de Augias y Pesce, el Padre Giuseppe De Rosa en “La Civiltà Cattolica”, la revista de los jesuitas de Roma impresa con el control y la autorización de la Secretaría de Estado del Vaticano.

Otra reseña del libro igualmente severa es la que apareció en el diario de los obispos italianos, “Avvenire”, en la pluma del Padre Raniero Cantalamessa, 72 años, especialista en historia de los orígenes cristianos y desde 1980 predicador de la casa pontificia, o sea el que da las prédicas de Adviento y de Cuaresma al Papa y a la Curia vaticana.

Si pues Benedicto XVI hasta ahora no ha citado explícitamente el libro de Augias y Pesce, estas dos reseñas autorizadas bastan para dar a entender que el libro es considerado en el Vaticano el texto último y más representativo de aquel ataque a la fe cristiana que desde hace más de dos siglos tiene a Jesús como blanco.

El inminente libro de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI – firmado así porque fue escrito por él antes y después de la elección como Papa – pretende precisamente oponer el Jesús auténtico al falso Jesús “modernizado o postmodernizado”.

Es fácil prever también para el libro del Papa un gran éxito de venta, en Italia y en el mundo.

Pero más que una guerra editorial, se anuncia una nueva fase de aquel perenne enfrentamiento entre acogida y rechazo que siempre ha tenido en Jesús su “signo de contradicción a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35, citado en la audiencia del miércoles 3 de enero).

Precisamente esto hace presagiar el prefacio escrito por Benedicto XVI a su libro que tendrá por título: “Jesús de Nazaret. Del bautismo en el Jordán a la Transfiguración”, primero de dos volúmenes previstos, con el próximo que abracará hasta la Resurrección.

El Papa, haciendo público el prefacio de manera anticipada, ha efectuado otra movida en la campaña de lanzamiento del libro. Y en la batalla a favor y en contra de Jesús.

Posted in Joseph Ratzinger, Sandro Magister, Teología | 2 Comments »

Y se presentó en medio de ellos: “Jesús de Nazaret” en librería

Posted by El pescador en 16 abril 2007

Para ir abriendo boca sobre el libro del Papa, este artículo del vaticanista Sandro Magister sobre el tema:

Salió en varios idiomas el libro más querido por su autor. Joseph Ratzinger lo ha trabajado por muchos años, y ahora prepara la continuación. Un texto fundamental también para entender este pontificado

por Sandro Magister

ROMA, 16 de abril del 2007 – Desde hoy, cumpleaños ochenta de Benedicto XVI, su tan esperado libro sobre “Jesús de Nazaret” está a la venta en el original alemán y en las versiones italiana, polaca y griega, a las que rápidamente seguirán las traducciones a una veintena de idiomas: inglés, francés, español, portugués, catalán, holandés, sueco, esloveno, croata, serbio, checo, eslovaco, lituano, húngaro, maltés , coreano.

“Jesús de Nazaret” es la primera parte de una obra de dos volúmenes que Joseph Ratzinger ha pensado hace muchos años como parte de un “largo camino interior” suyo en busca del “rostro del Señor”. Ha escrito los primero cuatro capítulos antes de ser elegido Papa y los siguientes seis después, “usando todos los momentos libres”.

En este primer volumen el relato comienza con el bautismo de Jesús en el Jordán y llega hasta su transfiguración en el monte Tabor. Mientras el segundo volumen llegará a la pasión, muerte y resurrección, con un capítulo dedicado también a los relatos de la infancia: la anunciación, el nacimiento, los magos, la fuga a Egipto.

La intención de Ratzinger al escribir este libro la explica él mismo en el prefacio: presentarles a los hombres de hoy el Jesús de los Evangelios como el Jesús históricamente real, verdadero Dios y verdadero hombre.

Para Benedicto XVI, en los Evangelios se encuentran todos los elementos para afirmar que el personaje histórico Jesús también es realmente el Hijo de Dios venido a la tierra para salvar a la humanidad y, página tras página, guía al lector – creyente, pero también no creyente – en la búsqueda y en el descubrimiento de su verdadero rostro.

El libro consta de una prefación, hecha pública desde el pasado noviembre, de una introducción, de diez capítulos y de una guía bibliográfica.

En la introducción, Benedicto XVI presenta a Jesús como el “nuevo Moisés” anunciado por el Antiguo Testamento en el libro del Deuteronomio: “un profeta con el cual el Señor hablaba cara a cara”. Incluso mucho más: si Moisés no pudo contemplar el rostro de Dios sino sólo verle “las espaldas”, Jesús es no sólo el amigo de Dios sino su Hijo unigénito, está “en el seno del Padre” y por lo tanto lo puede revelar: “Quien me ve a mí ve al Padre”.

El primer capítulo está dedicado al bautismo de Jesús en el Jordán. Sumergiéndose en las aguas Jesús “acepta la muerte por los pecados de la humanidad”. Mientras la voz desde el cielo que lo señala como Hijo de Dios predilecto “es la llamada anticipada a la resurrección”. El recorrido de su vida ya está delineado.

Capítulo segundo: las tentaciones de Jesús. Para salvar a la humanidad, Jesús debe vencer las principales tentaciones que amenazan, en diferentes formas, a los hombres de todos los tiempos y transformándolas en obediencia, reabrir el camino hacia Dios, hacia la verdadera Tierra prometida que es el “reino de Dios”.

El capítulo tercero está dedicado, precisamente, al Reino de Dios, que es el señorío de Dios sobre el mundo y sobre la historia, pero se identifica en la misma persona de Jesús, vivo y presente aquí y ahora. En Jesús “Dios viene a nuestro encuentro, reina en modo divino o sea sin poder mundano, reina con el amor que llega “hasta el extremo”.

Capítulo cuarto: el discurso de la montaña. En él Jesús aparece como el “nuevo Moisés” que lleva a cumplimiento la Torah, la ley. Las bienaventuranzas son los puntos cardinales de la nueva ley, y al mismo tiempo, un autorretrato de Jesús. La ley es Él mismo: “Es este el punto que exige una decisión y por lo tanto es el punto que conduce a la cruz y a la resurrección”.

Capítulo quinto: la oración del Señor. Poniéndose en el seguimiento de Jesús, el creyente puede invocar al Padre con las palabras que Él enseñó: el Padrenuestro. Benedicto XVI lo explica punto por punto.

Capítulo sexto: los discípulos. La comunidad con Jesús recoge a los discípulos en el “nosotros” de una nueva familia, la Iglesia, que a su vez es enviada a anunciar el mensaje al mundo entero.

Capítulo sétimo: las parábolas. Benedicto XVI ilustra su naturaleza y objetivo y después comenta tres, todas del Evangelio de Lucas: la del buen samaritano, la de los dos hermanos y el padre bueno, la del rico epulón y el pobre Lázaro.

Capítulo octavo: las grandes imágenes joánicas. O sea: el agua, la vid y el vino, el pan, el pastor. El Papa las comenta una por una, después de haber explicado quien era el evangelista Juan.

Capítulo nueve: la confesión de Pedro y la transfiguración. Ambos eventos son momentos decisivos para Jesús como también para sus discípulos. Muestran con claridad cual es la verdadera misión del Hijo de Dios sobre la tierra y cual es la suerte de quien quiere seguirlo. Jesús, el Hijo de Dios vivo, es el Mesías esperado por Israel que, a través del escándalo de la cruz, conduce a la humanidad al “reino de Dios”, a la libertad definitiva.

Capítulo décimo: las afirmaciones de Jesús sobre sí mismo. Benedicto XVI comenta tres de ellas: “Hijo del Hombre”, “Hijo”, “Yo soy”. Este último es el nombre misterios con el que Dios se reveló a Moisés en la zarza ardiente y con el que los Evangelios dejan entrever que Jesús es el mismo Dios.

Aquí termina el primer volumen del Papa sobre Jesús de Nazareth. Pero también es interesante el apéndice final en el que el autor hace de guía a los lectores en la inmensa bibliografía sobre la materia. Por cada uno de sus diez capítulos, Ratzinger cita los principales libros a los que se ha referido y que pueden ser leídos para una profundización. Además señala “algunos de los más importantes y recientes libros sobre Jesús”, entre los que figuran los de Joachim Gnilka, Klaus Berger, Heinz Schürmann, Thomas Söding, Rudolf Schnackenburg, John P. Meier. De la obra de este último, en tres amplios volúmenes con el título “A Marginal Jew. Rethinking the Historical Jesus”, escribe:

“Esta obra en varios volúmenes del jesuita americano representa bajo muchos aspectos un modelo de exégesis histórico-crítica, en la que se pone de manifiesto tanto la importancia como los límites de esta disciplina. Vale la pena de ser leída la reseña de Jacobo Neusner al primer volumen, ‘Who needs the historical Jesus?’, en ‘Chronicles’ julio 1993, pp. 32-34”.

Benedicto XVI dedica este pasaje de su libro a la interpretación de la Escritura, en el capítulo sobre las tentaciones de Jesús:

“Para atraer a Jesús a su trampa el diablo cita la Sagrada Escritura, […] aparece como teólogo. […] Vladimir Solove’ëv retomó este tema en su ‘Relato sobre el Anticristo’; el Anticristo recibe el doctorado honoris causa en teología de la Universidad de Tubinga; es un gran experto en Biblia. Con este relato Solov’ëv ha querido expresar en modo drástico su escepticismo en relación a cierto tipo de exégesis erudita de su tiempo. No se trata de un no a la interpretación científica de la Biblia en cuanto tal, sino de una advertencia, en principio saludable y necesaria, frente a los caminos errados que ella puede tomar. La interpretación de la Biblia puede efectivamente volverse un instrumento del Anticristo. No es solamente Solov’ëv quien lo dice, es lo que afirma implícitamente el relato mismo de las tentaciones. Los peores libros destructores de la figura de Jesús, desmanteladores de la fe, han sido entretejidos con presuntos resultados de la exégesis”.

Posted in Joseph Ratzinger, Sandro Magister, Teología | 2 Comments »

La Encarnación y los Derechos humanos

Posted by El pescador en 25 marzo 2007


Una cosa tan asumida hoy en día como son los Derechos humanos tienen una base cristiana indudable, y arranca del mismo centro que la fe cristiana: la Encarnación del Hijo eterno de Dios que comparte nuestra condición humana para que nosotros seamos Dios y así nos hace absolutos como Él mismo, es la mayor donación que podemos pensar puesto que es la Donación de Sí mismo, como sólo Dios puede hacerlo.

Por eso, gracias a que Jesucristo fue Dios y hombre a la vez nosotros tenemos derechos absolutos puesto que desde entonces empezamos a ser seres infinitos y germinó la semilla de eternidad que Dios había puesto en las primeras personas creadas al hacerlas imagen suya y darles su aliento.

Concluyo la entrada con esta reflexión tomada de aquí:

En efecto, los derechos humanos son una consecuencia de la teología y antropología cristinas. Si Dios no se hizo hombre, no hay derechos absolutos ¿Cómo podría un ser finito tener derechos absolutos? Sin esa encarnación la distancia ente Dios y el hombre sigue siendo infinita, solo queda la sumisión –es decir, el Islam- y el hombre queda reducido a la animalidad, más lo que Dios quiera concederle. La Encarnación eleva al hombre realmente por encima del resto de la naturaleza, además elimina el determinismo, haciendo del hombre libre y creador.

Posted in Teología | Leave a Comment »

Hubo un padre sinodal más: Rafael (IV)

Posted by El pescador en 10 marzo 2007

(Viene de la entrada anterior)

Para Giorgio Vasari, el primer comentarista de la “Disputa” en el Cinquecento, esta intensa actividad intelectual pintada por Rafael representa un proceso: están “escribiendo la Misa”, dice, “y discuten acerca de de la hostia que está sobre el altar”. La Misa, que hace presente de nuevo de manera incruenta el sacrificio de Cristo en la cruz, es la acción litúrgica en la cual, por obra del Espíritu Santo, la comunidad eclesial vive su plena configuración con Cristo. “Escribir” la Misa implica el incansable y secular esfuerzo de comprender, profundizar, vivir mejor el misterio de comunión, encomendado a la Iglesia, entre cielo y tierra, entre Dios y hombre.

Incluso fuera de la acción litúrgica verdadera y propiamente dicha la hostia eucarística revelaba a los humanistas el cuerpo de Cristo: no sólo como reliquia de la pasión sino también y ante todo como comunión, amistad, Iglesia. En el fresco de Rafael y en el comentario sobre él hecho por Vasari somos testigos de cómo el mundo del Renacimiento descubrió la visión eucarística antigua: la visión de la “Didaché” y de los escritores como Gaudencio de Brescia, para el cual el pan “es resultado de muchos granos de trigo, y así también el cuerpo místico de Cristo es único, pero está formado por toda la multitud del género humano, llevada a su condición perfecta mediante el fuego del Espíritu”, y así también para la sangre: muchos granos de uva que se convierten en el único cáliz. Este escritor antiguo explica finalmente cómo la unidad eucarístico-eclesial se completa: “Viene después el pisar [la uva] sobre el lagar de la cruz. Hay entonces la fermentación, que tiene lugar espontáneamente en los amplios espacios del corazón lleno de fe de aquellos que aceptan la cruz”.

Examinando la “Disputa” hacia lo alto -desde la Eucaristía a Cristo y el Padre- aparece claro que la unidad de la Iglesia en la tierra con su Cabeza en el cielo, de la cual la Eucaristía es signo, brota del lagar de la gran cruz escondida que estructura la composición entera, y sobre cuyo eje vertical contemplamos la Trinidad, mientras que el horizontal nos revela nuestro futuro en el cielo con María y todos los santos.

En la encrucijada de los dos ejes, uniendo a los hombres con Dios, vemos a Jesucristo, el Hombre-Dios, que reina sobre las dos “Escuelas”, la de los santos doctores y la de Atenas, que es también parte de la asamblea cósmica.

Vemos a Cristo sobre la cruz invisible de la historia, como Santo Tomás de Aquino la había caracterizado: “Crux non solum fuit patibulum patientis, sed et cathedra docentis” [La cruz fue no sólo patíbulo del que padecía, sino la cátedra del que enseña]. Una cruz que, más que patíbulo, se convierte en cátedra.

En esta perspectiva, la Estancia del Sello se presenta como un manifiesto en el cual, al inicio de la Edad Moderna, la Iglesia narra su propia historia: una Iglesia verdaderamente católica, verdaderamente universal.

Para el misterio de la voluntad divina, de hecho, también los paganos forman parte de la Iglesia, ignorantes compañeros de su peregrinación a Dios. En su búsqueda de una sabiduría espiritual, y en el deseo de resolver la desgarradora división entre experiencia individual y destino comunitario del hombre, los pensadores antiguos de la “Escuela de Atenas” pusieron los fundamentos conceptuales sobre los cuales la Iglesia habría construido sucesivamente. A pesar de la ignorancia, ellos empujaron la historia hacia lo que el humanista Marsilio Ficino llama “libro viviente”, Cristo que enseña desde la cruz.

Como los patriarcas y profetas de Israel, también los filósofos paganos son antepasados en la fe. En el crucero de esta iglesia que comprende toda la historia, con los antiguos en la nave y delante, en el ábside, la gloria futura, el humanista creyente del Cinquecento quizá habría recordado palabras dirigidas a los paganos de Éfeso en los albores de la Iglesia:

Recordad que en otro tiempo estabais sin Cristo, separados de la nación de Israel, y que no teníais parte en los pactos ni en la promesa de Dios […] Pero ahora, unidos a Cristo Jesús por la sangre que Él derramó, vosotros, que antes estabais lejos, habéis sido acercados […] Por eso, ya no sois extranjeros, no estáis ya fuera de vuestra tierra, sino que ahora compartís con el pueblo santo los mismos derechos, y sois miembros de la familia de Dios. Sois como un edificio levantado sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas; y el propio Cristo Jesús es la piedra angular. Unido a Cristo, el edificio entero va levantándose en todas y cada una de sus partes hasta llegar a ser un templo santo, unido al Señor. Así también vosotros, unidos a Cristo, os unís todos unos a otros para llegar a ser por medio de su Espíritu un templo en el que Dios habita (Efesios 2,12-13.19-22).

 

 

FINAL

Posted in Arte, Liturgia, Teología, Timothy Verdon | Leave a Comment »

 
A %d blogueros les gusta esto: