El testamento del pescador

Archive for the ‘Eucaristía’ Category

Moniciones para la Misa: Abril 2014

Posted by El pescador en 6 abril 2014

Pinchando en este enlace se puede descargar un material muy útil de moniciones para la Misa diaria y dominical, que he sacado de www.germinansgerminabit.org, de donde también podéis descargarlo ahora y cada mes (en la columna de la derecha).

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Moniciones para la Misa: Marzo 2014

Posted by El pescador en 9 marzo 2014

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Moniciones para la Misa: Febrero 2014

Posted by El pescador en 2 febrero 2014

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Hostias

Posted by El pescador en 30 septiembre 2013

Rino Cammilleri (original en italiano; traducción mía)
La tarde del 5 de junio de 2013 fue profanada la iglesia de San Francisco Javier en Angulana, archidiócesis de Colombo (Sri Lanka), por obra de desconocidos. Probablemente se trata de fanáticos budistas, que no es la primera vez que hacen estas cosas. Fue destruida la estatua de la Virgen y sobre el Sagrario derramaron al menos treinta litros de queroseno, al que prendieron fuego después. Todo quedó reducido a cenizas. Salvo las hostias consagradas que estaban dentro, y sólo aquellas. El hecho es sin duda milagroso pero no ha tenido el eco que ciertamente merecía. No tenemos noticias de investigaciones canónicas al respecto. En otros tiempos habrían seguido el reconocimiento oficial, una peregrinación y una fiesta propia, como sucedió por tantos milagros eucarísticos en la historia. Pero la historia se llama precisamente historia porque ya pasó…

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Adoración eucarística con el Papa Francisco

Posted by El pescador en 2 junio 2013

Pinchando aquí se accede a la traducción que he hecho de la adoración eucarística que esta tarde a las 5, hora de Roma, presidirá el Papa Francisco, para que así podamos estar realmente en conexión con su celebración. El libro original de la celebración se puede descargar aquí.

También os pongo este fragmento de la homilía de Benedicto XVI en la Misa del Corpus Christi (23-6-2011):

 San Agustín nos ayuda a comprender la dinámica de la comunión eucarística cuando hace referencia a una especie de visión que tuvo, en la cual Jesús le dijo: «Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí» (Confesiones VII, 10, 18). Por eso, mientras que el alimento corporal es asimilado por nuestro organismo y contribuye a su sustento, en el caso de la Eucaristía se trata de un Pan diferente: no somos nosotros quienes lo asimilamos, sino él nos asimila a sí, para llegar de este modo a ser como Jesucristo, miembros de su cuerpo, una cosa sola con él. Esta transformación es decisiva. Precisamente porque es Cristo quien, en la comunión eucarística, nos transforma en él; nuestra individualidad, en este encuentro, se abre, se libera de su egocentrismo y se inserta en la Persona de Jesús, que a su vez está inmersa en la comunión trinitaria. De este modo, la Eucaristía, mientras nos une a Cristo, nos abre también a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somos uno en él. La comunión eucarística me une a la persona que tengo a mi lado, y con la cual tal vez ni siquiera tengo una buena relación, y también a los hermanos lejanos, en todas las partes del mundo. De aquí, de la Eucaristía, deriva, por tanto, el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, come lo testimonian los grandes santos sociales, que han sido siempre grandes almas eucarísticas. Quien reconoce a Jesús en la Hostia santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es extranjero, que está desnudo, enfermo o en la cárcel; y está atento a cada persona, se compromete, de forma concreta, en favor de todos aquellos que padecen necesidad.

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Martirio y exilio del Beato Manuel González, el Obispo del Sagrario abandonado

Posted by El pescador en 4 enero 2013

En la festividad del Beato Manuel González, el Obispo del Sagrario abandonado, incluyo estos enlaces sobre lo que sufrió en su sede de Málaga, aun antes de la proclamación de la II República española, y cómo fue obligado a irse de ella en tiempos de dicho régimen.

Pincha en los enlaces siguientes para ver el contenido:

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El genio de Caravaggio en hacernos ver a Jesús…

Posted by El pescador en 5 abril 2012

Antonio Socci

De “Libero”, 24 marzo 2012

(original en italiano; traducción mía)

En el centro de la última novela de Abraham Yehoshua, “La scena perduta” (Einaudi, pp. 368, 21 €) hay un cuadro extraño, sorprendente. Es una pintura de Matthias Meyvogel, un artista del Seiscientos.

A pesar del título, “Caritas romana”, la obra parece bien poco “espiritual”, más bien es una imagen fuertemente sensual: representa a una joven mujer que hace succionar su seno a un viejo que tiene las manos atadas detrás de la escena.

¿Cuál es el sentido y la historia de aquella imagen sobre la cual Yehoshua reclama nuestra atención por la fascinación que ejerce?

Nos encontramos frente a un tema que parece haber casi obsesionado a la pintura de los siglos XVI al XVIII. Lo saben los expertos. Pero pueden descubrirlo fácilmente también los profanos. Basta ir a Google, escribir la fórmula “caritas romana” y pinchar sobre “imágenes”, para descubrir que hay decenas de obras con el mismo objeto.

Muchísimos pintores, más o menos famosos, se han basado en esto. Guido Reni, Georg Pencz, Rubens, Bernardino Mei, Antonio Gherardi, Domenico Manetti, Giovanni Antonio Pellegrini, Jean Baptiste Deshays, Gaspard de Crayer, Januarius Johann Rasso, Murillo, Domenico Cerrini, Bartolomeo Manfredi, Antonio Galli, Jan Janssens, Lorenzo Pasinelli, Orazio Gentileschi, Giovanni Romanelli, Domenico Maria Viani y muchos otros.

Todas estas telas cuentan una historia ambientada en la antigua Roma. Se dice que el viejo Cimón había sido recluido en una oscura prisión y condenado a morir allí de hambre y de sed. La hija, Pero, todos los días le hacía una visita y lo alimentaba a escondidas con su seno para salvarle la vida.

Finalmente fue descubierta, pero  los jueces, conmocionados por su gesto de piedad, decidieron indultar al viejo. En recuerdo de este ejemplo de amor filial se narra que fue erigido allí, en el foro Olitorio, en el 181 a. C., templo dedicado a la Pietas, después sustituido por la basílica de San Nicolás in carcere.

La historia de Cimón y Pero –referida también por Valerio Máximo– ya estaba representada en Pompeya en la villa de Valerio Frontone y el asunto volvió a ser representado un millar de veces en el Renacimiento y después en el Seiscientos. En general estas obras llevan todas el título “Caridad romana”.

Por tanto es una historia de piedad, de humanidad, que fue redescubierta en torno al siglo XVI y, según la cultura del Renacimiento impregnada de mentalidad pagana, fue representada de aquel modo ambiguo y sensual.

Hasta que llegó Caravaggio y –también en este caso– hizo una revolución. Su obra tiene otro tema: las siete obras de misericordia corporal

Es una gran tela que está sobre el altar de la iglesia del Pio Monte della Misericordia de Nápoles y fue pintada en 1606 para aquella hermandad.

Es una obra maestra en la cual se representan de modo salvaje, dramático aquellas obras de caridad material sobre las que Jesús, en el Evangelio, dice que seremos juzgados al final de los tiempos. Toda la escena está presidida por la imagen de la Virgen con el Niño que es la fuente de todas las gracias.

Y bien, si se observa atentamente la obra nos damos cuenta inmediatamente que a la derecha el pintor ha representado a una joven, de pie, que -mientras mira a todas partes- con la mano ofrece su pecho a un viejo que saca la cabeza de un ventanuco con barras, para apoyar su boca en el seno cándido de la muchacha.

La escena de la muchacha y del viejo reúne en sí dos obras de misericordia corporal: “dar de comer al hambriento” y “visitar a los encarcelados”.

Quien reza delante de aquel altar tiene por tanto delante de sí aquella gran tela donde es bien visible esta imagen. Es sorprendente que en los años de la llamada Contra reforma fuese acepetada una imagen tan audaz y que tal imagen esté en un retablo.

Pero, en realidad, más sorprendente aún es el hecho de que en el contexto de aquella obra, donde están representados todos los sufrimientos humanos y la caridad cristiana, parece que toda ambigua sensualidad desaparezca.

Es el enésimo golpe de genio –un genio radicalmente católico– de Caravaggio. Él hizo suya la iconografía de la muchacha piadosa que amamanta al viejo prisionero, pero la cristianizó aplicándola a las obras de misericordia.

No obstante, justamente la fuerte carnalidad de aquella iconografía servía al Merisi para hacer percibir la concreción de la caridad y la carnalidad de la salvación cristiana.

La tela caravaggesca hace ver que las obras de misericordia abarcan toda nuestra condición humana: el tener hambre, sed, estar desnudo, encarcelado, enfermo o sin un techo, finalmente el estar muerto y por tanto el tener necesidad de ser sepultado.

Y estas obras van junto a las obras de misericordia espiritual. Todas juntos son las obras que Jesús cumplía, con las cuales expresaba su amor, su compasión para cada ser humano, en su condición existencial y también material. Y son las obras que también nos pide a nosotros para entrar en el Paraíso.

Él era el Buen samaritano de la parábola, aquel que se inclina a curar y vendar las heridas del hombre moribundo. Tiene cuidado también de sus lesiones físicas porque el cristianismo no  es solamente la religión de la inmortalidad del alma, sino de la resurrección de los cuerpos (y será también por eso por lo que los hospitales fueron inventados por la Iglesia).

Pero hay algo más que se expresa en esta representación de las obras de misericordia. Jesús salva a la humanidad herida por la desesperación, por la prisión del mal y de la muerte, dando su mismo cuerpo y sangre, pagando en su carne el rescate. Y después incluso nutriéndonos con su carne y su sangre para divinizarnos.

He aquí por qué aquella insólita escena de amamantamiento, asumida por Caravaggio, expresa misterios profundos: es la Gracia que salva de la muerte y da nueva vida al hombre viejo, prisionero del mal. La Gracia es Jesús mismo, Dios hecho carne, el Dios-hombre.

Una iconografía antigua y tradicional de Cristo es la del pelícano que se raja el pecho para alimentar a sus crías con su misma sangre.

La sangre y el agua que salieron del pecho del crucificado tienen este profundo significado de lavamiento y alimento para nosotros. Es alimentándonos de su mismo cuerpo como Él nos libera de la prisión.

Diversos místicos usan la imagen de los labios que beben de la herida del costado de Jesús. Naturalmente aquellas imágenes de dar de comer y de beber son todas metáforas de la Eucaristía (Caravaggio había representado las delicias de la Eucaristía también con el famoso y bellísimo cesto de frutas, refiriéndose a un tema de la espiritualidad de san Carlos y del Concilio de Trento).

Lo que Caravaggio representa en esta tela es un amor único al mundo, tan loco, concreto y apasionado que la escena de la “lactatio” [amamantamiento, n.d.t.] da del mismo sólo una ligerísima idea. Quizá –para retomar el título de  Yehoshua– “la escena perdida” por la humanidad de nuestro tiempo es justamente este Amor.

De hecho nuestro tiempo erotómano expresa también con la obsesión por el sexo aquella insatisfacción perenne en su búsqueda del éxtasis, del Amor verdadero y de la felicidad. Justamente porque somos carne la salvación vino en la carne.

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La Virgen María, arca de la Nueva Alianza: las ferias privilegiadas de Adviento

Posted by El pescador en 25 diciembre 2011

Se llaman ferias privilegiadas de Adviento a las Misas de la última semana de dicho tiempo litúrgico, que este año 2011 ha coincidido casi perfectamente, pues el IV Domingo fue el día 18, día de Nuestra Señora de la Esperanza o de la Expectación, y las lecturas de este domingo último de Adviento fueron sobre la Virgen María como Arca de la Nueva Alianza por su maternidad divina.

El Evangelio de dicho domingo era el de la Encarnación y la primera lectura narraba la intención del rey David de construir un templo en Jerusalén para depositar el Arca de la Alianza, que desde el pacto en el Sinaí había acompañado al pueblo de Israel. Dicha arca de la Antigua Alianza (Éxodo 25,10-22; 37,1-9) era la presencia de Dios en medio del pueblo (“Encima del arca estaban los seres alados que significaban la presencia de Dios y que cubrían con sus alas la tapa del arca: Hebreos 9,5) y lo había acompañado especialmente en los momentos decisivos (Josué 3,14-17; 6,1-10; 1 Samuel 4-6) y fue depositada por Salomón en la dedicación del templo de Jerusalén; en dicha ocasión la gloria de Dios llenó el templo (1 Reyes 8,1-11; 2 Crónicas 5,2-14).

La distribución del espacio donde estaba el arca en el templo es descrito por el autor de la carta a los Hebreos (9,2-10), donde además explica que el arca estaba en el Lugar Santísimo (el sancta sanctorum: 9,3-4) no podía entrar más que el sumo sacerdote una vez al año (Hebreos 9,6-7). Esto indica que en esta primera alianza Dios era inaccesible en el sentido de que no era visible, no era accesible, aunque no era lejano ni distante porque intervenía desde la creación para salvar a su pueblo y comunicarse y revelarse al mundo. Pero contrasta cómo en la colocación del arca en el templo en tiempos de Salomón, la gloria del Señor en forma de nube inundó el templo y nadie podía ver nada.

En cambio, con la Encarnación del Hijo de Dios narrada por San Lucas, Dios se hace visible y más cercano aún, como decía anoche en su homilía Benedicto XVI “en el niño en el establo de Belén, se puede, por decirlo así, tocar a Dios y acariciarlo”. Y esto es posible gracias a que Dios quiso nacer de la Virgen María, quiso tomar carne para hacerse visible, para mostrar que su gloria consiste en que podamos verlo, no en un palacio entre gente poderosa, sino en un pesebre entre gente normal y sencilla.

Por eso la Virgen María es la protagonista del final del Adviento, y ha aparecido en las lecturas de la Misa de las ferias privilegiadas desde el pasado IV Domingo, porque ella es el Arca de la Nueva Alianza, gracias a ella Dios se ha hecho visible y palpable, Dios ha venido a vivir en medio de nosotros de manera definitiva y para siempre y no deja abandonado a su pueblo, como hizo durante el recorrido de Israel hasta la tierra prometida Dios habita en medio de su pueblo en la Eucaristía, prolongación de su Encarnación en la Virgen María.

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Tipos de la Eucaristía en el Antiguo Testamento

Posted by El pescador en 1 noviembre 2011

 

Este retablo de la Última Cena se encuentra en la Iglesia de San Pedro, Lovaina (Bélgica).
Como se aprecia, está estructurado en torno a la institución de la Eucaristía en la Última Cena del Señor Jesús, y a su alrededor hay cuatro escenas del Antiguo Testamento (A.T.): a la izquierda arriba el encuentro de Abraham con Melquisedec, sacerdote del Dios Altísimo que le ofreció pan y vino; debajo la Cena pascual judía; a la derecha arriba, los israelitas recogen el maná en el desierto, debajo el profeta Elías es despertado por el ángel para que coma y tome fuerzas para el camino [Pinchando en el subrayado azul aparece cada cuadro con más detalle]. A continuación explico con sus correspondientes citas bíblicas cada una de las escenas.
Un tipo es la figura representativa que alude a otra realidad, en este caso las cuatro escenas del A.T. representaban y figuraban la institución de la Eucaristía. Vamos a ver esto y qué enseñan sobre este Sacramento.En primer lugar, hay que distinguir que las dos escenas de la izquierda nos indican que la Eucaristía es el sacrificio de Cristo, y las dos de la izquierda que la Eucaristía es comida y alimento para los cristianos.Veamos con detenimiento cada una de las escenas:

– El encuentro de Abraham y Melquisedec (arriba a la izquierda): 
 

Este episodio está narrado en el libro del Génesis 14,18-20: “Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y le bendijo diciendo: ‘Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador del cielo y de la tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos’. Y Abrán le dio el diezmo de todo”.
Esta escena es anuncio de la Eucaristía porque el autor de la carta a los Hebreos (7,3.8) nos enseña que de este personaje no consta familia ni antepasados, ni se sabe nada de su nacimiento ni de su muerte, y además la Escritura supone que vive todavía, por lo que es figura de Cristo, Hijo eterno de Dios.
En esta acción Abraham entregó el diezmo al sacerdote de Dios Melquisedec , aunque éste no pertenecía a la tribu de Leví, tribu a la que después pertenecieron los sacerdotes israelitas (7,5-6).
Así, el sacerdocio de Jesús es superior al de los la tribu de Leví, porque Él no muere  y así intercede para siempre ante Dios (7,25); además como Jesucristo no tiene pecados no necesita ofrecer sacrificios cada día por sus pecados y por los del pueblo, sino que fue suficiente con su único sacrificio en la cruz (7,27).
Por tanto, esta escena nos muestra que en el sacramento de la Eucaristía, Jesucristo es el sacerdote que ofrece el sacrificio.
– La Pascua judía (debajo a la izquierda):
El cuadro representa a una familia israelita comiendo la cena según lo mandado por Moisés (Éxodo 12,8.11): “Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas […] Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor”.
Los israelitas la celebran con un cordero (Éxodo 12,5), Jesucristo en cambia conecta la Última Cena con su Pascua, con su muerte y resurrección puesto que Él será la víctima sacrificada, ya que se cumple lo mandado por Moisés: “Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: ‘No le quebrarán un hueso’ ” (Juan 19,36), “no le romperás ningún hueso” (Éxodo 12,46).
Además de comer el cordero, en aquella primera Pascua los israelitas señalaron con la sangre del mismo sus puertas para  salvarse de la décima plaga que el Señor envió sobre Egipto (la muerte de los primogénitos: Éxodo 12,12-13.22.29-30). Así que igual que la sangre de  los corderos de aquella primera Pascua salvó de la muerte a los hebreos y les dio la libertad, la sangre de los sacrificios que los sacerdotes hebreos ofrecían servía para el perdón de los pecados del pueblo de Israel (Hebreos 9,7) y darles la libertad de los pecados, porque el pecado causa la muerte eterna y esclaviza.
Pero el autor de la carta a los Hebreos señala (10,2-4.11) que si la sangre de los animales sacrificados sirviera realmente para perdonar los pecados ya que tenían que repetirlos continuamente, y en cambio sólo Cristo pudo ofrecer el único sacrifico eficaz para perdonar los pecados (9,26; 10,12) con su sangre.
Por eso el cordero que comieron los israelitas en aquella primera Pascua es imagen de Cristo, que en la cruz se ofrece como víctima del sacrificio ofrecido para el perdón de los pecados, y que renovamos y actualizamos en la celebración de la Eucaristía.

– El maná (Éxodo 16, arriba a la derecha):

En el camino desde Egipto hacia la tierra prometida, los israelitas tenian que atravesar el desierto del Sinaí, y en un ambiente tan hostil el pueblo tuvo que enfrentarse al problema de la comida, y tuvo que ser tanta el hambre que causó la añoranza de la esclavitud en Egipto, porque allí al menos se hartaban de comer.
La solución que les dio el Señor fue el maná, un pan que era el alimento para cada día, los israelitas no podían guardarlo para más tiempo porque se estropeaba, de ahí que en el Padre Nuestro pidamos al Señor que nos dé el pan de cada día, porque el Señor no nos olvida ni nos abandona, y en la peregrinación de esta vida nos da el alimento de la Eucaristía para que podamos llegar a nuestra tierra prometida que es la Jerusalén del cielo.
En el discurso del Pan de vida (Juan 6,25-59), los judíos plantean a Jesús cuál es la señal que Él da para que crean que es el enviado de Dios ya que sus antepasados comieron el maná en el desierto (vv. 30-31). la respuesta de Jesucristo es que los cristianos, que somos los que creemos que Él es el que ha sido enviado por Dios (v. 29), recibimos el verdadero pan que ha bajado del cielo que nos da nuestro Padre Dios, y que es Jesucristo, para que tengamos vida eterna al comerlo y al creer en Él (vv. 35-40).
– Elías huye de Jezabel (abajo a la derecha):
Esta escena representa al profeta Elías cuando huyó de la reina Jezabel hacia el monte Horeb (1 Reyes 19,1-9); este episodio es consecuencia de la matanza de los profetas de Baal tras el desafío en el monte Carmelo (18,20-40).
Dicho desafío sirvió para mostrar al pueblo de Israel que el único Dios vivo y verdadero es Yahveh, porque los profetas del dios fenicio Baal, cuyo culto promovía Jezabel, esposa del rey israelita Ahab, y que suponía un grave peligro para la fe de los israelitas.
La reina Jezabel juró matar al profeta Elías tras lo sucedido en el monte Carmelo, así que no tuvo más remedio que huir. Pero cansado de caminar por el desierto, se acostó bajo una retama deseando morir porque le faltaban las fuerzas, hasta que un ángel lo despertó y le mandó comer una torta y beber agua que había cerca de él, de manera que así tuvo fuerzas para caminar durante cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb o Sínaí.
Este episodio nos muestra que la Eucaristía es alimento para los cristianos, caminantes y peregrinos por este mundo hacia la Jerusalén del cielo; y en esta peregrinación que es la vida terrena tenemos a Jesucristo no sólo como alimento sino también como camino para llegar a nuestra meta.
Finalmente, estas cuatro escenas del Antiguo Testamento se cumplen en el sacramento de la Eucaristía, representada en la Última Cena del centro del retablo.

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La Misa está en el libro del Apocalipsis

Posted by El pescador en 9 diciembre 2010

Scott Hahn es un pastor presbiteriano que se bautízó católico cuando descubrió que el libro del Apocalipsis está desarrollado en la Misa, tal y como explica en el vídeo. En este enlace y en este otro hay más información sobre él; publicó el libro “La cena del cordero: La Misa, el cielo en la tierra” (Ediciones Rialp) donde desarrolla con detalle lo que enuncia el vídeo.

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