El testamento del pescador

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Desnudaos del hombre viejo

Posted by El pescador en 24 febrero 2007

La Cuaresma, junto con el Adviento, es el tiempo de la conversión, época de quitarse cosas para vestirse de resurrección: un nuevo catecumenado para renovar el bautismo y así morir al hombre viejo y nacer como niño a la vida eterna. Me he acordado de un fragmento de las Enarraciones sobre los Salmos de San Agustín, que habla de desnudarse del hombre viejo entrando por el camino angosto del mismo modo que la serpiente cambia de piel (o camisa como decimos aquí) entrando por un agujero estrecho:

“A nosotros nos abruma como el peso de cierta piel y como la ancianidad o vejez del hombre. Escucha al Apóstol que dice: Desnudaos del hombre viejo y revestíos del nuevo (Colosenses 3,9.10). Y ¿cómo me desnudo -dices- del hombre viejo? Imita la astucia de la serpiente. Pues ¿qué hace la serpiente para desnudarse de la vieja camisa? Se contrae y pasa por una abertura angosta. ¿Y dónde, dices, encuentro esa abertura estrecha? Escucha: Estrecho y angosto es el camino que conduce a la vida, y pocos son quienes entran por él (Mateo 7,14). ¿Le temes, y no quieres andar porque son pocos quienes andan por él? Allí debe despojarse del vestido viejo, y no puede hacerse en otro sitio. Por el contrario si quieres que te estorbe, te sea gravoso y te deprima, no vayas por el camino estrecho. Si te hallas sobrecargado con cierta vetustez de tu pecado y de la vida anterior, no puedes transitar. Como el cuerpo corruptible hace peso al alma (Sab 9,15), es necesario o que los deseos corporales no depriman o que nos desnudemos de los deseos carnales. ¿Y cómo serán desnudados si no vas por el camino angosto, si no eres astuto como la serpiente?” (57,10).

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Reflexión cuaresmal 2007

Posted by El pescador en 21 febrero 2007

Os ofrezco la reflexión cuaresmal que, si Dios quiere, ofreceré esta tarde en la presentación del cartel de Semana Santa; espero que os guste y os ayude:

La Cuaresma es el tiempo en que los catecúmenos se preparan con más intensidad a su bautismo en la noche de Pascua, por tanto la Cuaresma dirige nuestra mirada a la Pascua, a la muerte y resurrección de Cristo, que es el centro de nuestra fe cristiana. Y por eso no debemos quedarnos simplemente en los ejercicios de la cuaresma, sino tener siempre la vista hacia la meta que es el tiempo de Pascua, que además es más largo que este tiempo que hoy empezamos.

El mensaje del Papa para esta cuaresma tiene como título y lema “Mirarán al que traspasaron”: es la frase de Zacarías que cita el evangelio del discípulo amado cuando cuenta que a Jesús le atravesaron el costado con la lanza y al punto salió sangre y agua. El evangelista nos insiste en que él fue testigo de este acontecimiento y que es verdadero. Si recordamos cualquier imagen de Cristo crucificado y del Resucitado que procesionamos en nuestro Domingo de Resurrección, siempre tienen el costado abierto, es la quinta llaga o estigma de la Pasión, como nos recuerda la portada de Consolación, adornada con los 5 estigmas de San Francisco, símbolos de la orden franciscana.

El Papa habla de Cristo, pero no en cualquier etapa de su vida terrena, sino al Cristo traspasado en el Calvario, el Cristo que da su sangre y su agua para que nazca la Iglesia, es su suprema muestra de amor.

La originalidad del Santo Padre para esta cuaresma es hacernos ver que Dios no es sólo ágape, sino también eros. La Sagrada Escritura habla en los profetas y en el Cantar de los cantares de la relación de Dios con su pueblo Israel como un novio o un esposo que ama con pasión, y a pesar de las infidelidades ama por encima de todo.

Los profetas Oseas y Ezequiel presentan a Dios como el marido que busca a su esposa infiel para perdonarla a pesar de su infidelidad; Israel fue la esposa infiel a Dios porque se había ido en pos de otros amantes, que eran los ídolos o falsos dioses.

A Dios le pasa lo que canta la copla:

Querer a quien no te quiere,

a eso se llama querer,

porque querer a quien te quiere

se llama corresponder

y eso lo hace cualquiera.

Este simbolismo amatorio y esponsal nos habla de la relación personal que Dios quiere establecer con nosotros, una relación de amor, que eso son las relaciones personales. Para eso nos creó Dios y para eso se ha revelado, para tener una relación de amistad con nosotros.

Y la cuaresma es el tiempo del año litúrgico en que Dios viene a buscarnos para recuperarnos, para que nos demos cuenta de nuestras infidelidades, nos volvamos hacia Él y nos preparemos a renovar nuestra iniciación cristiana en la Pascua; a renovar nuestro bautismo, en el que participamos del amor máximo de Cristo en la cruz y en la resurrección.

Todo el amor de Cristo en la cruz tiene un destinatario, nosotros, la Iglesia, su esposa. Por eso no podemos decir que amamos a Cristo pero no a su Iglesia. El Papa alude a San Agustín en su mensaje cuaresmal de este año para explicar el sentido del costado abierto de Cristo, nuevo Adán, del que nace la Iglesia, nueva Eva; la sangre y el agua que brotan del costado traspasado de Cristo son en primer lugar un fenómenos fisiológico: la sangre del corazón y el agua del pericardio, la membrana que protege el corazón; pero el evangelista San Juan quiere dar un simbolismo a este fenómeno fisiológico, y para ello os voy a citar algunos textos de las Enarraciones sobre los Salmos de San Agustín, donde explica perfectamente cómo el agua y la sangre del costado abierto de Cristo son el bautismo y la Eucaristía, los sacramentos de los que nace la Iglesia; dice el santo obispo de Hipona:

 

Porque cuando dormía Adán, le fue arrancada una costilla y fue hecha Eva; así el Señor cuando dormía en la cruz, su costado fue atravesado con una lanza, y fluyeron los sacramentos, de donde fue hecha la Iglesia. Pues la Iglesia esposa del Señor fue hecha del costado, lo mismo que Eva fue hecha del costado. Pero de la misma manera que aquella no fue hecha sino del costado del que dormía, así ésta no fue hecha sino del costado del que moría (126,7).

Del costado abierto de Cristo nace la Iglesia; en el bautismo y en la Eucaristía nosotros fuimos incorporados a la Iglesia, así lo recordaremos en el Triduo Pascual; dice en otra Enarración ampliando este tema del costado abierto de Cristo del que nace la Iglesia por los sacramentos de iniciación cristiana:

Así pues si Adán era figura del que había de venir, del mismo modo que del costado del que dormía fue hecha Eva, así del costado del Señor que dormía, o sea, que moría en la pasión, y golpeado en la cruz con la lanza, manaron los sacramentos, con los cuales se forma la iglesia. Pues de su misma pasión futura dice en otro salmo: “yo dormí, y tomé el sueño; y me levanté porque el Señor me sustentó”. Luego la dormición se entiende como la pasión. Eva fue hecha del costado del que dormía, la iglesia del costado del que padecía (138,2).

 

Por eso nosotros somos también hijos de la Iglesia, que nos ha parido, como nos explica también San Agustín: Hay una mujer en la que espiritualmente se cumple lo que se dijo a Eva: “Parirás con gemidos”, pues la Iglesia esposa de Cristo pare hijos. Si da a luz, sufre dolores de parto. Prefigurándola, se llamó a Eva “madre de los vivientes (126,8).

El Papa nos invita en su mensaje cuaresmal a volvernos a Cristo, que miremos al que traspasaron, eso es la conversión; volvernos a Cristo que como esposo amante nos busca y con lazos de ternura nos busca, con cuerdas de amor nos atrae (cf. Oseas 11,4), escuchemos lo que nos dice el Señor a través del profeta Oseas: Israel, yo te haré mi esposa para siempre, mi esposa legítima, conforme a la ley, porque te amo entrañablemente. Yo te haré mi esposa y te seré fiel, y tú entonces me conocerás como el Señor (Oseas 2,19-20).

Dice el refrán castellano que Amor con amor se paga, por eso termino recitando el bellísimo Soneto anónimo No me mueve mi Dios para quererte:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido
ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

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Mensaje del Papa para la Cuaresma: Mirarán al que traspasaron

Posted by El pescador en 14 febrero 2007

Ya se ha publicado el mensaje del Papa para la Cuaresma de este año y que lleva el título de “Mirarán al que traspasaron“.

 

Hoy es la fiesta de San Cirilo y San Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos y copatronos de Europa, pero para el común de la gente es San Valentín, el día del amor y la amistad. Y precisamente el tema del mensaje pontificio es el amor de Dios, que es eros y ágape.

El título hace referencia al costado abierto de Cristo en la cruz, del que salió sangre y agua, signos de la Eucaristía y el Bautismo, de los cuales nace la Iglesia, nueva Eva del costado abierto de Cristo, nuevo Adán, como bellamente explicaba San Agustín de Hipona en varias Enarraciones sobre los Salmos; de esto hablé en otra entrada con motivo del Sagrado Corazón de Jesús y en esta otra entrada también hablé sobre los tres amores: eros, filía y ágape.

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2007

 

Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37)

¡Queridos hermanos y hermanas!

“Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37). Éste es el tema bíblico que guía este año nuestra reflexión cuaresmal. La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquel que en la Cruz consuma el sacrificio de su vida para toda la humanidad (cf. Jn 19,25). Por tanto, con una atención más viva, dirijamos nuestra mirada, en este tiempo de penitencia y de oración, a Cristo crucificado que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor de Dios. En la Encíclica Deus caritas est he tratado con detenimiento el tema del amor, destacando sus dos formas fundamentales: el agapé y el eros.

El amor de Dios: agapé y eros

El término agapé, que aparece muchas veces en el Nuevo Testamento, indica el amor oblativo de quien busca exclusivamente el bien del otro; la palabra eros denota, en cambio, el amor de quien desea poseer lo que le falta y anhela la unión con el amado. El amor con el que Dios nos envuelve es sin duda agapé. En efecto, ¿acaso puede el hombre dar a Dios algo bueno que Él no posea ya? Todo lo que la criatura humana es y tiene es don divino: por tanto, es la criatura la que tiene necesidad de Dios en todo. Pero el amor de Dios es también eros. En el Antiguo Testamento el Creador del universo muestra hacia el pueblo que ha elegido una predilección que trasciende toda motivación humana. El profeta Oseas expresa esta pasión divina con imágenes audaces como la del amor de un hombre por una mujer adúltera (cf. 3,1-3); Ezequiel, por su parte, hablando de la relación de Dios con el pueblo de Israel, no tiene miedo de usar un lenguaje ardiente y apasionado (cf. 16,1-22). Estos textos bíblicos indican que el eros forma parte del corazón de Dios: el Todopoderoso espera el “sí” de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa. Desgraciadamente, desde sus orígenes la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es imposible (cf. Gn 3,1-7). Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo, y se convirtió en el primero de “los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2,15). Dios, sin embargo, no se dio por vencido, es más, el “no” del hombre fue como el empujón decisivo que le indujo a manifestar su amor en toda su fuerza redentora.

La Cruz revela la plenitud del amor de Dios

En el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura, Él aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito. La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad del nuevo Adán. Bien podemos entonces afirmar, con san Máximo el Confesor, que Cristo “murió, si así puede decirse, divinamente, porque murió libremente” (Ambigua, 91, 1956). En la Cruz se manifiesta el eros de Dios por nosotros. Efectivamente, eros es —como expresa Pseudo-Dionisio Areopagita— esa fuerza “que hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos a los que aman” (De divinis nominibus, IV, 13: PG 3, 712). ¿Qué mayor “eros loco” (N. Cabasilas, Vida en Cristo, 648) que el que trajo el Hijo de Dios al unirse a nosotros hasta tal punto que sufrió las consecuencias de nuestros delitos como si fueran propias?

“Al que traspasaron”

Queridos hermanos y hermanas, ¡miremos a Cristo traspasado en la Cruz! Él es la revelación más impresionante del amor de Dios, un amor en el que eros y agapé, lejos de contraponerse, se iluminan mutuamente. En la Cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como “Señor y Dios” cuando puso la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor. Se podría incluso decir que la revelación del eros de Dios hacia el hombre es, en realidad, la expresión suprema de su agapé. En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. Jesús dijo: “Yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él. Aceptar su amor, sin embargo, no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo “me atrae hacia sí” para unirse a mí, para que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor.

Sangre y agua

“Mirarán al que traspasaron”. ¡Miremos con confianza el costado traspasado de Jesús, del que salió “sangre y agua” (Jn 19,34)! Los Padres de la Iglesia consideraron estos elementos como símbolos de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Con el agua del Bautismo, gracias a la acción del Espíritu Santo, se nos revela la intimidad del amor trinitario. En el camino cuaresmal, haciendo memoria de nuestro Bautismo, se nos exhorta a salir de nosotros mismos para abrirnos, con un confiado abandono, al abrazo misericordioso del Padre (cf. S. Juan Crisóstomo, Catequesis, 3,14 ss.). La sangre, símbolo del amor del Buen Pastor, llega a nosotros especialmente en el misterio eucarístico: “La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús… nos implicamos en la dinámica de su entrega” (Enc. Deus caritas est, 13). Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo ‘eucarístico’, en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y palabra. De ese modo contemplar “al que traspasaron” nos llevará a abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas. Que la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte cada día debemos “volver a dar” al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado. Sólo así podremos participar plenamente de la alegría de la Pascua. Que María, la Madre del Amor Hermoso, nos guíe en este itinerario cuaresmal, camino de auténtica conversión al amor de Cristo. A vosotros, queridos hermanos y hermanas, os deseo un provechoso camino cuaresmal y, con afecto, os envío a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 21 de noviembre de 2006

BENEDICTUS PP. XVI

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