El testamento del pescador

Archive for the ‘Antonio Socci’ Category

Un misterio que alarma al Papa…

Posted by El pescador en 23 diciembre 2007

¿Un desgarro sobre nuestro futuro próximo?

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

en “Libero”, 14 diciembre 2007

Es sorprendente recibir una confirmación tan clamorosa y oportuna por otra autoridad como el cardenal Ivan Dias, Prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos, y estrecho colaborador del Papa. El pasado sábado, en esta columna, había señalado un “detalle” alarmante contenido en la recientísima encíclica pontificia “Spe salvi”: la mención del Anticristo, por medio de una cita de Immanuel Kant. Es bastante raro hoy, en el mundo católico, sentir hablar de este terrible personaje profeitzado en el Nuevo Testamento. Sorprende aún más ver evocarlo, en relación a los tiempos presentes, en un documento solemne como una encíclica y por un papa tan riguroso, tranquilo y culto como Benedicto XVI.En el artículo del sábado había recordado que ya el 27 de febrero pasado, en el más estricto entorno papal, se había reflexionado con el Pontífice sobre aquella inquietante profecía, durante los ejercicios espirituales predicados por el cardenal Biffi que citó “El relato del Anticristo” de Vladimir Solovev. En resumidas cuentas yo había recordado que el mismo Ratzinger, de cardinal, en un memorable discurso hecho en Nueva York y en Roma, había citado aquellas páginas.
Pero las palabras pronunciadas por el cardenal Dias siempre el pasado sábado, después publicadas por el Osservatore romano (hecho significativo), son las más clamorosas. El prelado estaba haciendo su homilía en el santuario de Lourdes “para inaugurar, como enviado del Papa, el Año celebrativo del 150 aniversario de las apariciones”. Se trata de las apariciones de la Virgen a Bernadette Soubirous que empezaron el 11 de febrero de 1858.En la solemne circunstancia el enviado del Papa ha llevado “el saludo muy cordial de Su Santidad” y después ha dicho: “La Virgen ha bajado del Cielo como una madre muy preocupada por sus hijos… Se apareció en la Gruta de Massabielle que en la época era una charca donde pastaban los marranos y es precisamente allí donde quiso hacer surgir un santuario, para indicar que la gracia y la misericordia de Dios superan la miserable charca de los pecados humanos. En el lugar vecino a las apariciones, la Virgen hizo surgir un manantial de agua abundante y pura, que los peregrinos beben y llevan al mundo entero significando el deseo de nuestra tierna Madre de hacer llegar su amor y la salvación de su Hijo hasta el extremo de la tierra. Finalmente, de esta Gruta bendita la Virgen María lanzó una llamada urgente a todos para orar y hacer penitencia y así obtener la conversión de los pobres pecadores”.El cardenal ha encuadrado estas apariciones en el “contexto de la lucha permanente, y sin exclusión de golpes, entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal”. Una lucha que parece llegada, en nuestra generación, al epílogo final, preparado por la “larga cadena de apariciones de la Virgen” en la modernidad, iniciadas “en 1830, en Rue du Bac, en París, donde fue anunciada la entrada decisiva de la Virgen María en el corazón de las hostilidades entre ella y el demonio, como es descrito en los libros del Génesis y del Apocalipsis”.Es un verdadero fresco de teología de la historia el trazado por el cardenal que invoca también a Fátima y –considero- Medjugorje: “Después de las apariciones de Lourdes, la Virgen no ha dejado de manifestar en el mundo entero sus vivas preocupaciones maternas por la suerte de la humanidad en sus diversas apariciones. Por doquier, ha pedido oraciones y penitencias por la conversión de los pecaores, porque preveía la ruina espiritual de ciertos países, los sufrimientos habría sufrido, el debilitamiento general de la fe cristiana, las dificultades de la iglesia, la venida del Anticristo y sus tentativas para sustituir a Dios en la vida de los hombres: intentos que, a pesar de sus éxitos resplandecientes, están destinados sin embargo al fracaso”.Es una frase breve, pero fulgurante esta del prelado: la Virgen se ha aparecido tan frecuentemente en este tiempo “porque preveía” una gran apostasía de la fe, las persecuciones a la Iglesia, el sufrimiento del Papa y –textualmente– “la venida de Anticristo”.Es una frase rompedora que se volvió a hacer, evidentemente, en las palabras pronunciadas por la Virgen en alguna de las apariciones citadas.Así el enviado del Papa, hablando de nuestro tiempo, evoca de nuevo y públicamente el Anticristo a pocos días de la publicación de la encíclica. En el Nuevo Testamento esta figura no se sitúa necesariamente al fina de los tiempos. Jesús mismo preanuncia la llegada de “falsos cristos y falsos profetas” capaces de “inducir a error, incluso a los elegidos” y profetiza “una gran tribulación”, nunca vista tan terrible en la historia humana (Mt 24,24). San Pablo explica que se verificará la “apostasía” (2 Tes 2,3), o bien el abandono de Dios y de la Iglesia, por consiguiente explotará “la manifestación del hombre inicuo”, “el hijo de la perdición”, aquel que “en la potencia de Satanás… se opone a Dios” hasta sentarse “en el templo de Dios, señalándose a sí mismo como Dios” (2 Tes 2, 3-4).

Es un dominio casi total del Mal sobre la tierra lo que viene aquí preconizado. No se sabe cómo, cuándo y por cuánto. Un escenario de horror y de maldad que hiela la sangre. Los teólogos discuten si es un individuo concreto que viene preanunciado o un sistema di potencias. Pero sorprende en estas semanas sentir evocarlo con tanta insistencia desanimada por la Santa Sede, evidentemente también en fuerza de “informaciones” (que Oltretevere se conocen y se valoran) provenientes de “fuentes” especiales, como precisamente los mensjaes de las apariciones marianas, de místicos y de revelaciones privadas. Estos pronunciamientos públicos muestran con cuánta alarma en el Vaticano se mira a los acontecimientos mundiales. Por lo demás es dramático también el mensaje pontificio para la Jornada de la paz del 1 de enero próximo, donde se advierte de las devastaciones morales (de las familias y de la vida) y materiales (por ejemeplo con los inmensos riesgos de la carrera de armas nucleares).

El cuadro es oscurísimo. Pero la Santa Sede no es una entidad política y no valora la situación con una mirarda sobre el terreno. De hecho hay la certeza de poder contar con una ayuda “superior”. El cardenal Dias en la clamorosa homilía del sábado explicaba: “Aquí, en Lourdes, como por todas partes en el mundo, la Virgen María está tejiendo una inmensa red en sus hijos e hijas espirituales para lanzar una fuerte ofensiva contra las fuerzas del Maligno en el mundo entero, para encerrarlo y preparar así la victoria final de su divino Hijo, Jesucristo. La Virgen María hoy nos invita una vez a formar parte de su legión de combate contra las fuerzas del mal”.

El prelato repite –por si no queda claro– que “la lucha entre Dios y su enemigo es siempre rabiosa, incluso más hoy que en el tiempo de Bernadette, hace 150 años” y “esta batalla causa innumerables víctimas”. Así pues revela palabras –quizá inéditas– pronunciadas por el cardenal Karol Wojtyla el 9 de noviembre de 1976, pocos meses antes de ser elegido Papa: “Nos encontramos hoy frente al más grande combate que la humanidad haya visto nunca. No pienso que la comunidad cristiana lo haya comprendido totalmente. Estamos hoy ante la lucha final entre la Iglesia y la Anti-Iglesia, entre el Evangelio y el Anti-Evangelio”.

Palabras clamorosas. Una confirmación ulterior. Parece evidente que el Vicario de Cristo y sus más estrechos colaboradores conocen algo más y desean preparar a los cristianos a aquella “lucha final”. Sus repetidas apelaciones a responder a la llamada de la Virgen son ya suficientes para reflexionar seriamente sobre lo que está sucediendo y que sucederá en la Iglesia y en el mundo. Un futuro próximo que nosotros no conocemos, pero que, explica Dias, será victorioso gracias a María. Como ella misma anunció en Rue du Bac: “El momento vendrá, el peligro será grande, todo parecerá perdido. Entonces yo estaré con vosotros”.

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Un detalle impresionante…

Posted by El pescador en 22 diciembre 2007

Si se lee con atención la encíclica…

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

En “Libero”, 8 diciembre 2007
Hay un personaje inquietante y apocalíptico que Benedicto XVI evoca, por sorpresa, en la reciente encíclica “Spe salvi”: el Anticristo. Realmente el papa no cita directamente este oscuro sujeto que es dramáticamente preanunciado hasta por el Nuevo Testamento, pero lo introduce a través de una cita de Immanuel Kant que da cierta impresión releer en estos tiempos en los cuales Europa parece en guerra contra la Iglesia, a menudo instrumentalizando algunos grupos sociales (como los inmigrantes musulmanes o las mujeres o los homosexuales) para erradicar las raíces cristinas y para limitar la libertad de los católicos y de la Iglesia. Escribía Kant: “Si llegara un día en el que el cristianismo no fuera ya digno de amor, el pensamiento dominante de los hombres debería convertirse en el de un rechazo y una oposición contra él; y el anticristo […] inauguraría su régimen, aunque breve (fundado presumiblemente en el miedo y el egoísmo). A continuación, no obstante, puesto que el cristianismo, aun habiendo sido destinado a ser la religión universal, no habría sido ayudado de hecho por el destino a serlo, podría ocurrir, bajo el aspecto moral, el final (perverso) de todas las cosas”.El Papa subraya justamente esta posibilidad apocalíptica que es apuntada por Kant según el cual el abandono del cristianismo y la guerra al cristianismo podrían llevar a un fin no natural, “perverso”, de la humanidad, a una suerte de autodestrucción planetaria, sea en sentido moral en sentido material (y tal horror, por otra parte, está hoy en las posibilidades técnicas de la humanidad). Siendo la encíclica un texto muy riguroso y ponderado, hay que excluir que Benedicto XVI haya invocado al Anticristo y el “fin de la humanidad” por casualidad.Su pensamiento por otra parte está del todo lejano de sugestiones milenaristas, hay por tanto que creer que si vuelve a llamar sobre estos temas divisa verdaderamente en nuestro tiempo un enfrentamiento dramático y mortal entre Bien y Mal. Además de todo ya en una reciente ocasión ha sido evocada y bien meditada, en el Vaticano, la figura del Anticristo. Acaeció este año, el 27 de febrero, en los ejercicios espirituales predicados al Papa por el cardenal Biffi (imagino que los temas hayan sido concordantes): se meditó justamente sobre la profecía del Anticristo (ver “Le cose di lassù”, ed. Cantagalli). Biffi ha citado de hecho el “Relato del Anticristo” de Vladimir Solovev escrito en la primavera de 1900, como aviso al siglo XX que estaba en los albores. En aquellas páginas el personaje apocalíptico era elegido “Presidente de los Estados Unidos de Europa” y después aclamado emperador romano.“Donde la exposición de Solovev se demuestra particularmente original y sorprendente y merece más reflexión profunda” explica Biffi “es en la atribución al Anticristo de las cualidades de pacifista, de ecologista, de ecumenista”. Prácticamente un campeón perfecto de lo políticamente correcto. He aquí las palabras de Solovev: “El nuevo dueño de la tierra era ante todo un filántropo, lleno de compasión no sólo amigo de los animales. Personalmente era vegetariano… Era un convencido espitualista”, creía en el bien e incluso en Dios, “pero no amaba más que a sí mismo”.

En sustancia esta figura –la antagonista de Jesucristo– si presentaría, según una antigua tradición, con los aspectos más seductores, una imitación de los “valores cristianos”, en realidad vuelto contra Jesucristo, aquellos que hoy acarician el sentido común. El Anticristo de este relato de hecho truena: “¡Pueblos de la tierra! Yo os he prometido la paz y os la he dado. Cristo ha traído la espada, o traeré la paz”. Palabras en las cuales muchos sienten resonar aquella acusación al cristianismo (que sería causa de intolerancia y conflictos) hoy tan difundida. No obstante se equivocaría reteniendo que el Papa estigmatiza sólo y simplemente el anticristianismo que se extiende a causa del laicismo, aunque tan agresivo y peligroso. Hay mucho más en sus pensamientos. Justamente Ratzinger, de cardenal, en una memorable conferencia en Nueva York, el 27 enero 1988, ante un auditorio ecuménico, sobre todo de teólogos, citó el mismo relato de Solovev empeznado así: “En el ‘Relato del Anticristo’ de Vladimir Solovev, el enemigo escatológico del Redentor se recomendaba a sí mismo a los creyentes, enre otras cosas por el hecho de haber conseguido el doctorado en teología en Tubinga y haber escrito un trabajo exegético reconocido como pionero en aquel campo. ¡El Anticristo un famoso exegeta!”.

Este discurso fue repetido por el cardenal también en Roma, ante una platea de teólogos católicos. Muchos, en aquellas plateas, encontraron seguramente “provocativa” esta citación, aunque sea manifiesta con la calma típica de Ratzinger que exhorta a todos, siempre, a reflexionar. Ella sin embargo expresa la consciencia del actual pontífice –y antes que él de Pablo VI y de Juan Pablo II– que el peligro no viene sólo del exterior, de una cultura adversa y de fuerzas anticristianas, sino también del interior, de “un pensamiento no católico” que se extiende en la misma cristiandad, como denunció con palabras dramáticas Pablo VI cuando llegó a hablar del “humo de Satanás” dentro del templo de Dios.

Que en la Iglesia, especialmente en los últimos pontífices, se ha difundido la sensación de vivir en los tiempos apocalípticos (no necesariamente “el fin de los tiempos”, sino quizá los tiempos del Anticristo) aparece evidente por tantos pronunciamientos suyos. Además hace reflexionar, tamibén en el Vaticano, la gran cantidad de “avavisos” sobrenaturales, que van en tal sentido, contenidos en “revelaciones privadas” a santos y místicos y en apariciones de estos decenios: en alguna de ellas se afirma incluso que el Anticristo sería un eclesiástico de este tiempo (un “pastor ídolo” que trastocará la vida de la Iglesia), pero es una imagen que muchos interpretan como referida a un “pensamiento non católico” dentro de la Iglesia, fenómeno que en efecto es bien desastrosamente visible. Da un cuadro razonado e iluminante de todo esto el padre Livio Fanzaga en el volumen, apenas salido, “Profezie sull’Anticristo” (Sugarco). Un cuadro precioso para comprender el sentido y la preocupación de tantas intervenciones pontificias. Angustiadas sea por las suertes de la fe que por las suertes de la humanidad.

La particular atención de la Santa Sede a Italia es debida al hecho de que el peso de los católicos ha dado –como ha subrayado el Papa mismo- la señal de una inversión de tendencia respecto a la devastación anticristiana y nihilista del resto d’Europa. Es decir la Iglesia apuesta por Italia para volver a llevar a Europa a sus raíces cristianas y a la fe. Por eso alarma fuertemente que en estos días, en el Palacio de la política, se intente a hurtadillas -con la connivencia de algunos católicos- reintroducir un “delito de opinión referido a la tendencia sexual” (como lo define “Avvenire”) que abre el camino a la “desmoralización” del Pueblo y mañana podría amenzar fuertemente la misma libertad de la Iglesia de enseñar su moral. Además de todo tales limitaciones a la libertad de pensamiento y de palabra pretende ser una ideología libertaria, paradoja que hace reflexionar amargamente más allá del Tíber, donde estos chirridos son percibidos como peligrosas advertencias antes de un posible derrumbe.

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¿Qué significa la bellísima encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza?

Posted by El pescador en 22 diciembre 2007

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

En “Libero”, 1 diciembre 2007Un texto bellísimo que leer y meditar…

Una bomba. Es la nueva encíclica de Benedicto XVI, “Spe salvi” donde no hay ni una cita del Concilio (elección de enorme significado), donde finalmente se vuelve a hablar del Infierno, del Paraíso y del Purgatorio (incluso del Anticristo, aunque sea en una cita de Kant), donde se llaman los horrores con su nombre (por ejemplo “comunismo”, palabra que en el Concilio fue prohibida pronunciar y condenar), donde en lugar de guiñar el ojo a los poderosos de este mundo rememora el consumidor testimonio de los mártires cristianos, las víctimas, donde barre la retórica de las “religiones” afirmando que uno solo es el Salvador, donde se indica a María como “estrella de esperanza” y donde se muestra que la fe ciega en el (solo) progreso y en la (sola) ciencia lleva al desastre y a la desesperación.

Benedicto XVI, del Concilio, no cita ni siquiera la “Gaudium et spes”, a pesar de que tenía en el título la palabra “esperanza”, sino que disipa justamente el equívoco desastrosamente introducido en el mundo católico por esta que fue la principal constitución conciliar, “La Iglesia en el mundo contemporáneo”. El Papa invita de hecho, en el n. 22, a “una autocritica del cristianismo moderno”. Especialmente sobre el concepto de “progreso”. Para decirlo con Charles Péguy, “el cristianismo no es la religión del progreso, sino de la salvación”. No es que el “progreso” sea cosa negativa, muchísimo debe al cristianismo como demuestran también libros recientes (pienso en los de Rodney Stark, “La vittoria della Ragione” y de Thomas Woods, “Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental”). El problema es la “ideología del progreso”, su transformación en utopía.

El problema grave de la “Gaudium et spes” y del Concilio fue el cambiar la virtud teologal de la “esperanza” en la noción mundanizada de ”optimismo”. Dos cosas radicalmente antitéticas, porque, como escribía Ratzinger, de cardinal, en el libro “Guardare Cristo”: “el objetivo del optimismo es la utopía”, mientras que la esperanza es “un don que nos ha sido dado y que esperamos de aquel que sólo puedo regalarlo de verdad: de aquel Dios que ya ha construido su tienda en la historia con Jesús”.

En la Iglesia del post-Concilio el “optimismo” se convierte en un nuevo superdogma. El peor pecado fue el de “pessimismo”. A ello contribuyó también el “ingenuo” discurso de apertura del Concilio hecho por Juan XXIII, el cual, en el siglo de la más grande masacre de cristianos de la historia, veía las cosas de color de rosa y la tomaba con los así llamados “profetas de desventura”: “En las actuales condiciones de la sociedad humana” decía “ellos no son capaces de ver otra cosa que ruínas y problemas; van diciendo que nuestros tiempos, si se comparan con los siglos pasados, resultan del todo peores; y llegan al punto de comportarse como si no hubiera nada que aprender de la historia… A Nos nos parece que debemos resueltamente disentir de esos profetas de desventura, que anuncian siempre lo peor, como si ocurriese el fin del mundo”.

Roncalli fue considerado, por la apologética progresista, depositario de un verdadero “espíritu profético”, cosa que se negó –por ejemplo– a la Virgen de Fátima la cual en cambio, en 1917, ponía en guardia de horribles desgracias, anunciando la gravedad del momento y el peligro mortal representado por el comunismo que llegaba (después de tres meses) a Rusia. Se verificó de hecho un océano de horrores y de sangre. Pero 40 año después, en 1962, alegremente – mientras el Vaticano aseguraba a Moscú que en el Concilio no sería condenado explícitamente el comunismo se “condenaban” a miles vejaciones a santos como padre Pío –Juan XXIII anunció públicamente que la Iglesia del Concilio prefería evitar “condenas” porque aunque “no faltaban doctrinas falaces… ahora los hombres por sí mismos parece que sean propensos a condenarlos”.

Y de hecho de allí a poco se dio el máximo de la expansión comunista en el mundo, no sólo con regímenes que iba desde Trieste a China y después Cuba e Indocina, sino con la explosion del ’68 en los países occidentales que durante decenios fueron devastados por las ideologías del odio. Pocos años depués del final del Concilio Pablo VI hacía el trágico balance, para la Iglesia, del ”profetico” optimismo roncalliano y conciliar: “Se creía que después del Concilio vendría una jornada de sol para la historia de la Iglesia. Vino por el contrario una jornada de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre… La apertura al mundo se convirtió en una verdadera y propia invasión del pensamiento secular en la Iglesia. Hemos sido quizá demasiado débiles e imprudentes”, “la Iglesia está en un difícil periodo de autodemolición”, “pr alguna parte el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios”.

Por esta leal admisión, el mismo Pablo VI fue aislado como “pesimista” por el establishment clerical para el cual la religión del optimismo “hacía olvidar toda decadencia y toda destrucción” (además de hacer olvidar la enormidad de los peligros que cargan sobre la humanidad y dogmas tales como el pecado original y la existencia de Satanás y del infierno). Ratzinger, en el libro citado, tiene palabras de fuego contra esta sustitución de la “esperanza” por el “optimismo”. Dice que “esto optimismo metódico era producido por aquellos que deseaban la destrucción de la vieja Iglesia, con el manto de cobertura de la reforma”, “el público optimismo era una specie de tranquilizante… con el objetivo de crear el clima adaptado a descomponer posiblemente en paz la Iglesia y adquirir así dominio sobre ella”.

Ratzinger ponía también un ejemplo personal. Cuando explotó el caso de su libro entrevista con Vittorio Messori, “Informe sobre la fe”, donde se ilustraba claramente la situación de la Iglesia y del mundo, fue acusasdo de haber hecho “un libro pesimista. Por algunas partes” escribía el cardenal “se intentó incluso prohibir la venta, porque una herejía de esta magnitud simplemente no podía ser tolerada. Los detentadores del poder de opinión pusieron el libro en el índice. La nueva inquisición hizo sentir su fuerza. Se demostró una vez más que no existe pecado peor contra el espíritu de la época que el convertirse en reos de una falta de optimismo”.

Hoy Benedicto XVI, con esta encíclica de pensamiento (que revaloriza por ejemplo los “frankfurtianos”), finalmente pone en solfa el mantecoso “optimismo” roncalliano y conciliare, aquel ideologismo facilón y conformista que ha hecho arrodillar a la Iglesia ante el mundo y la ha entregado a las más tremendas crisis de su historia. Así la crítica implícita no va más sólo al post concilio, a las “malas intrepretaciones” del Concilio, sino también a algunos planteamientos del Concilio. Del resto ya un teólogo del Concilio come fue Henri de Lubac (por otra parte citado en la encíclica) escribía a propósito de la Gaudium et spes: “se habla aún de ‘concepción cristiana’, pero bien poco de fe cristiana. Toda una corriente, en el momento actual, busca enganchar la Iglesia, por medio del Concilio, a una pequeña mundanización”. E incluso Karl Rahner dijo que el “esquema 13”, que se convertiría en la Gaudium et spes, “reducía el alcance sobrenatural del cristianismo”. ¡Incluso Rahner! Ratzinger vivió el Concilio: es el autor del discurso con el cual el el cardinal Frings demolió el viejo S. Oficio que no pocos daños había hecho. Y hoy el pontificado de Benedicto XVI se está calificando como la clausura de la estación oscura que, haciendo acopio de las cosas buenas del Concilio, nos devuelve la belleza bimilenaria de la tradición de la Iglesia. No por casualidad en la encíclica no es citado el Concilio, pero están S. Pablo y Gregorio Nazianceno, S. Agustín y S. Ambrosio, S. Tomás y S. Bernardo. Una encíclica bella, bellísima. También poética, que habla al corazón del hombre, a su soledad y a sus deseos más profundos. Es aconsejable leerla y meditarla atentamente.

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