El testamento del pescador

Archive for 22 junio 2009

El canto y la participación en la Misa

Posted by El pescador en 22 junio 2009

En la reforma tridentina se procuró la participación en la celebración contemplando la acción y el desarrollo de la misma como describía Romano Guardini en la catedral de Monreale (Sicilia):
La sagrada ceremonia se prolongó durante más de cuatro horas, sin embargo siempre hubo una viva participación. Hubo modos diversos de participación orante. Uno se realiza escuchando, hablando, gesticulando. Otro por el contrario se desarrolla mirando. El primero es bueno, y nosotros los del Norte de Europa no conocemos otro. Pero hemos perdido algo que en Monreale todavía existía: la capacidad de vivir-en la-mirada, de estar en la visión, de acoger lo sagrado por la forma y por el evento, contemplando.
Así, por ejemplo el altar mayor de la catedral de Jaén estaba diseñado para ser visible desde cualquier punto de la catedral, para que cualquiera pudiera participar de la celebración contemplándola.
Pues como decía, una forma de participación es el canto en la Misa, pero el problema es sobre todo cuando un solista o un coro canta temas que no pueden ser cantados por todos, v.gr. un tenor o canciones rocieras, con lo cual lo que realmente hace es dar un concierto: la asamblea no participa sino que escucha simplemente. Recuerdo una ocasión en que uno de estos coros cantó durante la entrada de la Misa una canción entera, unos cinco minutos, esperando todos a que terminaran de cantar.
Realmente nos hace falta a todos una catequesis, además de conversión, para que podamos celebrar dignamente los misterios del Señor y entendamos bien qué es la participación en las celebraciones sagradas.

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Eucaristía y Liturgia: testigos de una presencia real

Posted by El pescador en 13 junio 2009

(original en italiano; traducción mía)

GIACOMO GALEAZZI (La Stampa)

La Carta a los Hebreos es uno de los escritos más ricos del Nuevo Testamento, pero demasiado a menudo los creyentes lo desatienden, quizás porque el argumento tratado es trabajoso y, como el autor mismo nos advierte, requiere una particular atención. El centro del anuncio está en estos versículos: “Jesús, como permanece para siempre, posee un sacerdocio inmutable. De ahí que él puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio, ya que vive eternamente para interceder por ellos” (7, 24-25). Durante la liturgia se ora siempre “por nuestro Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos”. De alguna manera se hace eco de la fe del autor de la Carta a los Hebreos: Jesús vive para siempre e intercede por su Iglesia, su cuerpo del cual es la cabeza. La Iglesia depende de Cristo para su misma vida. Jesús comunica esta vida en particular en la Eucaristía y Benedicto XVI, en la exhortación apostólica Sacramentum caritatis, explica que “la Eucaristía es CristoLa Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo” (n. 14). “La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia”, recita un adagio de la edad patrística subrayando la existencia de una relación íntima y recíproca entre el cuerpo eucarístico y el cuerpo eclesial del Señor. Sin embargo es importante comprender correctamente cuál es la prioridad. Como destaca Benedicto XVI “la posibilidad que tiene la Iglesia de «hacer» la Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le ha hecho de sí mismo” porque “Él es quien eternamente nos ama primero” (n. 14). En la Eucaristía el amor de Cristo se encarna más plenamente: justamente su cuerpo y su sangre son dados para nosotros. Después del Vaticano II la reforma, bienvenida y necesaria, benvenuta e necessaria, de la liturgia ha traído consigo muchos ricos frutos. Las Sagradas Escrituras han encontrado un puesto de honor, para permitir al pueblo de Dios nutrirse a la mesa de la Palabra y la mesa eucarística. Además la mayor implicación de la entera asamblea en la celebración ha llevado a una participación más activa por parte de toda la comunidad, respondiendo a la exhortación del concilio a la participatio actuosa. Sin embargo, también los más encendidos defensores de los ritos litúrgicos reformados admiten la existencia de un potencial “lado oscuro” de la reforma. La celebración de la Eucaristía versus populum y la tendencia a evidenciar la Eucaristía como comida de la comunidad puede, sin quererlo, ensombrecer la naturaleza única de este lugar, hecho posible por el sacrificio de Cristo. Es el don de sí hecho por Cristo que está en el centro de esta comida: “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Juan 6,51). “La Eucaristía es Cristo que se nos entrega”, escribe Benedicto XVI y en latín es aún más eficaz: Christus se nobis tradens (“Cristo que se entrega a nosotros”). El subrayado de la dimensión colectiva de la liturgia, de por sí indiscutiblemente válida, tiene el riesgo de transformarse en una autocelebración de la comunidad. Este riesgo se hace más elevado en una cultura terapéutica, es decir en la cual la emoción superficial a menudo viene asumida como criterio de autenticidad. El resultado puede ser un cuerpo “decapitado”, una comunidad privada de la cabeza. Por lo demás la necesidad de evidenciar el primado de Cristo como cabeza del cuerpo y fuente de su vida, no ha salido a la luz sólo después del Vaticano II. Mucho tiempo antes, el teólogo jesuita, más tarde cardenal, Henri de Lubac, escribió en la Méditation sur l’Église: “Ciertamente no hay confusión entre la cabeza y los miembros. Los cristianos no son el cuerpo ni físico ni eucarístico de Cristo, y la esposa no es el esposo”. Hay una unión íntima en una irreductible distinción. Cristo, la cabeza, no está nunca privado de su cuerpo, que es la Iglesia, y la Iglesia no puede prosperar si no es en la unión dadora de vida con su cabeza. Es por tanto esencial cultivar en la espiritualidad un sentido vivo de la presencia real de Cristo, que está expresada plenamente por la Eucaristía, pero va acompañada por otras experiencias de la presencia de Cristo. Los cristianos orientales, por ejemplo, han promovido la práctica de la “oración de Jesús”, a menudo sincronizada con la propia respiración. La tradición benedictina trata en cambio de reconocer la presencia de Cristo en el huésped. En otros casos la recuperación de la adoración del Santísimo Sacramento ha ayudado a muchas personas a redescubrir la presencia viva del Señor entre los miembros de su pueblo. La Eucaristía se coniverte por tanto en una escuela de la presencia del Señor, que nos enseña a percibir su presencia en cada aspecto de la vida. El sacerdote que celebra la Eucaristía debería tratar de ser también el mistagogo de la comunidad, para conducir la comunidad a una comprensión profunda de la presencia salvífica de Cristo. Un aspecto crucial de esta mitagogía es la inserción de momentos de profundo silencio en la celebración eucarística, útiles para saborear mejor la presencia de Cristo en la Palabra y en el sacramento. En un mundo en el cual parece prevalecer demasiado a menudo la ausencia de significado y de esperanza, los cristianos formados en la Eucaristía, pueden ser testigos de una presencia real, sea en el culto de Cristo resucitado sea en el propio servicio hacia cuantos sufren por causas materiales y espirituales. Su experiencia de Cristo en la Eucaristía los empujará a cantar con Bernardo de Claraval: Jesu dulcis memoria, dans ver cordis gaudia/sed super mel et omnia, ejus dulcis praesentia!

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El fin de un tabú: también Romano Amerio es “un verdadero cristiano”

Posted by El pescador en 12 junio 2009

 (original en italiano; traducción mía)

Amerio fue el más grande de los opositores tradicionalistas en la Iglesia del siglo XX y por eso fue castitgado con un ostracismo general. Pero ahora se descubre que su tesis central es la misma de Benedicto XVI. Él Quiere hacer la paz con los lefebvrianos.


de Sandro Magister


ROMA, 6 febrero 2006 – En la mañana del lunes 13 de febrero Benedicto XVI ha convocado a los cardenales prefectos de las congregaciones vaticanas para decidir sobre dos cuestiones: la revocación de la excomunión a los seguidores del arzobispo Marcel Lefebvre y el aligeramiento de la facultad de celebrar la Misa en latín según el rito establecido por el Concilio de Trento

 

El cisma lefebvriano y la defensa de la Misa tridentina son expresión de la oposición tradicionalista al Concilio Vaticano II y a las innovaciones que se siguieron de él.

 


Benedicto XVI ha dado ya pasos pasos importantes hacia una recomposición de estas divergencias.

El 29 de agosto, en Castel Gandolfo, ha recibido a los dos máximos responsables de la Fraternidad lefebvriana, Bernard Fellay y Franz Schmidberger, “en un clima de amor por la Iglesia y de deseo de llegar a la perfecta comunión”


El 22 de diciembre, en el discuros prenatalicio en la curia vaticana, ha dado una interpretación del Concilio Vaticano II que tiene en cuenta la seriedad de algunas críticas avanzadas por los tradicionalistas. En particular, el Papa ha querido volver a asegurarles que el decreto conciliar sobre la libertad religiosa no deber ser entendido como una cesión al relativismo.


Además, desde la primera Misa celebrada después de su elección Benedicto XVI se ha movido en la estela de la gran tradición litúrgica, volviendo a dar espacio al latín y al canto gregoriano.

Pero hay un elemento aún más sustancial que acerca a los tradicionalistas al magisterio de Benedicto XVI: el primado dado por él a la verdad.

El mensaje del Papa para la jornada mundial de la paz, por ejemplo, establece desde el título este primado: “En la verdad, la paz”.

Y también su primera encíclica “Deus Caritas Est” la ha escrito para restituir verdad al amor: “La palabra ‘amor’ está tan gastada, consumida, abusada hoy. Debemos retomarla, purificarla y llevarla a su esplendor original”.


* * *

Y bien, justamente el primado de la “veritas” es el corazón del pensamiento del más autorizado y culto representante de la oposición católica tradicionalista a la Iglesia del siglo XX: el filólogo y filósofo suizo Romano Amerio, muerto en Lugano en 1997 a los 92 años de edad.


Amerio condensó sus críticas en dos volúmenes: “Iota unum. Studio delle variazioni della Chiesa cattolica nel XX secolo” [Iota unum. Estudio de las variaciones de la Iglesia católica en el siglo XX], comenzado en 1935 y ultimado y publicado en 1985, y “Stat Veritas. Sèguito a Iota unum”, publicado póstumamente en 1997, ambos por la tipografía del editor Riccardo Ricciardi, de Nápoles.


El primero de estos volúmenes, de 658 páginas, fue reimpreso tres veces en Italia con un conjunto de siete mil copias y después traducido al francés, inglés, español, portugués, alemán, holandés. Alcanzó por tanto muchas decenas de miles de lectores en todo el mundo.


Pero no obstante esto, un casi total silencio de parte de la opinión pública católica castigó a Amerio tanto en vida como después: él que nunca jamás condescendió con el cisma lefebvriano y fue siempre fidelísimo a la Iglesia.


Una recensión de “Iota unum” escritta para “L’Osservatore Romano” en 1985 por el entonces prefecto de la Biblioteca Ambrosiana monseñor Angelo Paredi –a petición del director del diario vaticano, Mario Agnes– no se publicó nunca.


Para asistir al primer congreso de estudios sobre el pensamiento de hubo que esperar hasta 2005. El congreso tuvo lugar en Lugano con el patrocinio de la facultad de teología local y con la presencia del obispo, pero también sobre este congreso la atención fue mínima.


Ahora sin embargo un discípulo de Amerio, Enrico Maria Radaelli, ha publicado finalmente una monografía sobre este filólogo y filósofo largamente condenado al ostracismo, autor -además de los dos libros citados- de la imponente edición crítica en 34 volúmenes del gran pensador del siglo XVI Tommaso Campanella, de tres volúmenes dedicados a las “Osservazioni sulla Morale Cattolica” de Alessandro Manzoni, y de estudios sobre Epicuro, Paolo Sarpi, Giacomo Leopardi.


El ensayo de Radaelli, impreso por Marco Editore y a la venta en las librerías desde enero de 2006, tiene por título: “Romano Amerio. Della verità e dell’amore”. Esso include testi inediti tra cui la recensione non pubblicata dall’”Osservatore Romano”. Y se distingue por una serie de contribuciones externas de particular interés. La introducción al volumen tiene por autor a don don Antonio Livi, sacerdote del Opus Dei, presidente en Roma de la facultad de filosofía de la Pontificia Universidad Lateranense. Otras aportaciones son de dos obispos italianos: el deAlbenga e Imperia, Mario Oliveri, y el de Trivento, Antonio Santucci. Finalmente, hay un comentario escrito por don Divo Barsotti, una de las figuras más influyentes y respetadas del catolicismo italiano del último siglo, fundador de una comunidad espiritual, la Comunidad de los Hijos de Dios, que comprende los más diversos estilos de vida: hombres y mujeres que abrazan los votos monásticos, simples sacerdotes, parejas de esposos con niños. Hoy su comunidad cuenta con alrededor de 2000 personas, en Italia y varios otros países: Australia, Colombia, Croacia, Benin, Sri Lanka. Pertenece a ella el actual obispo de Monreale, en Sicilia, Cataldo Naro. Don Barsotti tiene 92 anni, vive cerca de Florencia, en Settignano, en una casa dedicada al santo ruso Sergio de Radonez, y esta página suya sobre Romano Amerio es quizá la última que ha sido capaz de escribir de su puño y letra. Pero es de fulmínea densidad.


Don Barsotti recoge plenamente la esencia de la crítica formulada por Amerio, al que define como “un verdadero cristiano”. Y sostiene que la crítica tiene un fundamento válido: porque el error mayor en la Iglesia de hoy es precisamente el de quitar la verdad desde el primer puesto. Cuando por el contrario “el progreso de la Iglesia [debe] partir de aquí, del retorno de la santa Verdad a la base de todo acto”. Salta a la vista la consonancia de esta tesis con el magisteiro del PapaJoseph Ratzinger.


Pero he aquí, integral, el escrito de don Barsotti:


“Sólo después de haber construido el fundamento de la verdad…” de Divo Barsotti

A mi venerable edad quizá no empuñaré más la pluma, o quizá la empuñaré, no sé. Pero,  aunque con gran fatiga ahora, querría aprovechar la bella ocasión que se me ofrece, y dar a conocer en algún trazo mínimo mi pensamiento sobre un católico verdadero querido para mí como fue Romano Amerio.

Me ha impresionado de hecho, de este libro de Enrico Maria Radaelli, “Romano Amerio. Della verità e dell’amore”, cómo y cuánto el autor ha sido capaz de resumir en pocos conceptos -incluso quizá en un concepto solo-  la sustancia de la filosofía y de la opinión de un escritor como Amerio que, especialmente con su famoso libro “Iota unum”, tanto molestó a las conciencias católicas.

La lectura del libro de Radaelli, que es la primera monografía que se tenga sobre Amerio, me ha atraído desde el título: hablar de Romano Amerio -parece decir- es hablar de un orden de la verdad y de la caridad, donde la primera está unida a la segunda, pero la precede. Amerio dice en sustancia que los más graves males presentes en el pensamiento occidental,  incluido el católico, son debidos principalmente a un general desorden mental por el cual se pone la “caritas” delante de la “veritas”, sin pensar que este desorden mental pone patas arriba también la justa concepción que deberíamos tener de la Santísima Trinidad.

La cristiandad, antes que se afianzara en su seno el pensamiento de Descartes, había procedido siempre santamente haciendo preceder la “veritas” a la “caritas”, así como sabemos que de la boca divina de Cristo expira el soplo del Espíritu Santo y no al revés.

En la carta con la cual Amerio presenta al filósofo Augusto Del Noce aquello que será después el célebre “Iota unum”, explica claramente el fin para el cual lo ha escrito, que “es defender las esencias contra el mobilismo y el sincretismo propios del espíritu del siglo”. O sea defender a las Tres Personas de la Santísima Trinidad y sus procesiones, que la teología enseña que tiene un orden inalterable: “En el principio existía el Verbo”, y después, respecto al Amor, “Filioque procedit”. O sea el Amor proviene del Verbo, y nunca al contrario.

De rebote Del Noce, evidentemente impresionado por la profundidad de las tesis de Amerio, anota: “Repito, quizá me equivoco. Pero me parece que la restauración católica de la que el mundo tiene necesidad como problema filósofico último el del orden de las esencias”.

Veo el progreso de la Iglesia a partir de aquí, del retorno de la santa Verdad a la base de todo acto.

La paz prometida por Cristo, la libertad, el amor son para todo hombre el fin que hay que alcanzar, pero hace falta llegar allí sólo después de haber construido el fundamento de la verdad y las columnas de la fe.

Por tanto -como dice Amerio- partir de Cristo, de la verdad sobrenatural que sólo Él enseña, para tener por Él el don del Espíritu Santo con el cual siempre Él, el Señor, nos da vida y fuerza, y salir a situar por último el arquitrabe de la “caritas”.

 Romano Amerio era un laico, un laico que conoció al Señor. Conoció el Credo evangélico y se convirtió en testimonio cristalino de él. He tenido siempre la impresión -incluso no habíendolo conocido en persona- de haber visto en él un verdadero cristiano, que no ha tenido nunca miedo de afrontar los temas más trabajosos de la Revelación.

Aquello que maravilla -y es su verdadera grandeza- es que incluso siendo un laico él es un verdadero testigo. No es un teólogo, no es un hombre de religión, sino uno que ha tenido de Dios el carisma de ver aquello que está implícito en la enseñanza cristiana. Él lo siente, y acepta este papel. Hace cuanto el Señor le inspira.

Toda la cristiandad tiene motivo para dar gracias a Dios por Romano Amerio, que en estos tiempos difíciles ha hablado tan claramente de los fundamentos de la Revelación. Me ha maravillado siempre el conocimiento que Amerio tiene del carisma que Dios le dio. Por este carisma, y por el regalo que él humildemente hace de él, Amerio permanece en la Iglesia como una figura de primer plano.

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El libro: Enrico Maria Radaelli, “Romano Amerio. Della verità e dell’amore”, Marco Editore, Lungro di Cosenza, 2005, pp. 344, euro 25,00.
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 El sitio web del autor del libro, Enrico Maria Radaelli, in italiano, inglés y latín:


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 Las actas del congreso sobre Romano Amerio celebrado en Lugano el 29 de enero de 2005 están disponibles en el número de julio-septiembre de 2005 de “Cenobio”, revista trimestral de cultura de Suiza italiana: vista trimestrale di cultura della Svizzera italiana:

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En este sitio, sobre Romano Amerio y don Divo Barsotti:


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La interpretación del Concilio Vaticano II hecha por Benedicto XVI en el discurso a la curia vaticana del 22 de diciembre de 2005:


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Sólo el sacrificio hace posible el banquete

Posted by El pescador en 12 junio 2009

LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA de don Nicola Bux y don Salvador Vitiello: Sólo el sacrificio hace posible el banquete

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – En la homilía de la Solemnidad del Corpus Christi 2009, el Santo Padre Benedicto XVI ha llamado de nuevo la atención de toda la Iglesia sobre el riesgo de la “secularización” también entre los fieles, e incluso entre el Clero, y ha afirmado la relación entre sacrificio y banquete, en la Eucaristía.
El Papa ha afirmado: “celebrando la Pascua con los suyos, el Señor en el misterio anticipó el sacrificio que se habría consumido el día después sobre la cruz. La institución de la Eucaristía se nos presenta así como anticipación y aceptación por parte de Jesús de su muerte. Escribe sobre ello san Efrén Siro: ‘Durante la cena, Jesús se inmoló así mismo; en la cruz Él fue inmolado por los otros’”.
Hoy es más urgente que nunca, con vistas a una recuperación de la dimensión de lo sagrado tan necesario en Europa, ayudar a todos los fieles a comprender o recordar la universal dimensión sacrifical de la liturgia eucarística. Sin ceder a la religiosidad “pagana” pre-cristiana, sino más bien, favoreciendo una correcta comprensión del sacrificio expiatorio de Cristo Señor, el cual se ofreció a si mismo por nosotros y por nuestra salvación.
Es necesario recordar a todos los partidarios de la reducción de la Santa Misa a banquete, como esto es únicamente la consecuencia del Sacrificio. Sin la muerte de Cristo en la Cruz, los hombres nunca habrían podido llegar a ser “comensales de Dios”, ni habrían podido vivir una comunión incluso física con Él, por medio de la Comunión eucarística, que es anticipación de la condición de resucitados, capaz de superar los vínculos del espacio y tiempo.
En este sentido no se debe nunca contraponer la dimensión sacrifical a la de la “cena del Señor”, pues sencillamente la primera es la misma condición de posibilidad de la segunda. ¡No hay “cena” sin Sacrificio!
El Santo Padre ha afirmado además: “Hoy existe el riesgo de una secularización que se introduce también en el interior de la Iglesia, que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones a las que les falta aquella participación del corazón que se expresa en la veneración y respeto de la liturgia. Siempre es fuerte la tentación de reducir la oración a momentos superficiales y apresurados, dejándose dominar por las actividades y por las preocupaciones terrenales”.
La correcta comprensión de la Eucaristía como Sacrificio pone al amparo de dichas superficiales interpretaciones y, sobre todo, la deseada recíproca fecundación entre la forma ordinaria y aquella extraordinaria del único rito latino, podrá, en el tiempo, permitir, también a nivel litúrgico, esa “recuperación teológica” hoy más necesaria que nunca. Porque “con la Eucaristía el cielo viene sobre la tierra, el mañana de Dios desciende al presente y el tiempo es como abrazado por la eternidad divina”. (Agencia Fides 12/6/2009)

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Datación de los Evangelios 1

Posted by El pescador en 10 junio 2009

(original en italiano; traducción mía)

SAN JUAN: ¿CUÁNDO HA ESCRITO SU EVANGELIO?

El Evangelio de San Juan fue escrito –a decir de los estudiosos- como muy tarde, al final del siglo I. Pero en un interesante artículo, publicado en "Il Nuovo Areopago" en 1994, Julián Carrón, hoy sucesor de don Giussani a la cabeza de CL, entonces profesor de Sagrada Escritura en el Centro de Estudios teológicos San Dámaso en Madrid, afirmaba la existencia en aquel Evangelio de “muchos elementos que pueden explicarse sólo antes de la primera destrucción de Jerusalén”, acaecida –como es conocido- por obra de los romanos en el 70 d.C.

Para sostener su tesis, Carrón cita, entre otros, un claro ejemplo que traemos: “En la narración de la curación del enfermo que esperaba la agitación del agua en la piscina para ser curado –contenido en el Evangelio de Juan- se dice: Hay (en griego: estin) en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina llamada en hebreo Betesda que tiene cinco pórticos (Jn 5,2).

Este versículo desvela mucho. Escribía Carrón: “El presente de indicativo en el cual viene dada la noticia de la piscina (estin = hay), mientras todo el relato está escrito en aoristo (o sea en pasado), como si hiciera referencia a un hecho sucedido en el pasado, muestra que cuando estos relatos fueron escritos existía aún aquella piscina”.

Y concluye significativamente: “Esto se podía afirmar sólo antes de la destrucción de Jerusalén, en el año 70”.

Cuando –añadimos nosotros- los testigos oculares de aquel episodio aún vivían y habrían podido desmentirlo. ¡Cosa queno sucede!

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La Santísima Trinidad

Posted by El pescador en 7 junio 2009

Hoy hemos celebrado la solemnidad de la Santísima Trinidad, el misterio que distingue a nuestra religión cristiana de las otras monoteístas, puesto que nuestra revelación afirma que creemos en un solo Dios pero que dentro del único Dios existe una comunidad de amor, una comunidad de personas que se distinguen por sus relaciones (una es Padre, otra es Hijo y otra es Espíritu de amor que los une) y por su misión en la historia de la salvación (Dios Padre es creador del mundo, Dios Hijo nos redime con su encarnación, su muerte y su resurrección y Dios Espíritu Santo hace nacer a la Iglesia y la guía hasta la consumación de los tiempos), todo ello

Así, éste es un misterio de amor, de amor derramado en la humanidad a lo largo de la historia de la salvación, empezando por la creación y la elección del pueblo de Israel, su liberación de la esclavitud de Egipto y su entrada en la tierra prometida hasta culminar en la encarnación del Hijo de Dios para hacer visible a Dios, para que pudiéramos contemplar a Dios visiblemente y además para asumir nuestra naturaleza humana, compartir nuestras debilidades y experiencias y hacernos semejantes a Él. En el final del Evangelio de san Mateo, Jesucristo encarga a los apóstoles que bauticen en el nombre del Padre, del Hijo y el del Espíritu Santo a quienes crean: el bautismo es sumergirnos (eso significa en su origen esta palabra) en la vida trinitaria, participar en la comunidad de vida y de amor de las tres personas divinas por pura gracia y don, hacernos hijos de Dios por puro amor a nosotros las personas, o sea divinizarnos, por eso podemos decir “Padre” a Dios.

Este cuadro de Masaccio representa la imagen de la Trinidad llamada “Trono de la gloria”: Dios Padre sostiene al Hijo muerto o en cruz y entre ellos está Dios Espíritu Santo expresando así cómo con la Encarnación del Hijo toda la Trinidad experimenta y conoce los acontecimientos humanos por los que pasa Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre: el cansancio, la sed (Jn 4,6), el enfado al ver la casa de su Padre convertida en una cueva de ladrones (Lc 19,45-47), la compasión por la viuda de Naím que ha perdido a su único hijo (Lc 7,11-15), la emoción al ver la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11,38), el miedo en Getsemaní (Lc 22,41-44). En este enlace hay una bellísima descripción catequética de esta obra.

En este fragmento de “La Pasión de Cristo”, en el minuto 6 aproximadamente tiene lugar la muerte de Cristo y la cámara enfoca desde arriba desde el cielo, es la mirada de Dios Padre que llora por la muerte de su Hijo, ha sido tocado por la experiencia más humana, la muerte y llora porque se ha roto con la encarnación la barrera que separaba a Dios de nosotros desde el pecado original: “Ahora, gracias al Mesías Jesús y en virtud de su sangre, los que un tiempo estabais lejos, estáis cerca. Él es nuestra paz, el que de dos hizo uno, derribando con su cuerpo el muro divisorio, la hostilidad; anulando la ley con sus preceptos y cláusulas, creando así en su persona, de dos una sola y nueva humanidad, haciendo las paces. Por medio de la cruz, dando muerte en su persona a la hostilidad, reconcilió a los dos con Dios, haciéndolos un solo cuerpo. Vino y anunció la paz a vosotros, los lejanos, la paz a los cercanos. Ambos con el mismo Espíritu y por medio de él tenemos acceso al Padre. De modo que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los consagrados y de la familia de Dios; edificados sobre el cimiento de los apóstoles, con el Mesías Jesús como piedra angular. Por él todo el edificio bien trabado crece hasta ser templo consagrado al Señor, por él vosotros entráis con los otros en la construcción para ser morada espiritual de Dios” (Ef 2,13-22).

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