El testamento del pescador

“He aquí el hombre”

Posted by El pescador en 14 febrero 2008

Esta frase (“Ecce homo”) la dice Pilato cuando presenta ante el pueblo a Jesucristo, ridiculizado con los atributos imperiales del manto, la corona (de espinas) y un cetro (de caña) después de haber mandado que lo azotaran (Juan 19,5). Todos tenemos en la memoria la imagen del Ecce homo que nos ha dejado el arte, esa imagen conmovedora de Cristo, del Mesías sufriente rechazado por su propio pueblo al que Él había venido a salvar.

A partir de entonces su destino ya es la cruz, el suplicio vergonzoso reservado para castigar los peores crímenes. La cruz era un sufrimiento físico horrible para el preso, tenía que atravesar la ciudad cargado con el palo horizontal de la cruz (que pesaba entre 34 y 60 kilos) hasta el lugar de la ejecución donde ya estaba preparado el palo vertical; llevaba colgado al cuello el cartel con el motivo de la condena para que sirviera de escarmiento y la gente lo abucheara por ser un malhechor.

Pero el preso que murió aquel primer Viernes Santo no tenía ningún pecado, era el más inocente de los hombres: “Nosotros padecemos con toda razón, pues recibimos el justo pago de nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo” (Lucas 23,41).

Jesucristo no amaba el sufrimiento que tuvo que padecer, sino que fue obediente a su Padre que no lo “reservó sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros” (Romanos 8,32), y pudo soportarlo todo porque Él es Caridad (1 Juan 4,8) y tenía plena esperanza en su Padre que iba a resucitarlo.

Éste es el sentido y la esperanza que ilumina el misterio de la existencia humana, de nuestro dolor, de nuestros sufrimientos: Cristo es la verdad que nos libera (Juan 8,32), nos da sentido y esperanza en el triunfo de la Vida gracias a que desde el Bautismo somos sarmientos de la vid que es Cristo (Juan 15); por eso el Apóstol dice que estamos salvados en la esperanza (Romanos 8,24).

Pilato había preguntado a Jesús en el interrogatorio: “¿Y qué es la verdad?” (Juan 18,38), sin darse cuenta de que tenía la respuesta delante de él mismo: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado […] Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: ¡Abba!, ¡Padre! [Gálatas 4,7]” (Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual, 22).

El escritor católico japonés Shusaku Endo (1923-1996) expresó cómo comprende Cristo nuestro sufrimiento en las palabras que le dice a un joven que ha sufrido un desengaño: “Ven a mí. Ven. Yo también fui rechazado lo mismo que tú. Por eso yo nunca te abandonaré” (Río profundo, p. 72), y cuando habla también al sacerdote que en medio de la terrible persecución es invitado a renegar para salvar a los cristianos que están siendo torturados:

“- Puedes pisarme… Yo he venido al mundo para que vosotros me piséis, he cargado con la cruz para compartir vuestro dolor…

Cuando el padre puso el pie sobre la imagen estaba naciendo la mañana. A lo lejos se oía cantar al gallo” (Silencio, p. 200).

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