El testamento del pescador

La noche oscura, marchar sin apoyos

Posted by El pescador en 18 octubre 2007


Elodie Maurot

 

(original en francés; traducción mia)

La publicación de las cartas de la Madre Teresa de Calcuta, evocando la noche espiritual que atravesó durante decenas de años, saca a la luz una experiencia mística a menudo descrita en la historia de la espiritualidad
Es un bien extraño continente que cubre la noche espiritual. Una tierra árida y desolada, lejos de Dios. ¿Cuántos creyentes hay que avancen hacia Él, en la oscuridad más completa, sin ningún apoyo?

Nadie lo sabe, pues la noche roza el secreto, a veces compartido solamente con un confesor o un íntimo. De manera paradójica pues la noche espiritual ha sido llevada a plena luz, hace algunas semanas, cuando el mundo entero ha descubierto que Madre Teresa, la beata de Calcuta, había pasado la mayor parte de su vida en la oscuridad de la fe.

En algunas cartas que acaban de ser publicada en inglés, evoca «el túnel», las «torturas de la soledad», «la terrible obscuridad en mí, como si todo estuviese muerto». «Dígame, Padre, ¿por qué hay tanta pena y oscuridad en mi alma?», escribe a su confesor en agosto de 1.959.

“La realidad de la oscuridad, de la frialdad, de la vida es tan vasta”

Cada noche es siempre la primera. Áspera, angustiosa, se comparte difícilmente. Aquel que la atraviesa no encuentra ni refugio, ni consolación en las doctrinas y los consejos de los maestros espirituales. «Me dicen que Dios me ama, y sin embargo la realidad de la oscuridad, y de la frialdad, y del vacío es tan vasta, que nada toca mi alma», testimonia Madre Teresa, en una carta no fechada.

La «noche» es por tanto un fenómeno conocido de la vida espiritual. Ha sido descrita por grandes místicos: Juan de la Cruz, apodado «el doctor de las noches», Teresa de Ávila, Francisco de Sales e incluso Teresa de Lisieux. Quienes han puesto palabras a esta travesía –incluidos «simples» cristianos desconocidos– hablan de esto como de una experiencia de gran pena y de tormentos interiores violentos, lejos de Dios..

La noche es sequedad, aridez, soledad, tinieblas. Las palabras son incluos inadecuadas para describirla. Es preciso por tanto inventar expresiones, la más célebre es ciertamente la de Juan de la Cruz, hablando de «la noche oscura».

“Tiene la impresión de que Dios se esconde”

La noche puede revestir numerosas formas, a menudo entremezcladas. La noche de los sentidos en la que el creyente está privado de percepciones sensibles de la presencia de Dios; la noche de la inteligencia, en la que debe renunciar al discurso, a las imágenes, a las ideas que se hacía de Dios; la noche de la fe, en la que siente el vértigo ante la ausencia de Dios.

El paso por la oscuridad corta entonces con una vida espiritual hasta entonces feliz. «Al principio de la vida espiritual, el creyente conocía momentos de pequeñas exaltaciones. Percibe sensiblemente la presencia del Señor, explica Dom André Louf, cisterciense, antiguo abad del Mont des Cats. No hay que desdeñarlo, pues es un don del Señor. Pero este momento no está a menudo llamado a durar de esta manera».

Cuando la noche sobreviene, el creyente pierde todo gusto a la vida espiritual. «Tiene la impresión de que Dios se esconde, que está ausente, que no se ocupa de él, que le deja caer, describe Dom Louf. Es una experiencia dolorosa». Esta desecación de la vida espiritual es sentida tanto más violentamente en los místicos cuya vida espiritual había sido gratificada antes con fenómenos particulares: éxtasis, visiones, estigmas, levitaciones…

“La noche sobreviene aunque el creyente progrese”

En “La subida al monte Carmelo” y “La noche oscura”, Juan de la Cruz describe los caminos de la experiencia nocturna. Les da también un sentido. La noche, dice, sobreviene aunque el creyente progrese en el camino de Dios. Aproximándose a aquel que es el amor, el alma se hace más y más consciente de su impureza y de su indignidad: la noche aparece como el revés de una luz divina inalcanzable.

En la noche, escribe el reformador del Carmelo en el siglo XVI, «los espirituales sufren hasta el extremo el miedo de estar extraviados, del pensamiento de que Dios los haya abandonado». «El alma se siente privada de Dios, rechazada por Dios», prosigue, y no duda en comparar esta experiencia con el infierno: «El alma se ve verdaderamente presa de los dolores de la muerte, las torturas del infierno».

Con la modernidad y la extensión social de la increencia, la experiencia de una noche así va a vivirse de otro modo y a decirse con otras palabras. Discípula de Juan de la Cruz, Teresa de Lisieux habla de «nuit» para traducir la angustia que la habita en el curso de los dieciocho mese que preceden a su muerte. El sentido de esto ha sido por tanto modificado un poco, pues la «pequeña» Teresa experimenta y traduce su noche en el lenguaje, la espiritualidad y las preguntas de su tiempo.

Ella sabe que «quiere creer»

En ella, la noche no es más –o más solamente– la privación de los gustos espirituales y el temor del infierno. Se caracteriza por la angustia de la ausencia de Dios, que ni Juan de la Cruz, ni Francisco de Sales podían culturalmente considerar. Para Teresa del Niño Jesús, la noche es «el vértigo de la libertad de la fe, la evidencia de que la duda es posible y, no solamente la duda, sino también la negación radical en la desesperación», escribe Michel Dupuy.

La historia de Teresa –«que parecía un cuento de hadas», según sus propias palabras– entra en la noche con la toma de conciencia de la increencia. Ella está revolucionada con esto, presa de la angustia con la idea de que su fe pueda no ser más que un sueño. Describe este problema a su priora: «Me parece que las tinieblas extrayendo la voz de los pecadores me dicen burlándose de mí: ‘Tú sueñas la luz, la patria embalsamada de los más suaves perfumes, tú sueñas la posesión eterna del Creador de todas esas maravillas, tú crees salir de las nieblas que te rodean, avanza, avanza, alégrate de la muerte que te dará, no lo que esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la nulidad’.»

Creer, no creer. En la noche, quien marcha hacia Dios es reenviado hacia su libertad. Teresa de Lisieux, ha hecho su elección. Sabe que ella «quiere creer». Ella va a hacer de esta noche un deseo de Dios todavía más grande, mientras renuncia a darle una explicación. En plena noche, ella escribe: «Cuando canto la bonda del Cielo, la eterna posesión de Dios, no experimento ninguna alegría, pues yo canto simplemente lo que YO QUIERO CREER».

“Aquel que, de noche, continúa marchando”…

Las cartas de Madre Teresa evocan también la elección de creer. En 1.961 escribe a su confesor que decide «amar la oscuridad», «porque creo ahora que es una muy, muy pequeña parte de la oscuridad y de la pena de Jesús sobre la tierra».

En la espiritualidad cristiana, atravesar la noche no quiere decir pues perder la fe. Al borde del abismo puede residier, y a veces avivarse, el deseo de Dios. En la noche, «el amor pone y guía solo esta alma. La hace volar hacia Dios por un camino solitario», escribe San Juan de la Cruz.

En lo profundo de la noche, la fe encuentra su radicalidad. Despojada, aparece para lo que es: confianza, deseo, camino hacia Dios sin garantía. En la espiritualidad cristiana, aquel que, de noche, continúa marchando, contacta sin el saber de Dios que permanece siempre el Incognoscible. Ya, en el siglo IV, un monje del desierto escribía: «Verdaderamente, abba José ha encontrado la vía, pues ha dicho: ‘No sé’».

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