El testamento del pescador

Japoneses en Varsovia

Posted by El pescador en 14 agosto 2007

Este es el título de un relato corto del escritor católico japonés Endo Shusaku que pertenece a la parte de su obra que yo llamo las relaciones entre Oriente y Occidente, y que como toda su producción también está atravesado y tiene en cuenta la fe.

Trata, evidentemente, de un grupo de japoneses que visitan la capital polaca y vienen de Londres y París para visitar fábricas. El líder del grupo se llama Tamura y comparte habitación en el desastrado hotel de lujo con Imamiya. Les hace de intérprete y guía un compatriota llamado Shimizu, que estudia desde hace dos años en dicha capital.

Haciendo la ruta turística van a comprar recuerdos para la familia a un anticuario y allí una dependienta, al ver que son japoneses, pregunta a Tamura-san por un personaje muy conocido en Polonia (transcribo traduciendo de la traducción francesa):

“Esto no es serio”, exclamó uno de los japoneses de manera decepcionada. “Shimizu-san, ¿verdaderamente no hay nada mejor?

– ¿Quieren ir a ver los anticuarios? Pero les advierto que está prohibido sacar al extranjero piezas de valor”.

Como escolares que siguen a la maestra, el grupo marchó tras los pasos de Shimizu. Cuando uno de ellos decidía a comprar una muñeca, sus compañeros lo imitaban, cuando uno miraba una tela, los otros hacían lo mismo.

Al envolver la muñeca de Tamura, la joven dependienta sonrió y dijo algo. Como él no entendía el polaco, se volvió hacia Shimizu que estaba a su lado.

“¿Qué cuenta?

-Dice que puesto que Usted es japonés, debe conocer al padre Kolbe

Tamura no tiene ni idea de quién es ese hombre; el diálogo sigue así:

– ¿Quién es ese?

– Un sacerdote cristiano que es una de las figuras más respetadas por los polacos.

– ¡Pues claro que no!, ¿por qué conocería yo a uno de esos amén?”

Tamura hizo “No, no” moviendo la mano y la muchacha bajó la cabeza con aire un poco triste.

Justo después se nos habla de lo que compra Imamiya:

En esa tienda, Imamiya compró una tela decorada con un motivo de campesinos. Era para su hija pequeña que frecuentaba la universidad. Tanto en París como en Londres, había comprado una masa de regalos para su familia, incluso un reloj y un bolso para su esposa. Cada vez que ordenaba esos objetos dentro de su maleta en el hotel, se decía que era verdaderamente bueno con los suyos.

A continuación van a almorzar a un restaurante, todos juntos naturalmente. Cuando brindan con el vodka, Tamura saluda a un hombre de mediana edad sentado en la mesa de al lado, que va y les habla también de Kolbe, lo cual exaspera a Tamura:

[…] Rojo, Tamura interpeló a un polaco que comía silencioso en la mesa al lado de ellos diciéndole “¡Salud!” y el hombre, un cuadragenario con cara de oficinista, le devolvió su sonrisa y después declaró:

“Ustedes vienen del país donde vivió Kolbe, ¿verdad?

– ¿Qué?, ¡otra vez él!

Con aire exasperado, Tamura se giró hacia Shimizu:

“Kolbe, Kolbe, pero al fin, ¿¡quién es ese!?

Y al final conoce su historia. Veamos cómo la cuenta Endo a través de este polaco:

– Bueno, respondió Shimizu sin traicionar sus pensamientos sobre su rostro, vamos a pedir a este señor que se lo explique”.

Shimizu conocía la respuesta pues, a lo largo de los dos años que había pasado en Polonia, numerosas personas le habían hablado de Kolbe. Pero si, antes que hablar él mismo, había pedido a ese polaco sentado junto a ellos que respondiera, es que no quería hacer más de lo mínimo por sus compatriotas, quería encasillarse en su papel de máquina. El hombre de mediana edad que llevaba ropas usadas guardó su cuchillo y su tenedor en sus manos y escuchó la pregunta de Shimizu asintiendo con la cabeza.

“Se trata de un sacerdote que fue internado en 1941 en Auschwitz porque estaba contra los nazis. Ustedes conocen bien ese campo con su trabajo obligatorio y sus masacres en las cámaras de gas. El padre Kolbe sufría de tuberculosis pero, callando su enfermedad, pasó tres meses, con otros prisioneros, en ese infierno sacando cadáveres de las cámaras de gas”.

Cada vez que el polaco marcaba una pausa, Shimizu cerraba los ojos y traducía con voz monocorde.

“Al tercer mes, hubo una fuga. El comandante del campo consideró que todos los prisioneros debían pagar y decidió que diez de ellos que él elegiría a su manera serían encerrados para ejemplo en el búnker del hambre.

– ¿Qué es el búnker del hambre?

Manteniendo su aire impasible, Shimizu transmitió la pregunta al polaco.

“¿El búnker del hambre? Es un reducto donde se encerraba a la gente privándolos de pan y de agua hasta provocarles la muerte. En Auschwitz, había además un pequeño local de ejecución, llamado el búnker de ahogo. Era apiñada la gente y hasta que morían por falta de oxígeno no se volvía a abrir la puerta, dijo el polaco con un rictus. El día de la fuga , el comandante hizo poner a los prisioneros en filas y los dejó toda la noche fuera, después de lo cual escogió a diez hombres para ejecutarlos. Entre ellos figuraba uno denominado Gajoniczek. Cuando lo designó, se puso a llorar, pensando en su mujer y sus hijos. Un hombre salió entonces de la fila. Era el padre Kolbe. Se puso delante del comandante y le pidió ser encerrado en lugar de Gajoniczek. Él tiene una familia, yo no, declaró. El comandante dio su permiso. Con otros nueve prisioneros, el padre Kolbe fue arrojado a una cámara subterránea. Sin la menor gota de agua, numerosos presos murieron uno tras otro, pero, al pasar dos semanas, Kolbe y otros cuatro compañeros seguían aún con vida. Un médico nazi los mató con una inyección de ácido carbónico.

En el restaurante bien cálido, los japoneses guardaron el silencio un momento. Pronto, uno de ellos murmuró algunas palabras:

“¡Qué historia más horrible!

– ¡Pues aprovechen su viaje para ir a ver Auschwitz!” dijo de pronto el polaco.

Con la misma cara imperturbable, Shimizu tradujo.
“¡Ah, eso no! ¡Con Varsovia hemos tenido bastante!”
Sacudiendo la cabeza, Tamura respondió por todo el grupo.
El polaco se calló y miró a los japoneses con aire entristecido.
Dziekuje, dijo Shimizu para darle las gracias. Y bien, ¿queréis que regresemos al autobús?”

Los japoneses vuelven al autobús y Tamura sigue queriendo saber sobre Kolbe y le pregunta a Shimizu:

“Pero ese Kolbe, ¿qué tiene que ver con Japón?

– Pasó dos años en Nagasaki como misionero.

– Ah bueno, ¿y eso cuándo?

– Al principio de los años 30”.

Imamiya empieza entonces a recordar a los misioneros extranjeros que vio cuando iba a la escuela primaria en Nagasaki, hacia 1930:

Marchando al lado de los otros, Imamiya, con su bolsa de las compras pegado a él, recordaba a los misioneros extranjeros que había divisado en la época en que frecuentaba una escuela primaria en Nagasaki, hacia 1930. Su casa se encontraba entonces sobre una calle en pendiente de Ôura y son padre trabajaba como transportista. En Ôura que, desde la era Meiji, era el barrio de residencia de los extranjeros, el espéctaculo de un occidental trepando o bajando las calle pavimentadas no era nada excepcional. Numerosos misioneros habitaban la Iglesia Tenshudô y, con largas sotanas, pasaban a menudo delante de la casa de Imamiya. Un edificio de estilo occidental medio en ruinas les servía de taller para imprimir biblias y misales.

Como los otros niños, Imamiya corría a esconderse cuando sobre el camino en pendiente, se cruzaba un misionero. Con sus barbas y sus raros hábitos negros, esos personajes eran espantosos.

“¡Si vosotros supiérais qué mal comen esas gentes de allí!” contaba Kudô, un impresor que venía a visitar a su padre.

Había trabajado tres meses en su taller.

“Son tan pobres. No tienen más que arroz y sopa. Y duermen sobre tablas con mantas”.

Un día, Imamiya había ido de pasajero en el pequeño camión de su padre y había ido a la imprenta. Con un aprendiz, su padre había ido a entregar el papel pedido a un mayorista de Sakura-machi. Mientras que su padre y el aprendiz descargaban, él jugaba dando patadas a una piedra a la entrada del edificio en ruinas, descolorido por la lluvia y el viento, una verdadera casa encantada. De vez en cuando, se oía una sirena de barco subir del puerto. Fue entonces cuando vio a un sacerdote subir dificultosamente el camino, ayudándose de su paraguas como bastón.

Con la cabeza rapada, el misionero tenía el aspecto de estar cansado. Estaba horriblemente delgado. Penaba sobre la pendiente y se detenía en el camino para limpiar con un pañuelo sus gafas empañadas de sudor y retomar el aliento. Después se volvía a poner sus gafas y continuaba su marcha en la dirección de Imamiya.

Cuando vio al niño, esbozó una sonrisa llorosa y dijo “Konichiwa” [“Buenos días” en japonés] con voz débil. Imamiya retrocedió dos o tres pasos y se escondió al lado del camión. El sacerdote desapareció en la imprenta.

Durante mucho tiempo, Imamiya se estuvo acordando de esa silueta agotada, del rostro con mejillas hundidas, de la sonrisa triste de los ojos detrás de las gafas redondas. Se acordaba de esto, pero no le quedaba mucho recuerdo de otras impresiones de aquellas gentes. Pues, pronto, la imprenta había desaparecido y los misioneros habían abandonado Ôura por Soto-machi, un barrio en el centro de la ciudad.

Por la noche, los japoneses van a un club nocturno para conseguir mujeres. Imamiya se va con una al apartamento de ella y sucede lo siguiente:

Aquella noche, Imamiya se compró una mujer […]

Ella vivía en un apartamento en un inmueble de cuatro plantas. Cuando, sin tomar el ascensor, subieron la escalera que olía a cemento, el ruido seco de sus suelas resonaba en el frío. La mujer abrió la puerta y le dio enseguida al interruptor. En una habitación no muy grande se perfilaban un frigorífico blanco y dos sillas. Sobre un panel en la pared colgaban fotos de actores […]

Encima de una pequeña mesa había puestos dos o tres libros en polaco y en la pared enfrente de la mesa había colocadas unas imágenes piadosas y unas fotos. Una debía representar a su familia, una pareja de obreros con una niña pequeña. Al lado, entre una imagen de la Virgen y una felicitación de Navidad había una reproducción de un retrato hecho con tinta. El cráneo rapado, los ojos protegidos por gafas redondas, el hombre del retrato miraba a Imamiya. Éste había visto ya esa expresión agotada. Era el extranjero que, un día de verano, subía penosamente la pendiente del camino de Ôura. El misionero que había limpiado sus gafas empañadas de sudor y dijo “Konichiwa” al niño que él era.

Saliendo del baño en bata, la mujer habló a Imamiya que estaba frente al retrato y lo examinaba fijamente:

“Kolbe”.

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3 comentarios to “Japoneses en Varsovia”

  1. […] La siguiente canción se titula “The bells of Nagasaki” y aparece en la película del mismo nombre, basada en la experiencia que cuenta el Dr. Takashi Nagai, superviviente del bombardeo y cuya esposa -descendiente de los primeros cristianos de Japón- murió en él- en el libro “The bells of Nagasaki”, cuya historia completa contó María Lourdes Quinn en su bitácora. Me ha llamado la atención que San Maximiliano Mª Kolbe fue paciente del Dr. Takashi en Japón. […]

  2. […] VI dio un frenazo a esta tradición, decidiendo presidir él mismo en 1971 la beatifiación del P. Maximiliano Kolbe. Roma y el pontífice daban así un cierto prestigio a la ceremonia, y parecía difícil desde […]

  3. Anónimo said

    Es impresionante cómo juega Endo con los contrastes. El restaurante y el búnker, los polacos y el traductor, el que se da por otros y el que pretende tomar a otros…

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