El testamento del pescador

Archive for 13 abril 2007

¿Existe el mal?

Posted by El pescador en 13 abril 2007

Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta: ¿Dios creó todo lo que existe?

Un estudiante contestó valiente: Sí, lo hizo.

¿Dios creó todo?, preguntó nuevamente el profesor

Sí señor, respondió el joven

El profesor contestó: Si Dios creó todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.

El estudiante se quedó callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe era un mito

Otro estudiante levantó su mano y dijo: ¿Puedo hacer una pregunta, profesor? Por supuesto, respondió el profesor.

El joven se puso de pie y preguntó: ¿Profesor, existe el frío?

¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?

El muchacho respondió: De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es la ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor.

Y, ¿existe la oscuridad? continuó el estudiante. El profesor respondió: Por supuesto.

El estudiante contestó: Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz.

La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuan oscuro está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente

Finalmente, el joven preguntó al profesor: Señor, ¿existe el mal?

El profesor respondió: Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.

A lo que el estudiante respondió: El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios.

Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existen el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor, después de asentir con la cabeza, se quedó callado.

EL JOVEN SE LLAMABA ALBERT EINSTEIN…

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Benedicto XVI ante los debates sobre la evolución

Posted by El pescador en 12 abril 2007

Los pasados 1 y 2 de septiembre, el papa reunió a un grupo de antiguos estudiantes y colegas para un seminario «Creación y evolución» cuyas actas acaban de ser publicadas.

Se sabía que la nueva función papal de Joseph Ratzinger no había desvelado completamente su vocación de docente de teología (leer más abajo). La iniciativa que ha tomado Benedicto XVI, después de su elección, de organizar al final de cada verano un taller de reflexión con un círculo de antiguos estudiantes y colegas en Castel Gandolfo es una prueba de ello. Las actas de la edición de 2006 de ese seminario acaban de ser publicadas en Alemania (Schöpfung und Evolution. Eine Tagung mit Papst Benedikt XVI in Castel Gandolfo. Préface du cardinal Christoph Schönborn. Sankt Ulrich Verlag, 2007, 161 p.)

Después de la intervención notoria del cardenal Christoph Schönborn en el New York Times el 2 de julio de 2005 que parecía cuestionar la pertinencia de la teoría de la evolución, el segundo encuentro de este grupo se proponía colocar directrices suplementarias en la evaluación teológica de esta teoría científica. Lo que está en juego es importante, recuerda el arzobispo de Viena en el prefacio a esta edición, citando textos antiguos del mismo Joseph Ratzinger sobre el tema. Si no se trata de volver a cuestionar la pertinencia científica de la teoría de la evolución misma, parece sin embargo necesario comprender mejor a qué puede llevar cuando entra en el campo filosófico.

Sin embargo el cardenal Schönborn ha hecho la elección de orientar los debates el pasado verano en Castel Gandolfo alrededor de la temática muy actual -y discutida- del «Diseño inteligente». Esta teoría, salida de ciertos medios científicos americanos, da a entender que la teoría de la evolución contendría en germen las huellas de una evolución dirigida. Contradice así el papel del azar como motor preliminar a los fenómenos de selección natural, descritos por la teoría darwiniana.

Guardarse de una visión simplista de la teoría de la evolución

Llamado a intervenir en esta sesión de verano, el presidente de la Academia austriaca de las ciencias Peter Schuster, por otro lado biólogo molecular y agnóstico, propone una síntesis de los conocimientos actuales y afirma que a partir de ahora los científicos pueden observar a escala molecular los mecanismos selectivos de la evolución darwiniana. Después de las intervenciones de Robert Spaemann, filósofo muniqués, y del jesuita Paul Erbrich, el cardenal Schönborn evoca el peligro del materialismo que arrastra el darwinismo social. Su intervención se hace más problemática cuando retoma ciertas críticas científicas de la teoría de Darwin, salidas de tesis próximas al «Intelligent design» [Diseño inteligente, en inglés en el original].

La segunda parte de la obra vuelve a trazar los intercambios entre los participantes en el seminario. Benedicto XVI toma parte activa en ello, buscando volver a dar un lugar coherente a una teología de la creación que saber dialogar con la ciencia. El Papa subraya también la violencia presente en el mundo de la naturaleza, que invita a los cristianos a guardarse de una visión simplista de la teoría de la evolución. Benedicto XVI, siguiendo la metáfora darwininana, recuerda que la muerte y la resurrección de Cristo constituyen, a los ojos de los cristianos, el último «salto evolutivo».

Dominique LANG

(Original en francés; traducción mía)

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La vida depués de la muerte

Posted by El pescador en 8 abril 2007

Entrevista con Bernard Sesboüé. Este teólogo jesuita se ha impuesto por sus trabajos sobre el ecumenismo, la cristología, la redención. Es el autor especialmente de “La resurrección y la vida. Catequesis sobre las realidades últimas” (Editorial Mensajero).

¿Cómo ha llegado a elaborar el pensamiento bíblico la esperanza de la resurrección?

P. Bernard Sesboüé: En la creencia primitiva, el gran bien del hombre es la vida, y la muerte aparece como la catástrofe. Por tanto, todo ha acabado con ella. Al morir, el hombre va al “shéol” o “infiernos”, equivalente judío del “hades” de los griegos, es decir un lugar de tinieblas, de polvo y de silencio. Una especie de prisión con puertas, donde las sombras llevan a una vida extremadamente paliducha, parecida a un triste sueño. Este “shéol” no es un lugar de castigo, es un lugar de olvido, un lugar donde el hombre no puede conocer más a Dios. Lo mismo que el cuerpo se degrada, de la misma manera el soplo de vida se extenúa en un sueño privado de toda felicidad. Esta concepción poco a poco evoluciona bajo un triple empuje. El amor, en primer lugar: el pueblo judío quiere vivir sin interrupción y sin fin con Dios. La justicia, a continuación: el “shéol” nivela definitivamente a todos los humanos, sean cuales fueran sus acciones, lo que hace escandalizarse sobre la justicia de Dios y contradice la esperanza de los mártires. Finalmente, la vida: El Dios de la vida es más fuerte que la muerte. Este recorrido respresenta etapas que nosotros también tenemos que recorrer sea como sea la fuerza de nuestra fe, desde la percepción del escándalo de la muerte y la experiencia sufriente de la separación que parece tan próxima de la caída en la nada, hasta tomar en cuenta nuestra esperanza de una vida más allá de esta vida, esperanza que habita todo hombre en lo más profundo de sí mismo.

¿Qué nuevo umbral atraviesa el Nuevo Testamento?

Jesús anuncia la venida del Reino de Dios. Proclama las Bienaventuranzas, carta magna de ese Reino, y cuenta las parábolas para permitir que cada uno se convierta a la Buena Noticia. Pero no sólo habla. Actúa. El Reino que anuncia, lo inaugura con su presencia y con sus actos. Cura a los enfermos y resucita a los muertos: el hijo de la viuda de Naín, la hija de Jairo, Lázaro. A la pregunta “¿En qué consiste el Reino de Dios?” aporta asimismo una respuesta simple: quienes creen vuelven a la vida. El mismo Jesús ha atravesado la prueba de la muerte. Pero ha cambiado el sentido amando a los suyos hasta el final. Su muerte ha sido una “muerte para nosotros”. Ha dado su vida para darnos la vida. Con su resurrección, llegamos al corazón del mensaje cristiano sobre el hombre y su salvación.

¿Qué significa la resurrección de Cristo?

En primer lugar, una primera constatación: la tumba es encontrada abierta y vacía. El cuerpo de Jesús ha desaparecido. Segunda constatación: al resucitar, Jesús no ha vuelto a su estado de vida anterior. Se deja ver de una manera repentina y gratuita que escapa a las leyes de nuestro espacio y de nuestro tiempo. Pero no es un espíritu, ni un puro fantasma: la resurrección concierne la totalidad de su persona, incluyendo su cuerpo mortal. Estos puntos son de una importancia decisiva para nosotros, pues la resurrección de Jesús es en cierto modo la parábola en acto de lo que debe ser nuestra resurrección. Como Él resucitó, nosotros resucitaremos.

¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo?

San Pablo (1 Corintios 15) hace una comparación: el de la semilla minúscula que muere, se disuelve en el suelo, antes de dar nacimiento al cuerpo todo nuevo de la planta. Para Pablo y sus contemporáneos, completamente ignorantes del proceso biológico que hace pasar de la una a la otra, se trata propiamente de un milagro. Dicho de otra forma, después de una transformación radical, el ser corporal concreto da lugar al cuerpo “espiritual”, glorioso y celeste. Continuando con San Pablo, y teniendo en cuenta todos los datos de la filosofía, de la antropología y de la teología contemporáneas, podemos intentar definir el paso al cuerpo resucitado. Sabemos que el cuerpo no puede ser reducido ni a sus elementos físico-químicos, ni a una realidad orgánica y biológica. Es aquello en lo que y por lo que el hombre recibe y vive una existencia personal, ejerce y manifiesta su libertad en su relación a sí mismo, a los otros, a Dios. Es en y por su cuerpo como el hombre entra en comunicación con los otros y consigo mismo, ama, sufre, trabaja, experimenta alegría y placer. El cuerpo es pues nosotros mismos. El anuncio de la resurrección de la carne que proclamamos en el credo significa que el hombre será salvado en todo lo que él es. Tendrá continuidad, y discontinuidad: continuidad de nuestra identidad, discontinuidad puesto que habrá la ruptura de la muerte. El cuerpo resucitado será liberado de todas las obligaciones y necesidades naturales que lo volvían perecedero.

¿Podemos tener una representación de ese cuerpo resucitado?

Propiamente dicho, no, porque tal cuerpo escapa radicalmente al mundo de nuestras representaciones terrestres. Podemos servirnos de las apariciones de Jesús resucitado para coger algunas características. Podemos pensar también en momentos privilegiados de nuestra vida, instantes de gracia donde nuestro cuerpo parece ya casi espiritualizado: es la experiencia mística de los santos, es la experiencia de los momentos más intensos del amor; es la experiencia hecha cuando se forma cuerpo por ejemplo con una sinfonía de Beethoven, o la belleza nos saca de nosotros mismos.

¿Cuándo se produce la resurrección?

La respuesta a esta pregunta cae en una paradoja: debemos decir a la vez que los muertos han resucitado ya y que ellos aún no lo han hecho todavía. En otras parábolas: viven una primera resurrección, que permanece incompleta en tanto que la humanidad entera no haya llegado a la resurrección plena que tendrá lugar durante el retorno de Cristo. La resurrección es una lenta génesis, pero también un proceso dinámico que se desarrolla entre la resurrección de Jesús en la mañana de Pascua y su segunda venida en la gloria al final de los tiempos. De esta paradoja el misterio de Jesús mismo puede darnos una idea. Él también ha conocido el tiempo intermedio de la estancia de su cuerpo en la tumba. Su resurrección no ha sido completa cuando el signo concreto nos ha sido dado: gracias al acontecimiento de Pascua, Jesús toma contacto y recobra la comunión con los suyos. Termina de fundar su Iglesia y hace posibles los sacramentos, que suponen un contacto entre su cuerpo glorificado y nuestros cuerpos todavía mortales.

¿Estamos todos llamados a resucitar?

Basta con que miremos con coraje nuestra vida para descubrir todo lo que escondemos a los otros. Somos a menudo incapaces de llevar encima el peso de la verdad. Ahora bien, el mundo de Dios es el de la luz y de la transparencia, y no podemos entrar ahí sin hacernos nosotros mismos transparentes y luminosos. La necesidad del purgatorio viene de ahí, y no de una voluntad arbitraria de Dios. Si hay sufrimiento, es la de un amor todavía atado. Le choque del encuentro e Dios es un fuego que devora. ¿No hablamos nosotros mismos del arrepentimiento de nuestras faltas como un ardor? Paradójicamente, este sufrimiento es también una alegría, la alegría de entrar en la luz y en la vida. El purgatorio no es pues un castigo. Al contrario, es la expresión de la gran paciencia de Dios, que mantiene hasta el más allá la posibilidad de nuestra conversión total al amor.

¿Se puede hacer teología del infierno?

En el punto de partida, está la certeza más inquebrantable de nuestra fe: Dios es amor. No podemos pensar la hipótesis del infierno aparte de esta luz. Nada, en los textos del Nuevo Testamento, contradice esta afirmación. Lo esencial del mensaje de Jesús es un aviso, una puesta en guardia. Pero el hombre puede querer no amar. Esta posibilidad es la que enuncia la idea de un infierno. El infierno es una posibilidad real para cada uno de nosotros, si nuestra libertad rechaza a Dios de manera definitiva. Pero eso no nos quita la esperanza de que todos los hombres sean salvados, según el designio universal de Dios.

¿A qué se parece el más allá?

No podemos hablar más que a través de una red de imágenes. La vida eterna es presentada bajo la forma de un banquete de fiesta. Ese banquete es evocado en las parábolas evangélicas como el banquete de las bodas del Hijo con la humanidad. La metáfora de las bodas nos hace volver a las experiencias más intensas de esta vida de amor que será la nuestra. El Apocalipsis presenta también el cielo bajo la figura de una liturgia eternal, vivida alrededor del trono de Dios y del cordero inmolado y glorioso. La Escritura utiliza también las imágenes de la Ciudad Santa, de la Jerusalén celestial. Sin duda, la alegría del cielo será el hecho de un amor perfectamente puro y abierto a los otros en una comunión aún más grande de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.

¿Esta representación idílica de la felicidad prometida en el más allá no corre el riesgo de hacernos olvidar que el Reino de los cielos está ya allí desde la venida de Cristo?

No debemos olvidar jamás que el cielo eternizará todos los actos de amor y de servicio que los hombres hayan realizado sobre la tierra. Eso debe ahondar en nosotros la llamada a obrar para la salvación del mundo. La construcción de la ciudad terrena enlaza con la ciudad celestial. Debemos estar atentos a los signos aunque sean frágiles y tenues que sean la anticipación del cielo sobre la tierra, por todos los sitios donde los hombres se conviertan, renuncien a su pecado, por todos lados donde la justicia, la libertad y el respeto progresen. Esos signos no son más que la cara oculta del Reino de los cielos entre nosotros. «Yo soy la resurrección y la vida»: esta afirmación de Cristo es el signo de esta inmensa promesa.

Muchas personas, incluidos los cristianos, consideran la perspectiva de la reencarnación. ¿En qué es compatible con la fe cristiana?

La reencarnación cuestiona la unidad de la persona humana, en tanto que es un sujeto único e irreemplazable ante Dios. La reencarnación vuelve a caer en un cierto dualismo cuerpo/alma, el primero sin valor, simple hábitat reemplazable, la segunda se encuentra reducida a un principio cambiante de modo de ser en cada existencia y cuyo destino final es perderse en el gran todo. Además, la reencarnación traduce un movimiento que va del hombre hacia Dios. Es una obra del hombre, que busca su impecabilidad más que el encuentro con Dios. El cristianismo, al contrario, nos anuncia un Dios que busca al hombre, que va a su encuentro para atraerlo hacia él. Un Dios que quiere realizar por su misericordia y su amor una comunión con el hombre.

recogido por Martine de Sauto
(original en francés; traducción mía).

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Feliz Pascua de Resurrección

Posted by El pescador en 8 abril 2007

Como felicitación pascual os traigo esta enarración de San Agustín al Salmo 16,10-11, de donde son las dos frases latinas que pone en la parte de abajo de este cuadro de Passignano (1600-25): Me diste a conocer los caminos de la vida y Me llenarás de alegría con tu rostro. A los pies de Cristo dice también en latín: Fue engullida la muerte en la victoria (de Cristo); para comprender lo que dice sobre los infiernos, ver la entrada de ayer:

Porque no abandonarás mi alma en el infierno. Porque no darás mi alma para que sea poseída por los infiernos. Ni darás a tu santo conocer la corrupción. Ni en el cuerpo santificado por el cual otros han de ser santificados padecerás la corrupción. Me diste a conocer los caminos de la vida. Diste a conocer por mí los caminos de la humildad, para que los hombres volvieran a la vida de donde habían caído por la soberbia; porque estoy con ellos, a mí diste a conocer. Me llenarás de alegría con tu rostro. Los llenarás de alegría, para que después no busquen otra cosa al verte cara a cara; estoy con ellos, me llenarás. Delectación en tu diestra hasta el fin. La delectación está en tu favor y en tu propiciación en el itinerario de esta vida, que conduce hasta el fin de la gloria de tu presencia.

San Agustín de Hipona
Enarraciones sobre los Salmos 15,10

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De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado

Posted by El pescador en 7 abril 2007

El Oficio del lectura trae hoy este texto De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado (PG 43, 439. 451. 462-463) sobre el descenso del Señor a la región de los muertos; describe el encuentro entre Cristo resucitado y Adán, como figura de los justos del Antiguo Testamento que esperaban la redención de Cristo:

¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.

El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros». Y responde Cristo a Adán: «y con tu espíritu». Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo».

Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: “Salid”, y a los que estaban en tinieblas: “Sed iluminados”, y a los que estaban adormilados: “Levantaos.”

Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.

Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorada. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.

Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.

Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.

Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»

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El descenso de Cristo a los infiernos

Posted by El pescador en 7 abril 2007

En el credo decimos que después de su muerte, Jesús descendió a los infiernos. Es lo que hizo en los días que estuvo en el sepulcro.

Y pensamos ¿cómo puede ir Cristo al infierno, con los condenados? Pero los infiernos a los que fue Jesucristo es el reino de la muerte, el sheol, tal como lo entiende el Antiguo Testamento (A.T.).

Éste no conoce “trato” alguno entre el Dios vivo y el reino de los muertos; todos tienen como destino común el sheol.

Veamos lo terrible que es para el A.T. el destino de los muertos: El Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), Josué, Jueces y Reyes no saben de distinción alguna referente al destino en el más allá; a lo sumo una responsabilidad personal ante Yahvé. Al estado de muerte pertenecen las tinieblas (Job 10,21s.; 17,13; 38,17; Salmo 88,7.13; 143,3; incluso eternas Salmo 49,20), el polvo (Job 17,16; 20,11; Salmo 30,10; 146,4; Isaías 26,19; Daniel 12,2) y el silencio (Salmo 94,17; 115,17). De él no se retorna (Job 7,9; 10,21; 14,12), no hay en él actividad alguna (Eclesiastés 9,10), ningún placer (Eclesiástico 14,11-17), ningún conocimiento de lo que sucede en la tierra (Job 14,21s.; 21,21; Eclesiastés 9,5). Allí ya no se alaba a Dios (Salmo 6,6; 30,10; 115,17; Eclesiástico 17,27; Isaías 38,18). Despojados de toda fuerza y vitalidad (Isaías 14,10) los muertos se llaman los sin fuerzas, son como seres inexistentes (Sal 39,14; Eclesiástico 17,28), habitan en la tierra del olvido (Sal 88,13).

Allí es a donde descendió Cristo tras su muerte, estuvo con los muertos que esperaban su redención. El arte nos lo representa abriendo las puertas del sheol, la morada de los muertos para sacar a Adán y Eva y al resto de los justos del Antiguo Testamento que aguardaban allí la salvación de Jesucristo para llegar a la presencia de Dios; como nos dice el A.T. el sheol o infiernos es la morada de los muertos, donde no se alaba a Dios, donde se le pierde de vista.

San Pablo enseña (Romanos 5,12) que la muerte universal fue consecuencia del pecado original, se trata de la muerte teológica, o sea la privación de la presencia y la visión de Dios; así los justos del A.T. estuvieron esperando hasta que Cristo, solidario con el pecado de la humanidad, va hasta el sheol para salvarlos, o sea para llevar hasta la presencia de Dios a quienes estaban presos allí, de ahí que el arte lo represente echando abajo las puertas de los infiernos y aplastando al demonio.

Además, hemos visto que los infiernos eran el lugar del silencio, que Jesucristo experimenta también este día del Sábado Santo. La Trinidad es Ágape (1 Juan 4,8), es amor, es relación y comunión, y todo lo contrario es lo que experimenta Jesús en el sheol, la ausencia de Dios y la soledad porque quiere compartir el destino de todos los muertos, la tierra y el sheol.

A continuación pongo los enlaces a otras pinturas sobre el tema:

Andrea da Firenze (1368-68)

Bartolomé Bermejo (1480): Cristo resucitado muestra a los justos del A.T. la cruz que los ha redimido y éstos la adoran.

Alonso Cano (1640)

Duccio di Buoninsegna (1308-11)

– Alberto Durero: 1510; 1511; 1512.

Cristofano Gherardi (1555)

Giotto (1320-25)

Maestro de la Observancia (ca. 1445)

Friedrich Pacher (1460s), que ilustra la entrada.

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María en el Sábado Santo

Posted by El pescador en 7 abril 2007

El Sábado Santo es el día de espera tras la muerte de Jesús en espera de su Resurrección. El Evangelio nos dice que el domingo por la mañana las mujeres fueron al sepulcro para ungir el cadáver de Jesús (Marcos 16,1-8), señal de que no esperaban que resucitara.

Pero ¿qué hizo la Virgen aquel día de espera antes del Domingo? Los evangelios no nos dicen nada de ella, ni siquiera que Jesús se le apareciera como a las otras mujeres.

Hoy era el día de su soledad, su Hijo ya estaba enterrado, ya no estaba con ella, como reflejan los Sagrarios vacíos y con la puerta abierta en todas las iglesias del mundo; nos hacemos acompañantes de la soledad de María, parece que las tinieblas han vencido finalmente a la luz y nos hemos quedado huérfanos, aunque no del todo pues Cristo nos dejó en la cruz la presencia maternal de su propia Madre (cf. Juan 19,26-27).

Podemos imaginar que María pasó aquel Sábado santo como siempre había vivido todo lo que le ocurrió a su hijo, confiando por la fe y fiándose de Dios. Así fue desde aquel día de la Anunciación, luego cuando nació Jesús y cuando el Niño Jesús se perdió en el Templo… María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía muy presente (Lucas 2,19.51). María es la mujer de fe, que como dice San Agustín concibió a Jesús antes en el corazón por la fe que en su seno.

Y por la fe pudo esperar sin duda la Resurrección de su Hijo, tras haber sufrido tantísimas angustias viéndolo escarnecido y muerto tan horriblemente.

El premio a tan gran sacrificio como madre y a la oscuridad de la fe debió de ser sin duda ver a su Hijo resucitado y glorioso. No nos lo cuentan los evangelios pero podemos suponer e imaginar que Jesucristo quiso hacerse visible a su santísima Madre para compensarla y aliviarla de sus sufrimientos y dolores.

En este día de espera María es también nuestro modelo de fe y de esperanza, que como Madre nuestra nos anima y nos consuela.

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Stabat mater

Posted by El pescador en 6 abril 2007

La otra gran protagonista del Viernes Santo es María, la madre de Jesús. Ella sufrió como madre la Pasión de su hijo, tuvo el dolor más grande al ver a su hijo maltratado injustamente y muerto entre dos malhechores. Con razón se la considera colaboradora de la Redención, pues gracias a ella el Verbo se hizo carne y estuvo sufriendo con su hijo hasta el final.

Para acompañar a la Virgen en sus angustias traigo el famoso poema latino Stabat mater, atribuido a Jacopone de Benedetti (muerto en 1306) es una de las composiciones literarias de las que más versiones musicales se han hecho: Rossini, Franz Liszt, Krzysztof Penderecki, Giovanni Pierluigi da Palestrina, Francis Poulenc, Domenico Scarlatti, Antonio Vivaldi, Alessandro Scarlatti y Antonín Dvořák, sin olvidar la más famosa que es la de Pergolesi.

(Aquí otro calvario bellísimo de Rogier van der Weyden: la Virgen es pintada vestida de azul porque en la Edad Media los tejidos azules eran tan caros como el color oro ya que se sacaba de la piedra de lapislázuli).

1. Estaba la Madre dolorosa
junto a la Cruz llorosa,
mientras pendía su Hijo.

2. Su alma gimiente,
contristada y doliente
atravesó la espada.

3. ¡Oh cuán triste y afligida
estuvo aquella bendita
Madre del Unigénito!

4. Languidecía y se dolía
la piadosa Madre que veía
las penas de su excelso Hijo.

5. ¿Qué hombre no podría llorar
si a la madre de Cristo viera
en tanto suplicio?

6. ¿Quién no se entristecería
a la Madre contemplando
con su doliente Hijo?

7. Por los pecados de su gente
vio a Jesús en los tormentos
y doblegado por los azotes.

8. Vio a su dulce Hijo
muriendo desolado
al entregar su espíritu.

9. Ea, Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor,
contigo quiero llorar.

10. Haz que mi corazón arda
en el amor de mi Dios
y en cumplir su voluntad.

11. Santa Madre, yo te ruego
que me traspases las llagas
del Crucificado en el corazón.

12. De tu Hijo malherido
que por mí tanto sufrió
reparte conmigo las penas.

13. Déjame llorar contigo
condolerme por tu Hijo
mientras yo esté vivo.

14. Junto a la Cruz contigo estar
y contigo asociarme
en el llanto es mi deseo.

15. Virgen de Vírgenes preclara
no te amargues ya conmigo,
déjame llorar contigo.

16. Haz que llore la muerte de Cristo,
hazme socio de su pasión,
haz que me quede con sus llagas.

17. Haz que me hieran sus llagas,
haz que con la Cruz me embriague,
y con la Sangre de tu Hijo.

18. Para que no me queme en las llamas,
defiéndeme tú, Virgen santa,
en el día del juicio.

19. Cuando, Cristo, haya de irme,
concédeme que tu Madre me guíe
a la palma de la victoria.

20. Y cuando mi cuerpo muera,
haz que a mi alma se conceda
del Paraíso la gloria.

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La Piedad de Miguel Ángel

Posted by El pescador en 6 abril 2007

Un ángulo distinto de la obra maestra de Miguel Ángel para meditar en este día de la Pasión del Señor.

El tema artístico de la Piedad (la Virgen con su Hijo muerto en el regazo tras el descendimiento de la cruz), también llamado las Angustias de la Virgen.

Creo que pocos dolores hay en el mundo como el de las madres por sus hijos; María, que es la Madre de Dios, que lo llevó en su seno y alimentó y cuidó, tuvo que soportar que lo trataran como a un vulgar ladrón siendo el más inocente de todos.

A cualquier madre le duele lo que le hagan a su hijo, aunque éste lo merezca, cuánto más tuvo que sufrir la Virgen al ver el trato que le dieron aquel Viernes Santo al suyo. Podemos imaginar con cuánto amor de madre acogió el cuerpo maltratado de su Hijo para honrarlo como se merecía después de tantos ultrajes, y así ofrecérnoslo a nosotros.

Una de las obras maestras de este tema es la de Miguel Ángel, que con 23 años esculpió esta joya. En este nuevo ángulo publicado por la revista Franco Maria Ricci (FMR) podemos apreciar la serena belleza y paz de Cristo, que por fin descansa en brazos de su Madre.

En pintura os dejo los enlaces a las obras de Luis de Morales “el Divino” y Hans Memling.

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Sufrimientos de Cristo, sufrimientos de los hombres

Posted by El pescador en 6 abril 2007

¿Por qué la cruz puede provocar un malestar real? La respuesta de Bernard Sesboüé, jesuita y teólogo

El sufrimiento es siempre un mal que es preciso combatir

Demasiado insistir sobre los sufrimientos de Cristo dan a entender en efecto que todo esto era necesario a los ojos de Dios para salvarnos.

Este sufrimiento sería como un precio que pagar a la justicia divina para obtener a cambio nuestra salvación. ¿Cómo no se rebeló Cristo ante tal exigencia? Nos encontramos en una suerte de pacto.

Es preciso pues decir y volver a decir: el sufrimiento es siempre un mal que hace falta combatir. En sí mismo no tiene ningún valor.

No es la cantidad de sufrimientos de Cristo lo que nos salva: eso sería a la vez sadismo y masoquismo.

Lo que nos salva es la fuerza de un amor que ha ido a afrontar la violencia de los hombres hasta sufrir la muerte, para vencer esta misma violencia. Esos sufrimientos no son el hecho de una exigencia de Dios: se trataría entonces de un Dios vengador y maléfico.

Esos sufrimientos son la consecuencia de la violencia humana, aquella que todos los siglos de nuestra historia han experimentado, la que el siglo XX ha ilustrado tristemente con dos guerras mundiales, la Shoah [el Holocausto] y los campos de concentración nazis y soviéticos, aquella por cuya experiencia pasamos todos los días en este principio del siglo XXI.

Debemos reconocer también la complicidad secreta con la violencia que late en nosotros. Debemos reconocer la solidaridad que es común a todos con el pecado del mundo, un pecado paradójico porque todos somos víctimas de él antes de convertirnos a nuestra vez sus cómplices y actores.

Pues el drama de la pasión consta de tres grandes actores: el Hijo que da su vida, el Padre que nos envía a su Hijo para que Él viva con nosotros y que, por consecuencia, lo abandona a nuestra violencia, y finalmente los hombres pecadores y violentos que rechazan entrar espontáneamente en el camino de la justicia. El Padre está del lado del Hijo y, como cualquier padre, sufre a su manera los sufrimientos de su Hijo. No hay duda en todo eso más que la gratuidad del amor. Ningún cálculo, si no es la voluntad de que la violencia ceda ante el amor. Ante la persona de Jesús, el justo, el santo, aquel que no puede ser convencido para que peque, la violencia de la humanidad ha sido como concentrada. La pasión recapitula el drama de toda la humanidad. Aquellos que han querido o permitido su muerte son los judíos de una parte, los paganos de otra, y también sus discípulos, de los cuales uno lo ha traicionado, otro ha renegado de él y la mayor parte ha huido.

Eso quiere decir simbólicamente que todos los grupos humanos son responsables de esto. Ha muerto por nosotros y muriendo por nosotros ha querido morir para nosotros. He aquí la misteriosa alquimia de la pasión: en una espiral de violencia, la víctima vencida se ha convertido en el gran vencedor.

El amor es más fuerte que la muerte. Eso es lo que significa la resurrección. ¿Y qué pinta el sacrificio en todo esto? El sacrificio no es nada más que el don de sí, es decir la preferencia dada a Dios y a los otros por encima del amor a uno mismo. Jesús ha amado a su Padre para morir por él; nos ha amado para morir por nosotros. Pero el amor es fecundo, es el que da la vida.

Bernard Sesboüé s.j.
(original en francés; traducción mía)

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