El testamento del pescador

Nigra sum sed pulchra

Posted by El pescador en 25 noviembre 2006

Nigra sum sed pulchra: Soy morena pero hermosa decía la sulamita del Cantar de los cantares (1,5).

[N.B. No se trata de racismo, por supuesto, sino que antiguamente el canon de belleza era la piel blanca, que era signo de gente a la que no le daba el sol puesto que no trabajaba en el campo: fijaos en Eva en el cuadro medieval de la entrada sobre Adán y Eva del día 11; hoy es al contrario: la belleza es estar bronceado]

Siempre se ha interpretado alegóricamente este pasaje refiriéndose a la Iglesia que es pecadora (de piel oscura) pero a la vez hermosa por ser la esposa de Cristo.

Precisamente como somos dados siempre a ver los vicios y defectos ajenos, a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro, siempre criticamos los pecados y debilidades de la Iglesia como sus jueces rigurosos, cuando nosotros también tenemos pecados, pero en la mentalidad actual nadie tiene pecados, sólo la Iglesia; ocurre lo mismo que en la fábula de Fedro:

Júpiter nos puso dos alforjas:
dio una detrás de la espalda repleta de vicios propios,
colgó delante del pecho otra cargada de los ajenos.
Por esto no podemos ver nuestras cosas malas;
cuando otros delinquen, somos sus censores.

La Iglesia es la esposa de Cristo, por eso es hermosa, pero Cristo murió por ella, por nosotros, que somos la Iglesia, a causa de nuestros pecados, para purificarla con el baño del agua y de la palabra (cf. Efesios 5,27). Por lo tanto, la Iglesia, aunque es semilla de otro Reino (como se canta en Iglesia peregrina), el Reino de Dios, no es sólo la Iglesia de los santos, sino también de los pecadores.

El mismo Jesucristo quiso fundarla sobre la Roca de Pedro, pero una roca también débil, pues el mismo Simón Pedro reconoció en su primer encuentro con el Señor que era un pecador (Cf. Lucas 5,8), un pecador y un cobarde que no se atrevió a seguir a Jesús hasta el final.

Un nuevo libro editado en España y escrito por el canadiense Michael D. O’Brien y titulado El padre Elías. Un apocalipsis (Editorial Libros libres, Madrid 2006) habla de cómo un personaje, un sacerdote que trabaja en la Secretaría de Estado vaticana ha podido tocar los huesos de San Pedro, El pescador, la piedra sobre la que Cristo fundó su Iglesia, la debilidad sobre la que Cristo fundó su Iglesia que habría de continuar su obra en el mundo extendiendo el Reino de Dios que había empezado con el mismo Jesucristo:

 

– […] No hubo nada macabro en el hecho de tocar los huesos. Fue una cosa tan sencilla, como si hubiera estado allí delante el gran pescador, el tipo que salió corriendo, el que negó a Jesús. El mismo tipo que luego volvió. Lo sentí, Davy. Sentí la extemporalidad de la Iglesia. Como si el tiempo no existiera. Se había instalado una quietud que no podrías creer. Fue algo muy hermoso […] “Aquí está la piedra”, me dije. Aquel hombre rudo, humilde, grande, era un hombre igual que yo. Jesús le miró y le amó. Pedro miró a Jesús y le dijo: “Apártate de mí, soy un pecador. Un hombre tosco de Galilea llamado Simón”. Jesús hizo de él obispo de Roma, primero entre los apóstoles, piedra fundacional. Sobre toda aquella debilidad Cristo construyó una Iglesia. Eso fue lo que más me chocó de todo: la debilidad. La debilidad encerraba un secreto fabuloso.

– Eso es una gracia extraordinaria (Páginas 35-36).

Por mucho que nos interroguemos no podremos llegar a averiguar por qué Cristo quiso edificar su Iglesia sobre la debilidad de un pescador pecador, pero lo cierto es que esta Iglesia débil, morena pero hermosa ha resistido a pesar de sus miembros, porque su cabeza es Cristo. Es conocida la anécdota sobre Napoleón, que al llegar a Roma y apresar al Papa le dijo: “Yo destruiré la Iglesia”, a lo que el Papa repuso: “Si los que estamos dentro no hemos sido capaces de destruirla en todos estos años tú tampoco lo conseguirás”.

Es lo que cuenta Bocaccio en su Decamerón (Primera Jornada, Novela segunda), un judío quiere bautizarse y va a Roma, y allí observa la depravación y corrupción de la Iglesia, pero en lugar de hacer como el dicho Roma veduta, fede perduta (Cuando se ve Roma, se pierde la fe), él vuelve con más ganas de bautizarse porque realmente el Espíritu Santo es fundamento y sostén de la Iglesia después de ver la corrupción de la corte papal:

 

 

Adonde, al saber Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes fiestas; y después que hubo reposado algunos días, Giannotto le preguntó lo que pensaba del santo padre y de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío respondió prestamente:

-Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareció ver en ningún clérigo, sino lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y peores, si peores puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que tengo aquélla por fragua más de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y allí según las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar. Giannotto, que esperaba una conclusión exactamente contraria a ésta, al oírle decir esto fue el hombre más contento que ha habido jamás: y a Nuestra Señora de París yendo con él, pidió a los clérigos de allí dentro que diesen a Abraham el bautismo. Y ellos, oyendo que él lo demandaba, lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en nuestra fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre bueno y valioso y de santa vida.

 

 

 

 

Por eso en la Basílica de San Pedro, encima del altar de la confesión, situado justo encima de la tumba de El pescador, está la vidriera imponente del Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, ese gran desconocido pero cuya acción es más visible que ninguna otra, pues se ve ya desde los mismos apóstoles, empezando por San Pedro, El pescador pecador y débil, hasta nuestros días en cualquiera de nosotros, empezando por mí mismo, ya que llevamos este tesoro en vasijas de barro, para mostrar que ese poder tan grande viene de Dios y no de nosotros (2 Corintios 4,7).

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