El testamento del pescador

Sin el Domingo no podemos vivir

Posted by El pescador en 12 noviembre 2006

Hoy es el primer día de la semana, el Domingo. El nombre del primer día de la semana es el Domingo, que viene del latín Dominicus dies, el Día del Señor. La importancia de este día para los cristianos viene atestiguada por San Justino ya en el siglo II:

El día llamado del sol (el domingo) se tiene una reunión de todos los que viven en las ciudades o en los campos, y en ella se leen, según el tiempo lo permite, los Recuerdos de los apóstoles o las Escrituras de los profetas. Luego, cuando el lector ha terminado, el presidente toma la palabra para exhortar e invitar a que imitemos aquellos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a la vez, y elevamos nuestras preces; y terminadas éstas, como ya dije, se ofrece pan y vino y agua, y el presidente dirige a Dios sus oraciones y su acción de gracias de la mejor manera que puede, haciendo todo el pueblo la aclamación del Amén. Luego se hace la distribución y participación de los dones consagrados a cada uno, y se envían asimismo por medio de los diáconos a los ausentes. Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, dan lo que les parece, y lo que así se recoge se entrega al presidente, el cual socorre con ello a los huérfanos y viudas, a los que padecen necesidad por enfermedad o por otra causa, a los que están en las cárceles, a los forasteros y transeúntes, siendo así él simplemente provisor de todos los necesitados. Y celebramos esta reunión común de todos en el día del sol, por ser el día primero en el que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y también el día en el que nuestro salvador Jesucristo resucitó de entre los muertos… (1ª Apología 65-67).

Como se puede observar, la estructura de la celebración es prácticamente la misma que la de hoy en día, claro: lectura de la Palabra de Dios, homilía, preces, ofertorio, comunión, colecta para atender a las necesidades de la comunidad.

Destaca también la explicación del día en que se celebra: el domingo, por ser el día del sol, el día de la creación de la luz y de la resurrección de Jesucristo.

Podemos imaginar lo que suponía para aquellos cristianos, minoría desconocida e incomprendida en aquellos primeros tiempos de la Iglesia, asistir a Misa, o como se llamaba primitivamente la Fracción del pan. Este texto de San Justino es la Apología que escribió para explicar a sus contemporáneos paganos los ritos y costumbres cristianas.

Este testimonio muestra que los cristianos del siglo II seguían la costumbre de los apóstoles (Hechos 20,7-8):

El primer día de la semana nos reunimos para partir el pan, y Pablo estuvo hablando a los creyentes. Como tenía que salir al día siguiente, prolongó su discurso hasta la medianoche. Nos hallábamos reunidos en un cuarto del piso alto, donde había muchas lámparas encendidas.

El Papa Benedicto XVI, hablando a los participantes en el Congreso eucarístico italiano, se hacía eco de la celebración del Domingo como día primero de la semana desde la primitiva Iglesia (29-5-2005):

 

Tenemos que redescubrir la alegría del domingo cristiano. Tenemos que redescubrir con orgullo el privilegio de poder participar en la Eucaristía, que es el sacramento del mundo renovado. La resurrección de Cristo tuvo lugar el primer día de la semana, que para los judíos era el día de la creación del mundo. Precisamente por este motivo el domingo era considerado por la primitiva comunidad cristiana como el día en el que tuvo inicio el mundo nuevo, el día en el que con la victoria de Cristo sobre la muerte comenzó la nueva creación. Reuniéndose en torno a la mesa eucarística, la comunidad se iba modelando como nuevo pueblo de Dios. San Ignacio de Antioquia llamaba a los cristianos «aquellos que han alcanzado la nueva esperanza», y los presentaba como personas «que viven según el domingo» («iuxta dominicam viventes»). Desde esta perspectiva, el obispo antioqueno se preguntaba: «¿Cómo podremos vivir sin aquél a quien esperaron los profetas?» («Epistula ad Magnesios», 9, 1-2).

Esto es lo que les ocurría a los primitivos cristianos, la importancia con que vivían el Domingo: tenemos el testimonio de los mártires de Abitene (mártir=testigo), en la actual Túnez (año 303). El emperador Diocleciano había prohibido el culto cristiano, pero a pesar de ello 49 cristianos de esta ciudad del África proconsular se reunían en casa de uno de ellos (era la costumbre desde los tiempos de San Pablo, las iglesias domésticas: Hechos 20,7-8); cuando una de las veces los sorprendieron, los arrestaron, y en el interrogatorio previo al martirio, al preguntar a Emérito por qué había acogido en su casa la celebración prohibida, contesta: Sine Dominico non possumus, No podemos vivir sin el Domingo, No podemos vivir sin celebrar el Día del Señor.

Lo triste es que hoy en día hay demasiados “cristianos” que viven sin el Domingo, por distintas razones. No han descubierto la riqueza que encierra la Eucaristía, no se han dado cuenta de que el domingo es el día que Dios nos ha regalado para que descansemos y así podamos dedicarle un rato para darle gracias en la Eucaristía (que en griego significa Dar gracias) por todo lo que nos ha dado durante la semana, a la vez que le pedimos por las necesidades de todo el mundo y las nuestras propias. Y todo ello lo hacemos al ser invitados a su Casa, a la Casa del Señor, que es también nuestra casa, pues somos Hijos de Dios.

Termino con otro extracto de la homilía del Papa en el Congreso eucarístico italiano:

[San Agustín sabía que] en las comidas comunes el hombre se hace más fuerte, pues es él quien asimila la comida, haciendo de ella un elemento de la propia realidad corporal. Sólo más tarde Agustín comprendió que en la Eucaristía sucedía exactamente lo opuesto: el centro es Cristo que nos atrae hacia sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de nosotros una sola cosa con Él (Cf. Confesiones 10,16). De este modo nos introduce en la comunidad de los hermanos.

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