El testamento del pescador

Archivos para Enero, 2007

Pistas para una buena confesión: Tú me mueves, Señor

Publicado por El pescador on 31 Enero 2007

Voy a intentar exponeros algunas pistas para una buena confesión.

Hemos de tener presente que cuando nos confesamos hemos querido hacer la vida por nuestra cuenta, sin contar con nuestro Padre, lo hemos rechazado como un adolescente que se cree autosuficiente (tal como nos cuenta la parábola del hijo pródigo): podemos empezar por ahí.

Un primer paso es la famosa frase que San Agustín puso al comienzo de sus Confesiones: Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. O sea, darnos cuenta de que Dios no quiere nuestra infelicidad ni nuestra desgracia, sino todo lo contrario y que debemos acudir a Él con la confianza de que encontraremos la clave de nuestros interrogantes más profundos, en definitiva abandonarnos a Él.

También es importante no dejar demasiado tiempo la confesión: sino, corremos el riesgo de volvernos cómodos, laxos, de dejar pasar las cosas, de no darles la importancia que merecen, porque cuanto menos haces menos quieres; es como los deportistas: tienen que entrenar a menudo para no perder la forma, lo que nos pasa a nosotros por ejemplo cuando dejamos de estudiar por un tiempo, luego nos cuesta volver a coger el ritmo.

Formar la conciencia. La conciencia es esa voz que nos incomoda cuando hacemos algo que no es correcto: es algo superior a nosotros (pues nos juzga y nos cuestiona) y también distinto. Es importante formarla, o sea conocer lo que es correcto en términos de moral, para no hacer los valores morales a nuestra medida y gusto, sino asumiendo lo que Dios nos dice que está bien y mal: por eso en el paraíso terrenal Dios manda a Adán y Eva que no coman del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque sólo Él determina lo que está bien y mal. Sin caer nunca en los extremos.

También es importante seguir los cinco pasos que se aprenden en la catequesis para confesarse:

  1. Examen de conciencia: Ponernos ante Dios que nos ama y quiere ayudarnos. Analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños. Puedes ayudarte de una guía para hacerlo bien;
  2. Dolor de los pecados o arrepentimiento: Darnos cuenta de lo que ha significado nuestro pecado, hemos rechazado el amor de Dios y hemos querido hacer nuestra dichosa voluntad, pero al final no hemos conseguido ser felices;
  3. Propósito de no volver a pecar: Si queremos que Dios nos transforme por el sacramento, hemos de querer poner también de nuestra parte para empezar una nueva vida. Si amamos de verdad, no queremos volver a lastimar al amado.
  4. Decir los pecados al confesor: No tener miedo ni vergüenza para decir nuestras faltas y pecados; tengamos en cuenta cómo hay que contar los pecados (a ver si me explico bien: no hay que contar cosas innecesarias, ni mencionar los nombres de nadie [v.gr. si de niños hacemos una travesura con un amigo, no hace falta decir que lo hicimos con Pepito, sino simplemente que lo hicimos con otro], podemos contar nuestros pecados haciendo referencia al número del mandamiento…)
  5. Cumplir la penitencia: La penitencia es una manera de intentar mostrar nuestro amor y agradecimiento a Dios que nos ha perdonado y nos ha devuelto la inocencia del bautismo.

En definitiva, no engañarnos a nosotros mismos, ser sinceros para examinar nuestra vida y tener ganas de reorientarla en lo necesario. Adán y Eva se escondieron de Dios cuando se dieron cuenta de su pecado y no querían asumir su responsabilidad (Génesis 3), esa no es la actitud de un cristiano que confía en su Padre Dios, aunque sí que es la tendencia humana que nos ocurre con harta frecuencia el querer ocultarnos y desviar las responsabilidades.

También puede ser importante no confesarnos con el padre Topete (el primero que te topas), sino buscar y buscar hasta encontrar a un sacerdote que sepa aconsejarte, sepa acogerte y te ayude, sin pasar todo por alto pero tampoco sin hacerte sentir culpable, para que sea tu confesor habitual: puede ser un proceso largo para encontrarlo pero merecerá seguramente la pena, pues al seguir un camino contigo te conocerá y podrá iluminarte mejor.

La confesión no es una tortura ni un interrogatorio de la Gestapo, es reconocer ante Dios que hemos rechazado su amor, que sin embargo queremos volver a corresponderle y por eso acudimos harapientos y sucios a que Él nos coma a besos y nos demuestre su alegría por habernos recuperado.

Si vamos a confesar es porque Dios nos ha ayudado con su gracia a llegar hasta ahí: no desaprovechemos ese regalo de Dios que ha querido preocuparse por nosotros y nos ha ayudado para dar este paso.

Esto es otra pista fundamental: sabernos amados. Os dejo con este bellísimo soneto, medítalo y profundízalo (aquí lo tienes con música en mp3), díselo al Señor antes de la confesión, para que el Espíritu Santo te inunde, te llene de alegría por volver con el Padre, y comprendas que el sacramento de la confesión es el sacramento del amor de Dios, que te mueva solamente el mismísimo Jesucristo, que en la cruz quiso ser escarnecido por nosotros:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido
ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 

(Anónimo)

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Dejó de ser homosexual: Comprender y sanar la homosexualidad II

Publicado por El pescador on 30 Enero 2007

«Dejó de ser homosexual» (”La Razón”)

Se llama Richard Cohen y durante 30 años fue homosexual activo. Recuerda que de niño su padre se mostraba violento y gritaba a todas horas mientras que su madre se agarraba a él. «Yo me sentía muy distante respecto a él y demasiado próximo a ella». Con 17 años tuvo su primera experiencia sexual: «Conocí a un hombre que me invitó a su casa. Nunca anteriormente había hecho algo semejante. Cuando llegamos a su apartamento comenzó la seducción. Estaba nerviosísimo, pues todo aquello era nuevo para mí. No sabía que dos hombres pudieran hacer lo que él me hizo aquel día. Mi cuerpo y mi alma se sintieron rasgados en dos. Después, deje su piso y comencé a llorar. Me sentía ultrajado y decepcionado. Buscaba cercanía, un lugar seguro para abrazar y ser abrazado. Lo que experimenté me pareció como una violación». Cohen había entrado de lleno en el mundo gay. Así estuvo durante años aunque un rintintín de su interior le decía que no era feliz, que podía cambiar de vida. Intentó varias veces abandonar la practica de la homosexualidad, pero sin mucho éxito. Cada fracaso era un nuevo tormento. Hasta que por fin inició un largo camino en el que descubrió que nadie nace con una orientación homosexual. Tras mucho estudiar comprobó que «no existen datos científicos que indiquen una base genética para las atracciones hacia las personas del propio sexo». «No hay nada gay (alegre) -señala Cohen- en el estilo de vida homosexual. Está lleno de tristezas y, muy a menudo, consiste en una búsqueda interminable de amor a través de relaciones de co-dependencia».

Richard Cohen comenzó a buscar la raíz de sus deseos homosexuales y descubrió heridas emocionales en su interior que no habían sanado. En traumas infantiles y, sobre todo en su caso, en la búsqueda del amor paterno no correspondido. Desde entonces ha ayudado como psicoterapeuta a miles de personas a sanar las emociones dañadas a través de la «Fundación Internacional para la curación». Acaba de publicar en España «Comprender y sanar la homosexualidad», un libro para el debate, pero no al estilo de Crónicas Marcianas de tú eres un cerdo y tú una marrana… sino procurando orillar prejuicios o intolerancias, para reflexionar serenamente con cordura e inteligencia sobre algo muy importante para miles de personas.

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Empieza a caer un tabú: Comprender y sanar la homosexualidad I

Publicado por El pescador on 29 Enero 2007

Voy a poner en una serie de entradas unos artículos sobre este libro que tenéis a la derecha: se titula “Comprender y sanar la homoseuxalidad”, de Richard Cohen (podéis encargarlo aquí) y editado por Libros Libres.

Os dejo con el artículo, yo no digo nada más porque todo está a continuación:

«Empieza a caer un tabú» (www.e-cristians.net)

Libro recomendado

Empieza a caer el tabú: LibrosLibres edita por fin «Comprender y sanar la homosesxualidad» en español el clásico de Richard Cohen sobre su testimonio y la sanación de los deseos homosexuales. Este terapeuta americano, que fue él mismo homosexual y atravesó muchas fases en su camino hasta una heterosexualidad sana, dirige la Fundación Internacional para la Curación y ha ayudado a cientos de personas a las que ha tratado en persona, y a muchas más con sus libros. La homosexualidad no es genética, se puede tratar, se puede curar y se puede prevenir. Este es el objetivo de un libro que insiste en el poder del amor no erótico y la presencia amorosa y necesaria del padre y la madre (los dos) en nuestra infancia.

 

 

Según Cohen, en consonancia con muchos otros psicólogos y terapeutas que también tratan la homosexualidad, la atracción por el mismo sexo es una respuesta defensiva frente a conflictos actuales (una situación laboral decepcionante, por ejemplo), reaccionando frente a un trauma infantil sin resolver (una violación, un maltrato), buscando dar satisfacción a necesidades homoemocionales insatisfechas (compensar la falta de cariño de los del mismo sexo, quizá un padre ausente, quizá unos compañeros crueles).

 

Hay una necesidad de amor del progenitor del mismo sexo, hay necesidad de identificarse con el propio sexo, y puede desembocar en un temor al sexo opuesto.

 

También es posible que la persona con tendencia homosexual experimente una falta de afecto respecto a su progenitor del mismo sexo, a los compañeros de su sexo, a su propio cuerpo, o a su propio género. El resultado de cualquiera (o varias) de estas variantes es un desorden del afecto hacia el mismo sexo.

 

Puede curarse, aunque no es fácil. Pero la posibilidad está ahí para quien intente abordar las cuatro etapas que se proponen:

 

  1. Cortar con la conducta sexual, desarrollar una red de apoyo (amigos, grupo de oración, terapeuta) y desarrollar la autoestima y la relación con Dios.
  2. Manteniendo la autoestima, la relación con Dios y con la red de apoyo, desarrollar habilidades y técnicas para resolver problemas; identificar los pensamientos y necesidades del niño interior.
  3. Descubrir las causas profundas de las heridas homoemocionales, iniciar el proceso de queja (”¿por qué me hiciste aquello de niño?”), perdón (”te perdono, me perdono”), toma de responsabilidades (distinto a culpabilidades). Desarrollar relaciones sanas y curativas con el mismo sexo.
  4. Curación de las heridas heteroemocionales

 

El libro está lleno de testimonios de curación y transformación, empezando por los del autor, seguido por varios de los hombres y mujeres que ha tratado y se han sanado. No es un libro sólo para las personas afectadas por este problema. El fondo es siempre una falta de amor: padres o madres ausentes o sobreprotectores, que gritaban, que pegaban, que nunca estaban, separados o divorciados… También adultos que han abusado de niños, o personas con autoridad que han seducido a jóvenes.

 

Son heridas emocionales que no matan, pero mutilan, hieren, y crean personas heridas que hieren a otras, buscando compulsivamente en el sexo y en diversas relaciones un amor reparador que no recibieron en su momento. Es un llamado a la solidaridad con los que sufren, a la esperanza, al trabajo en grupo, al cuerpo usado para abrazar, para expresar un cariño sano, para estar con los que amamos, para hacer hombres libres y seguros que puedan amar y ser amados por mujeres libres y seguras. Un libro para citar y recomendar a muchas personas que conocemos y sufren, quizá tras una máscara.

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El “buey mudo”

Publicado por El pescador on 28 Enero 2007

 

Hoy 28 de enero celebramos a Santo Tomás de Aquino, apodado por sus compañeros “el buey mudo” por ser muy corpulento y silencioso.

Fue uno de los grandes teólogos de la Edad Media, de la Escolástica, a la vez que filósofo, el que introdujo a Aristóteles para el pensamiento cristiano, un gigante del pensamiento filosófico y teológico, por eso lo de buey no le viene mal, no tanto lo de mudo, por la ingente cantidad de su producción.

En el día en que celebramos su memoria os copio la introducción de la encíclica Fides et ratio de Juan Pablo II (1998), en que expresa tan bellamente cómo la fe y la razón se complementan y ayudan al pensamiento:

La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2).

Frente al fideísmo (fiarse sólo de la fe) de Tertuliano (Creo porque es absurdo) o el racionalismo (fiarse sólo de la razón) de Sigerio de Brabante, el Doctor angélico es partidario de la armonía entre razón y fe, ambas colaboran y se ayudan, pues la fe ayuda a la razón a mirar más allá de lo que podemos conocer en este mundo, y la razón ayuda a la fe a profundizar y a comprender la revelación.

Termino copiando este texto de G.K. Chesterton que además explica el cuadro (Visión de Santo Tomás de Aquino, de Santi di Tito, 1593, en San Marcos de Florencia) que ilustra la entrada:

Probablemente la revelación más fiel de lo que fue su vida puede encontrarse en el famoso cuento del milagro del crucifijo cuando en la soledad de la iglesia de Santo Domingo de Nápoles una voz habló desde el Cristo esculpido y dijo al fraile arrodillado que había escrito bien, y lo invitó a escoger una recompensa entre todas las cosas del mundo.

A mi modo de ver, no se ha apreciado el secreto de esta anécdota particular aplicada a este santo particular. Es cosa vieja que a un devoto de la soledad y de la sencillez se le invite a elegir entre los premios de la vida. El eremita verdadero o falso, el fanático o el cínico, el Estilita sobre su columna o Diógenes en su tubo, pueden todos ser presentados como tentados por los poderes de la tierra, del aire o de los cielos, con el ofrecimiento de la mejor de todas las cosas y respondiendo que no quieren nada. En el cínico o estoico griego realmente significaba la negación: que no quería nada. En el fanático o místico oriental a veces significaba una especie de positivo negativo: que quería la nada, que la nada era precisamente lo que quería.

A veces expresaba una noble independencia junto con las virtudes mellizas de la antigüedad, el amor de la libertad y el odio a la abundancia. A veces significaba la propia suficiencia, que es lo opuesto a la santidad. Mas aun las anécdotas de este género de otros santos no llenan precisamente el caso de Santo Tomás. El no era uno de ésos que no quieren nada; era una persona muy interesada en todas las cosas. Su respuesta no es tan inevitable o sencilla como algunos podrían suponer. Comparado con muchos otros santos y muchos otros filósofos, él era ávido en su aceptación de las cosas, en su hambre y sed de las cosas. Fue su especial tesis espiritual que realmente hay cosas, y no sólo una; que los muchos existen lo mismo que el uno. No me refiero yo a cosas de comer, o de beber, o de vestir, aunque él nunca negó a éstas su lugar propio en la noble jerarquía del ser, sino más bien cosas que pensar y que probar, que experimentar y que conocer. Nadie supone que, cuando Dios le ofreció a Tomás de Aquino que escogiese entre todos los dones de Dios, él pediría mil libras, o la corona de Sicilia, o un regalo de añejo vino griego. Mas podía haber pedido cosas que necesitaba, y era un hombre que podía necesitar mucho, como ansiaba el manuscrito perdido de San Juan Crisóstomo. Podría haber pedido la solución de una antigua dificultad, o el secreto de una nueva ciencia, o una chispa de la inconcebible mente angélica de los ángeles, o cualquiera de las mil y una cosas que habrían de veras satisfecho su amplio y varonil apetito, de la misma amplitud y variedad que el Universo. La cuestión es que, para él, cuando la voz habló de entre los brazos abiertos del crucificado, aquellos brazos estaban verdaderamente abiertos y abriendo gloriosamente las puertas de todos los mundos; eran brazos señalando al Oriente y al Poniente, a los fines de la tierra y a los extremos de la misma existencia. Estaban verdaderamente arrojados con un gesto de omnipotente generosidad; el Creador mismo ofreciendo la misma creación, con todo su misterio millonario de seres separados y el coro triunfal de las criaturas. Ése es el fondo resplandeciente del ser múltiple que da particular fortaleza y aun una especie de sorpresa a la respuesta de Santo Tomás cuando él levantó por fin su rostro y dijo con y para aquella audacia casi blasfema, que es una cosa con la humildad de su religión: Elijo a Vos mismo.

O, añadiendo a esta anécdota la ironía nímbica y aplastante, tan únicamente cristiana para aquellos que la entienden, algunos creen que la audacia está suavizada porque dijo: Solamente a Vos mismo“.

G. K. Chesterton (”Santo Tomás de Aquino”, Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1985; pp.124-126).

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La KGB generó leyenda negra de Pío XII como aliado del régimen nazi, denuncia ex espía

Publicado por El pescador on 27 Enero 2007

Os copio esta noticia que aclara de dónde salió la calumnia sobre la supuesta simpatía de Pío XII por el nazismo y su odio hacia los judíos, cuando en realidad ayudó todo lo que pudo al pueblo de Israel en aquellos años de durísima persecución: así por ejemplo, ofreció los 15 kilos de oro que faltaban a la comunidad hebrea de Roma que tenía que pagar en 24 horas 50 kilos de oro por exigencia del comandante alemán Herber Kappler, pero al final no fue necesario pues de todas formas se produjeron las deportaciones, que sólo se frenaron por la intervención del Papa. Al final de la guerra el gran rabino de la Ciudad Eterna, Israel Zolli, se bautizó y tomó el nombre de Eugenio en su honor (Pío XII se llamaba Eugenio Pacelli).

WASHINGTON D.C., 27 Ene. 07 / 04:50 pm (ACI).- Un ex espía de la KGB denunció recientemente que el Kremlin y la mencionada agencia de inteligencia rusa orquestaron una campaña en los años 60 contra la Iglesia Católica, en donde el principal objetivo era hacer que la gente creyera que Pío XII fue un simpatizante del régimen nazi.

En un reciente número de la revista National Review Online, Ion Mihai Pacepa, ex espía de la KGB explicó que “en febrero de 1960, Nikita Khrushchev aprobó un plan supersecreto para destruir a la autoridad moral del Vaticano en Europa Occidental. Eugenio Pacelli, entonces Papa Pío XII, fue escogido como el principal objetivo de la KGB, su encarnación del mal, porque ya había dejado el mundo en 1958. ‘Los muertos no pueden defenderse’, fue el lema de la KGB entonces”. El nombre clave de esta campaña fue “asiento 12″.

Pacepa indicó en su artículo que la KGB basó sus difamaciones en que el entonces Arzobispo Pacelli había servido como Nuncio Apostólico en Munich y Berlín. “La KGB quería presentarlo como un anti-semita que había alentado el holocausto de Hitler”, aseguró Pacepa y dijo que para lograrlo la KGB quería “modificar levemente” algunos documentos originales del Vaticano y para eso lo llamaron a él, cuando trabajaba en el servicio de inteligencia rumano.

Entre 1960 y 1962, el espía rumano envió cientos de documentos a la KGB relacionados con Pío XII. Según explica Pacepa, ninguno incriminaba al Pontífice pero de igual modo los enviaba para su posterior modificación.

Esos documentos alterados fueron utilizados luego para producir una obra en la que se atacaba al Pontífice que se tituló: “El Sustituto” y que se estrenó en la Alemania de 1963 bajo el título de “El Sustituto, una tragedia cristiana”, que proponía que Pío XII apoyó a Hitler y lo alentó a seguir adelante con el holocausto judío.

A su vez, el director de la obra argumentaba falsamente que tenía 40 páginas de información que sustentaban lo que la obra mostraba. Un año después fue estrenada en Nueva York y traducida posteriormente a 20 idiomas; convirtiéndose luego en referencia obligada para una oleada de libros y artículos en donde se acusaba a Pío XII.

“Hoy en día, mucha gente que nunca escuchó de ‘El Sustituto’ está sinceramente convencida de que Pío XII fue un hombre frío y despiadado que odiaba a los judíos y que ayudó a Hitler a eliminarlos”, explicó Pacepa y añadió que “como jefe de la KGB, Yury Andropov, el incomparable maestro del engaño soviético, solía decirme que las personas están más dispuestas a creer la maldad que en la santidad”.

Pacepa también destaca que la verdad finalmente se conoce ahora que el proceso de canonización de Pío XII está en marcha. “Los testigos de todo el mundo prueban que Pío XII era enemigo y no amigo de Hitler”, anotó.

Asimismo citó el libro “El Mito del Papa de Hitler: Cómo Pío XII rescató a los judíos de los nazis” de David G. Dalin, en el que queda claramente establecida la labor de ayuda del Papa Pacelli a favor del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial.

“Al inicio de la Segunda Guerra, la primera encíclica del Papa Pío XII era tan anti-Hitler que la Real Fuerza Aérea de Inglaterra dejó caer sobre Alemania 88 mil copias”, concluye.

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Jesús resucitado no es un zombi

Publicado por El pescador on 26 Enero 2007

Una de las series que intento no perderme es una de “La Secta” titulada Bones (Huesos): trata de una antropóloga forense que colabora con un agente del F.B.I. En el capítulo de ayer viernes la doctora está en Nueva Orleans identificando cadáveres con motivo del huracán Katrina y se ve envuelta en una trama de vudú (magia africana: recordemos que la magia es el primer estadio de la religión: v.gr. las pinturas rupestres de Altamira representaban animales cazados para que las cacerías fueran buenas).

Hablando con el agente del FBI, la antropóloga defiende el vudú como una religión, aunque sea extraña; le pregunta a qué religión pertenece él y hete aquí que el agente especial del FBI es católico.

Entonces la científica compara los zombis (muertos vivientes) del vudú con Jesucristo, que resucitó a los tres días. Al menos el agente especial se molesta y dice que no es lo mismo.

Entonces ¿qué fue, en qué consistió la resurrección de Cristo? ¿Jesucristo resucitado fue un fantasma o un zombi? También vamos a ver que su resurrección tiene mucho que ver con nosotros.

Según la Real Academia zombi (voz originaria de África Occidental) es una persona que se supone muerta y que ha sido reanimada por arte de brujería, con el fin de dominar su voluntad; por eso se les conoce como muertos vivientes.

La verdad es que está bien esta explicación de la resurección de Jesucristo como un zombi, como un muerto viviente, es lo más original que he oído nunca. Se trata del intento de meter en categorías racionales y científicas algo que escapa a nuestra razón y entendimientos limitados a este mundo: por eso la fe ayuda a la razón a que conozca más allá de este mundo sensible (de los sentidos).

Bien, ¿qué sabemos de la resurrección de Jesucristo? La primera noticia de los evangelios es el sepulcro vacío: las mujeres fueron el domingo por la mañana a ungir el cadáver de Jesús para la sepultura puesto que el viernes sólo les dio tiempo a dejaron en el sepulcro; Juan 19,39 dice que Nicodemo (Juan 3,1-2) llevó 30 kilos de perfume de mirra y áloe (sustancias aromáticas extraídas de plantas que se introducían entre las vendas que envolvían el cadáver). No pudieron hacer la unción del cadáver porque el viernes ya estaba anocheciendo y con el atardecer del día empezaba el día siguiente (en este caso el sábado, que además era la Pascua, la fiesta más importante del calendario judío).

Las santas mujeres fueron a perfumar el cuerpo del Señor siguiendo la costumbre judía para retrasar el olor de la putrefacción, pero no se acordaban de que el mismo Jesús había profetizado su muerte y también su resurrección: Mateo 16,21; Marcos 9,9.31; 10,34; Lucas 18,33; Juan 2,19-22. Ninguno de sus discípulos se acordaba tampoco y por eso no creyeron a las mujeres que les anunciaban que Jesús había resucitado.

Después de este D0mingo el Señor se apareció durante 40 días a sus discípulos y a mucha gente. San Pablo nos da noticias de estas apariciones en 1 Corintios 15,3-7:

En primer lugar os he dado a conocer la enseñanza que yo también recibí. Os he enseñado que Cristo murió por nuestros pecados como dicen las Escrituras; y que se apareció a Cefas y luego a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía aunque algunos ya han muerto. Después se apareció a Santiago y luego a todos los apóstoles.

Este texto muestra que hubo varios cientos de testigos oculares de Cristo tras su resurrección. Y después de su Ascensión se apareció también a San Pablo, como un niño nacido fuera de tiempo (v. 8).

Los evangelios nos cuentan las apariciones a los apóstoles, donde les comunica el envío para anunciar lo que han visto y oído, lo mismo que el Padre envió a Jesucristo, y les da el Espíritu Santo. Se aparece el primer día de la semana a María Magdalena (Juan 20,1 ss.) y a los discípulos (20,19 ss.); el primer día de la semana es el domingo, cuando los apóstoles estaban reunidos, y de ahí que nosotros celebremos la Eucaristía más importante ese día porque

el domingo [...] el Señor quiere venir corporalmente [...] Se instituyó el domingo porque el Señor resucitó y entró en la comunidad de los Apóstoles para estar con ellos. Así comprendieron que el día litúrgico ya no es el sábado, sino el domingo, en el que el Señor siempre de nuevo quiere estar corporalmente con nosotros y alimentarnos con su Cuerpo, para que nosotros mismos nos convirtamos en su cuerpo en el mundo (Benedicto XVI, Encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Aosta, 25-7-2005).

Hay un detalle en el relato de la aparición a los discípulos de Juan 20,19-23: los discípulos estaban reunidos y tenían las puertas cerradas por miedo a los judíos, Jesús entró y se puso en medio de ellos. O sea, Jesús no abre las puertas ni las ventanas, parece un fantasma que ha atravesado las paredes. Por eso el evangelio nos habla de Santo Tomás que toca las heridas de la Pasión, como vemos bellamente en el cuadro de Caravaggio que ilustra esta entrada, con dos apóstoles de testigos curiosos; Santo Tomás toca el cuerpo resucitado de Jesús y comprobamos que no es un fantasma.

Pero entonces ¿cómo se las apañó Cristo para entrar en aquella habitación sin abrir la puerta como tenemos que hacer cualquier ser corpóreo? Porque el cuerpo resucitado de Jesús ya no está sometido a las leyes del tiempo y del espacio: ya no sufre el paso del tiempo ni la enfermedad, ni está limitado por los espacios cerrados, no está limitado por nada, puesto que es un cuerpo glorificado, un cuerpo que ha entrado en la plenitud de Dios, que ha sido divinizado.

Otra manera de insistir en que Jesucristo resucitó con su cuerpo es el detalle de sus comidas con los apóstoles: Lucas 24,41-43 nos cuenta que comió con los apóstoles un trozo de pescado asado después de mostrarles las manos y los pies para que se cercioraran de que no era un espíritu e incluso les dice: Tocadme y mirad: un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo (v. 39), pues los apóstoles se habían asustado y pensaban que se trataba de un espíritu.

Termino con el final del credo, en el que decimos que creemos en la resurreción de la carne (o de los muertos): me parece que hay muchos cristianos que no se dan cuenta de lo que significa esto o que no se lo creen, puesto que no son capaces de admitir la resurrección. Confesamos en el credo, el resumen de nuestra fe, la resurrección de los difuntos con su carne (que es lo más difícil de aceptar): esto significa que los cristianos, unidos a Jesucristo en el bautismo para formar un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo, que tiene como cabeza a Él mismo, participaremos de una muerte como la de Cristo esperando la resurrección final. Pues Jesucristo nació, vivió y murió como cualquiera de nosotros pero también resucitó, y eso es lo que esperamos y creemos pues el cuerpo siempre va unido a su cabeza para formar, en palabras de San Agustín de Hipona, el cuerpo total: cabeza más cuerpo.

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La confesión bien hecha

Publicado por El pescador on 25 Enero 2007

Voy a hablar de cómo la confesión es la segunda tabla de salvación en palabras de los Padres de la Iglesia.

Uno de los signos que siguen al agua en el bautismo es la imposición de la vestidura blanca al neófito, y las palabras que acompañan este signo son: “N., recibe esta vestidura blanca como signo de tu dignidad de cristiano; ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna”.

Esta vestidura blanca es la gracia de Dios que desde el bautismo habita en nosotros, es un signo externo de la limpieza y transformación que Dios ha obrado en nuestra alma con este sacramento.

Pero evidentemente es imposible no manchar la ropa, es imposible no pecar. Y para limpiar y mantener sin mancha la vestidura blanca que nos impusieron en el bautismo hay que acudir a la segunda tabla de salvación que es el sacramento de la confesión o penitencia: es muy sencillo, Dios nos lava la vestidura blanca de sus manchas para que vuelva a su candidez original y así recuperemos la inocencia de nuestro bautismo.

Porque la confesión bien hecha sirve para transformarnos y quitar de nosotros el mal que ha podido arraigar a causa del pecado: la gracia de la confesión realmente nos transforma y nos vuelve a ser imagen de Dios. En la película de Mel Gibson “La pasión de Cristo” el demonio muestra un ser horriblemente feo, que representa a quienes se acogen a él y por eso quedan así; en cambio a los creyentes la gracia nos va embelleciendo como a María, la mujer más hermosa del mundo, para ir pareciéndonos al mismo Jesús, el más bello de los hombres (Salmo 45; Cantar 4,1.7).

Hemos de tener esto muy claro y muy presente, no tomarnos a la ligera los sacramentos: confesar con frecuencia, cuando sea necesario para no perder la costumbre ni dejarnos llevar por la mediocridad del pecado, para que nuestro Padre Dios nos siente al banquete de su Reino anticipado que es la Misa, y eso lo podremos hacer con un vestido adecuado si estamos en gracia de Dios, si nos dejamos comer a besos en la confesión por nuestro Padre del cielo. Esto es lo que hizo el padre del hijo pródigo de la parábola: darle las mejores ropas y hacer un banquete.

A nada de esto nos obliga Dios, por eso somos libres y por ende responsables, tenemos que responder de los actos libres que elijamos, entonces elijamos bien y respondamos al amor de Dios con la confesión.

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Beneficios sociales de la religión: los creyentes sí que pecan menos

Publicado por El pescador on 24 Enero 2007

Os copio este artículo cuyo título lo dice todo, y sólo me cabe decir que una vez más se confirma que la ignorancia es muy atrevida: la de quienes acusan a la religión de todos los males del mundo (v. gr. nuestro presidente del Gobierno, que dijo que el cristianismo es la mayor desgracia de la historia).

Este estudio confirma cosas que si las pensamos podemos ver en nuestras propias familias que son creyentes coherentes y practicantes, que asumen toda la religión y no seleccionan sólo aquello que les interesa.

Por Rebecca Hagelin
Un estudio de la Heritage Fundation relaciona cientos de investigaciones que indican las ventajas sociales de la religión.

En su canción de 1971, Imagine, John Lennon nos pedía que imagináramos una utopía laica. No habría cielo ni infierno. La paz y la armonía reinarían y una “hermandad de seres humano” global florecería. Lo que no encontraríamos en ese paradisíaco estado de cosas, por supuesto, sería la religión.

Lennon era un compositor con mucho talento pero, cuando se trataba de teología, se equivocaba de medio a medio. Ciertamente, en un mundo libre de religión no existiría el cielo. Pero habría muchísimo infierno y justo aquí, en la tierra.

Esta no es simplemente la opinión de una señora que se toma en serio su fe. Un conjunto de investigaciones enorme y en crecimiento muestra la gigantesca diferencia que marca la fe religiosa en nuestra vida diaria. Y, efectivamente, no es una exageración decir que la religión hace posible la sociedad civil. Sin la religión, cada indicador de miseria humana tendría rotas las agujas de medición.

Para un catálogo conciso aunque extenso de lo mal que podrían ir las cosas, échele un vistazo al nuevo estudio de Pat Fagan, el más importante investigador de ciencias sociales de la Fundación Heritage. En él, selecciona innumerables estudios que demuestran el increíble efecto que tiene la religión sobre el matrimonio, el divorcio, la educación de los hijos, el abuso de drogas y alcohol, los nacimientos fuera del matrimonio y hasta sobre la salud mental y física.

Comencemos con un área que me toca de lleno: las relaciones familiares. Mi esposo y yo hemos educado a nuestros tres adolescentes en un hogar afectuoso y religioso. Nuestra fe en Dios nos ha dado fuerzas en los buenos y en los malos tiempos y ha sido fuente permanente de inspiración, consuelo y aliento. Por eso me sentí especialmente complacida al leer lo siguiente en el estudio de Fagan:

Comparadas con las madres que no consideraban la religión como algo importante, aquellas que sí lo hacían valoraban más y de forma considerable su relación con sus hijos. Cuando las madres y sus hijos comparten una misma práctica religiosa, tienen mejores relaciones entre ellos. Por ejemplo, cuando los jóvenes de 18 años iban a servicios religiosos con aproximadamente la misma frecuencia que sus madres, ellas tenían mejores relaciones con ellos, incluso muchos años después.

Además las madres que se hicieron más devotas durante los primeros 18 años de vida de sus hijos tuvieron mejores relaciones con sus hijos, al margen de la profundidad de sus prácticas religiosas antes del nacimiento.

Lo mismo puede decirse de los padres:

Comparados con padres sin afiliación religiosa, los que asisten a servicios religiosos con frecuencia son más propensos a supervisar a sus hijos, elogiarlos y abrazarlos y pasar tiempo con ellos. En realidad, la frecuencia de la asistencia a servicios religiosos de estos padres está más correlacionado con el grado de compromiso paternal en actividades entre padres e hijos que el empleo o el sueldo, que son los factores que se citan con más frecuencia en la literatura académica sobre la paternidad.

Fagan descubrió que las parejas son mucho más propensas a permanecer unidas si son religiosas. En efecto, el riesgo de divorcio es más de doble para las parejas que dejan de practicar su religión. Las parejas practicantes hablan de mayor felicidad y satisfacción en su matrimonio. La incidencia de violencia doméstica también disminuye. Los hombres que van a servicios religiosos al menos una vez por semana son un 50% menos propensos a cometer actos violentos contra sus parejas que aquellos que van una sola vez al año o menos.

¿Y sobre el comportamiento sexual de los adolescentes? También aquí hay buenas noticias. Fagan explica que los valores tradicionales y las creencias religiosas están entre los factores más comunes que los adolescentes mencionan al explicar por qué practican la abstinencia sexual. Y la religión afecta a los nacimientos fuera del matrimonio: si se compara a los que se consideran “muy religiosos” con los que no son “en absoluto religiosos” vemos que estos últimos son de dos a tres veces más propensos a tener un hijo fuera del matrimonio. Además, el uso del tabaco y el abuso de bebidas alcohólicas cae de forma significativa entre los jóvenes que son practicantes.

La religión también es una gran ayuda para aquellos que nunca se casan o que no tienen niños. “Una revisión de la investigación muestra que la religión afecta de manera importante el nivel de felicidad y la sensación general de bienestar de una persona”, escribe Fagan. “En la amplia mayoría de los estudios revisados, el aumento en la práctica religiosa se asocia con una mayor esperanza y un mayor sentido de tener un propósito en la vida”. Además, la gente que es practicante sufre menos riesgos de caer en la depresión y el suicidio. También tienden a vivir más.

Nada de esto sorprendería a los padres fundadores de la nación estadounidense, porque sabían que ningún pueblo se puede autogobernar sin religión. En su discurso de despedida, George Washington se refirió a la religión y la moralidad como “los grandes pilares de la felicidad humana” y observó: “Sea lo que sea que se le pueda reconocer a la influencia de una educación refinada en mentes de una estructura singular, tanto la razón como la experiencia nos impide esperar que la moralidad nacional pueda prevalecer si se excluye el principio religioso”.

Cuando se dirija a la iglesia la próxima vez, recuerde el papel indispensable que desempeña la religión en una sociedad libre. Después de todo, la más alta autoridad nos ha dicho que si primero buscamos el reino de Dios, “todo lo demás se os dará por añadidura”. De alguna forma, Jesús nos estaba diciendo –casi 2.000 años antes de que John Lennon escribiese una sola nota musical– cómo lograr la verdadera “hermandad de seres humanos”. Imagine.

El estudio al que se refiere la autora está en inglés en:
http://www.heritage.org/Research/Religion/bg1992.cfm

Heritage Foundation, traducido por Miryam Lindberg

Rebecca Hagelin es vicepresidenta de Comunicaciones y Marketing de la Fundación Heritage.

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El Señor se volvió y miró a Pedro

Publicado por El pescador on 23 Enero 2007

Yo no tengo que contarle a un cura lo que hago: esta frase, más o menos parecida, se suele oír para mostrar el rechazo y la repulsión a confesarse. A mucha gente le da vergüenza confesar sus pecados al sacerdote, pues me parece que no han descubierto (por muchas razones) la misericordia y la alegría del perdón, la liberación que es volver a Dios.

Preparando la homilía de mi Primera Misa (26-3-2000) leí un comentario en Misa dominical, supongo que escrito por José Aldazábal, a propósito de la actitud del sacerdote en la confesión: no debe hacer aspavientos ni escandalizarse por los pecados del penitente, y ponía el ejemplo de Jesús ante las negaciones de San Pedro: no hizo falta que le dijera nada para que el pescador se diera cuenta de su pecado y de su traición, sólo lo miró: En el mismo instante, mientras Pedro aún estaba hablando, cantó un gallo. Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro, y Pedro se acordó de que el Señor le había dicho: “Hoy, antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. Y salió Pedro de allí y lloró amargamente (Lucas 22,60b-62).

San Lucas es el evangelista de la misericordia de Dios para con los pecadores; son los relatos propios de su evangelio, entre los que destaca la parábola del hijo pródigo (que más bien debería llamarse del padre misericordioso) o la conversión de Zaqueo.

Esta parábola del hijo pródigo, representada en el maravilloso y colorido cuadro de Murillo, es una enseñanza maravillosa de lo que es el pecado (el alejamiento de Dios y la pérdida de nuestra dignidad de hijos) y la conversión (la vuelta a Dios y la restitución de nuestra dignidad de hijos).

Ahora voy a explicar algunos detalles de esta bella parábola (Lucas 15,11-32). Va precedida de otras parábolas que hablan también del amor de Dios por los pecadores y su alegría cuando se convierten (15,1-10): las parábolas de la oveja perdida y de la moneda. Los versículos 1-2 nos dicen que Jesús cuenta estas parábolas para contestar a los fariseos que lo criticaban por juntarse con publicanos, pecadores y gente de mala fama; éstos están más dispuestos a acoger la salvación que trae Jesús que los justos fariseos y Jesús destaca la pasión de Dios por buscarlos y su alegría por la conversión de uno solo de ellos.

La parábola del hijo pródigo nos revela el rostro amoroso de Padre que perdona y devuelve la dignidad de hijos que libremente habíamos querido perder.

Empieza con la presentación de un padre que tenía dos hijos, y el menor le pide su parte de la herencia que luego despilfarra. El padre nunca le dice que no, aunque podemos imaginar que no le haría gracia, más bien lo contrario, ver que su hijo tira lo que él había ahorrado y conseguido con tanto esfuerzo, pero no le dice nada ni le reprocha, sino que respeta su libertad.

Después de ese despilfarro, el joven se queda pasando hambre en aquella tierra lejana. Todo esto es un trasunto de la vida cristiana de cualquiera de nosotros: queremos alejarnos de Dios porque queremos ser libres, no queremos estar encorsetados por la moral, y así hacemos como el hijo de la parábola, que nos marchamos a una tierra lejana, la tierra del pecado, alejados de Dios, hasta que vienen “las vacas flacas”, hasta que descubrimos que por ahí no va la felicidad, ahí viene el hambre, el hambre y la sed de felicidad, de sentido.

El joven protagonista de la parábola se tiene que poner a cuidar cerdos para sobrevivir. Lejos de su casa y de su padre, ha perdido toda su dignidad: allí era el hijo, tenía lo que necesitaba gracias a su padre, ahora trabaja en un oficio degradante para un judío, pues el cerdo es un animal impuro para ellos, imaginad cuánto más degradante sería tener que compartir la comida con ellos. Entonces se acuerda de que los hombres que trabajan para su padre están mucho mejor que él, que ha bajado a lo más mísero por haberse alejado de su casa y de su padre, por haber perdido su condición y su dignidad de hijo.

Estas son las consecuencias de alejarnos de Dios: el pecado nos degrada y nos hace perder nuestra condición y nuestra dignidad de hijos.

El hijo menor de la parábola decide entonces volver y piensa en la captatio benevolentiae, las excusas y disculpas que expresará a su padre para que pueda estar en su casa como un jornalero más. El estado mísero en que había quedado podemos verlo en el bellísimo cuadro de Rembrandt que ilustra esta entrada: con ropa de saco, rapado al cero para evitar los piojos… constrasta con la suntuosidad de los otros personajes (el padre, el hijo mayor que está de pie a la derecha…) .

Y ahora me interesa destacar qué hace el padre de la parábola al recibir a su hijo. Podría haberle echado en cara su mal comportamiento, el sufrimiento que le había causado, en definitiva todo aquello que el joven esperaba que hiciera, pero la sorpresa fue que el padre no dijo nada, sino que antes de que llegara, cuando todavía estaba lejos se compadeció de él, salió a recibirlo y SE LO COMIÓ A BESOS Y ABRAZOS. No dijo nada, como Jesús con Pedro en la noche del Jueves Santo. Ahora podéis volver a mirar el cuadro, el padre tiene un rostro de felicidad y tranquilidad por haber recuperado a su hijo, al que estrecha en su seno, y el hijo se apoya en él cansado de un viaje tan largo. Hasta el perro de la familia sale alegre a recibirlo.

El padre no hace caso a las excusas del hijo, sino que le devuelve los símbolos de su categoría de hijo (el sirviente los lleva a la derecha): el anillo (signo de autoridad y de pertenencia a la familia), y las sandalias (signo de hombre libre, pues los esclavos andaban descalzos). El padre hace una fiesta porque su hijo ha vuelto a la vida, es la fiesta que Dios Padre hace por nosotros y con nosotros cuando le pedimos perdón porque hemos experimentado las funestas consecuencias del pecado y nos duele no haber correspondido a su amor.

Esa fiesta, celebrada en la Casa de Dios, es la Eucaristía, en la que podemos participar plenamente cuando nuestro Padre nos ha devuelto la dignidad de hijos que nos regaló en el Bautismo, que nosotros perdimos cuando nos fuimos de su casa para probar nuevas experiencias más seductoras, cuando nos creemos que somos más libres lejos de Dios, pero luego nos damos cuenta que la libertad sólo es posible desde el amor, y el Amor con mayúsculas es Dios.

Un último apunte sobre el hermano mayor, el que permaneció fiel al padre: no comparte la alegría que tiene el Padre por haber encontrado a su hijo perdido, pues es soberbio, cree que su fidelidad es consecuencia de su esfuerzo y no ha descubierto la misericordia y el amor de su padre, y por tanto tampoco puede dar amor (ágape) a los demás, empezando por su hermano.

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Excelentísimo Teófilo

Publicado por El pescador on 21 Enero 2007

En la lectura de la Misa de este III Domingo del Tiempo Ordinario hemos leído el principio del evangelio de San Lucas (1,1-4).

En él nos ha explicado el por qué quiere escribir esta obra, que está unida a los Hechos de los Apóstoles, pues el evangelio es la obra de Cristo que continúa presente en la obra de la Iglesia (Hechos de los apóstoles).

Nos cuenta de paso el origen de los evangelios. San Lucas explica cuáles han sido las fuentes de su relato, ya que él no ha sido testigo directo de los hechos sucedidos entre nosotros:

Muchos han emprendido la tarea de escribir la historia de los hechos sucedidos entre nosotros, tal y como nos los enseñaron quienes, habiendo sido testigos presenciales desde el principio, recibieron el encargo de anunciar el mensaje (1,1-2).

Aquí se explica el origen de los evangelios: los testigos presenciales de la vida y predicación de Jesús anunciaron lo que habían visto y oído (cf. 1ª Juan 1,1-3; 1ª Pedro 1,16) y después lo escribieron ellos mismos (San Juan, San Mateo) u otros que conocieron a esos testigos directos y oculares (San Marcos).

San Lucas entra dentro de esta segunda categoría: él es griego y no conoció en persona a Jesús, pero acompañó a San Pablo, el apóstol de las gentes, y escribe lo que ha investigado:

Yo también, excelentísimo Teófilo, lo he investigado todo con cuidado desde sus comienzos, y me ha parecido oportuno escribirte estas cosas ordenadamente para que compruebes la verdad de cuanto te han enseñado (1,3-4).

Cuando empezaron a faltar los testigos directos y oculares de Jesús, corría el peligro de que su doctrina y su testimonio fueran adulterados, y por eso se pusieron por escrito en los evangelios y en los Hechos de los apóstoles.

Así que podemos acudir con confianza a los evangelios y al resto del Nuevo Testamento para conocer realmente al autor de nuestra salvación, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

P.S. San Lucas es el patrón de los pintores porque dice la tradición que pintó el icono de la Virgen, tal como aparece en el icono que ilustra esta entrada.

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